El dulce sabor de regresar Capítulo 7
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Capítulo 7

Cuando los pintores recogieron los últimos plásticos, la casa recuperó una claridad que yo no le recordaba.

El comedor tenía las paredes de un blanco cálido, las puertas cerraban sin rozar el suelo y el olor a pintura se fue disipando con las ventanas abiertas. Quedaban reparaciones menores y cajas por ordenar, pero ya podíamos empezar a decidir cómo queríamos vivir allí.

Extendí sobre la mesa un papel con las medidas de las habitaciones; Leo colocó al lado el catálogo de una tienda de muebles que vendía piezas desmontadas y entregaba los paquetes al día siguiente.

—Antes de comprar nada, hagamos inventario —me propuso—. La mesa está bien. El aparador también, si no intentamos moverlo otra vez entre dos personas.

—Pensé que los llamabas trastos viejos.

—Los llamé muebles viejos. “Trasto” lo reservé para la silla que pierde una pata cada vez que alguien se sienta.

Le señalé en el papel el hueco junto a la pared del comedor, donde el aparador de la abuela quedaba bien entre la puerta y la ventana.

Él apuntó su ancho y me pidió que tuviera en cuenta que los cajones necesitaban espacio para abrirse.

En el salón conservaríamos una butaca tapizada de verde que Leo recordaba junto a la radio; había que limpiarla, pero los muelles estaban firmes.

Para nuestros dormitorios sí necesitábamos estanterías y mesas de trabajo, además de un sofá que no obligara a escoger cuál de los dos se sentaría con las piernas estiradas.

—Podemos combinar esos muebles con otros más ligeros —le expliqué, pasando la página del catálogo—. El aparador y la butaca tienen carácter.

—También tienen edad.

—Son vintage.

—Si a la silla sin pata le dices vintage, voy a pedir que la retiremos antes de que invite a alguien a sentarse.

Dejé la silla fuera de nuestra lista de salvación. La abuela habría sido la primera en mandarla a reparar o a retirar; nunca confundía cariño por las cosas con el deber de conservarlas todas.

Al terminar el inventario, Leo guardó las medidas en su libreta y salimos hacia la tienda.

Antes de cerrar la puerta, eché un vistazo al pasillo recién pintado.

Habíamos elegido el mismo color claro que recordábamos, pero ahora la luz llegaba hasta el fondo porque retiramos un armario que ocupaba media entrada.

Empezaba a reconocer la casa y, al mismo tiempo, a imaginarla con nuestras cosas.

La exposición de muebles estaba organizada en pequeñas habitaciones que prometían orden y amplitud. Leo recorrió la primera con expresión crítica y se sentó en un sofá de dos plazas. Apoyó la espalda, probó los brazos y comprobó el precio en la etiqueta.

—Es cómodo —admitió—. Si vivimos aquí tres meses sin pagar más de lo previsto por el calentador, podemos comprarlo.

—El calentador ya está arreglado.

—Precisamente. No quiero tentarlo dando por cerrado el asunto.

Probamos otros. En uno me hundí tanto que necesité impulsarme con las manos para levantarme; Leo anotó “dificultad para escapar” y lo descartó.

Otro tenía una tela preciosa que, según el empleado, exigía una limpieza especial.

Elegimos uno gris azulado con fundas lavables y un precio que todavía permitía comprar las estanterías.

Leo me pidió que no lo decidiera solo porque combinaba con la butaca verde; le contesté que también podía levantarme sin solicitar ayuda.

En la zona de escritorios encontramos una mesa sencilla para sus proyectos de marketing y otra, algo más pequeña, para mi habitación.

Desde que empecé el curso online de pastelería, la mesa del comedor estaba ocupada por el portátil, fichas de recetas y apuntes sobre temperaturas de cocción.

Aquel mismo día tenía pendiente una lección sobre masas fermentadas.

Leo leyó la ficha de un escritorio con un cajón estrecho y puso una mano sobre el tablero para comprobar si se movía.

—En este caben tu ordenador y dos cuadernos —calculó—. El resto de tus papeles tendrá que vivir en otra parte.

—La estantería está para eso.

—Entonces compra una estantería para libros y otra para esas hojas en las que escribes “idea importante” sin poner la fecha.

—Tú has conservado tres listas distintas para elegir un sofá.

—Y gracias a eso hemos elegido uno —me respondió, satisfecho.

La tienda nos preparó el pedido para recogerlo a la mañana siguiente.

Leo comprobó las dimensiones de los paquetes antes de pagar y sentenció que el sofá no cabía en nuestro coche; concertamos su entrega a domicilio.

Las cajas de las estanterías y los escritorios viajarían con nosotros en dos trayectos.

Al pasar por la sección de lámparas vi una de pantalla de papel que habría quedado bien en el dormitorio, pero esperé.

Aún no sabíamos qué parte de los ahorros necesitaría la pastelería, y Gabriel seguía reuniendo presupuestos de instalaciones y obra.

—Has dejado esa lámpara tres veces en su sitio —observó Leo al salir.

—Eso demuestra una voluntad admirable.

—Demuestra que volveremos a verla cuando sepamos cuánto cuesta arreglar el obrador.

Tenía razón. Caminamos hasta el coche con una bolsa pequeña de tornillos y accesorios que sí pudimos llevarnos. En el trayecto de vuelta, Leo puso una canción que la abuela escuchaba cuando ordenaba el obrador al final del día.

No hablamos de ella de inmediato. Al llegar a un semáforo, mi hermano bajó el volumen y me recordó que la butaca verde estaba en la casa antes de que naciéramos los dos.

Le dije que recordaba a la abuela leyendo allí, con los zapatos colocados bajo el asiento.

Leo se acordaba, en cambio, de la prohibición de comer galletas encima.

Las dos imágenes cabían en la misma butaca.

A la mañana siguiente recogimos los paquetes y los llevamos a casa por tandas.

Cuando llegó el sofá, el repartidor nos ayudó a colocarlo en el salón, a una distancia prudente de la butaca.

Leo reunió las cajas desmontadas en el dormitorio que usaría como despacho; separó las piezas por tamaños, dispuso los herrajes en cuencos y dejó las instrucciones abiertas sobre el suelo.

Yo llevé el portátil a la mesa del comedor para terminar la lección del curso antes de ponerme con el montaje.

—Si oyes un golpe, no será una tabla cayendo —me avisó desde el pasillo.

—Eso suena sospechosamente preciso.

—Será la caja de herramientas. La tabla la tendré sujeta.

El primer golpe llegó diez minutos después y, tal como prometió, fue de la caja de herramientas.

No conseguí atender al vídeo. La profesora explicaba cómo reconocer el punto de fermentación de una masa, mientras yo seguía con el oído la discusión que Leo mantenía consigo mismo sobre cuál de dos tornillos casi idénticos correspondía a la balda central.

Pausé la clase y fui a verlo. Estaba sentado en el suelo, rodeado de paneles, con una regla sobre las rodillas y el cuenco de los tornillos fuera de mi alcance.

—¿Necesitas ayuda? —le pregunté.

—Sí. Necesito que sujetes este lateral. Los tornillos ya están clasificados; los de cabeza plana van en el cuenco azul.

Sostuve la pieza mientras él encajaba la primera balda. La madera se deslizó fuera de la ranura y estuvo a punto de caerme sobre el pie; conseguí apoyarla contra la pared y lo miré por encima del tablero.

—Ibas a tenerla sujeta.

—La tenía —me respondió—. Tú has cambiado el ángulo.

—Tu ángulo y mi ángulo parecían el mismo.

—Por eso las instrucciones tienen dibujos.

Cogió el folleto y lo giró para que viera la flecha que señalaba el sentido de montaje.

Yo sostuve el panel como indicaba y esta vez la balda entró sin resistencia.

Antes de terminar la estructura nos equivocamos con dos piezas, soltamos una unión y tuvimos que empezar aquella parte de nuevo.

Leo fue quien detectó el error, pero también quien sonrió primero al descubrir que llevaba veinte minutos defendiendo una balda colocada del revés.

—Voy a escribir a la empresa para pedir que identifiquen mejor las piezas —anunció—. Y quizá una disculpa personal a la balda.

—La balda no ha protestado. Yo sí.

—Tu reclamación está registrada desde que entré en el salón con la caja.

Terminamos la estantería antes de comer y la apoyamos contra la pared sin cargarla todavía. Faltaba fijarla para que quedara segura; Leo añadió esa tarea a la lista y se negó a ponerle un solo libro encima hasta entonces.

Preparé unos sándwiches y regresé al curso mientras él empezaba el escritorio.

Esta vez conseguí ver la lección completa.

Tomé apuntes sobre los tiempos de reposo y, cuando la profesora propuso un ejercicio para la semana siguiente, imaginé por primera vez una vitrina con mis propias elaboraciones al lado de las recetas de la abuela.

Gabriel llamó cuando estaba guardando el cuaderno. Me contó que tenía casi todas las cifras y que esperaba una última valoración de la zona dañada antes de enviarnos el presupuesto completo.

Había encontrado una forma de conservar parte del mostrador, aunque tendríamos que decidir si merecía la pena restaurarlo; también quería enseñarnos dos distribuciones posibles.

Le pedí que me mandara los planos en cuanto los tuviera.

Al colgar, encontré a Leo en la puerta, con un tornillo en la mano y una línea de polvo sobre la camiseta.

—¿Buenas noticias? —me preguntó.

—Hay una opción para conservar el mostrador. El presupuesto llegará cuando confirmen el alcance de la reparación.

—Entonces seguimos sin cifra definitiva.

—Seguimos sin cifra definitiva —repetí—. Pero ya podremos comparar opciones.

Leo dejó el tornillo sobre la mesa y miró el aparador al otro lado del comedor.

—A la abuela le gustaría que conservaras algo del local. También querría que el horno funcionara, supongo.

—Esa habría sido su primera pregunta.

Volvimos al dormitorio para terminar el escritorio. Encajamos el cajón a la primera, una victoria que Leo insistió en atribuir a la experiencia acumulada durante el montaje de la estantería.