Capítulo 6
El pintor llegó a la casa con dos trabajadores y una escalera que apenas cabía por el pasillo. Nos pidió que despejáramos las habitaciones en las que empezarían aquella mañana y señaló las manchas de la pared del comedor.
Antes de pintar quería comprobar que no hubiera humedad activa, así que Leo sacó la lista que preparó durante el desayuno y le enseñó dónde aparecieron las marcas.
El hombre las examinó, hizo varias preguntas sobre el tiempo que llevaba cerrada la casa y nos explicó qué podía reparar él y qué prefería que viera primero alguien especializado. Agradecí que no pretendiera cubrirlo todo con una capa de pintura.
—Entonces no estará terminado el viernes —observó Leo.
—No te puedo prometer el viernes sin saber si esa pared está seca —le respondió el pintor—. Las habitaciones de arriba sí podemos empezarlas hoy.
—Eso era lo que quería saber. En mi lista pone “viernes: posible”, con un signo de interrogación.
El hombre soltó una risa y le pidió que conservara el signo. Después nos ayudó a trasladar una cómoda hasta el centro de una de las habitaciones, donde la cubrieron con plástico.
Yo fui recogiendo cuadros y libros; Leo fotografió la disposición de cada pared antes de que descolgaran nada.
Mientras subíamos y bajábamos la escalera, llamaron a la puerta dos veces: primero llegaron los materiales de pintura y después el técnico del calentador, que traía una bolsa de herramientas y una expresión de alivio al descubrir que podía acceder al aparato sin mover ningún mueble.
—Solo sale agua fría. Tendríamos que haber llamado ayer, pero tuvimos un contratiempo. Nos urge mucho, la verdad —le expliqué.
—Pues hoy veremos si el calentador comparte vuestro interés por seguir viviendo aquí —me respondió mientras abría la tapa.
Leo, que venía detrás de mí con una caja de libros, se detuvo en la puerta.
—Si no lo comparte, ¿se lo puede convencer o hay que sustituirlo?
El técnico apartó la vista de los mandos y le concedió un segundo de atención antes de sonreír.
—Primero voy a comprobar qué le pasa. Luego negociamos con él.
Dejé a los dos junto al calentador y regresé al comedor. Una de las trabajadoras envolvía con cuidado la lámpara antigua, la misma que la abuela insistió en comprar porque, según ella, hacía que la mesa pareciera un lugar donde siempre cabía alguien más.
Quise contarle esa historia a Leo, pero lo encontré apuntando en su libreta los pasos de la revisión del agua caliente.
Cuando levantó la cabeza, me enseñó la hoja: había organizado por habitaciones lo que necesitábamos limpiar después de la pintura, con tiempo reservado para colocar nuestras cosas y sin incluir aún los muebles de la abuela.
—¿Y estos? —le pregunté, señalando el aparador y la mesa.
—No sé qué quieres conservar. Tampoco sé qué quiero conservar yo. Podemos decidirlo sin tres personas esperando para moverlo.
Tenía razón. Abrimos el aparador para retirar la vajilla antes de que lo taparan.
Encontramos tazas desparejadas, platos de celebraciones que apenas recordaba y una fuente ovalada con una pequeña grieta junto al asa.
Leo sostuvo la fuente y recordó que la abuela servía en ella las rosquillas cuando alguien cumplía años.
La apartamos sobre una silla; al llegar a las tazas, él pidió que guardáramos la azul con una ballena dibujada.
Conservaba el borde astillado desde el día en que se le cayó al suelo con siete años.
—Pensé que la odiabas —le comenté—. Siempre decías que la ballena parecía un pez enfadado.
—Sigo pensándolo. Por eso la reconozco entre todas las demás.
La dejó con cuidado junto a la fuente. Yo elegí dos platos pequeños que usábamos para probar los primeros dulces de cada hornada.
El resto podía esperar en una caja cerrada, al menos hasta que termináramos de pintar.
En la cocina oímos que el técnico abría un grifo y contaba unos segundos.
Poco después nos llamó para enseñarnos una pieza que acababa de retirar: estaba obstruida y, según explicó, impedía que el aparato funcionara bien.
La cambió, revisó el resto del calentador y lo probó delante de nosotros.
El agua salió caliente. Le pedí que anotara en la factura qué había hecho y que nos dijera si convenía sustituir el aparato más adelante.
—Por ahora puede seguir —nos aseguró—. Pero, si ha pasado años casi sin uso, avisad si vuelve a fallar.
Leo esperó a que saliera para abrir el grifo una vez más.
—La negociación ha sido breve —comentó—. Me alegro de que no hayamos tenido que ofrecerle la habitación de invitados.
Nos reímos mientras el pintor nos llamaba desde el piso de arriba.
Quería pintar también la buhardilla, pero antes necesitaba apartar un arcón y dos cajas de ropa que entorpecían la pared del fondo.
Subimos para ayudarlo. Aquel cuarto conservaba el calor incluso con la ventana abierta y olía a madera guardada; los listones del suelo crujían en distintos puntos que conocíamos desde niños.
Leo fue directo a la ventana para comprobar si cerraba bien.
Yo despejé la tapa del arcón, donde alguien dejó varios manteles doblados, y entre los tres lo desplazamos unos centímetros.
—Esperad —nos pidió el pintor.
Una de las tablas que antes quedaba bajo el arcón se levantó por un extremo.
Él se agachó para examinarla sin cargar peso encima y me enseñó que uno de los clavos se había salido.
Quería fijarla antes de pasar la escalera por allí.
Al alzar el borde suelto apareció un hueco entre los apoyos del suelo; dentro había una caja rectangular, envuelta en una funda de tela manchada de polvo.
—Esto no es mío —bromeó el pintor, aunque ninguno había pensado que lo fuera—. ¿Queréis que la saque?
Leo y yo nos acercamos lo suficiente para verla.
La funda no estaba atrapada y el hombre pudo tirar de ella sin forzar la madera.
Me la entregó antes de volver a colocar la tabla sobre el hueco.
Dentro de la tela había una pequeña caja de lata con las esquinas abolladas y un candado sujeto a dos argollas de la tapa.
Las dos piezas metálicas estaban oscuras por los años, pero el cierre parecía firme.
—No la había visto nunca —admití.
—Yo tampoco —añadió Leo—. Y me escondí aquí bastantes veces cuando éramos pequeños.
El pintor miró el suelo y luego el arcón que acabábamos de mover.
—La tabla debe llevar tiempo floja. Con el mueble encima no se notaba. La fijaré antes de pintar esta parte.
Le agradecí que nos avisara y bajé la caja al dormitorio donde dejábamos las cosas que todavía no sabíamos colocar.
Leo me siguió con la funda de tela. Se sentó en el borde de la cama para examinar el candado y comprobó que no tenía ninguna inscripción visible.
Yo moví la caja con cuidado; algo ligero se deslizó en su interior sin golpear las paredes.
—¿Te acuerdas de que guardara llaves pequeñas? —le pregunté.
—La abuela guardaba llaves de todo. También guardaba los manuales de aparatos que ya no existían. Esa información no reduce mucho la búsqueda.
Dejé la lata sobre la cómoda. Teníamos varias cajas suyas por revisar y no quería forzar el candado delante de los trabajadores. Leo me pidió que le hiciera una fotografía con mi teléfono, ya que el suyo seguía en el local, y anotó dónde apareció.
Después volvimos a la buhardilla: faltaban dos cajas por bajar y el pintor esperaba para poder reparar la tabla.
Sin embargo, mientras sujetaba la primera por debajo, seguía pensando en la funda cuidadosamente doblada alrededor de la lata.
Alguien la puso allí con intención de que no quedara a la vista.
Por la tarde, la casa olía a pintura y las habitaciones de arriba tenían el aspecto extraño de los lugares a medio terminar.
Recogimos las herramientas que nos pidieron dejar libres para el día siguiente y cenamos con las ventanas abiertas, acompañados por el ruido de una partida de cartas que llegaba de la calle.
Leo volvió a preguntarme si quería buscar la llave aquella noche.
Le dije que prefería empezar cuando tuviéramos la casa un poco más despejada; se mostró de acuerdo, aunque colocó la fotografía de la caja junto a nuestra lista de tareas para que no la olvidáramos.
A la mañana siguiente Gabriel Ledesma regresó a la pastelería acompañado de una técnica de instalaciones y un profesional que examinaría los daños sobre el obrador.
Los esperamos en la puerta. Leo recuperó su teléfono cuando uno de ellos comprobó por dónde podían moverse sin acercarse al material suelto; la pantalla estaba agrietada, pero encendió.
Gabriel nos mostró fotografías de la planta superior y explicó que aún faltaban pruebas para saber cuánto alcanzó la filtración.
La zona que cedió seguía cerrada y nadie trabajaría debajo mientras no retiraran lo que quedaba suspendido.
Pasamos buena parte de la mañana hablando de la reforma que yo quería hacer. Sobre un croquis marqué dónde imaginaba el mostrador, un espacio para que los clientes pudieran sentarse y la entrada al obrador.
La técnica me hizo preguntas sobre la maquinaria y las instalaciones que necesitaría; algunas pude responderlas y otras quedaron anotadas para decidirlas después de los cursos y de visitar a posibles proveedores.
Leo propuso reservar un lugar para preparar encargos que recogieran los clientes y otro para fotografiar los dulces, pero no quiso decidir la disposición final sin conocer las medidas precisas.
Cuando terminamos, Gabriel extendió el croquis sobre el mostrador y señaló tres zonas con la punta de su lápiz.
—Necesitaremos presupuestos separados para reparar el daño, renovar las instalaciones y adaptar el local al negocio que estás planteando.
Sin mediciones completas solo puedo darte una orientación: es posible que el coste total se acerque o supere los cien mil euros.
Puede bajar si aprovechamos algunas partes, o subir si las comprobaciones muestran más daños.
Prefiero que lo sepáis ahora, antes de que os hagáis una idea demasiado barata de la obra.
Me quedé mirando el círculo que trazó alrededor del obrador. Contaba con una reforma importante, pero escuchar aquella cifra hizo que repasara mentalmente los ahorros de la herencia, lo que necesitaríamos para vivir y todo lo que todavía no habíamos comprado.
Leo tomó su libreta y anotó la cantidad junto a la palabra “orientativa”; después preguntó cuánto tardarían en darnos presupuestos reales y qué decisiones nuestras podían cambiar más el coste.
Gabriel respondió una por una. Tendríamos que elegir prioridades y comparar opciones, pero no hizo ningún intento de venderme una solución en aquel momento.
Al salir a la calle, el sol daba de lleno en el escaparate cubierto de polvo. Le dije a Leo que necesitaba volver a casa para ordenar las cifras antes de hablar de hornos o mesas. Él asintió y guardó el teléfono con la pantalla rota en el bolsillo.
—Tenemos agua caliente, una tabla de la buhardilla arreglada y una caja que nadie sabía que existía —enumeró—. La pastelería sigue siendo el asunto más caro del día.
—Y apenas son las doce.
—Por eso propongo comer antes de recibir más presupuestos —me respondió—. Es una medida preventiva bastante razonable.
Echamos a andar hacia la casa. Allí nos esperaba el olor a pintura, las habitaciones por colocar y la lata cerrada sobre la cómoda.
Por primera vez desde que llegamos, pensé que ninguno de aquellos trabajos podía resolverse deprisa, pero teníamos tiempo para hacerlos con cuidado.
Le pedí a Leo que me ayudara después de comer a revisar las cuentas; él aceptó y añadió que, antes, quería fotografiar la taza de la ballena para preguntarme si de verdad pensaba utilizarla otra vez.