Capítulo 2
Al llegar al pueblo, Leo redujo el volumen de la radio para darme indicaciones, aunque ambos conocíamos el camino como la palma de nuestra mano.
—En la siguiente, a la derecha —me avisó—. La avenida del puerto está en obras.
—También lo estaba la última vez que vinimos.
—Aquello era una avería. Esto es una reforma de las aceras. Lo acabo de comprobar.
Tomé la calle que me indicaba y distinguí, al fondo, una franja de mar entre los edificios. Durante el viaje charlamos de cajas, del transportista y de cosas triviales.
En los últimos kilómetros ninguno habló demasiado. Aún recordaba el trayecto que hicimos unas semanas atrás, cuando vinimos al funeral, y por un momento me extrañó que esta vez el maletero fuera lleno de ropa y utensilios de cocina.
Pasamos junto a la farmacia que Leo había usado para explicarle la dirección al transportista.
Después apenas reconocí la librería, pues acababan de repintar su fachada en color azul y, por último, pasamos por la plaza donde la abuela nos esperaba a menudo cuando volvíamos del colegio.
El pueblo seguía ahí, incluso en los lugares que alguien había cambiado mientras nosotros vivíamos lejos.
—¿Estás cansada? —me preguntó Leo.
—No, y ya estamos llegando.
—Lo sé. Te lo pregunto porque llevas tres calles sujetando el volante con las manos muy arriba.
Bajé una de ellas hasta su sitio y él volvió la atención al navegador. Llevaba años haciendo comentarios así, a veces útiles y otras capaces de irritarme cuando menos lo esperaba.
Al pasar frente al antiguo local de la pastelería, disminuí la velocidad.
La persiana estaba cerrada, con una mancha de óxido cerca del suelo, y todavía se leía el nombre de la abuela en el toldo recogido.
La pastelería cerró cuando ella se jubiló, mucho antes de que la enfermedad la llevara a la residencia.
Aun así, siempre que pasábamos por allí, yo buscaba el escaparate con los ojos.
—Mañana podemos acercarnos con las llaves —propuso Leo.
—Mañana viene el transportista entre las nueve y las doce.
—Después, entonces. No he dicho a qué hora.
Sonreí y seguí hasta nuestra calle. Encontré un hueco junto a un muro encalado, lo bastante cerca para descargar las maletas sin cortar el paso.
Leo bajó primero y abrió el maletero mientras yo comprobaba que las ruedas quedaran dentro de la línea. Del coche de delante salió un hombre con una bolsa de pan; cruzó la calle sin mirarnos.
La última vez que aparqué allí, varias personas se detuvieron a darnos el pésame. Me alegró disponer de unos minutos en los que nadie esperara nada de nosotros.
Tomé la caja del periódico y Leo cargó con dos maletas. Subimos por la calle empedrada, dejando atrás la puerta de la vecina que solía prestarme novelas en verano, cuando éramos adolescentes. Una de las macetas de su entrada se desbordaba sobre el escalón.
Más arriba apareció la fachada de la casa: pintura crema descascarillada bajo un balcón de hierro oscuro, contraventanas cerradas y una aldaba de bronce que de niños nos prohibían usar porque el ruido despertaba a la abuela después de comer.
—Hay hojas en el patio —observó Leo al asomarse por la verja lateral—. Muchas.
—Lleva cerrada bastante tiempo.
La casa quedó vacía cuando la abuela ingresó en la residencia. Nos ocupamos de que revisaran las instalaciones y de que una vecina ventilara de vez en cuando, pero ninguno volvió a dormir allí. Ni siquiera las semanas de nuestras últimas visitas, cuando regresábamos al pueblo con frecuencia.
Preferíamos marcharnos después de verla o pasar la noche en cualquier otro sitio; al entrar en la casa nos aguardaban demasiadas cosas de una vida que ella ya no podía compartir con nosotros.
Leo dejó una maleta en el escalón para sacar la mochila negra.
Encontró el llavero en el bolsillo delantero y me lo entregó sin buscar la cerradura por su cuenta.
Un pez de madera, con la pintura azul gastada en la cola, colgaba de la anilla.
La abuela lo compró para distinguir aquellas llaves de las del local, aunque Leo aseguraba que bastaba con contar los dientes.
—Podrías abrir tú —le propuse.
—Las tienes en la mano.
—Eso no responde a mi propuesta.
Me miró, sostuvo la otra maleta contra su pierna y extendió la mano.
Le pasé el llavero. Mientras elegía la llave correcta, levanté la vista hacia la ventana de mi antiguo dormitorio.
Pensé en la niña de diez años que llegó a esa casa después del accidente de nuestros padres, todavía convencida de que ellos vendrían a buscarnos para llevarnos de vuelta.
La abuela nunca prometió que todo sería igual que antes.
Nos hizo sitio en sus habitaciones, reorganizó su trabajo para estar con nosotros y se esmeró al criar a dos niños cuando ya no esperaba tener que hacerlo.
—Es esta —me avisó Leo, antes de hacer girar la llave.
La puerta cedió unos centímetros. Me vino a la memoria la última visita a la residencia: la abuela tomó la mano de Leo y le preguntó si conocía a Abril, o sea, a mí.
Él respondió que sí, que vivía con ella, y luego se quedó a su lado hasta que llegó la hora de marcharnos.
Hubo días en que nos reconoció y otros, cada vez más numerosos, en que tuvimos que presentarnos de nuevo. Ninguno dejó de ir a verla por eso.
Leo empujó la puerta lo suficiente para que pasara la primera maleta.
Un olor a madera cerrada salió a nuestro encuentro.
Desde el umbral distinguí el suelo de baldosas, el perchero al fondo y una tira de luz que atravesaba el recibidor desde el patio.
Apoyé mi caja contra la cadera, entré detrás de mi hermano y escuché cómo la puerta de la casa se cerraba a nuestra espalda.