Capítulo 8
Gabriel llegó a casa con una carpeta demasiado gruesa para traer buenas noticias.
Habíamos quedado a las cinco, pero Leo llevaba desde las cuatro y media comprobando que los planos que nos envió se abrían bien en el portátil.
Yo retiré de la mesa mis apuntes del curso de pastelería y dejé tres vasos preparados en la cocina. Después del primer cálculo, quería escuchar cada cifra sentada en nuestra casa, con tiempo para preguntar lo que necesitara.
Lo recibimos en el salón. Se detuvo al cruzar la puerta y miró el aparador, la butaca verde y el sofá nuevo.
Luego reparó en el escritorio que se veía a través de la puerta del cuarto de Leo.
Llevaba una camisa clara y los planos sujetos con una pinza metálica; al dejar la carpeta sobre la mesa, volvió a recorrer la habitación con los ojos.
—Ha quedado muy bien —nos dijo—. Tiene un aire acogedor sin parecer detenida en otra época.
—Los muebles nuevos eran baratos y venían en cajas —le aclaré—. Hay dos días de montaje entre ese sofá y el escritorio.
—Entonces os han cobrado poco por los muebles y mucho en paciencia —respondió Gabriel—. Habéis sabido elegir qué conservar. Eso se nota más que el precio.
—La paciencia no aparece en ninguna factura —puntualizó Leo—. Yo la habría desglosado por horas.
Gabriel quiso saber cuál de los dos montó las estanterías. Leo le explicó que colaboramos, aunque la primera balda terminó dos veces en el lugar equivocado.
Añadió que ya estaban fijadas a la pared y que solo entonces colocó sus libros. Mientras hablaban, dejé de observar la carpeta. Gabriel trataba a Leo como a alguien capaz de explicarle mejor que nadie decisiones de la casa, y mi hermano parecía contento de que preguntara por ellas dándole su lugar.
Nos sentamos a la mesa del comedor. Gabriel extendió dos planos: en el primero se conservaba la posición del mostrador y se restauraba su frente; en el segundo se abría más espacio para las mesas, pero obligaba a construir uno nuevo.
Me señaló las diferencias en los recorridos entre el obrador y la zona de venta, y Leo le preguntó si ambos dejaban sitio para recoger pedidos sin bloquear la entrada. Gabriel le enseñó una pequeña superficie prevista junto a la caja y anotó una modificación que mejoraría el paso.
—La instalación eléctrica necesita renovarse —nos explicó—.
También la ventilación del obrador y parte de la fontanería.
La filtración venía de una unión antigua en la planta de arriba.
Ya sabemos dónde reparar, aunque habrá que retirar primero los restos del falso techo y comprobar los apoyos antes de cerrar de nuevo.
—¿Has podido ajustar la cifra? —le pregunté.
—Sí. Si elegís la primera distribución, conservamos el frente del mostrador y mantenemos los acabados dentro de esta gama, la estimación baja respecto a la que os di el otro día.
Os he traído las partidas separadas y los presupuestos recibidos.
Quedan decisiones sobre maquinaria y una reserva para imprevistos; no quiero que esa parte desaparezca del papel solo para presentaros un total más agradable.
Giró una hoja hacia nosotros. La cifra seguía siendo alta, pero estaba por debajo de la orientación que nos hizo junto al local.
Leí el desglose dos veces. Leo siguió con el dedo las partidas de electricidad, reparación de la filtración y carpintería, y Gabriel esperó hasta que terminó.
Mi hermano preguntó si la restauración del mostrador incluía sustituir la parte interior que no se veía desde el salón.
Gabriel señaló el apartado correspondiente y precisó qué piezas se reutilizarían y cuáles no.
—Si quitamos las mesas, ¿bajaría mucho? —pregunté.
—Algo, pero perderíais una parte del negocio que me explicaste que queríais tener. Antes de renunciar a eso, revisaría contigo la elección de materiales y el equipamiento. La distribución conviene pensarla para la pastelería que queréis abrir, no solo para gastar lo menos posible el primer mes.
Leo anotó esa respuesta sin hacer ningún comentario. Yo volví al plano y situé mentalmente el mostrador donde lo conocía desde pequeña. Me gustaba poder conservarlo, aunque necesitaría ver las muestras de madera y las superficies de trabajo antes de decidir.
Gabriel no nos pidió una respuesta inmediata. Nos dejó una copia de todo para revisar las cifras y sugirió que, cuando hubiera terminado mi primera parte del curso, habláramos otra vez de la maquinaria que utilizaría de verdad.
—Mi profesor del módulo de masas estaría encantado de saber que estoy estudiando fichas de hornos durante sus clases —comenté.
—Quizás te pida que hagas un trabajo sobre ello —respondió Gabriel—. Yo aceptaría un pastel como honorarios por la idea.
—Eso tendría que figurar en el presupuesto —intervino Leo—. Así sabríamos si lleva impuestos.
Gabriel soltó una carcajada y le prometió no incluir pasteles en ninguna factura.
Al terminar la revisión de los planos, preguntó si podía ver el patio.
Le advertí que allí todavía no hicimos nada, aparte de despejar el desagüe y fijar las baldosas sueltas de la entrada.
Salimos los tres por la puerta acristalada.
La tarde había refrescado y el rosal proyectaba sobre el muro la sombra desordenada de sus ramas.
—Es más amplio de lo que parece desde el salón —observó, avanzando hasta el lugar donde pensábamos colocar una mesa—. ¿Queréis usarlo también en invierno?
—Si el tiempo nos deja —le respondí—. De momento queremos que vuelva a ser agradable sin meternos en otra obra grande.
Nos recomendó conservar las macetas grandes mientras averiguábamos cuáles podían recuperarse. Se agachó a mirar las juntas entre las baldosas y nos dijo que, después de resolver el desagüe y las piezas que bailaban, bastaría una buena limpieza para ver si el resto necesitaba algún arreglo.
En la pared opuesta señaló el lugar donde se podía colocar una luz discreta, si algún día queríamos cenar fuera; también midió a pasos la zona de sombra para que no compráramos una mesa demasiado grande.
—No estás sacando otra carpeta, ¿verdad? —le pregunté.
—Hoy no. Estas son ideas, no una propuesta de obra —me aseguró—. Si llenas el patio de muebles antes de usarlo, descubrirás tarde por dónde te gusta pasar.
—Eso también se aplica al salón —apuntó Leo—. Tenemos pendiente una mesa pequeña, y Abril quería comprarla antes de comprobar dónde abriría el cajón del aparador.
—El cajón abre perfectamente —protesté.
—Porque aún no compramos la mesa.
Gabriel nos escuchó discutir las dimensiones del mueble y acabó proponiendo que marcáramos su tamaño con periódicos sobre el suelo antes de volver a la tienda.
Leo aprobó el método, aunque recordó que necesitábamos periódicos viejos, no los ejemplares que yo conservaba por los reportajes que publiqué.
Regresamos al interior riéndonos, y les ofrecí café o algo frío.
Gabriel aceptó un vaso de limonada. Leo sacó de la nevera una jarra que preparó esa mañana y la llevó al salón junto con tres vasos.
—Te habría ofrecido algún dulce —le dije a Gabriel—, pero estoy haciendo un curso, y mi última prueba necesitaría otras seis horas de reposo.
—Prefiero esperar a que la apruebes tú primero.
Nos quedamos charlando un rato sobre el pueblo y las reformas que aún teníamos por delante. Gabriel creció en una localidad cercana y se instaló allí cuando abrió el estudio; conocía la antigua pastelería por haber pasado frente a ella, aunque nunca llegó a comprar cuando seguía abierta.
Leo le preguntó cuánto tardaba desde su estudio hasta nuestra calle y obtuvo una respuesta aproximada.
La corrigió calculando el trayecto en un mapa, pero aceptó que los semáforos podían alterar el resultado.
Por primera vez en días hablamos del proyecto sin tener delante una fotografía de los daños.
Gabriel se levantó para marcharse y dejó el vaso vacío sobre una bandeja.
Al recoger los planos, reparó en la pequeña caja de lata que Leo había colocado en el saliente de la chimenea.
El candado destacaba sobre la pared recién pintada.
Yo casi había olvidado que estaba allí; después de buscar llaves la noche del hallazgo, volví a ocuparme de cursos, presupuestos y muebles.
—¿Eso también formaba parte de la decoración? —preguntó.
—No —respondí—. Un pintor la encontró bajo una tabla de la buhardilla. Todavía no sabemos qué guarda.
—La puse ahí porque no quería mezclarla con las cajas de la mudanza —añadió Leo—. Y porque en mi escritorio terminaba tapada por los papeles. Aquí la vemos los dos.
Gabriel se acercó lo suficiente para distinguir el candado, pero no tocó la lata.
Le contamos que la abuela la escondió, o al menos fue quien pudo guardarla allí, y que probamos las llaves pequeñas que encontramos en la cocina y el costurero.
Ninguna abrió el cierre. Mientras yo hablaba, Leo observó la caja desde la otra punta del salón con la concentración que ponía en las cosas cuando acababa de recordar un detalle.
—Buscamos donde la abuela guardaba las llaves que no usaba mucho —comentó—. Esta debía de ser importante. Las cosas importantes las llevaba cerca.
—¿Qué quieres decir?
—El colgante. Tenía una llave pequeña en una cadena. Me acuerdo de que jugaba con ella cuando era niño y me decía que no tirara porque podía romperla.
Lo miré sorprendida. Recordaba la cadena sobre la ropa de la abuela, pero llevaba tanto tiempo sin verla que dejé de pensar en ella al revisar sus objetos personales. Gabriel alzó las cejas y, por un instante, pareció más interesado en aquella caja que en todos los planos que acababa de enseñarnos.
—Ahora necesito saber si encaja —admitió, divertido—. Pero eso os corresponde averiguarlo a vosotros. Ya me contaréis si queréis.
Se despidió en la puerta. Leo bajó con él hasta la calle para preguntarle por un detalle del calendario de la obra; yo fui al dormitorio de la abuela y abrí el cajón donde guardamos sus joyas después del funeral. A
Allí estaban el reloj que dejó de usar en la residencia, un broche en forma de hoja y varios collares enredados dentro de una bolsa de tela. Saqué las cadenas una a una hasta encontrar una fina, con una llave tan pequeña que parecía un adorno. La llevé al salón en la palma de la mano.
Leo regresó cuando estaba frente a la chimenea. Le mostré el colgante y él reconoció una pequeña marca en la cabeza de la llave, una raya que recordaba haber tocado con el dedo.
Sostuvo la caja mientras yo introducía la llave en el candado. Giró sin esfuerzo. Levanté el cierre y abrí la tapa con cuidado; dentro había un paquete de sobres unidos por una cinta descolorida y algunas hojas dobladas debajo.
El primero llevaba una fecha escrita a mano. En la esquina del reverso se repetía el nombre del remitente: Marcos L. Lo vi también en los sobres siguientes.
—Son cartas —murmuré.
—Sí. Bastantes —respondió Leo, sin tratar de cogerlas.
Dejé el paquete dentro de la lata. No sabía quién era Marcos L. ni por qué la abuela guardó aquella correspondencia bajo el suelo de la buhardilla, con la llave colgada del cuello.
Durante un momento quise deshacer la cinta y leer la primera página; después pensé en todas las ocasiones en que ella respetó las cosas que yo no estaba preparada para contarle.
Cerré la tapa sin poner el candado y dejé la caja sobre el saliente de la chimenea.
Leo permaneció a mi lado, esperando a que decidiera qué hacer, y le dije que necesitaba pensarlo.