Capítulo 16
Gabriel regresó a la pastelería poco antes de las nueve, cuando el pueblo ya empezaba a recogerse y las persianas de los comercios descendían una tras otra.
Le envié una fotografía de la receta al encontrarla, pero no esperaba que apareciera aquella misma noche. Entró por la puerta lateral con una bolsa de comida, dos botellas de agua y la determinación de quien había decidido participar antes de conocer el plan.
—Leo me ha dicho que ibas a quedarte hasta tarde —me explicó—. También me ha informado de que no has cenado.
—¿Desde cuándo os comunicáis a mis espaldas?
—Desde que descubrimos que es la forma más eficaz de conseguir que comas durante una crisis repostera.
Dejó la bolsa en una mesa y se acercó al obrador. Yo había colocado la hoja de la abuela bajo una lámina transparente para protegerla de las salpicaduras. A su lado se acumulaban cuencos, ingredientes y las primeras notas con las que intentaba completar los espacios borrados.
Gabriel leyó el encabezamiento sin tocar el papel.
—“Para Marcos” —murmuró—. Mi abuelo nunca supo que esto existía.
—Seguramente ella la escribió antes de que todo ocurriera.
—Y pensaba terminar de enamorarlo con un dulce. Como si no lo hubiera estado lo suficiente.
—La abuela resolvía muchas cosas alimentando a la gente. No siempre funcionaba, pero nadie discutía con el estómago vacío.
Sonrió y continuó estudiando los ingredientes. No pretendió interpretar la técnica ni aportar conocimientos que no tenía.
Se limitó a preguntarme qué podía deducir, por qué algunas cantidades estaban acompañadas de interrogaciones y si la crema incompleta pertenecía al relleno o a la cobertura.
—Eso intento averiguar. La almendra y la miel podrían formar la base. La naranja amarga aparece dos veces, pero no sé si pensaba usar la piel en la masa y el zumo en la crema. Tampoco indicó cuánto debía hornearse.
—Elvira era la pastelera. Marcos habría sido el encargado de comérselo.
—Y probablemente de decirle que estaba perfecto, aunque no lo estuviera al principio.
—En eso puedo representarlo con dignidad.
Abrimos la comida y cenamos de pie, repartiendo la atención entre la receta y el interior casi terminado.
Las nuevas lámparas del obrador proyectaban una luz uniforme sobre las mesas, mientras el salón permanecía iluminado únicamente por los puntos que dejamos encendidos sobre el mostrador.
Desde la calle llegaba el rumor distante de una motocicleta y, más cerca, el golpeteo ocasional de una cuerda contra el mástil de algún barco.
Leo se quedó en casa con Miga. Había aceptado mi intención de trabajar hasta tarde después de imponer tres condiciones: debía avisar antes de medianoche, no podía llevarle a la cachorra ningún resto de las pruebas y tenía que fotografiar cada resultado con su correspondiente numeración.
Al enterarse de que Gabriel vendría, añadió que ya no era necesario que llamara para confirmar que seguía en el local.
—Eso ha sido una autorización bastante evidente —comenté.
—Creo que le tranquiliza saber que no estás sola.
—También creo que le entusiasma ejercer de hermano menor con funciones de supervisor.
—No parece considerarse menor para casi nada.
La primera prueba partió de una masa de almendra tostada, miel y mantequilla. Añadí ralladura de naranja y preparé una crema ligera con el zumo reducido.
Gabriel pesó los ingredientes siguiendo mis indicaciones, aunque tuvo que volver a empezar cuando confundió el recipiente de la harina con el del azúcar.
—Son exactamente iguales —se defendió.
—Uno tiene una etiqueta que dice “harina”.
—Estaba colocado de espaldas.
—La repostería no admite alegaciones arquitectónicas.
Trabajar con él convirtió el ensayo en algo menos solemne. Yo esperaba sentir el peso de la historia de la abuela en cada paso, pero Gabriel derramó parte de la miel, dejó una marca de harina en su camisa y consiguió que la primera crema se cortara al removerla con demasiado entusiasmo.
Cuando se disculpó por tercera vez, le retiré las varillas.
—Tu tarea consiste en probar, no en intervenir.
—Es una degradación profesional.
—Nunca has tenido categoría profesional dentro de este obrador.
—Me nombraste representante de Marcos hace diez minutos.
—Para comer. Es un cargo sin responsabilidad técnica.
La primera masa quedó demasiado compacta. El sabor tenía fuerza, pero la miel ocultaba la naranja y el conjunto resultaba pesado. Gabriel tomó una segunda porción para confirmar el diagnóstico y acabó reconociendo que el cariño hacia su abuelo no lo obligaba a mentir.
—Marcos habría vuelto a marcharse —concluyó.
—Gracias por tu delicadeza.
—Pero habría regresado al día siguiente.
Anoté los cambios entre risas. Reduje la almendra, sustituí parte de la miel por azúcar y preparé una crema más ácida.
La segunda versión necesitaba reposo, así que nos sentamos en el suelo del salón, frente al mostrador restaurado. Gabriel apoyó la espalda contra uno de los pilares y estiró las piernas. Me acomodé a su lado, con la receta protegida sobre las rodillas.
—¿Crees que ella llegó a probarla? —me preguntó.
—No lo sé. Hay manchas en otras páginas, correcciones y comentarios. Esta parece un proyecto. Quizás la imaginó y nunca encontró el momento de terminarla.
—La escribió pensando en él.
—Sí. Eso es lo que más me impresiona.
Gabriel deslizó los dedos sobre el borde de la funda transparente.
Durante unos instantes pensé en Elvira joven, trabajando en aquel mismo local cuando aún pertenecía a su familia, probando sabores para un hombre en quien pensó en su día al escribir aquella receta.
No podía saber que la receta permanecería oculta hasta que los nietos de ambos intentaran completarla.
—No quiero que sintamos que tenemos que terminar lo que ellos empezaron —comentó—. Lo nuestro no debería convertirse en una reparación.
Me volví hacia él. Era la primera vez que expresaba con tanta claridad un temor que también me acompañaba desde que descubrimos el parentesco.
—No estoy contigo por tu abuelo.
—Ya lo sé.
—Y tú no estás aquí por la abuela.
—Estoy aquí porque deseaba venir y porque llevo todo el día pensando en besarte. La receta solo ha proporcionado una excusa respetable.
La confesión me hizo sonreír. Dejé la hoja sobre una caja cerrada y me acerqué hasta rozar su rodilla.
—Podrías haber empezado por ahí.
—Estabas concentrada y sostenías un cuchillo.
Lo besé antes de que encontrara otra razón. Gabriel me sujetó por la cintura y respondió con una urgencia que llevaba tiempo escondiendo bajo bromas y mediciones.
El primer beso se prolongó hasta que tuve que separarme para respirar; el siguiente nació sin prudencia, con mi mano en su nuca y sus dedos recorriendo mi espalda por encima de la tela.
El temporizador del horno sonó desde el obrador.
—La receta —murmuré contra su boca.
—Elvira nos odiaría si la quemamos.
—La abuela no desperdiciaba mantequilla.
Nos levantamos deprisa. Saqué la bandeja mientras Gabriel apagaba el temporizador y abría una de las ventanas. Las piezas desprendían un aroma intenso a naranja tostada, y el borde había adquirido un dorado más uniforme que en la primera prueba.
—Hay que esperar diez minutos —le advertí.
—¿Qué hacemos mientras tanto?
La pregunta perdió cualquier inocencia cuando se acercó. Tenía una mancha de harina junto al cuello de la camisa y otra sobre la mejilla. Intenté quitársela con el pulgar, pero Gabriel giró la cabeza y besó la yema de mi dedo.
—Podríamos ordenar —propuse.
—Podríamos.
Ninguno se movió hacia los utensilios. Me rodeó la cintura y me llevó hacia la mesa central, despacio, esperando una respuesta en cada gesto.
Lo besé de nuevo y tiré de su camisa hasta sacarla del pantalón. Sus manos descendieron por mis costados, se detuvieron en mis caderas y volvieron a subir por debajo del borde de mi camiseta.
El contacto de sus dedos sobre la piel me recorrió entera. Habíamos intercambiado besos durante aquellas semanas, largas despedidas frente a la casa y caricias que terminaban antes de exigir una decisión. Aquella noche no quería detenerme en el punto habitual.
—Abril —pronunció mi nombre mientras apartaba la boca de la mía—. Dime que lo deseas.
—Mucho.
La respuesta deshizo la última reserva.
Me sentó sobre el borde de la mesa y se colocó entre mis piernas, con una mano en mi espalda y la otra acariciándome el muslo.
Lo atraje hacia mí, sintiendo su respiración en el cuello y el recorrido lento de sus labios hasta el hombro. El obrador olía a miel, mantequilla y naranja; bajo mis manos, su piel conservaba el calor del horno.
Le desabroché la camisa sin dejar de besarlo. Uno de los botones se resistió y terminé soltando una risa que él ahogó contra mi boca. Gabriel se quitó la prenda y la dejó sobre un saco de harina todavía cerrado.
—Eso no cumple ninguna norma de higiene —le advertí.
—Mañana no habrá producción.
—Respuesta correcta.
Me levantó lo suficiente para apartarme de la superficie de trabajo y extendió sobre ella una de las chaquetas que dejamos en una silla. Aquel cuidado, en medio de la impaciencia, me enterneció y aumentó aún más el deseo.
Le acaricié el pecho, recorrí con los labios su mandíbula y sentí cómo sus manos aprendían mi cuerpo sin apresurarse a reclamarlo.
Mi camiseta terminó junto a su camisa. Una nube blanca se levantó cuando las prendas rozaron el saco, y parte de la harina cayó sobre su hombro. Pasé los dedos por ella, dibujando una línea que descendía hasta su pecho.
—Estás cubierto de harina.
—Tú también.
Me mostró la marca de su mano en mi cintura y volvió a besarla. Cada roce me alejaba un poco más de la conciencia del lugar, aunque seguía percibiendo el calor de las lámparas, la superficie firme bajo mi cuerpo y el aroma de la bandeja enfriándose a pocos metros.
Gabriel volvió a preguntarme sin palabras, deteniéndose el tiempo suficiente para que pudiera decidir. Lo atraje por la nuca y le respondí con un beso.
La ropa restante fue desapareciendo entre caricias, pequeñas risas y movimientos que perdieron cualquier torpeza a medida que aprendíamos a acompasarnos.
Hicimos el amor sobre la mesa del obrador, entre el perfume de la naranja y un rastro de harina que se adhería a nuestra piel.
Hubo deseo, pero también una ternura que no esperaba encontrar en medio de tanta urgencia: su mano buscando la mía, mi nombre pronunciado junto a mi oído y la forma en que redujo el ritmo para atender cada una de mis reacciones.
Me aferré a sus hombros y dejé de pensar en el pasado, en la inauguración o en las decisiones que nos aguardaban fuera de aquellas paredes.
Cuando el placer terminó de atravesarnos, permanecimos abrazados, respirando juntos mientras el obrador recuperaba sus sonidos habituales.
Gabriel apartó un mechón de mi cara y besó mi sien. Tenía harina en el pecho, en un brazo y probablemente en lugares que ninguno iba a reconocer al día siguiente.
—Creo que acabamos de incumplir varias normas sanitarias —comentó.
—La superficie se desinfectará tres veces.
—¿Solo tres?
—Cuatro, si eso tranquiliza al arquitecto.
Nos vestimos entre sonrisas, recogimos las prendas y limpiamos la mesa con un rigor que habría satisfecho a Leo. Cuando terminamos, recordé la bandeja. Los diez minutos de reposo se transformaron en casi cuarenta.
Probé una de las piezas y se la ofrecí a él. La crema conservaba la acidez, la almendra ya no resultaba pesada y la miel aparecía al final, sin ocultar los demás sabores.
—Ahora sí —decidí.
Él tomó otro bocado y negó con la cabeza.
—Está mucho mejor, pero todavía no es la definitiva.
—¿Por qué?
—Porque necesitas una razón profesional para que volvamos a quedarnos hasta tarde.
Le di un golpe leve en el brazo y recogí la receta de la abuela. Aún faltaban cantidades, una parte de la crema y el acabado que ella imaginó. Sin embargo, por primera vez podía reconocer el dulce que trató de crear.
Escribí debajo de la segunda prueba: “Reducir miel. Mantener naranja. Probar cobertura de almendra”. Después añadí la fecha.
Gabriel observó la anotación por encima de mi hombro y me rodeó la cintura.
—¿Cómo piensas llamarlo cuando lo termines?
Miré la frase de la abuela y pensé en la vuelta que nunca ocurrió de la manera que ella esperaba, en la visita que llegó décadas después y en nosotros, cubiertos aún por rastros de harina dentro de la pastelería que volvía a abrir.
—El Regreso —respondí—. Pero no será la receta de Marcos.
—No. Será la receta de Elvira.
Aquella distinción importaba. Marcos había sido el destinatario, la promesa que dio origen al dulce; la idea, el oficio y las manos que intentaron convertirla en algo real pertenecían a la abuela. Guardé la hoja en el recetario y apagué los hornos.
Salimos pasada la medianoche. Antes de cerrar, contemplé el mostrador, las vitrinas aún vacías y el obrador donde acabábamos de crear algo que no provenía únicamente del pasado.
Gabriel enlazó sus dedos con los míos y caminamos hacia casa sin prisa, llevando en una caja la segunda prueba de una receta que ya empezaba a encontrar su forma.