El dulce sabor de regresar Capítulo 13
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Capítulo 13

El cachorro apareció al segundo día de obras, aunque durante los primeros minutos nadie supo que estaba allí.

Los albañiles trabajaban en el almacén, donde la retirada de un revestimiento podrido dejó al descubierto una abertura junto al suelo.

El agujero comunicaba con un estrecho paso situado entre nuestro edificio y el patio trasero de una vivienda deshabitada, y Gabriel ordenó que lo cerraran en cuanto comprobaran el estado de la pared.

Leo llegó poco después de las ocho con el ordenador bajo el brazo. Vera le envió a las nueve en punto las primeras propuestas del rótulo, tal y como prometió, y él quería revisar los archivos desde la pastelería para comprobar los colores con la luz real de la fachada.

Se instaló en una mesa plegable mientras yo hablaba con el encargado sobre los azulejos que intentaríamos conservar.

Un golpe metálico nos obligó a levantar la voz. Después llegó un ruido mucho más débil, apenas un gemido que se confundió con el roce de una herramienta. Yo no lo distinguí, pero Leo dejó de escribir y giró la cabeza hacia el fondo.

—Hay algo detrás de la pared.

—Son las tuberías —le respondió uno de los operarios.

—Las tuberías no lloran.

Se levantó antes de que pudiera pedirle que esperara y avanzó hacia el almacén. El encargado desconectó una radial, molesto por la interrupción, pero entonces todos oímos el gemido. Procedía de la abertura recién descubierta.

Leo se agachó a cierta distancia y encendió la linterna del teléfono. Dos ojos oscuros aparecieron en el hueco, seguidos de un hocico cubierto de polvo. El cachorro trató de retroceder al vernos y tropezó con algo que no alcanzábamos a distinguir.

—Necesito que nadie haga ruido —pidió mi hermano.

El cambio que se produjo en él me sorprendió. Había llegado dispuesto a discutir sobre tipografías y, de pronto, toda su atención quedó concentrada en aquel animal.

Se sentó en el suelo sin importarle el polvo, dejó el teléfono frente a la entrada y comenzó a hablarle con una voz baja que casi nunca utilizaba.

—No voy a meter la mano porque probablemente me morderías. No sería culpa tuya, pero complicaría el rescate. Puedes salir cuando quieras.

El cachorro volvió a gemir.

—Quizás no entiende una explicación tan detallada —comenté.

—El tono también transmite información.

Pidió agua y un trozo del bollo que todavía guardaba en su mochila. Desmenuzó una parte cerca del agujero y dejó el resto a pocos centímetros de sus zapatillas.

Tardamos casi diez minutos en ver aparecer una pata demasiado grande para aquel cuerpo pequeño. Después salió la cabeza, las orejas desiguales y un lomo de color canela cubierto de suciedad.

Leo no intentó tocarlo. Esperó hasta que el animal devoró las migas, olfateó sus dedos y apoyó el hocico en su rodilla.

Solo entonces deslizó las manos bajo su cuerpo y lo sacó por completo. El cachorro temblaba, aunque no parecía herido. Llevaba un cordón deshilachado alrededor del cuello y tenía las almohadillas manchadas de barro.

—Nos lo quedamos —anunció mi hermano.

—No.

—Todavía no he expuesto los argumentos.

—No necesitas exponerlos. Encontrar un perro no implica adoptarlo.

Lo sostuvo contra el pecho y el cachorro hundió el hocico bajo su barbilla. Leo cerró los ojos un instante, vencido por una alegría tan abierta que pocas veces le había visto. Cuando volvió a mirarme, ya había ordenado su defensa.

—La casa tiene espacio, el patio necesita reformas, pero puede cerrarse, los dos trabajaremos cerca y la abuela dejó dinero suficiente para afrontar gastos veterinarios. Además, no tenemos alergia conocida y yo puedo organizar los paseos.

—Has pensado todo eso en menos de un minuto.

—Los datos ya existían. Solo necesitaba relacionarlos.

—Un cachorro exige tiempo, educación y mucha responsabilidad. Acabamos de mudarnos, la casa aún exige reparaciones y estamos montando un negocio.

—Precisamente. Si esperamos a que nuestra vida esté terminada, no podremos tomar ninguna decisión hasta que muramos, y entonces será tarde para tener perro.

El encargado disimuló una carcajada detrás de la mascarilla. Yo traté de mantenerme firme, aunque el cachorro eligió aquel momento para estirar una pata hacia mí.

—Primero hay que comprobar si pertenece a alguien —insistí—. Puede haberse perdido.

—Eso no es un argumento contra quedárnoslo. Es un procedimiento previo.

Gabriel llegó mientras seguíamos discutiendo. Cruzó el local, examinó el agujero y después reparó en el animal que Leo protegía bajo la chaqueta.

Me llamaba la atención que se acercara por allí cada día, puesto que no tenía ninguna necesidad de ello. El caso es que su presencia me tranquilizaba y, al mismo tiempo, me gustaba.

—¿Qué ha ocurrido?

—Se ha colado durante la noche —le expliqué—. Seguramente entró desde el patio abandonado y después no supo salir.

—Y se va a vivir con nosotros —añadió Leo.

—Eso no está decidido.

Gabriel se inclinó para observarlo. El cachorro levantó una oreja y la otra permaneció doblada sobre la cabeza.

—Yo creo que ya os ha elegido.

—Tu opinión no es vinculante —le advertí.

—De acuerdo, pero puedo aportar información técnica. El patio se puede cerrar en un día y la puerta de la cocina admite una gatera.

—Es un perro, no un gato.

—La versión grande se llama puerta para mascotas.

Leo le dio las gracias por la precisión y yo comprendí que acababa de formarse una alianza.

Gabriel telefoneó a una clínica veterinaria cercana. Podían atendernos antes del mediodía y comprobar si el cachorro necesitaba cuidados urgentes. Hasta entonces, ordenó cubrir provisionalmente la abertura para evitar que entrara otro animal y revisar el paso exterior.

—También podría haber más cachorros —señaló Leo.

La posibilidad puso en marcha a todo el equipo. Dos operarios inspeccionaron el terreno contiguo, mientras Gabriel avisaba al responsable de la vivienda.

No encontraron más animales ni señales de una madre. Una vecina recordó haber visto el día anterior un coche detenido junto al callejón y creyó escuchar ladridos después, aunque no pudo identificarlo.

El cordón atado al cuello y la ausencia de cualquier otro perro fortalecieron la sospecha de abandono.

Vera entró poco después con varias pruebas impresas. Se detuvo al descubrir a Leo sentado en una caja de herramientas, con el cachorro dormido entre los brazos y el ordenador cerrado a su lado.

—¿Eso forma parte de la estrategia de lanzamiento?

—Todavía no —le respondió—. Abril no ha autorizado que forme parte de nada.

Le expliqué lo sucedido y Vera se acercó sin invadir el espacio del animal. Le ofreció el dorso de la mano, esperó a que la oliera y recibió un lametón.

—Tiene buen criterio —concluyó—. Voto por que se quede.

—Tampoco tienes voto.

—Entonces presento una recomendación profesional. Los negocios con perro obtienen mejores fotografías para redes sociales.

—Eso no es una estadística contrastada —objetó Leo.

—No, pero ha sonado convincente.

—No necesitamos argumentos falsos. Los reales son suficientes.

Vera aceptó la corrección y se sentó a su lado para enseñarle los diseños. Trabajaron con el cachorro entre ambos.

Cada vez que ella acercaba una lámina, él comprobaba que las patas sucias no alcanzaran el papel.

A pesar de la distracción, descartaron una tipografía, ajustaron el tono azul de las cajas y eligieron una versión del logotipo inspirada en la caligrafía de la abuela.

Yo intenté concentrarme en la obra. Los albañiles terminaron de retirar los materiales dañados y comenzaron a preparar el refuerzo del techo.

Gabriel iba de un lado a otro resolviendo dudas, aunque encontraba cualquier excusa para acercarse al cachorro. En menos de dos horas, todos parecían haber aceptado que viviría con nosotros, salvo la persona cuya opinión debía ser decisiva.

—No podéis organizarme una adopción por agotamiento —protesté cuando los tres volvieron a rodearme.

—No es por agotamiento —me respondió Leo—. He preparado una distribución de responsabilidades.

Me mostró una tabla en el ordenador. Incluía paseos, alimentación, citas veterinarias, limpieza, educación y una estimación mensual de gastos.

Él asumía los paseos de la mañana y la noche; yo solo tendría que ocuparme de la salida de media tarde cuando él trabajara fuera de casa. También había localizado dos educadores caninos y una tienda donde comprar lo imprescindible.

—¿Cuándo has hecho esto?

—Mientras se cargaban los archivos de Vera. Han sido nueve minutos aprovechables.

—Yo puedo regalaros una cama —ofreció ella.

—Y yo me encargo de cerrar el patio —añadió Gabriel.

—Esto es un complot.

—Un complot requiere ocultación —precisó Leo—. Estamos expresando nuestras intenciones con mucha claridad.

El cachorro despertó, se retorció hasta bajar de sus brazos y caminó hacia mí con una inseguridad conmovedora. Se sentó sobre uno de mis zapatos y comenzó a morder el cordón. Lo aparté con cuidado, pero regresó inmediatamente, convencido de que acababa de descubrir el mejor objeto de la pastelería.

—Solo si no tiene dueño —cedí—. Y la responsabilidad principal será tuya.

Leo tardó un segundo en procesar que había ganado. Después abrazó al cachorro con tal entusiasmo que Gabriel tuvo que recordarle que no lo apretara demasiado.

—Ya lo sé —replicó—. Estoy ajustando la fuerza.

La clínica confirmó que era una hembra de unas diez semanas, sin chip y algo deshidratada, pero sana.

La veterinaria tomó nuestros datos, explicó el calendario de vacunas y nos recomendó difundir su fotografía durante unos días por si alguien podía demostrar que la buscaba.

También nos advirtió que, si fue abandonada, necesitaría paciencia para sentirse segura.

Leo escuchó todas las indicaciones, pidió que se las entregara por escrito y formuló tantas preguntas sobre alimentos, horarios y señales de alarma que la consulta se prolongó veinte minutos.

Cuando salimos, llevaba a la cachorra envuelta en una manta que Vera compró de camino.

—Necesita un nombre provisional —comenté.

—Si se queda, el nombre dejará de ser provisional —me respondió.

Propusimos varios mientras regresábamos al local. Gabriel sugirió Canela por el color; Vera, Trufa. Leo no aceptó ninguno porque eran nombres demasiado frecuentes o podían confundirse con órdenes.

Al entrar, la cachorra olfateó el suelo y corrió hacia el lugar donde él dejó las migas del bollo. Buscó durante varios segundos, encontró una y se la comió con enorme satisfacción.

—Miga —decidió Leo.

—¿Por la pastelería?

—Por el lugar donde apareció, por lo primero que comió y porque tiene dos sílabas. Es fácil de reconocer.

Gabriel se agachó frente a ella.

—Miga.

La cachorra levantó la cabeza.

—Ha respondido —celebró Vera.

—Ha reaccionado a un sonido —corrigió Leo—, pero aprenderá.

Al mediodía dejamos a los operarios trabajando y nos llevamos a Miga a casa.

Durante el trayecto, mi hermano la sostuvo dentro de una caja de transporte prestada por la clínica y le explicó cada giro, aunque ella se durmió antes de llegar a la segunda calle.

En cuanto abrimos la puerta, despertó y recorrió el recibidor con cautela. Olfateó los muebles nuevos, estornudó junto a una alfombra y terminó bajo la mesa del salón, desde donde nos observó con las orejas en posiciones distintas.

Leo se sentó en el suelo y esperó. Al cabo de unos minutos, Miga salió, avanzó hasta él y se acomodó entre sus piernas.

—Ya sabe dónde está su sitio —comenté.

—Todavía está explorando —me corrigió, aunque sonreía mientras le acariciaba el lomo.

Miré la caja que serviría de cama hasta que Vera trajera la definitiva, los cuencos que Gabriel compró y la tabla de responsabilidades abierta en el ordenador.

Nada de aquello entraba en mis planes.

Tampoco figuraban en ellos las cartas, el derrumbe del techo ni un arquitecto que empezaba a encontrar demasiados motivos para permanecer cerca.

Miga apoyó la cabeza en el muslo de Leo y se quedó dormida.

La casa, que unas semanas atrás parecía cerrada sobre los recuerdos de la abuela, adquirió con su respiración un sonido nuevo.

Por primera vez desde nuestro regreso, no pensé en todo cuanto aún debíamos arreglar, sino en las cosas inesperadas que comenzaban a encontrar un lugar entre nosotros.