Capítulo 5
A las nueve y cuarto de la mañana siguiente, Leo dejó su taza de café junto a la mía y consultó otra vez la hora en mi teléfono.
El suyo seguía dentro de la pastelería.
—Nos citó a las diez —le recordé en referencia al arquitecto.
—Dijo que podía llegar entre las diez y las diez y media. Yo le pedí que me avisara antes de salir de su estudio.
—Entonces todavía tienes tiempo de desayunar.
—Estoy desayunando —me respondió, y tomó una cucharada de yogur.
El arquitecto nos llamó a las nueve y cuarenta y seis. Habíamos conseguido su número gracias a la mujer de la tienda de enfrente, que conocía una reforma suya en una vivienda cercana. Dijo que estaba a diez minutos andando y preguntó si seguíamos en la casa.
Leo le indicó dónde nos reuniríamos y repitió que la zona dañada estaba al fondo del obrador, no en el local que daba a la calle. Cuando colgó, salió a por sus zapatillas mientras yo recogía las tazas. La noche anterior preparé una lista de preguntas; la primera era si podíamos entrar sin riesgo.
Llegamos antes que él. La persiana seguía bajada y, desde la acera, el negocio de la abuela parecía igual que cualquier otro día de los últimos años.
La dueña de la tienda vecina nos saludó al abrir su escaparate.
Me preguntó por el hombro y le aseguré que solo tenía un pequeño moratón, aunque al vestirme descubrí que dolía más de lo que esperaba.
Un tipo muy atractivo dobló la esquina con un iPad en la mano.
Se detuvo al vernos junto al local y se acercó con paso rápido.
Tendría poco más de treinta y cinco años; llevaba el pelo moreno cortado con total cuidado y un traje que le sentaba de escándalo.
Me gustó su sonrisa antes de que me diera tiempo a pensar si aquel era un buen día para fijarme en sonrisas.
—¿Abril? Soy Gabriel Ledesma —se presentó—. Siento no haber podido venir ayer.
—No pasa nada. Él es mi hermano, Leo.
Gabriel nos estrechó la mano a los dos y preguntó si alguien había entrado en el obrador después del desprendimiento. Negamos con la cabeza.
Leo añadió que su teléfono estaba dentro, junto a la puerta, y precisó que él mismo se detuvo antes de cruzar el umbral cuando volvimos para bajar la persiana.
Gabriel le pidió que señalara desde fuera dónde cayó; después sacó de la carpeta una hoja en blanco para dibujar la distribución según se la describíamos.
Levantamos la persiana entre los tres. Gabriel observó el techo del local principal y la puerta del obrador sin avanzar más allá del mostrador.
Nos pidió que esperáramos en la acera mientras revisaba lo que podía verse desde allí.
Asintió cuando le mostré las fotografías que Leo tomó antes de que cayeran las placas y que por suerte iba compartiendo conmigo; las amplió en mi móvil y comparó una de las manchas con la zona oscura que asomaba por el hueco.
—El falso techo se ha desprendido —nos explicó al volver junto a nosotros—. Debajo hay que comprobar los anclajes y averiguar de dónde viene esa humedad. Con lo que he visto ahora no puedo decir si la tubería pierde agua todavía ni en qué estado está el techo de obra por encima.
—Entonces ¿no sabemos si es seguro entrar? —preguntó Leo.
—En el obrador, no entraría hasta retirar con cuidado lo que queda suelto y revisar la zona superior. Aquí delante no veo señales del mismo daño, pero necesito examinarlo mejor para daros una respuesta responsable.
Leo escribió sus palabras en una libreta pequeña en la que solía apuntarlo todo. Gabriel le pidió que le señalara la fotografía anterior al derrumbe y señaló el borde metálico que aparecía separado de la placa.
Explicó que la humedad podía haber debilitado tanto el material como algunas sujeciones; una inspección de la planta de arriba ayudaría a localizar la causa.
Hablaba sin apresurarse y esperaba cuando Leo quería precisar qué entendía por “revisar”.
Yo escuché apoyada en la pared, todavía con una sensación desagradable al mirar hacia el fondo.
—Dijiste “retirar con cuidado” —intervino mi hermano—. ¿Quién lo hará? Porque nosotros no vamos a entrar a recogerlo.
—Y hacéis bien. Lo encargaremos a una empresa preparada para ese trabajo, una vez comprobemos por dónde pueden acceder. Si hay daños en el techo de obra, hará falta valorar también esa reparación.
—¿Y cuánto puede costar todo? —pregunté.
Gabriel cerró la carpeta contra el pecho y miró el escaparate, las paredes y el toldo recogido.
—La reparación de lo que se ha caído es una parte.
Para reabrir una pastelería tras tantos años, tendrás que contar también con la instalación eléctrica, fontanería, ventilación, superficies de trabajo y el estado de los equipos.
Habría que diseñar la distribución que necesitas ahora, hacer mediciones y pedir presupuestos.
Si te doy hoy una cifra cerrada, te estaría engañando.
—Pero no estamos hablando de pintar y cambiar la vitrina —concluí.
—No. Estamos hablando de una obra importante —me confirmó—. Eso no significa que todo deba demolerse. Primero veremos qué puede aprovecharse y qué no.
Saqué mi libreta grande del bolso. Leo me miró y abrió la suya por una página nueva; los dos acudimos preparados para anotar, pero ninguno llevaba una pregunta que hiciera menos inquietante aquella respuesta.
Gabriel propuso empezar con una visita más detallada, acompañada por los profesionales que necesitaran comprobar las instalaciones.
Después prepararía un proyecto ajustado a lo que yo quisiera vender y a los recursos de que disponíamos.
Me preguntó por el obrador que imaginaba, por los dulces que preparaba y por cuántas personas trabajarían allí.
—Al principio, yo y al menos otra persona con experiencia —le respondí—. Leo me ayudará con la promoción, aunque está buscando trabajo en marketing.
—Y no he aceptado diseñar el toldo —puntualizó Leo—. Todavía no sabemos si habrá toldo nuevo.
Gabriel sonrió al oírlo, pero dirigió la siguiente pregunta a los dos: quería saber si pretendíamos mantener la zona de venta separada del obrador.
Leo explicó que las fotografías que había tomado podían servir para trabajar sobre la distribución actual.
Gabriel le dijo que primero resolverían lo del techo y que, cuando pudieran entrar, alguien sacaría el móvil sin acercarlo a las piezas sueltas.
—Es un modelo de hace tres años —aclaró Leo—. Su valor no justifica que nadie asuma riesgos.
—Entonces mañana podremos empezar por arriba —respondió Gabriel, consultando su agenda—. Os llamaré esta tarde para concretar la visita y deciros quién vendrá conmigo.
Cuando guardó la carpeta, reparé en que tenía polvo del mostrador en la manga. Él también lo vio y lo sacudió antes de despedirse. Lo observé alejarse calle abajo, con el paso un poco más lento que al llegar porque atendía una llamada, y volví la vista hacia nuestra persiana levantada.
—No ha dado un precio —comenté.
—Porque todavía no sabe qué tiene que presupuestar —me corrigió Leo—. Esa parte la ha explicado bastante bien.
—También ha explicado que será una obra importante.
Mi hermano miró el obrador desde donde estábamos, guardó la libreta y se colocó a mi lado para bajar conmigo la persiana.
Al llegar al suelo, me ayudó a asegurarla y me preguntó si todavía quería pasar por la casa del pintor después de comer.
Consulté nuestra lista, donde la revisión del calentador seguía sin tachar, y le respondí que sí.
Antes necesitaba llamar al técnico de la vivienda.
Era nuestro segundo día en el pueblo y ya empezaba a distinguir los problemas que podíamos resolver de aquellos para los que tendríamos que pedir ayuda.