El dulce sabor de regresar Capítulo 4
11%

Capítulo 4

Anoté las medidas aproximadas del mostrador y pasé al obrador con la libreta abierta. Allí la luz entraba por una ventana alta, velada por la suciedad del cristal. Distinguí la mesa de trabajo, dos estantes vacíos y el antiguo horno, que llevaba años sin encenderse.

Necesitaba que un técnico revisara cada instalación antes de decidir qué podíamos conservar. Leo se quedó junto a la puerta, fotografiando las paredes para que tuviéramos un registro del estado del local.

—No parece tan grande desde aquí —comentó mientras comprobaba una imagen en el teléfono.

—La abuela conseguía trabajar con otras dos personas. Será cuestión de organizar el espacio.

—Y de no comprar tres hornos por entusiasmo.

—Todavía no he comprado ninguno.

—Por eso te lo digo ahora.

Me acerqué a la mesa. Conservaba una muesca en el borde donde la abuela se enganchaba a veces el bolsillo del delantal. Apoyé la libreta allí para apuntar sus medidas y vi una mancha oscura en el suelo, cerca de la pared del fondo.

Levanté la vista. Una parte del falso techo presentaba una aureola amarillenta que se extendía desde la esquina hasta una de las placas centrales; en la unión había una línea fina, más negra que el resto.

—Leo, hazle una foto a eso —le pedí, señalando hacia arriba.

Entró unos pasos y levantó el teléfono. La humedad debía de llevar tiempo allí.

Por encima del falso techo pasaba la bajante de la planta superior, donde la abuela guardaba cajas y utensilios que apenas utilizaba; recordaba aquella habitación porque de niña me parecía enorme y siempre hacía demasiado calor.

Pensé en una fuga, quizá ya reparada, y añadí una nota para comentárselo a quien viniera a revisar el local.

Leo bajó el móvil y miró la pantalla con el ceño fruncido.

—Esa placa está más baja que la de al lado.

Seguí la dirección de su dedo. Desde el suelo apenas se apreciaba, pero el borde se había separado unos centímetros del perfil metálico que lo sujetaba. Di un paso para verlo desde el otro lado y oí un chasquido seco sobre nuestra cabeza. Una escama de pintura cayó entre los dos.

—Vamos a salir —le indiqué.

Leo ya retrocedía hacia la puerta cuando se produjo otro crujido, más largo. Cogí la libreta, que seguía abierta sobre la mesa, y avancé detrás de él. Al llegar al umbral, algo golpeó el suelo a mi espalda con una fuerza que me hizo agacharme.

El teléfono se le escapó a Leo de la mano. Una nube de polvo nos alcanzó antes de que pudiera ver qué se había desprendido.

Me lancé hacia la zona del mostrador, tirando de la manga de mi hermano.

Noté pequeños granos en el pelo y un golpe leve en el hombro, quizá un fragmento de yeso.

Seguimos hasta la puerta de la calle y salimos a la acera, donde el aire me pareció demasiado frío después del polvo del obrador.

Leo tosió dos veces. Yo intenté preguntarle si estaba bien, pero la primera palabra me salió ronca.

—¿Te ha golpeado algo? —conseguí preguntarle.

—No. ¿A ti?

Moví los brazos y las manos para comprobarlo.

Tenía una línea de polvo blanco sobre la manga y me escocían los ojos.

Leo se pasó la palma por el pelo; al retirarla, dejó ver una película gris en los dedos.

Su teléfono había quedado dentro. Quise volver a buscarlo y me detuve al escuchar un ruido metálico, pequeño, que llegó desde el fondo del local.

—El móvil puede esperar —me advirtió.

—¿Cómo sabes que estaba pensando en ir a por él, listillo?

—Has mirado hacia dentro y has dado medio paso.

En el tono de su voz había más inquietud que reproche. Apoyé una mano en la pared exterior mientras recuperaba el aliento y vi a una mujer que se acercaba desde la tienda de enfrente.

Preguntó si estábamos heridos; le aseguré que no, aunque la respuesta me salió con menos firmeza de la que pretendía.

Ella señaló el interior por encima de mi hombro y me aconsejó que no entráramos hasta saber qué había cedido.

Leo le explicó que se había desprendido parte del techo del obrador y que llamaríamos a alguien para revisarlo.

Esperamos a que el polvo se asentara mirando desde la puerta abierta. Una sección de placas de yeso estaba esparcida por el suelo y sobre un extremo de la mesa.

El perfil metálico colgaba torcido. Por el hueco se veía la estructura superior y una tubería manchada, rodeada de una zona más oscura. La caída había ocurrido al fondo, lejos del escaparate, pero bastaba imaginar dónde estuve un instante antes para que me temblaran las piernas.

—No parece que haya llegado a las máquinas —comentó Leo.

—Ahora mismo me dan igual las máquinas. Además, están todas para el arrastre.

Él se volvió hacia mí. Tenía una marca blanca en la mejilla y las pestañas cubiertas de polvo; al verme la cara, sacó un paquete de pañuelos del bolsillo y me entregó uno. Me limpié alrededor de los ojos y le indiqué que se mirara en el cristal de la puerta.

—Parecemos dos empanadillas antes de entrar en el horno —observó.

Solté una risa breve, todavía con el pulso desbocado. La abuela habría protestado por comparar una empanadilla con cualquiera de sus pasteles, y esa idea me hizo mirar otra vez el mostrador vacío.

El techo podía esperar unas horas sin que nadie entrara. Leo y yo, en cambio, necesitábamos sentarnos, beber agua y averiguar a quién llamar.

La mujer de enfrente nos ofreció usar su teléfono. Leo le agradeció la ayuda, aunque dijo que el suyo quizás seguía funcionando dentro; esta vez ni se acercó a comprobarlo. Yo era muy despistada y me dejé el mío en casa.

Bajé la persiana hasta dejar el local cerrado y le pedí que anotara el número que figuraba en el cartel de un servicio de reparaciones, pegado en un escaparate cercano.

Él lo anotó donde lo anotaba todo, en su cabeza, junto a una descripción de lo ocurrido.

Mientras lo hacía, un poco más de polvo escapó por debajo de la puerta.

Lo vi depositarse sobre mis zapatos y comprendí que nuestra lista de tareas acababa de crecer mucho más de lo que calculamos aquella mañana.