Capítulo 3
Dejamos las maletas en el recibidor y recorrimos la planta baja abriendo ventanas.
Leo comprobó el cuadro eléctrico y yo fui levantando las persianas, que protestaron después de tanto tiempo cerradas.
En la cocina todavía estaban los tarros de cristal de la abuela, alineados sobre el estante que ella alcanzaba sin necesidad de subirse a nada.
Al tocarlos, me sorprendió pensar que a los veintinueve años volvía a vivir allí, precisamente yo, que durante toda la adolescencia repetí que aquel pueblo se me quedaba pequeño.
Cinco años atrás, cuando conseguí mi primer contrato en la ciudad, preparé la marcha con entusiasmo. Leo tenía diecisiete y también quería irse: allí podía estudiar marketing y conocer un mundo que no acabara en la última parada del autobús.
Nos instalamos en un apartamento estrecho, aprendimos a compartir horarios sin la abuela y encontramos pronto los lugares que nos gustaban. Aun así, enseguida empezamos a hablar del mar durante la cena y a calcular cuándo podríamos volver un fin de semana. Cada visita se nos hacía corta.
Después llegó la enfermedad de la abuela. Al principio confundía fechas y guardaba las llaves donde nunca las buscábamos; más tarde dejó de poder vivir sola y se trasladó a la residencia.
Volvíamos a verla tan a menudo como podíamos, pero regresar a la casa sin encontrarla dentro cambió aquellas visitas.
Yo seguía queriendo saber de las vecinas y recorrer las calles donde crecimos.
Leo pedía siempre que compráramos pan en el mismo sitio.
Al marcharnos, los dos hablábamos de volver algún día, aunque todavía no sabíamos qué haríamos aquí.
—El agua sale, pero fría —me anunció desde el baño—. He dejado correr el grifo un rato.
—Llamaremos para que revisen el calentador. Mientras, nos arreglamos.
Tras enchufarlo, abrí el frigorífico y comprobé que funcionaba, pero obviamente estaba vacío. Leo asomó la cabeza por la puerta de la cocina con la lista de tareas en la mano.
Habíamos llegado tarde para resolver mucho más y tampoco teníamos cena. Le propuse bajar al supermercado; guardó el teléfono, cogió una bolsa de tela del cajón y me esperó mientras yo cerraba las ventanas de arriba.
Hicimos la compra con la prudencia de quien aún no sabía dónde iba a colocar cada cosa: leche, café, fruta, pan, huevos y algo fácil para cenar.
Leo añadió detergente y bolsas de basura, que yo olvidé por completo. De regreso, encontramos la calle tranquila y subimos las bolsas entre los dos. Cenamos tortillas francesas en la cocina, sobre una mesa que la abuela protegía con un mantel incluso cuando solo iba a apoyar una taza.
Leo me contó que había guardado varias ofertas de trabajo en remoto para mirarlas con calma; yo tenía abiertos en el teléfono dos cursos de pastelería y una libreta con preguntas para quien pudiera orientarme sobre la reforma del local.
—¿Te arrepientes de haber dejado el periódico? —me preguntó mientras cortaba otro trozo de pan.
—Ya echo de menos a mis compañeros —le respondí—. Y sé que extrañaré escribir. Pero cuando pensaba en el próximo año, me veía aquí, trabajando en la pastelería.
Leo dejó el pan en el plato y consideró mi respuesta. Me preguntó si pensaba conservar alguna colaboración periodística, y le conté el ofrecimiento de mi jefe. También le hablé de mi rechazo.
Durante años elegí el periodismo frente a la idea de volver; ahora quería dar a la pastelería el tiempo que necesitaba para saber cuándo podíamos abrirla de nuevo. La abuela nos dejó ahorros para empezar, además de la casa y el local, aunque yo no pensaba gastarlos sin hacer antes un presupuesto.
A la mañana siguiente desayunamos junto a una ventana abierta. La luz mostraba el polvo de los muebles y varias marcas de humedad que la noche anterior pasamos por alto.
Leo anotó las habitaciones que convenía pintar primero, y yo añadí la revisión del calentador, una limpieza a fondo y alguien que examinara el tejado.
Podíamos vaciar cajones y decidir qué conservar, pero para la pintura y las reparaciones contrataríamos a profesionales. Teníamos que dejar la casa habitable sin dedicarle varias semanas y todo el dinero que necesitaba también el negocio.
—Primero recibimos las cajas —resumió Leo, señalando la pantalla de su teléfono—. Luego podemos ir al local. He guardado el número de un pintor que trabajó en la casa de la vecina.
—Preguntémosle qué disponibilidad tiene. Y tendremos que buscar quién pueda valorar la pastelería.
El transportista llegó un rato después. Entre los tres descargamos los bultos y los repartimos por habitaciones según las etiquetas que Leo escribió antes de salir.
Cuando se marchó, dejamos las cajas cerradas y caminamos hasta el local. No tardamos ni cinco minutos. Saqué la llave de la pastelería de mi bolso; la llevé varias veces en aquellas semanas y todavía me costaba acostumbrarme a que estuviera conmigo.
La persiana subió con esfuerzo. Abrimos las dos hojas de la puerta y entramos en una estancia donde la luz dejaba ver el polvo sobre los antiguos expositores.
La pastelería llevaba años cerrada, muchos más que la casa.
El mostrador tenía una esquina levantada, la pintura se desprendía cerca del techo y desde allí podía verse que la instalación eléctrica necesitaba una revisión completa.
Detrás quedaban el obrador y un almacén que apenas recordaba tan vacíos.
Habría que rehacer casi todo antes de recibir a un cliente.
Leo pasó un dedo por el borde de una vitrina y señaló el hueco donde antes se colocaban las bandejas de milhojas.
Yo recordé a la abuela acercándose con una recién terminada, pidiéndome que esperara a que se enfriara antes de probar el hojaldre. También recordé las tardes en que trabajé a su lado, con un delantal demasiado largo y harina en los puños.
Recorrí el local despacio, mirando dónde habían estado las cosas que ahora faltaban. Después saqué la libreta del bolso: necesitábamos una evaluación de las obras, medidas exactas y una idea de cuánto costaría convertir aquel espacio en la pastelería que quería recuperar.