Capítulo 9
La caja permaneció sobre el saliente de la chimenea durante toda la tarde. Intenté concentrarme en una lección del curso sobre cremas y rellenos, pero volví a escuchar tres veces la explicación sobre la temperatura del chocolate sin retener una palabra.
Cada vez que levantaba la vista del portátil encontraba la tapa sin candado y recordaba los sobres sujetos por aquella cinta descolorida. Al final cerré el vídeo y llevé mis apuntes al escritorio. Fingir que podía olvidarme de las cartas no estaba funcionando.
Leo preparaba la cena cuando entré en la cocina. Había colocado los ingredientes por orden de uso y consultaba una receta en el teléfono, aunque se trataba de una ensalada y dos filetes a la plancha. Me preguntó si terminé la lección. Le respondí que no, y no necesitó preguntarme la causa.
—La caja sigue en el mismo sitio —me informó.
—Ya lo sé.
—Has mirado hacia la chimenea cincuenta y dos veces durante la tarde.
—¿Las has contado?
—Claro.
Me apoyé en el marco de la puerta y le confesé que todavía no sabía si teníamos derecho a leerlas.
La abuela las escondió bajo el suelo y llevó la llave al cuello. Aquello podía significar que quería protegerlas, pero también que no deseaba que nadie las encontrara.
Leo apartó la tabla de cortar antes de responderme. Para él, las dos interpretaciones eran posibles y ninguna podía comprobarse preguntándole a quien tomó la decisión.
—También conservó la caja —añadió—. Podría haber quemado las cartas.
—Eso tampoco significa que quisiera dejárnoslas.
—No. Significa que no quiso destruirlas. Es el único dato seguro.
Cenamos sin resolver el dilema. Después recogimos la mesa y regresamos al salón. Bajé la caja de la repisa, pero no desaté la cinta.
Leo propuso que empezáramos por ordenar los sobres sin extraer las cartas.
Así sabríamos cuántos había, en qué fechas se escribieron y si todos procedían de la misma persona.
Extendió sobre la mesa una manta fina para no mancharlos y encendió la lámpara del rincón. Me senté frente a él con una libreta.
Había treinta y dos sobres. Algunos mostraban el papel amarillento y una escritura firme, inclinada hacia la derecha; otros eran más recientes y llevaban la dirección de la casa de la abuela.
Los primeros, en cambio, estaban dirigidos a la vivienda de sus padres. Leo los colocó por años y enseguida encontró una anomalía: entre los dos grupos mediaba un intervalo de más de una década.
—Estos diecisiete se enviaron durante seis meses —calculó—. Después no hay ninguno hasta once años más tarde.
Tomé el sobre más antiguo. Estaba abierto con un corte irregular, pero alguien había escrito a lápiz en el reverso: “Encontradas entre los documentos de padre”.
Reconocí la letra de la abuela por las listas de ingredientes que conservábamos.
La misma anotación aparecía en otros cinco sobres; en los demás había trazado una línea pequeña junto al sello.
—No los recibió cuando se los enviaron —comprendí.
Leo acercó uno a la luz. El matasellos coincidía con la primera fecha y la dirección estaba escrita correctamente. Ninguna carta había sido devuelta. Si la abuela las encontró entre los documentos de su padre, alguien las recogió y decidió ocultárselas.
—Su padre vivía en aquella casa —señaló Leo—. Podría haberlas apartado él o cualquier otra persona que recogiera el correo.
—Pero ella escribió “documentos de padre”, no “cosas de la casa”.
—Eso hace que sea más probable. No lo convierte todavía en seguro.
Anoté la precisión sin discutirla. Elegimos la carta más antigua y permanecí varios segundos con los dedos sobre el borde.
Leerla seguía pareciéndome una intromisión, aunque ahora sabíamos que la abuela se ocupó de señalar dónde la encontró y conservó toda la correspondencia junta. Deshice el doblez procurando no dañar el papel. La primera frase despejó cualquier duda sobre la relación que hubo entre ellos.
“Elvira, sé que ahora mismo me crees responsable de la muerte de tu hermano y entiendo que no quieras verme. Tu padre me prometió que, en cuanto pasaran los primeros días, te contaría por qué acepté cargar con lo ocurrido. No puedo explicártelo sin faltar a la palabra que le di, pero él puede hacerlo. Necesito saber si ya ha hablado contigo”.
Interrumpí la lectura y busqué alguna carta de la abuela dentro de la caja. No había ninguna. Aquellos sobres contenían solo las palabras de Marcos, de modo que teníamos que reconstruir las respuestas a través de lo que él mencionaba.
—Dios mío, esto tiene que ver con la muerte del tío abuelo Miguel, el hermano de la abuela —señaló Leo—. Por eso todavía no le está contando la verdad.
—Cielos…
Sabíamos que nuestro tío abuelo falleció siendo muy joven, pero la abuela jamás nos contó nada de lo sucedido.
De la lectura de la segunda carta dedujimos que el tal Marcos trabajaba como pescador en la embarcación del padre de la abuela.
El hermano de ella también salió a faenar aquella noche y murió durante el accidente.
Marcos no describía lo sucedido, pero hablaba de una responsabilidad que aceptó y de una conversación mantenida al regresar a tierra.
“Tu padre me pidió que confiara en él. Me aseguró que, cuando las aguas se calmaran, te explicaría todo y tú entenderías la decisión que tomamos. Han pasado tres semanas y no sé si sigue esperando el momento adecuado o si ya te ha contado la verdad. Escríbeme únicamente para decirme si lo sabes. No te pediré nada más hasta entonces”.
La carta siguiente estaba fechada diez días después. Marcos ya se encontraba en otro puerto y buscaba trabajo lejos del pueblo. No comprendía que ella siguiera sin responder, pero todavía atribuía su silencio al dolor por la muerte de su hermano.
“Quizás tu padre ha hablado contigo y necesitas tiempo. Si es así, lo aceptaré. Lo que no puedo soportar es no saber si continúas creyendo que fui yo quien provocó el accidente. Me fui porque él me aseguró que te diría la verdad y porque quedarme allí habría hecho todo más difícil, me habrían podido detener. Nunca me habría marchado dejándote con una mentira semejante”.
Leo escribió al margen de la libreta que Marcos aún desconocía si la promesa se había cumplido. En los dos sobres siguientes repetía la misma pregunta con palabras distintas.
No insistía en regresar ni le pedía a Elvira que lo perdonara; quería saber qué versión conocía. Cada carta terminaba con una referencia a la conversación que ella debía mantener con su padre.
“Cuando él te cuente lo sucedido, quizás sigas enfadada conmigo por haber aceptado. Tendrás derecho a estarlo. Tomé una decisión que también cambiaba tu vida y lo hice sin preguntarte. Aun así, necesito que conozcas la razón antes de decidir si no quieres volver a verme”.
—Eso sí tendría sentido —comenté—. Marcos podía entender que ella se enfadara porque eligió por los dos, pero no que lo creyera responsable para siempre.
—Y la abuela no sabía que existía otra versión —añadió Leo—. Para ella, Marcos se declaró culpable y se marchó.
Continuamos hasta un sobre fechado casi tres meses después del accidente. La escritura se apretaba en el centro de la página y varias palabras aparecían corregidas. Marcos contaba que el padre de Elvira había ido a visitarlo. Por fin creyó que la espera terminaba.
“Tu padre vino ayer. Me aseguró que ya te lo había contado todo y que conocías desde hacía días la verdadera causa del accidente. Le pregunté por qué no me habías escrito y respondió que saber la verdad no había cambiado lo que sentías. Dice que no puedes perdonarme que me inculpara, que no quieres volver a saber nada de mí y que le pediste que me lo dejara claro”.
Leí el párrafo por segunda vez. El padre de la abuela no necesitó inventar pruebas ni entregar objetos personales.
Le bastó con presentarse ante Marcos y afirmar que habló con su hija, tal y como prometió que haría.
Era el único hombre, aparte de Marcos, que conocía lo sucedido; no había razón para que este imaginara que continuaba ocultándolo.
“No entiendo cómo, después de saber por qué lo hice, puedes pensar que quise abandonar nuestra vida. Me inculpé porque tu padre provocó el accidente y porque me aseguró que, si se conocía la verdad, perderíais también la embarcación de la que vivía vuestra familia. Él iba borracho, mucho. Pensé que podría soportar las consecuencias si con ello te protegía. Me equivoqué al decidir sin ti, pero nunca actué porque me importaras menos”.
Noté que apretaba el papel y aflojé los dedos para no marcarlo. Esa carta contenía la verdad que la abuela esperó once años para conocer. Su padre la guardó junto a las anteriores mientras le hacía creer que Marcos causó la muerte de su hermano.
—Aquí está todo —le dije a Leo—. El padre sabía que, si esta carta llegaba, se acababa la mentira.
—Por eso tenía que interceptarla también.
Marcos continuaba preguntando si aquellas palabras eran realmente de Elvira. No acusaba a su padre de mentir; le costaba aceptar que la mujer con la que pensó compartir su vida no quisiera escucharlo incluso después de conocer su sacrificio.
“Necesito preguntártelo una vez, aunque tu padre asegura que no responderás: ¿sabes que era él quien llevaba el timón? ¿Sabes que había bebido y que me pidió que declarara que gobernaba yo la embarcación? Si lo sabes y aun así no quieres que vuelva a buscarte, respetaré tu decisión. Pero necesito creer que esa decisión es tuya”.
La carta tampoco recibió respuesta. El padre la escondió antes de que su hija pudiera leerla y dejó pasar varias semanas. Marcos escribió de nuevo, esta vez con la resignación de quien comenzaba a considerar el silencio una contestación.
“Esperé porque pensaba que, al conocer la verdad, querrías hablar conmigo, aunque fuera para reprocharme lo que hice. Tu padre insiste en que ya la conoces y que tu silencio es deliberado. Empiezo a entender que seguir escribiendo puede convertirse en otra forma de no respetarte”.
Quedaba un último sobre dentro del primer grupo.
Marcos anunciaba que abandonaría definitivamente la costa cuando terminara el trabajo que encontró en aquel puerto.
No amenazaba con presentarse en el pueblo ni reclamaba explicaciones.
Había preguntado de forma directa y, tras meses sin respuesta, terminó creyendo al padre de Elvira.
“No volveré a buscarte. Me han dicho que sabes por qué me inculpé y que, aun así, no quieres que forme parte de tu vida. Me cuesta entenderlo, pero no utilizaré lo que siento por ti para ignorar tu voluntad. Ya decidí por los dos una vez; no volveré a hacerlo. Ojalá abras la pastelería que planeabas y encuentres una vida que no quede marcada por aquella noche”.
La firma ocupaba dos líneas: Marcos Ledesma.
Pronuncié el apellido en voz alta. Leo levantó la cabeza antes de que relacionara por mí aquel nombre con el arquitecto.
—Gabriel se apellida Ledesma.
—Puede ser una coincidencia.
—Sí. Pero ya es una coincidencia concreta.
Apartamos las cartas respetando el orden.
El sobre siguiente tenía una fecha once años posterior y estaba dirigido a la casa de la abuela, no a la de sus padres.
Marcos comenzaba agradeciendo que Elvira hubiera conseguido localizarlo.
Para entonces, ella estaba casada y tenía una hija; él también había formado su propia familia.
“Tu carta me ha obligado a comprender que los dos vivimos once años dentro de mentiras diferentes. Tú creías que provoqué la muerte de tu hermano y me marché después de admitirlo. Yo creía que tu padre te contó mi sacrificio y que elegiste apartarme aun sabiéndolo todo. Nunca imaginé que guardara mis cartas mientras aseguraba que tú las habías leído”.
Marcos no le pedía que abandonara a su marido ni presentaba el pasado como un derecho sobre ella. Respondía a la carta que Elvira le envió después de encontrar la correspondencia entre los documentos de su padre.
“Dices que estás casada y que quieres al hombre con quien compartes tu vida. No pretendo alterar eso. Yo tampoco soy ya el muchacho que se marchó del pueblo. Podemos lamentar lo que nos quitaron sin convertir en culpables a quienes llegaron después. Te contaré cuanto necesites saber, porque la verdad te pertenecía desde aquella noche”.
Pensé en nuestro abuelo y en la forma en que la abuela hablaba de él.
Aquellas palabras no convertían su matrimonio en una mentira ni reducían los años que pasaron juntos a un premio de consolación.
Antes existió otra historia, truncada por el miedo del padre a afrontar las consecuencias de sus actos.
Leo trazó dos columnas en la libreta. En una escribió lo que la abuela creyó durante once años; en la otra, lo que Marcos pensaba que ella sabía. Las dos versiones procedían de la misma persona y ninguna coincidía con la realidad.
—Ahora sí se entiende por qué no volvió —concluyó—. Preguntó si ella conocía la verdad. El padre respondió que sí y el silencio terminó confirmándoselo.
—Mientras la abuela esperaba una explicación que nunca recibió.
Guardamos cada hoja dentro de su sobre. Aún quedaban varias cartas del segundo periodo y no sabíamos cuánto más contó Marcos sobre el accidente ni qué relación podía existir entre él y Gabriel.
Sin embargo, ya comprendíamos la separación: no fue la distancia ni una renuncia aceptada por ambos. Los apartó un hombre que prometió decir la verdad y se aseguró de que ninguno pudiera escuchar al otro.
—Mañana continuamos —le propuse—. Necesito pensar qué haremos si Marcos pertenece a la familia de Gabriel.
Mi hermano anotó el punto exacto donde interrumpimos la lectura y cubrió los sobres con la manta.
Después escribió “Marcos Ledesma” en una página nueva y, debajo, el nombre de Gabriel.
No trazó ninguna línea entre ellos. Todavía no teníamos derecho a unirlos, aunque aquella posibilidad ya no podía quedarse fuera de nuestras preguntas.