Capítulo 15
Tres semanas después, la pastelería había dejado de parecer un edificio tras una guerra.
La abertura por la que encontramos a Miga desapareció bajo un muro reforzado, el techo nuevo ocultaba las vigas dañadas y las instalaciones ya no colgaban de las paredes.
Todavía faltaban las vitrinas, parte de la iluminación y una cantidad de detalles que Leo enumeraba cada mañana, pero al menos pude entrar e imaginar clientes al otro lado del mostrador.
Conservamos los azulejos que sobrevivieron a los años de abandono. Gabriel los distribuyó en una franja detrás del mostrador y encargó réplicas para sustituir las piezas rotas, aunque pidió que mantuvieran pequeñas diferencias de tono.
Según él, una restauración no debía borrar el tiempo; según Leo, aquella explicación era una forma elegante de justificar que las reproducciones nunca serían idénticas.
—Las dos afirmaciones pueden ser ciertas —le respondió Gabriel mientras comprobaba la instalación de una lámpara.
—Sí, pero la segunda es más verificable.
Miga observaba la discusión desde el parque plegable que instalamos en un rincón alejado de la obra.
La veterinaria ya le permitió salir después de completar las primeras vacunas, aunque debía evitar las zonas frecuentadas por otros perros.
Creció lo suficiente para saltar una de las paredes de tela si tomaba carrerilla, de modo que Leo elevó los laterales con una red y calculó el ángulo desde el que resultaba imposible escapar.
La cachorra respondió mordiendo una de las sujeciones.
—Está poniendo a prueba tu diseño —comentó Vera.
—Está destruyéndolo. No es lo mismo.
Ella llegó con las cajas definitivas y las colocó sobre una mesa protegida con cartón.
El color azul recordaba al mar durante las mañanas nubladas y la caligrafía de la abuela aparecía en una breve frase impresa: “Desde casa”.
La encontramos repetida en varios recetarios, al final de las fórmulas que preparaba para regalar.
Leo y Vera trabajaban juntos casi todos los días. El intercambio inicial de cuatro horas terminó convirtiéndose en dos encargos pagados, un calendario compartido y numerosas reuniones cuya duración aumentaba sin que ninguno protestara.
Él renovó la página del estudio de diseño, organizó sus campañas y preparó un sistema para medir de dónde llegaban los clientes. Ella desarrolló nuestra identidad visual y empezó a confiarle decisiones que antes tomaba por intuición.
—La impresión de las primeras quinientas unidades termina mañana —nos explicó mientras sacaba una caja de muestra—. Si no cambiáis nada otra vez.
—No habrá cambios —aseguré.
Leo examinó el pliegue lateral y localizó una desviación que apenas alcanzaba un milímetro.
—Esto debería corregirse.
—No habrá cambios importantes —rectifiqué.
Vera retiró la caja de sus manos antes de que buscara una regla y le prometió revisar el troquel.
Él aceptó, aunque anotó la incidencia en el documento compartido.
La naturalidad con la que resolvían sus diferencias me hizo preguntarme cuándo dejarían de presentar sus encuentros como asuntos profesionales, pero había aprendido que cualquier comentario mío conseguía que mi hermano cerrara el tema durante horas.
Yo también acumulaba motivos para evitar preguntas.
Desde el concierto, Gabriel y yo cenamos varias veces, paseamos con Miga casi todas las tardes y pasamos un domingo recorriendo un mercadillo en busca de antiguas bandejas expositoras.
No habíamos puesto nombre a lo que ocurría entre nosotros, aunque se despedía con un beso y entraba en casa sin esperar que le indicáramos dónde dejar las cosas.
Aquella mañana apareció con dos cafés y una bolsa de panecillos. Miga abandonó su intento de fuga y comenzó a saltar dentro del parque en cuanto lo reconoció.
—No deberías premiarla cuando se altera —le advirtió Leo.
Gabriel dejó los vasos en una mesa y esperó a que la cachorra apoyara las cuatro patas en el suelo. Solo entonces se agachó para acariciarla.
—Estoy aprendiendo.
—Aprendes más deprisa que Abril.
—Eso es una calumnia —protesté—. Ayer se sentó cuando se lo pedí.
—Porque tenías comida en la mano. Técnicamente obedeció al queso.
Gabriel me entregó el café y me besó en la mejilla, aunque la sonrisa que le dedicó a Leo indicaba que compartía buena parte de su argumento.
La familiaridad del gesto me gustó. Durante las primeras citas había temido que la historia de nuestros abuelos acelerara la relación y nos hiciera confundir la emoción heredada con lo que sentíamos.
Tres semanas después, lo que más me atraía de él no guardaba relación con Marcos: era su forma de escuchar, el respeto con el que trataba a Leo y la facilidad con que se involucraba sin apropiarse de mis decisiones.
—¿Preparada para estrenar el obrador? —me preguntó.
—Llevo despierta desde las cinco.
—Eso no responde exactamente.
—Estoy aterrada, pero pienso hacerlo de todos modos.
Los hornos funcionaban desde el día anterior y la instalación había pasado las primeras comprobaciones.
Aún faltaban permisos para abrir al público, pero podía empezar a realizar pruebas.
Terminé el curso online la semana anterior y contraté a una pastelera con experiencia para incorporarse antes de la inauguración.
Aun así, necesitaba demostrarme que los años junto a la abuela, las clases y los meses de práctica servían para algo más que reproducir recetas en la cocina de casa.
Elegí una masa de almendra y limón que ella preparaba durante el verano. Llevé el recetario más antiguo, pesé los ingredientes y dispuse los utensilios nuevos sobre la mesa de trabajo.
El acero, las baldosas claras y las estanterías vacías convertían el obrador en un espacio que todavía no nos pertenecía. Esperaba que el aroma del primer horneado comenzara a cambiarlo.
Leo instaló el ordenador cerca de la puerta para avanzar en la campaña, mientras Vera fotografiaba el proceso. Gabriel debía supervisar la colocación del rótulo exterior, pero encontraba razones frecuentes para entrar y comprobar el estado de la masa.
—Si sigues abriendo la puerta, no crecerán —le advertí.
—El horno tiene cristal.
—Entonces deja de respirar con tanta preocupación delante del cristal.
La primera bandeja salió demasiado pálida por el centro. Intenté separar una pieza y la masa se abrió en dos, derramando un relleno que aún no había cuajado. Vera fotografió el desastre antes de que pudiera impedírselo.
—Eso no se publica —le indiqué.
—Documentar el proceso hace que la marca resulte cercana.
—Documentar un crimen también lo hace cercano y no por eso debe subirse a las redes.
Leo examinó el dulce roto desde una distancia prudente.
—La presentación es mala, pero necesitamos probarlo para determinar si todo el producto ha fallado.
Gabriel cortó cuatro porciones con una espátula. El sabor era bueno, aunque la textura recordaba a una crema que perdió toda intención de permanecer dentro de la masa. Miga empezó a llorar desde el parque en cuanto nos vio comer.
—Ella no puede probarlo —recordó mi hermano—. Lleva azúcar, mantequilla y ralladura de limón.
—Nadie ha propuesto dárselo.
—Está utilizando presión emocional y quería dejar clara nuestra posición.
La segunda prueba mejoró después de reducir el líquido y ajustar la temperatura. Esta vez las piezas conservaron la forma, aunque el borde quedó más tostado de lo que pretendía.
Mientras apuntaba los cambios, la sensación de fracaso se fue retirando. La abuela tampoco obtenía siempre el mismo resultado; recordé verla añadir harina sin pesarla, corregir una crema sobre la marcha y culpar a la humedad cuando una masa se rebelaba.
—La tercera saldrá bien —me aseguró Gabriel al acercarse.
—No puedes saberlo.
—No, pero puedo quedarme hasta comprobarlo.
Rozó mi cintura antes de volver al salón. Aquel contacto breve bastó para recordarme que, al margen de hornos y presupuestos, mi vida también se había movido durante aquellas semanas.
La tercera bandeja salió dorada, firme y con el relleno en su sitio. Leo activó un temporizador para que esperáramos el tiempo exacto antes de probarla. Cuando sonó, repartí las piezas y observé sus reacciones con más nervios que durante muchos cierres del periódico.
—Esta sí —decidió Vera.
—El equilibrio entre acidez y dulzor es correcto —añadió Leo—. El borde podría tener un espesor más uniforme, pero eso es una observación y no una objeción.
Gabriel terminó el primer bocado y tomó otro antes de responder.
—Sabe a una pastelería que ya está abierta.
Aquella valoración fue la que más me emocionó. Miré el obrador, todavía incompleto, y por fin logré imaginar las bandejas llenas, el movimiento de las primeras horas y la puerta abriéndose hacia la calle.
Miga consiguió escapar mientras celebrábamos el resultado. No saltó la red ni rompió una sujeción; esperó a que Vera abriera el parque para cambiarle el agua y pasó entre sus piernas.
Corrió hacia el obrador con cuatro personas detrás, atravesó una nube de harina y atrapó un trozo de masa cruda que cayó durante la primera prueba.
Leo fue el primero en alcanzarla. Se arrodilló, abrió una mano y pronunció la orden con firmeza.
—Suelta.
Miga masticó más deprisa.
—Eso demuestra que comprende el verbo —señalé.
—Comprender y obedecer son procesos distintos.
Consiguió intercambiar la masa por uno de sus premios y la devolvió al parque.
Después revisó el cierre, añadió una pinza y actualizó su registro de incidentes.
Vera propuso utilizar la fotografía de sus huellas blancas en el suelo para anunciar que nuestro “equipo de control de calidad” ya estaba trabajando.
—Esa sí puedes publicarla —acepté.
Pasamos el resto de la tarde organizando utensilios y clasificando los recetarios.
La abuela conservaba cinco cuadernos, además de hojas sueltas, sobres de levadura vacíos con anotaciones y recortes de revistas.
Necesitaba seleccionar qué recetas formarían parte de la primera carta y cuáles requerían adaptación.
Gabriel salió con los instaladores del rótulo y Vera regresó a su estudio. Leo se llevó a Miga a casa para respetar la hora de su comida. Me quedé sola en el obrador, acompañada por el zumbido de una cámara frigorífica y el olor a almendra de la última hornada.
El cuaderno más antiguo tenía las tapas verdes, desgastadas en los bordes, y varias páginas se habían despegado del lomo. Al ordenarlas, descubrí que dos estaban unidas por una mancha de almíbar. Las separé con cuidado y encontré una hoja doblada entre ambas.
No contenía una carta, sino una receta escrita con la letra joven de la abuela. Algunas cantidades se habían borrado y otras aparecían sustituidas por interrogaciones. Distinguí almendra tostada, naranja amarga, miel y una crema cuya composición no llegó a completar.
En la parte superior no figuraba ningún nombre. Solo una frase trazada con tinta azul:
“Para Marcos”.
Leí aquellas palabras varias veces. La receta pertenecía a los años anteriores al accidente, casi con total seguridad.
Extendí la hoja sobre la mesa del obrador y observé los ingredientes incompletos.
Después de todo cuanto descubrimos, aquella receta no me pareció un recuerdo condenado a quedarse sin terminar, sino una tarea que había esperado durante décadas a que alguien volviera a abrir la pastelería.