El dulce sabor de regresar Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Cuando por fin lo colocamos junto a la ventana, se sentó ante él y abrió el portátil. La mesa parecía hecha para ese rincón. Yo recogí los cartones, él comprobó que el cajón cerrara bien y luego me acompañó al salón para elegir dónde pondríamos la butaca de la abuela.

Probamos dos posiciones. En la primera estorbaba el paso hacia el patio; en la segunda quedaba cerca del sofá nuevo y recibía luz suficiente para leer.

Leo se sentó en ella para comprobar que seguía firme y me señaló el asiento vacío a su lado.

Me acomodé en el sofá, que aún olía a tela recién sacada del embalaje.

Entre los dos muebles quedaba espacio para una mesa pequeña que todavía no habíamos elegido.

—A esto le falta algo —comenté.

—Una mesa —respondió Leo—. Y una lámpara que viste tres veces.

—Creía que habíamos acordado esperar.

—Hemos acordado esperar. No he acordado fingir que no la necesitamos.

Me enseñó en el teléfono una fotografía de la lámpara junto al precio y la guardó en la carpeta donde llevaba las medidas de la casa. Después cogió la taza azul de la ballena, ya lavada, y la dejó sobre el alféizar para que no se nos olvidara buscarle sitio.

La pared recién pintada, el sofá y aquella taza no pertenecían a la misma época; sin embargo, al verlos juntos empecé a sentir que habíamos hecho nuestro aquel salón sin echar de él a la abuela.

—Me gusta —le confesé—. Tenía miedo de entrar un día y sentir que ya no reconocía la casa.

Leo recorrió con la vista el aparador, la butaca y la puerta abierta hacia el patio. Luego señaló las estanterías nuevas que esperaban sus libros y las cajas de cartón que aún debíamos retirar.

—La casa es la misma. Solo tiene pintura nueva y muebles que, con suerte, permanecerán montados —me respondió—. A mí también me gusta.

Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y miré otra vez la habitación. Todavía quedaban cosas por colocar, pero la mesa de la abuela seguiría reuniéndonos para cenar y la butaca conservaba su rincón de lectura.

Ahora Leo también tenía un lugar donde trabajar y yo podía extender mis apuntes sin ocupar la cocina.

La casa había cambiado lo suficiente para acogernos tal como éramos a los veintinueve y veintidós años; todo lo que queríamos recordar seguía encontrando sitio.

Desde el salón se veía la puerta acristalada del patio. La abuela acostumbraba a abrirla después de comer para que corriera el aire, pero nosotros apenas salimos desde que volvimos; entre los pintores, las cajas y el local, siempre encontrábamos una tarea dentro de la casa.

Leo apartó la taza de la ballena del alféizar, abrió la puerta y salió delante de mí. La luz de la tarde caía sobre las baldosas, donde se acumulaban hojas secas en las juntas y alrededor del desagüe.

—Aquí también hay trabajo —comenté mientras retiraba con el pie una rama que estorbaba el paso.

—Lo apunté el primer día. Tú dijiste que había que ocuparse primero de la casa.

—Sigo diciéndolo. Solo quería comprobar cuánto nos espera ahí fuera.

El patio era pequeño, pero la abuela había logrado que pareciera lleno de rincones.

Junto al muro quedaban tres macetas grandes; una conservaba un rosal con tallos largos que necesitaban una poda, y en las otras apenas distinguí tierra entre las hierbas.

El banco de madera donde solíamos merendar tenía la pintura levantada y una pata hundida en el suelo. Leo se acercó, lo empujó con la punta del zapato y me aconsejó que no comprobara su resistencia sentándome.

—Ese banco tiene más derecho a llamarse vintage que la silla del comedor —le respondí.

—También tiene más posibilidades de dejarte en el suelo. Podemos conservarlo si alguien lo arregla.

En la pared de la cocina aún estaba sujeto el grifo con el que la abuela llenaba la regadera. Lo abrí unos segundos: salía agua, aunque una gota permaneció en la rosca después de cerrarlo.

Leo fotografió el grifo y el desagüe para añadirlos a nuestra lista. Desde allí vimos que varias baldosas se habían aflojado cerca de la puerta, justo donde pasaríamos a menudo. Eso sí convenía arreglarlo pronto; el resto podía esperar a que supiéramos cuánto costaría la reforma de la pastelería.

—Podemos empezar barriendo el fin de semana —propuso—. Y averiguar qué necesita el rosal antes de cortarlo. No tengo ninguna intención de convertirlo en una investigación forense sobre plantas.

—Yo puedo buscar los guantes de jardinería. La abuela los guardaba en el armario del lavadero.

Nos quedamos un rato calculando dónde podríamos colocar una mesa sin tapar el paso. Quería desayunar alguna mañana allí, cuando termináramos de limpiar, y Leo señaló un lugar que recibía sombra a primera hora.

Después volvió a mirar las baldosas y dijo que, si comprábamos la mesa antes de repararlas, la pondría provisionalmente en el salón junto a todas nuestras otras decisiones pendientes. Reí, pero no le discutí el orden: ya teníamos bastantes gastos abiertos.

Antes de entrar recogí dos hojas atrapadas en el borde de una maceta. La casa nos gustaba tal como estaba quedando y aquel patio también podía volver a gustarnos.

Bastaría empezar por hacerlo seguro, dedicarle algunas tardes y dejar las grandes ideas para cuando tuviéramos un presupuesto claro. Leo cerró la puerta detrás de nosotros y escribió “patio: poco a poco” debajo de las tareas de la semana.