El dulce sabor de regresar Capítulo 18
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Capítulo 18

La puerta adaptada regresó a la pastelería el viernes a primera hora.

El carpintero y su hijo la instalaron mientras dos operarios terminaban la rampa del pasillo y Gabriel comprobaba las medidas con la técnica municipal por videollamada.

Si todo se ajustaba al nuevo plano, volverían el lunes para firmar la subsanación. La inauguración del martes seguía siendo posible, aunque nadie se atrevía a celebrarlo todavía.

Leo pasó la mañana modificando la campaña. Preparó una versión para cada resultado, revisó las publicaciones programadas y respondió a los mensajes de quienes preguntaban por la apertura.

A media tarde cerró el ordenador, guardó varias muestras dentro de una carpeta y colocó la correa a Miga.

—Voy al estudio de Vera —me comunicó—. Tenemos que decidir qué campaña activar el lunes.

—¿Necesitas llevarte a Miga para eso?

—No. Vera quiere verla y Miga necesita pasear. La coincidencia permite resolver dos necesidades con un solo desplazamiento.

Gabriel ocultó una sonrisa detrás de los planos. Yo renuncié a señalar que la cachorra visitaba el estudio con más frecuencia que algunos clientes.

Leo comprobó que llevaba agua, premios, bolsas y una toalla por si se ensuciaba. Después salió con ella y con una puntualidad propia de quien no pensaba reconocer que esperaba aquella tarde por motivos ajenos al trabajo.

La reforma de la salida terminó cerca de las siete.

Gabriel se marchó para presentar la documentación y los operarios recogieron las herramientas.

Me quedé organizando el obrador, aunque regresé a casa antes de las nueve porque necesitaba comenzar al día siguiente las pruebas definitivas de El Regreso.

Leo no había vuelto. Su mensaje, enviado a las ocho y doce, indicaba que seguía en el estudio y que Miga cenaría allí.

No mencionaba qué hacían ni cuánto tardarían. En cualquier otra persona habría interpretado aquella ausencia de detalles como una señal; en mi hermano podía significar que estaba concentrado y olvidó que el resto de los seres humanos no recibíamos información a través de un panel de control.

Llegó pasadas las diez. Miga entró arrastrando una tira de cartón azul y corrió hacia el cuenco del agua.

Leo llevaba la carpeta bajo un brazo, la cama portátil de la cachorra bajo el otro y una expresión que no conseguí interpretar.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté.

—Necesito que seas más concreta.

—Has tardado horas en revisar una campaña que estaba casi terminada.

—También hemos hablado de otras cosas.

Dejó los objetos en el recibidor, soltó la correa y observó a Miga beber. Esperó hasta que terminó para secar las gotas del suelo.

Sus movimientos conservaban el orden habitual, pero repitió dos veces la acción de doblar la toalla antes de abandonarla sobre una silla.

—¿Quieres contarme de qué habéis hablado?

—Sí, pero primero tengo que formular una pregunta.

Fui a la cocina y puse agua a calentar.

Leo se sentó en una de las sillas, aunque eligió la más alejada de la lámpara y comenzó a girar entre los dedos una anilla de goma que utilizaba para recogerse los cables. Miga se acomodó sobre sus pies con el cartón todavía en la boca.

—¿Cómo se sabe si estás enamorado? —me preguntó.

La pregunta me obligó a dejar las tazas sobre la mesa con más cuidado del necesario.

Durante años fui la persona a quien acudía para resolver trámites, horarios o decisiones prácticas. Nunca me consultó sobre el amor. Ni siquiera sabía si alguna vez se había sentido atraído por alguien antes de conocer a Vera.

—No creo que exista una sola manera de saberlo.

—Esa respuesta no resulta útil.

—Ya imaginaba que no te gustaría.

—Tiene demasiadas variables y ninguna definición.

Me senté frente a él. Miga soltó el cartón y apoyó el hocico en su zapatilla.

—¿Qué sientes cuando estás con Vera?

—Eso es lo que intento clasificar.

Sacó el teléfono y abrió una nota. Había escrito varios puntos durante el camino de regreso.

Quería verla incluso cuando no tenían trabajo pendiente; pensaba en cosas que le gustaría contarle; prestaba atención a objetos, noticias o lugares porque podían interesarle. También le gustaba que ella preguntara cuando no entendía algo y que no esperara que adivinase sus intenciones.

—Hoy ha dicho que está interesada en mí fuera del trabajo —continuó—. Utilizó esas palabras. Le pregunté qué significaba exactamente “interesada” y respondió que le gusto y que quiere conocerme como posible pareja.

—Ha sido bastante clara.

—Sí. Es una de las razones por las que me gusta.

Leo me contó que Vera le preguntó si había reconocido sus señales.

Él detectó varias posibilidades, pero no quiso elegir una interpretación porque cada gesto podía tener explicaciones diferentes. Que ella acudiera a casa podía deberse a Miga; que alargara las reuniones, al proyecto; que le llevara la cena, a que ya iba a trabajar con él.

—Le expliqué que ninguna conducta aislada demostraba una intención romántica —añadió—. Ella se rio.

—¿Y qué hiciste?

—Le pregunté si se reía porque mi explicación le parecía divertida o porque se estaba burlando. Me respondió que le gustaba mi forma de analizarlo, pero que llevaba semanas esperando que yo propusiera una cita.

—¿Se la has propuesto?

—No. Ella me la ha propuesto a mí. Me preguntó si quería salir con ella el domingo.

—¿Y qué le has contestado?

—Que sí, evidentemente. Después pregunté a qué hora, dónde y cuánto duraría.

No pude evitar una sonrisa. Leo la advirtió y levantó una mano antes de que hablara.

—La duración era importante porque Miga no puede quedarse sola más de cierto tiempo.

—No iba a criticarte.

—Ibas a decir que una cita no necesita horario de finalización.

—Lo había pensado.

—Vera también. Ha respondido que empezará a las seis y terminará cuando uno de los dos quiera marcharse. No es una medida exacta, pero incluye una condición comprensible.

La cita consistiría en recorrer una feria de artesanía instalada junto al puerto y cenar después en un local pequeño que Vera conocía.

Leo ya consultó el menú, la ubicación de los aseos y la afluencia habitual de los domingos.

No hizo reservas porque ella quiso conservar una parte de improvisación. Él aceptó después de comprobar que existían otros tres lugares cercanos donde podrían cenar si el primero estaba lleno.

—Entonces quieres tener una cita con ella —resumí.

—Sí. Pero eso no responde a mi pregunta sobre estar enamorado.

—Quizás todavía no necesitas responderla. Puedes saber que te gusta y querer descubrir qué ocurre después.

Frunció el ceño mientras consideraba la posibilidad.

—¿Tú supiste enseguida que estabas enamorada de Gabriel?

—Ni siquiera sé si puedo señalar un momento concreto. Primero me gustó. Después empecé a buscar razones para verlo, a pensar en él cuando no estaba y a imaginarlo dentro de planes que antes hacía sola.

—Eso coincide con varios puntos de mi lista.

—No convierte automáticamente lo que sientes en amor. Tampoco lo descarta.

—Sigues sin ofrecer una definición.

—Porque el amor no funciona como una campaña de marketing. No puedes decidirlo únicamente después de revisar los indicadores.

Leo dejó de girar la anilla y contempló a Miga. La cachorra consiguió arrancar un pedazo del cartón, y él se lo retiró de la boca antes de que pudiera tragárselo.

—Quiero compartir cosas con Vera —admitió—. No solo trabajo. Cuando encuentro algo interesante, pienso que podría enseñárselo. Hoy estuvimos hablando dos horas después de terminar la campaña y no quería marcharme, aunque la iluminación del estudio me estaba molestando.

—Eso parece importante.

—También me preguntó si podía apagar una lámpara sin que tuviera que pedírselo. Se dio cuenta.

Comprendí entonces que su incertidumbre no nacía de una ausencia de sentimientos, sino de la dificultad de encontrar una palabra que no le exigiera certezas imposibles.

Era su primer amor, aunque quizás todavía no estuviera dispuesto a llamarlo así. No necesitaba que yo pronunciara el término por él.

—Puedes sentir algo muy grande sin definirlo esta noche —le aseguré—. Basta con que seas sincero con ella.

—Lo he sido. Le dije que nunca he tenido pareja y que algunas situaciones me resultarán difíciles. Ella respondió que tampoco necesita que interprete indirectas porque puede decirme lo que quiere.

—¿Y eso te tranquilizó?

—Mucho.

La expresión se le suavizó por primera vez desde que entró. Sirvió el agua en las tazas, aunque olvidó añadir las infusiones y tuvo que levantarse de nuevo. Mientras abría el armario, me contó la segunda parte de la conversación.

Vera quería ampliar el estudio y ofrecer, además del diseño y la impresión, servicios de estrategia digital a pequeños negocios de la zona.

Muchos clientes le pedían ayuda con páginas web, publicidad y redes sociales, pero hasta entonces ella derivaba esos trabajos. Propuso a Leo desarrollar juntos una línea de servicios durante seis meses y comprobar si podían convertirla en un proyecto estable.

—No se trata de que me contrate —aclaró—. Seríamos colaboradores con porcentajes definidos según cada encargo. Falta determinar cómo se reparten los gastos comunes y la propiedad de los clientes que lleguen por recomendación.

—Parece que habéis avanzado bastante para una conversación que no estaba prevista.

—Vera llevaba días pensando en ello. Yo también, pero mi modelo era distinto. Vamos a comparar los dos el lunes.

—¿Y te ilusiona?

—Sí. Podría trabajar desde aquí, tener clientes propios y dejar de considerar que regresar al pueblo fue únicamente una decisión necesaria para acompañarte.

La sinceridad de aquella última frase me dolió y me alegró al mismo tiempo. Sabía que Leo quiso volver, pero también que mi cambio de vida condicionó el suyo. Por primera vez desde la mudanza, hablaba de un futuro que no dependía de la pastelería ni de mí.

—No tenías que acompañarme —le recordé.

—Quería hacerlo. Pero querer una cosa no impide necesitar otras.

—Tienes derecho a construirlas.

—Eso estoy haciendo.

Miga se incorporó al escuchar su nombre, aunque nadie lo había pronunciado, y colocó las patas delanteras sobre su rodilla. Leo le acarició las orejas antes de retomar la nota del teléfono.

—Hay una cuestión que Vera y yo no hemos tratado porque sería prematura.

—¿Cuál?

—Si algún día viviéramos juntos, Miga vendría conmigo.

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reír. Apenas habían acordado una primera cita y mi hermano ya contemplaba un reparto de custodia dentro de una convivencia hipotética.

—Miga también es mía.

—La responsabilidad principal es mía. Así quedó establecido el día que la encontramos.

—Pero vive con los dos.

—Ahora sí. Si tú vivieras con Gabriel, sería razonable que Miga permaneciera conmigo porque él trabaja muchas horas fuera y yo tengo más flexibilidad.

—Nadie ha hablado de que vaya a vivir con Gabriel.

—Estamos analizando un escenario futuro, no afirmando que vaya a producirse mañana.

—Tú tampoco vas a vivir con Vera mañana.

—Por eso he dicho “algún día”.

Miga aprovechó la discusión para lamerle la barbilla. Leo la abrazó y me observó con una seriedad que desmentía lo remoto de sus planes.

—No renunciaré a ella por una relación.

—Nadie te lo pediría. Y, si Vera te conoce un poco, probablemente ya sepa que venís en el mismo paquete.

—Ha diseñado una cama para Miga dentro de la ampliación del estudio.

—Entonces creo que lo sabe.

Se quedó más tranquilo. Terminamos la infusión mientras repasaba los acuerdos de la cita, el proyecto profesional y las tareas pendientes para la inauguración.

Antes de subir, le pregunté si ya tenía una respuesta para la pregunta con la que inició la conversación.

Leo miró a Miga, dormida otra vez sobre sus pies, y después consultó la lista del teléfono.

—No sé si estoy enamorado porque no tengo una experiencia anterior con la que compararlo —reconoció—. Pero Vera me gusta. Quiero verla, quiero contarle cosas y quiero crear algo con ella. Cuando pienso en los próximos meses, aparece en muchos de mis planes y eso no me molesta.

—Parece un buen comienzo.

—Sí. El domingo le diré eso.

Subió a su habitación con Miga siguiéndolo escaleras arriba. Los escuché detenerse dos veces porque ella todavía calculaba mal la altura de los peldaños y él se negaba a dejarla sola durante el ascenso.

Me quedé en la cocina con las dos tazas vacías.

Durante años creí que cuidar de Leo consistía en anticiparme a cuanto pudiera hacerle daño.

Aquella noche comprendí que también tendría que aprender a contemplar cómo avanzaba hacia lugares que no podía ordenar por él.

Su primer amor no necesitaba que lo protegiera de cada incertidumbre; solo requería que estuviera cerca cuando quisiera convertirla en una pregunta.