El dulce sabor de regresar Capítulo 12
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Capítulo 12

Las obras de la pastelería comenzaron el lunes a las ocho de la mañana, aunque a las siete y cuarenta y cinco Leo ya estaba frente al local con una carpeta, dos bolígrafos y la lista de tareas que Gabriel nos entregó.

Yo llegué detrás, todavía con el sabor del primer café y la sensación de que abrir aquella persiana significaba algo distinto desde que conocíamos la historia de Marcos.

Los operarios ocuparon el interior con herramientas, cubos y sacos de material.

Durante la primera hora retiraron los restos del techo que se desplomó, desmontaron los revestimientos dañados y marcaron en las paredes el recorrido de las nuevas instalaciones.

El ruido anuló cualquier intento de conversación, pero no consiguió borrar la emoción de ver el local lleno de actividad después de tantos años cerrado.

Gabriel apareció con unos planos enrollados bajo el brazo y una bolsa de papel que dejó sobre el mostrador antiguo.

—He traído desayuno —me explicó—. Ayer pensé que hoy estaríais nerviosos y se me ocurrió que quizás olvidaríais traer algo de comer.

—Yo no lo he olvidado —aclaró Leo—. Desayuné a las siete y doce. Abril tomó café, pero eso no cuenta como desayuno completo.

—Entonces he acertado en un cincuenta por ciento.

—En realidad, has traído para tres y solo una persona olvidó comer. Has acertado en un treinta y tres coma tres periódico.

Gabriel aceptó la corrección y sacó tres bollos de la bolsa.

Desde la noche de las cartas, algo cambió entre nosotros. No sabría decir si se trataba de confianza, afecto o la extraña cercanía que nace al descubrir que dos familias guardan extremos distintos de una misma historia.

Cuando nuestras miradas coincidían, ya no veía únicamente al arquitecto responsable de la obra, sino al nieto del hombre que pronunció el nombre de la abuela cuando casi todos los demás se le habían borrado.

Extendió los planos sobre una tabla y nos explicó el trabajo previsto para aquella semana.

Primero asegurarían la estructura y renovarían las conducciones; después levantarían el obrador, instalarían la ventilación y recuperarían cuanto fuera posible del antiguo salón.

El mostrador se restauraría, aunque cambiaríamos la superficie, y algunas baldosas decoradas volverían a ocupar la pared principal.

—La abuela reconocería el local —comenté—, pero sabría que ya no le pertenece.

—Creo que esa es la medida correcta —me respondió Gabriel—. Conservar lo suficiente para recordar de dónde viene, sin obligarte a trabajar dentro de un museo.

Leo dibujó un visto bueno junto al punto correspondiente.

—Es una formulación útil. Podríamos utilizarla cuando expliquemos la marca.

Desde que decidimos reabrir, hablaba de la pastelería en términos de público objetivo, posicionamiento y experiencia del cliente.

Al principio supuse que lo hacía para ayudarme mientras encontraba algo propio. Aquella mañana comprendí que llevaba días desarrollando una estrategia completa. Había registrado un dominio, preparado un calendario para las redes sociales y dividido el lanzamiento en tres fases.

—Esto ya es trabajo de verdad —le indiqué al revisar la carpeta.

—Siempre fue trabajo de verdad. La diferencia es que todavía no hemos decidido cuánto vas a pagarme.

—Pensaba que eras mi hermano solidario.

—Puedo ser ambas cosas. El parentesco no invalida una factura.

Gabriel escondió una sonrisa mientras fingía estudiar los planos.

Le di a Leo la razón y acordamos que incluiríamos su trabajo en el presupuesto de apertura. La decisión pareció aliviarlo más de lo que expresó.

No quería limitarse a acompañarme ni convertirse en el ayudante provisional de la hermana mayor; necesitaba una responsabilidad definida, con objetivos que pudiera medir y defender.

A media mañana llegó una joven cargada con un muestrario de papeles, una tableta y una bolsa llena de envases plegados.

Se presentó como Vera, diseñadora gráfica y responsable de un pequeño estudio de impresión situado dos calles más arriba.

Gabriel la llamó para que nos ayudara con el rótulo, las cajas y la identidad visual.

Llevaba el cabello recogido en una trenza corta y unas manchas de tinta azul en dos dedos.

Antes de enseñarnos ninguna propuesta, recorrió el local, fotografió las baldosas antiguas y pidió permiso para examinar el recetario de la abuela que yo había llevado con la intención de decidir qué dulces recuperaríamos.

—Podríamos partir de su letra —propuso—. No copiarla entera, porque resultaría difícil de leer, pero sí conservar algún trazo en el nombre o en las etiquetas.

Leo observó las muestras sin tocar ninguna.

—La legibilidad tiene que mantenerse por debajo de un segundo y medio en el rótulo exterior.

Vera levantó la cabeza.

—¿Por debajo o por encima?

—Por debajo. Si alguien tarda más de un segundo y medio en reconocer el nombre al pasar, el diseño no funciona.

—De acuerdo. ¿Has calculado también desde qué distancia?

La pregunta pareció sorprenderlo. La mayoría de la gente habría tomado su comentario por una exageración o habría respondido con una broma. Ella, en cambio, abrió una nota nueva y esperó el dato.

—Desde la acera contraria serían unos nueve metros —contestó—. Pero hay que comprobarlo.

—Vamos a medirlo.

Salieron juntos con el metro láser. Los vi discutir sobre el tamaño de las letras, la altura del toldo y el reflejo que recibiría el cristal durante la tarde.

Vera no le pidió que suavizara sus observaciones ni interpretó sus correcciones como un ataque. Cuando discrepaba, explicaba el motivo; cuando no comprendía una frase, preguntaba de manera directa.

—Acabas de perder a tu responsable de marketing —bromeó Gabriel.

—No creo. Ha encontrado a alguien que habla su idioma.

—Entonces quizás recuperes al hermano solidario y conserves al profesional mediante contrato.

Lo miré, sorprendida de que recordara nuestra conversación, y encontré en su expresión una familiaridad que me agradó más de lo conveniente.

Propuso que saliéramos unos minutos para dejar trabajar a los operarios y fuimos a buscar café a un establecimiento cercano. Nos sentamos en una mesa alta del exterior, desde la que podíamos ver la puerta de la pastelería y a Leo midiendo la fachada por tercera vez.

Gabriel me preguntó cuándo empezó para mí aquella historia con el local. Le conté que la abuela nos crio desde que nuestros padres murieron en un accidente de tráfico.

Yo tenía diez años; Leo, tres. Durante mucho tiempo recordé aquel día a través de datos sueltos: una vecina que nos llevó a su casa, el vestido oscuro de la abuela y el modo en que todos evitaban decir delante de nosotros que no volveríamos a verlos.

—Ella se hizo cargo de los dos sin permitirnos sentir que éramos una carga —continué—. La pastelería fue nuestra segunda casa. Hacíamos los deberes en una mesa del fondo y aprendimos a distinguir la vainilla auténtica antes que muchas capitales europeas.

—Eso explica por qué quieres recuperarla.

—También explica por qué me asusta. Si sale mal, no fracasa solo un negocio. Tengo la impresión de haber tocado algo que pertenecía a la abuela.

Gabriel giró el vaso de café entre los dedos antes de responder.

—Tú también le pertenecías en cierto modo y, aun así, te dejó crecer, marcharte y hacer una vida distinta. No creo que esperara que conservaras la pastelería intacta. Quizás solo deseaba que tuvieras un lugar al que regresar.

Sus palabras me llevaron de nuevo a las cartas, a Marcos y a la visita que la abuela realizó cuando comprendió que aún podía elegir una última despedida.

Durante años pensé en su enfermedad como una sucesión de pérdidas. Descubrir aquella decisión devolvía a sus últimos tiempos una parte de la mujer firme que conocimos.

—¿Tus padres viven aquí? —le pregunté.

—Ahora mismo, no sabría señalarte el país con seguridad. Están jubilados y viven en un velero desde hace dos años. Recorren el mundo, regresan cuando necesitan una reparación seria y envían fotografías para demostrar que siguen vivos.

—¿En un velero? Después de la historia de tu abuelo, es algo curioso.

—Mi padre heredó del abuelo la pasión por el mar Mi madre dice que se jubiló para viajar y descubrió demasiado tarde que “viajar” significaba compartir seis metros de espacio con el mismo hombre durante semanas.

Me enseñó una fotografía reciente. Sus padres aparecían en la cubierta, bronceados y sonrientes, con una costa verde al fondo. Gabriel mantenía con ellos una relación cercana, aunque sus ausencias le enseñaron a construir una vida sin contar con que la familia estuviera siempre a pocos kilómetros.

—Yo me quedé porque quería echar raíces —admitió—. Ellos necesitaban movimiento. Supongo que cada uno busca una manera distinta de sentirse en casa.

—Y tú escogiste el pueblo que tu abuelo abandonó.

—Sí. Aunque empiezo a pensar que no lo elegí, sino que me eligió él a mí.

La respuesta permaneció entre nosotros mientras bebía el último sorbo.

No pregunté qué motivos le empujaban a afirmar algo así.

La forma en que me observó volvió innecesaria la aclaración y, al mismo tiempo, me hizo agradecer que no se precipitara. Apenas nos conocíamos, por mucho que las cartas de nuestros abuelos nos hubieran entregado una intimidad heredada.

Al regresar, encontramos a Vera y Leo sentados en el suelo del local, rodeados de muestras de cartón.

Habían descartado seis colores, elegido dos tipos de caja y elaborado una lista de comprobaciones para el diseño. Mi hermano parecía animado, aunque hablaba más deprisa de lo habitual y movía entre los dedos una tira de papel para regular la excitación.

—Vera necesita una estrategia digital para su estudio —me comunicó sin preámbulos—. Tiene trabajo suficiente, pero casi todo llega por recomendación y no puede prever la demanda. Voy a revisar su web y sus métricas.

—Y Leo necesita que alguien convierta su planificación en una imagen que no parezca un informe de auditoría —añadió ella—. Hemos acordado intercambiar unas horas de trabajo antes de decidir si nos contratamos mutuamente.

—No es un intercambio informal —rectificó él—. Hemos definido cuatro horas por persona y una valoración económica equivalente.

—Por supuesto. Hay un documento.

Vera nos mostró una hoja firmada por ambos. Gabriel la leyó y aseguró que jamás presenció una colaboración tan reglamentada entre dos personas que se conocían desde hacía cuarenta minutos.

—Cuarenta y siete —corrigió Leo.

Ella comprobó la hora en el teléfono.

—Tiene razón.

El acuerdo me hizo sonreír, no porque imaginara inmediatamente una relación entre ellos, sino porque Leo acababa de encontrar una puerta que podía abrir por sí mismo.

Su regreso al pueblo dejó de ser una renuncia ligada a mi proyecto. Había convertido lo que sabía hacer en una propuesta concreta y alguien ajeno a la familia la consideró valiosa.

La jornada terminó con parte del techo retirado, las antiguas instalaciones al descubierto y una montaña de escombros en la entrada.

Resultaba difícil contemplar aquel caos y creer que allí serviríamos pasteles dentro de un tiempo. Sin embargo, Gabriel desplegó una representación del resultado final y la sostuvo frente al local. Tras los muros desnudos apareció, por un instante, la pastelería que imaginábamos.

—Hoy parece que hemos destruido más de lo que construimos —comenté.

—Es normal durante la primera fase —me aseguró—. Mañana empezaremos a devolverle cosas.

Leo guardó sus documentos mientras Vera recogía las muestras. Habían quedado al día siguiente para revisar el sitio web del estudio y parecían entusiasmados.

Antes de marcharse, ella le preguntó si prefería recibir por escrito las propuestas de diseño para examinarlas con tiempo.

—Sí —respondió él—. Gracias por preguntarlo.

—Entonces te las envío esta noche, pero no hace falta que contestes hasta mañana.

—Si las abro, probablemente contestaré.

—En ese caso, las enviaré mañana a las nueve.

Leo asintió, satisfecho con la precisión, y la acompañó hasta la puerta para explicarle cuál era la ruta más corta hacia su estudio, aunque ella llevaba años recorriendo aquellas calles. Vera lo escuchó hasta el final antes de confesarle que ya conocía el camino.

—Podrías haberlo dicho antes —objetó él.

—Podría, pero quería comprobar si tu ruta era mejor.

—¿Y lo es?

—Treinta metros más corta. Mañana la pruebo.

Cuando se alejó, Leo regresó con una expresión que intentaba mantener neutral.

—Me cae bien —declaró—. Hace preguntas específicas.

—Es una cualidad importante —convine.

—Mucho más que tener ojos bonitos, antes de que digas nada.

—No iba a decir nada sobre sus ojos.

—Entonces he prevenido una conversación innecesaria.

Gabriel soltó una carcajada a mi lado. Cerramos el local y permanecimos unos segundos ante la fachada, los tres cubiertos de polvo y cansados. Él me rozó el brazo al despedirse y prometió volver temprano para supervisar los refuerzos del techo.

Mientras regresábamos a casa, Leo habló de métricas, tipografías y del documento que pensaba preparar para Vera. Yo apenas lo interrumpí.

Aquel primer día de obras no nos dio paredes nuevas ni un obrador terminado, pero dejó algo en marcha para cada uno: una pastelería que comenzaba a despertar, un trabajo que mi hermano podía hacer suyo y una cercanía con Gabriel que ya no pertenecía únicamente a la historia de nuestros abuelos.