El dulce sabor de regresar Capítulo 14
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Capítulo 14

Miga decidió que las seis y veintitrés era una hora razonable para empezar el día.

Leo no compartía la opinión, pero llevaba menos de veinticuatro horas siendo su responsable principal y se levantó en cuanto escuchó el primer quejido.

Yo los encontré en el patio cuando bajé, él con el pijama bajo una chaqueta y ella atacando una hoja seca que el viento arrastraba por las baldosas.

—Ha dormido cinco horas y catorce minutos seguidos —me informó—. La veterinaria dijo que se despertaría varias veces, así que el resultado es mejor de lo previsto.

—Me alegro por ti.

—No parece cierto.

—Me alegraré más después del café.

Había colocado una libreta junto a la puerta de la cocina para anotar las horas a las que Miga comía, dormía y salía al patio.

También registraba sus deposiciones con un nivel de detalle que me negué a leer durante el desayuno. La cachorra, ajena a cualquier método, volcó el cuenco del agua, mordió la esquina de la alfombra y se durmió con medio cuerpo fuera de la cama provisional.

Llegamos a la pastelería poco después de las ocho. La abertura por la que apareció ya estaba cerrada y los operarios comenzaban a colocar los refuerzos del techo.

Leo dejó a Miga en casa porque aún no podía permanecer en medio de una obra, aunque revisó dos veces la cámara que instaló frente a su cama y programó una alarma para regresar a verla a media mañana.

Vera acudió para entregar las muestras definitivas de las cajas. Mientras ella y Leo discutían el grosor del cartón, conecté un pequeño altavoz para aliviar el estrépito de los taladros durante las pausas.

Sonó una canción de No me recuerdes que caí, un grupo que escuchaba con frecuencia durante mis años en la ciudad. Empecé a tararearla mientras ordenaba el recetario de la abuela y Vera levantó una de las muestras a modo de micrófono.

—No te imaginaba aficionada a ellos —comentó.

—Los vi tres veces en concierto. Cuando trabajaba en el periódico, una compañera conseguía entradas para casi todo.

—Actúan esta noche en el antiguo almacén de sal.

Dejé el recetario sobre la mesa.

—¿Aquí?

—Es el concierto de cierre del festival. Creo que quedan entradas, aunque yo no puedo ir porque tengo una entrega mañana.

La conversación terminó cuando uno de los operarios nos pidió que apartáramos las cajas.

No advertí que Gabriel acababa de entrar ni que permaneció junto a la puerta el tiempo suficiente para escucharnos. Se acercó con el informe de la estructura, preguntó por Miga y dedicó el resto de la mañana a supervisar el refuerzo sin mencionar la música.

A las once, Leo regresó a casa para sacar a la cachorra. Vera lo acompañó porque quería comprobar cómo quedaban las etiquetas bajo la luz de la cocina y, según sospeché, porque cualquier excusa le parecía válida para volver a verla.

Me quedé revisando con Gabriel la posición de las vitrinas.

—Necesito hacerte una pregunta que no tiene relación con la obra —anunció cuando terminamos.

—Eso suena grave.

—Depende de tu opinión sobre los conciertos improvisados.

Sacó el teléfono y me mostró dos entradas para la actuación de aquella noche. Tardé unos segundos en comprender que las compró después de oírme hablar con Vera.

—No tenías por qué hacerlo.

—Ya lo sé. Quería hacerlo. He escuchado que te gustan y quedaban muy pocas.

—¿También te gusta ese grupo?

—Desde hace unos veinticinco minutos, muchísimo.

Me reí y él guardó el teléfono sin apartarse. Hasta entonces, nuestra cercanía podía atribuirse a la pastelería, a las cartas o a la extraña unión entre nuestras familias.

Aquella invitación no admitía una explicación profesional. Gabriel quería pasar una noche conmigo y eligió algo que sabía que me haría ilusión.

—¿Me estás invitando a una cita? —le pregunté.

—Sí. Podría fingir que es una actividad cultural relacionada con la rehabilitación del antiguo almacén, pero Leo detectaría la mentira antes de que acabara la frase.

—Probablemente yo también.

—Entonces prefiero ahorrarnos el intento. ¿Quieres venir conmigo?

Pensé en Miga, en el curso que llevaba varios días atendiendo a intervalos y en la hora temprana a la que empezarían de nuevo las obras. Eran razones sensatas para negarme, aunque ninguna tenía fuerza suficiente frente a las entradas que Gabriel sostenía y a las ganas de aceptar.

—Sí, quiero.

Su sonrisa consiguió que el local, cubierto de polvo y atravesado por cables, me pareciera durante unos instantes el mejor lugar donde recibir una invitación.

Leo regresó antes del mediodía con fotografías de Miga dormida en cuatro posiciones distintas. Esperé a que terminara de explicarnos que había comido bien antes de comunicarle mis planes.

—Gabriel me ha invitado a un concierto esta noche.

Miró primero a Gabriel y después a mí.

—¿Los dos solos?

—Esa es la idea.

—Entonces es una cita.

—Eso mismo le he preguntado.

—Era innecesario preguntar si ya había comprado dos entradas y no había invitado a nadie más.

Gabriel se cruzó de brazos.

—Agradezco que analices mis intenciones con tanta precisión.

—Las intenciones ambiguas generan problemas. Las tuyas no lo son.

Le expliqué que me preocupaba dejar a Miga tan pronto, pero Leo descartó el inconveniente.

Él pensaba quedarse en casa porque la cachorra aún se despertaba con cualquier ruido y necesitaba mantener su rutina. Había previsto dedicar la noche a revisar la estrategia del estudio de Vera, que le envió acceso a las estadísticas de su web.

—Puedo ocuparme de Miga con mayor competencia que vosotros ahora mismo. Gabriel no conoce su horario y tú no has leído completa la hoja de la veterinaria.

—La he leído.

—No viste la segunda cara.

Tuve que admitir que no sabía que existiera una segunda cara. Leo consideró demostrado su argumento y añadió la salida a la tabla de cuidados. Vera se ofreció a llevarle la cena cuando cerrara el estudio, pero él le explicó que ya tenía comida preparada.

—No te he preguntado si tienes comida —repuso ella—. He dicho que puedo llevarte la cena.

Leo tardó unos segundos en responder.

—Entonces puedes venir, si quieres conocer los resultados preliminares del análisis.

—Quiero. Y también quiero ver a Miga.

—El orden real de tus motivos probablemente sea el contrario.

—Es posible.

La perspectiva de que los dos pasaran la velada trabajando y cuidando a la cachorra pareció satisfacerlos.

Vera pidió una hora concreta y quedaron a las nueve menos cuarto.

Leo señaló que nosotros teníamos ya una cita y ellos una reunión profesional.

Nadie discutió la clasificación, aunque Gabriel me dirigió una mirada divertida.

Volvimos a casa a media tarde. Miga recibió a Leo con tanta alegría que perdió el equilibrio y terminó sentada dentro del cuenco vacío.

Él revisó que no se hubiera golpeado, limpió el agua derramada y me recordó que debía regresar antes de la una porque aún no habíamos acordado quién asumiría la primera salida de la mañana.

—Intentaré ser puntual.

—“Intentaré” no indica una hora.

—Regresaré antes de la una.

—Gracias.

Elegí un vestido sencillo que llevaba semanas guardado y me arreglé con mayor atención de la que pensaba reconocer.

Durante los últimos años, salir significó casi siempre acompañar a compañeros del periódico después del trabajo o asistir a actos relacionados con alguna noticia. Aquella noche no tendría que entrevistar a nadie, tomar notas ni marcharme antes para cerrar una edición.

Cuando bajé, encontré a Leo colocando la correa de Miga junto a la puerta. Me observó unos segundos y frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Estoy decidiendo si decir que estás guapa constituye una observación innecesaria.

—Puedes decirlo.

—Estás guapa. Gabriel también lo pensará, aunque es probable que utilice más palabras.

Me acerqué para besarlo y él aceptó el abrazo con un brazo mientras sujetaba a Miga con el otro.

—Diviértete —añadió—. No tienes que comprobar la cámara porque estás dejando a la perra con la persona que instaló la cámara.

Gabriel llamó a la puerta a las ocho. Llevaba una camisa oscura con las mangas dobladas y una expresión que borró cualquier duda acerca de si aquello era una cita. Saludó a Leo, se agachó para acariciar a Miga y le entregó una bolsa con un juguete de cuerda.

—No era necesario comprarle nada —le indicó mi hermano.

—Lo sé. Quería hacerlo.

Reconocí la misma respuesta que utilizó conmigo al hablar de las entradas y tuve que contener una sonrisa. Miga atrapó el juguete y corrió hacia el salón, resbalando en la última curva.

El antiguo almacén de sal se levantaba cerca del puerto. Lo restauraron como espacio cultural, pero conservaba las paredes blancas, las vigas altas y las grandes puertas por las que antiguamente entraban los carros.

El escenario ocupaba uno de los extremos y parte del público permanecía de pie; encontramos sitio en una grada lateral desde la que se veía el mar a través de una abertura.

—Debo confesarte algo —comentó Gabriel mientras esperábamos—. Solo conocía dos canciones del grupo.

—Hace unas horas conocías una.

—He progresado mucho.

—¿Y si no te gustan?

—La entrada incluye tu compañía. Con eso cubro el riesgo.

Las luces se redujeron antes de que pudiera responder. El grupo empezó con una canción lenta que reconocí desde los primeros acordes.

Durante los temas iniciales permanecimos uno al lado del otro, conscientes de una distancia que se reducía cada vez que alguien pasaba frente a nosotros. En la cuarta canción, Gabriel rozó mi mano con la suya y dejó los dedos cerca, ofreciéndome la posibilidad de apartarme.

Entrelacé los míos con los suyos.

No hubo una declaración ni necesitábamos formularla. Seguimos el concierto tomados de la mano, compartiendo comentarios entre canción y canción.

Cuando interpretaron mi favorita, Gabriel me confesó que la escuchó tres veces aquella tarde para reconocerla. El detalle me emocionó más que las entradas.

Al salir, caminamos junto al puerto. La noche olía a sal y a madera húmeda, y las voces del público fueron quedando atrás.

Le hablé de los conciertos a los que asistía en la ciudad y de que en parte echaba de menos la vida que abandoné para regresar. Él me recordó que volver al pueblo no me obligaba a renunciar a todo lo anterior.

—Puedes construir algo nuevo sin convertirte en otra persona —me aseguró.

—Eso intento hacer con la pastelería.

—No hablaba solo de la pastelería.

Nos detuvimos junto a la barandilla. Gabriel levantó una mano y retiró de mi mejilla un mechón que el viento desplazaba una y otra vez. Se inclinó con lentitud suficiente para que pudiera decidir.

Yo acorté la distancia.

El beso fue breve al principio, prudente, aunque la prudencia duró poco cuando apoyé una mano en su hombro y volvió a besarme.

Toda la historia que compartíamos quedó fuera de aquel instante. No éramos los nietos de Elvira y Marcos ni la propietaria de un local y su arquitecto. Éramos dos personas que se gustaban y acababan de dejar de fingir que aún necesitaban pruebas.

Mi teléfono vibró al separarnos. Leo había enviado una fotografía de Miga dormida junto a su maqueta y un mensaje: “Todo controlado. Vera ya se marchó. No hace falta que volváis antes por Miga”.

Le enseñé la pantalla a Gabriel.

—Eso parece una autorización para continuar la cita —comentó.

—Es un informe de situación.

—He pasado suficiente tiempo con Leo para saber que puede ser ambas cosas.

Retomamos el paseo sin soltarnos las manos. Por primera vez desde que decidí regresar, no sentí que estuviera recuperando una vida antigua. El pueblo, la pastelería, Miga y aquel hombre a mi lado pertenecían a algo que apenas comenzaba.