El dulce sabor de regresar Capítulo 11
33%

Capítulo 11

—¿Conoces a un hombre llamado Marcos Ledesma? —le pregunté—. Fue pescador y se marchó del pueblo hace muchos años.

Gabriel dejó de revisar las mediciones que llevaba anotadas en la carpeta.

Había acudido a la pastelería para explicarnos un cambio en la distribución del obrador y, hasta ese momento, la conversación giró alrededor de desagües, tomas eléctricas y una pared que convenía conservar.

Levantó la cabeza despacio y buscó en mi cara alguna señal que explicara la pregunta.

—Mi abuelo se llamaba Marcos Ledesma.

Leo, que estaba comprobando con un metro la distancia entre dos columnas, lo plegó con un chasquido.

—¿Fue pescador? —insistió.

—Sí. De joven trabajó en este pueblo, aunque se marchó antes de que naciera mi padre. ¿Por qué lo preguntáis?

Le contamos por qué y se quedó helado.

—No me lo puedo creer —murmuró—. Elvira.

Pronunció el nombre con el reconocimiento de quien acaba de colocar una pieza que llevaba años suelta. Le pregunté qué sabía y recorrió unos pasos por el local antes de contestar. El polvo de las obras crujió bajo sus zapatos, pero no pareció advertirlo.

—Mi abuelo pasó sus últimos años en una residencia.

Cuando empezó a perder memoria, hablaba de un amor de juventud.

Las enfermeras decían que repetía el nombre de Elvira, sobre todo por las noches o después de alguna visita familiar.

Nosotros pensábamos que mezclaba recuerdos. Jamás nos explicó quién era.

—No los mezclaba —puntualizó Leo—. Quizás no pudiera ordenarlos, pero Elvira existió.

Gabriel se llevó una mano a la nuca y volvió a mirarme.

—¿Vuestra abuela era esa Elvira?

—Sí. Marcos le escribió desde que abandonó el pueblo. Su padre ocultó las primeras cartas y ella no las encontró hasta once años después.

Le resumí que el padre de la abuela llevaba el timón, que había bebido y que Marcos aceptó la culpa para proteger a la familia. También le hablé de la mentira con la que hicieron creer a su abuelo que Elvira conocía la verdad y lo rechazaba.

Gabriel apoyó la carpeta sobre un saco de yeso y se frotó las manos, cubiertas de polvo por haber tocado una pared minutos antes.

—Crecí oyendo que el abuelo se marchó porque tuvo problemas con el dueño de un barco. Mi padre nunca supo mucho más. El abuelo evitaba hablar de esta época y, si alguien insistía, respondía que no valía la pena remover el pasado.

—Lo removió por escrito —observó Leo—. Treinta y dos veces, al menos.

—Leo —lo reprendí, aunque Gabriel no se ofendió.

—No es una crítica. Es una medida de cuánto le importaba.

El arquitecto asintió. Siempre fue el nieto favorito de Marcos, quizás porque era quien más tiempo pasaba a su lado. Lo acompañaba a caminar y, cuando comenzó la enfermedad, acudía a la residencia varias tardes por semana.

—Elegí vivir aquí por él —nos confesó—. Nunca quiso regresar, pero me describía el pueblo con tanta emoción que me la traspasó. Cuando surgió la posibilidad de instalar el estudio en la zona, lo inspeccioné a fondo. Supongo que intentaba entender qué dejó atrás.

—Dejó a la abuela —respondió Leo—. Aunque técnicamente también dejó el puerto, el trabajo y a todas las personas que conocía.

—Las precisiones técnicas pueden esperar algunas veces —le indiqué.

—Esta parecía importante.

Gabriel sonrió apenas, con los ojos todavía húmedos. Después recordó algo y la sonrisa desapareció.

Poco antes de que Marcos muriera, una enfermera le contó que una señora fue a visitarlo. Llegó sola, preguntó por él y permaneció en la habitación cerca de una hora.

—La enfermera aseguró que mi abuelo la reconoció —añadió—. Llevaba semanas confundiendo a casi todo el mundo, pero, cuando ella entró, sus ojos se agrandaron.

Me cubrí la boca con los dedos. Marcos pidió a la abuela que no viajara, que lo conservara dentro de las cartas y renunciara a un encuentro condicionado por la enfermedad. Ella no le hizo caso. Después de pasar media vida obedeciendo decisiones ajenas, eligió por sí misma y fue a buscarlo.

—La abuela también terminó en una residencia por alzhéimer —le expliqué—, pero entonces aún debía de estar bien. Llevaba viuda muchos años, muchos más que Marcos. En una de las cartas le dijo que quería visitarlo y él se negó.

—Pues fue —concluyó Leo—. Eso significa que la última negativa de Marcos tampoco decidió por los dos. Es bastante coherente, teniendo en cuenta que uno de sus mayores problemas empezó cuando otras personas decidieron en su lugar.

La interpretación me conmovió por su sencillez. Gabriel se secó los ojos con el dorso de la mano, dejando una mancha clara de polvo junto a la sien, y soltó una risa breve al darse cuenta.

—Mi abuelo reconoció a vuestra abuela —repitió—. Después de tantos años y con la memoria deshaciéndose, la reconoció.

Nos pidió ver las cartas y añadió que comprendería si preferíamos mantenerlas en privado.

Lo invité a venir a casa aquella noche. Tenía tanto derecho a conocer aquella parte de Marcos como nosotros a descubrir quién fue Elvira antes de convertirse en nuestra abuela.

—A las ocho —determinó Leo—. Antes cenamos y después leemos. Si mezclamos ambas actividades, alguien puede manchar una carta.

Gabriel aceptó el horario sin discutir. Recogió la carpeta, olvidó por completo el cambio del obrador que había venido a explicarnos y regresó desde la puerta para dejar las nuevas medidas sobre una mesa.

—En realidad, él no vive aquí porque le encargáramos la pastelería —comentó Leo cuando se marchó—. Le encargamos la pastelería porque su abuelo consiguió que él viviera aquí.

—Eso no convierte todo en una señal.

—No he hablado de señales. He descrito una cadena causal.

A las ocho menos tres, Gabriel llamó a la puerta con una botella de vino y una caja de fotografías.

Leo le recordó que quedaban tres minutos, aunque lo dejó entrar porque hacerlo esperar en la calle solo para respetar la hora exacta le pareció “una aplicación ineficiente de la norma”. Después llevó la cena a la cocina y despejó la mesa del salón.

Había colocado en un extremo una maqueta a medio construir de una antigua librería, afición que retomó al regresar al pueblo. Aquella noche continuaría con el suelo de madera mientras leíamos, porque trabajar con las manos lo ayudaba a escuchar sin sentirse obligado a mirar a quien hablaba.

—Seguiré la conversación —advirtió a Gabriel—. Que no os mire no significa que no esté atendiendo.

—Me parece bien.

—Y os corregiré si cambiáis una fecha.

—Eso también me parece bien.

Serví el vino y llevé la caja de la abuela a la mesa baja. Gabriel reconoció la letra de su abuelo y abrió las fotografías que había traído. En la primera aparecía Marcos con unos setenta años, sentado en el borde de una barca pequeña.

—Esta se la hice yo —me explicó—. Me llevó a pescar por primera vez y pasé toda la mañana mareado. Él aseguró que era una experiencia formativa.

—Lo fue —intervino Leo mientras alineaba dos listones diminutos—. Aprendiste que te mareabas.

La observación nos hizo reír. Gabriel mostró fotografías de su infancia y de los últimos años de Marcos, un hombre paciente con los niños, poco dispuesto a hablar de sí mismo y capaz de arreglar cualquier objeto con una obstinación considerable.

—Conmigo contaba más cosas —admitió—. Por eso decía que era su nieto favorito. Nunca lo anunció delante de los demás, pero me lo confesaba cuando paseábamos. Luego añadía que no debía utilizar la información para obtener ventajas.

—Entonces no eras el favorito a efectos prácticos —dictaminó Leo—. Era un título honorífico.

—Exactamente.

Le entregué la carta en la que Marcos relataba el accidente. Gabriel la leyó despacio y, cuando terminó, contempló la fotografía de la barca.

—Ahora entiendo por qué nunca permitía que nadie bebiera si iba a navegar —comentó—. Ni una copa. Mi padre se burlaba de esa rigidez, pero él se enfadaba de verdad.

Seguimos el orden de la libreta: la promesa del padre de Elvira, las preguntas sin respuesta y la mentira de que ella sabía la verdad. Gabriel no defendió a su abuelo por aceptar la culpa; reconoció que cometió un error, aunque tenía poco más de veinte años.

—Creyó que sacrificarse solucionaría algo —reflexionó—. Luego tuvo que vivir sabiendo que empeoró todo.

—Esa conclusión coincide con las cartas —confirmó Leo—. Él mismo la escribió varias veces.

Gabriel nos habló también de la mujer con quien Marcos se casó. Fue una esposa querida, en absoluto una sustituta. Aquellas cartas no reducían su matrimonio; revelaban una herida anterior dentro de una vida nueva.

—La abuela también quiso a nuestro abuelo —le aseguré—. Nunca nos habló de Marcos, pero tampoco nos dio motivos para pensar que su matrimonio fuera desgraciado.

—Quizás por eso pudieron escribirse —respondió—. Ninguno necesitaba despreciar lo que tuvo para admitir lo que perdió.

Leo alzó la vista de la maqueta.

—Esa frase es correcta y, además, está bien formulada.

—Gracias por la evaluación.

—No era una evaluación completa. Solo me refería a esa frase.

Abrimos un último sobre, que Leo y yo dejamos pendiente. La fecha correspondía a pocos días después de la visita a la residencia.

Dentro había una sola hoja, escrita con trazos temblorosos y varias ideas confusas, en algún momento de lucidez. Marcos agradecía a Elvira que hubiera ido a pesar de su negativa.

“Pensé que no quería verte porque temía que encontraras a un desconocido. Cuando entraste, recordé quién eras. No sé cuánto duró ni qué partes de nuestra conversación conservaré mañana, pero te reconocí antes de que dijeras mi nombre. Te reconocí porque durante todos estos años hubo una parte de mí que siguió esperando que cruzaras una puerta”.

Gabriel interrumpió la lectura. Bajé los ojos hacia mi copa mientras Leo dejaba con cuidado las pinzas sobre la mesa. Nadie intentó llenar aquel momento con explicaciones.

“Me dijiste que no fuiste para recuperar el pasado, sino para impedir que nuestra última despedida siguiera siendo aquella que otros eligieron. Tenías razón. Ahora puedo recordar una distinta: tú sentada frente a mí, hablándome de tus nietos y de la pastelería, mientras yo conseguía pronunciar tu nombre. Si la enfermedad me arrebata también ese día, estas palabras lo recordarán por mí”.

La carta terminaba con una despedida sencilla. Marcos le pedía que cuidara de sí misma y le agradecía haber desobedecido.

No volvió a escribir. Gabriel nos contó que murió meses después, acompañado por su hijo y por él, durante una madrugada tranquila en la residencia.

Yo vine a vivir al pueblo de mi abuelo, terminé reformando la pastelería de Elvira y conocí a sus nietos sin tener la menor idea.

—La probabilidad era baja —reconoció Leo—, pero nunca fue cero.

—¿Eso es todo lo que vas a decir sobre la coincidencia?

Mi hermano observó la librería en miniatura y ajustó una silla que se había desplazado unos milímetros.

—No. También diré que me alegro de que la abuela fuera a verlo. Marcos murió sabiendo que ella nunca lo rechazó después de conocer la verdad, y la abuela pudo sustituir el recuerdo de su marcha por el de ese encuentro. Es un resultado mejor que el que teníamos ayer.

Gabriel lo miró con una ternura que agradecí. Después recogió la carta, la introdujo en el sobre y me la entregó con ambas manos.

Nos quedamos hablando hasta que el vino se terminó.

Él narró historias de su abuelo; yo le conté cómo la abuela nos crio y cómo siguió preguntando por la pastelería incluso cuando ya no recordaba que llevaba años cerrada. Entre ambos reconstruimos dos vejeces unidas por una visita de una hora.

Cuando Gabriel se marchó, lo acompañé hasta la puerta. Antes de bajar el primer escalón, se volvió hacia mí y me agradeció que le permitiera leer las cartas. Respondí que él había completado la parte que nos faltaba.

—Entonces estamos en paz —repuso—, aunque no creo que vaya a asimilarlo esta noche.

—Yo llevo días intentándolo.

Nuestros dedos se rozaron cuando le devolví la caja de fotografías. El contacto fue breve, pero ninguno retiró la mano de inmediato. Desde el salón, Leo anunció que eran las doce y diecisiete y que el término “esta noche” perdería exactitud dentro de cuarenta y tres minutos.

Gabriel soltó una carcajada y tomó la caja.

—Buenas noches, Abril.

Lo vi alejarse por la calle hasta que dobló la esquina. Al regresar al salón, encontré a Leo instalando una lámpara diminuta en la maqueta.

—¿Vas a hacer algún comentario sobre Gabriel? —le pregunté.

—Sí. Se ha llevado las fotografías y ha dejado el vino vacío, así que no se ha olvidado nada importante.

—Me refería a otra cosa.

—Ya lo sé. Pero todavía no tengo datos suficientes.

Sonrió sin mirarme y encendió la pequeña librería. Sus ventanas se iluminaron de golpe, convirtiendo aquel rincón ordenado en un refugio minúsculo.

Volví a guardar las cartas dentro de la caja y pensé que, algunas veces, la memoria no necesitaba permanecer entera para conducirnos de regreso al lugar correcto.