El dulce sabor de regresar
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Capítulo 1
—¿Estás segura de que quieres irte? —me preguntó mi jefe mientras dejaba sobre la mesa la carpeta que acababa de entregarle.
La pregunta llegó cuando ya no quedaba nada por decidir.
Llevábamos dos semanas repartiendo mis reportajes entre el resto de la redacción, él conocía la fecha de mi mudanza y yo tenía una caja de cartón debajo del escritorio.
Aun así, me tomé un momento antes de responderle; durante cinco años, aquel despacho fue el lugar donde acudí a defender una idea cuando nadie más quería publicarla.
—Sí. Si me lo preguntas por la entrevista del jueves, ya le pasé a Marta todos los contactos.
—La entrevista me preocupa bastante menos que tú —repuso, y apartó la carpeta para hacerme sitio en la silla de enfrente—. No tienes que explicarme nada, Abril. Pero me gustaría saber si te vas porque quieres volver o porque crees que debes hacerlo.
Me senté sin quitarme el bolso del hombro. Desde la ventana se veía el edificio de la otra acera, con sus oficinas encendidas a media tarde. Últimamente, cuando levantaba la vista del ordenador, pensaba en la calle que bajaba desde la casa de la abuela Elvira hasta el paseo marítimo.
—Las dos cosas pueden ser verdad —le respondí—. Leo también quiere volver. Llevamos años hablando de ello y encontrando siempre una razón para esperar.
—Ahora tiene su título. Eso ya cambia las cosas.
Asentí. Cuando nos marchamos del pueblo, yo acababa de conseguir mi primer contrato en un periódico y Leo aún tenía que decidir qué quería estudiar.
La ciudad nos ofrecía entonces algo que ninguno de los dos encontraba allí.
Él terminó marketing la primavera pasada; desde entonces, el argumento que tantas veces utilizamos para quedarnos empezó a perder fuerza.
—¿Y tú? —insistió mi jefe—. ¿Qué vas a hacer cuando te canses de ordenar cajas?
—Primero voy a ordenar las cajas. Después, el local de la pastelería.
Se llevó una mano a la barbilla y dejó escapar una risa breve.
—Eso sí que me habría gustado verte anunciarlo en una reunión de contenidos.
—Llevo elaborando pasteles desde que alcanzaba la mesa de trabajo de la abuela. Ahora quiero hacer algunos cursos, probar cosas nuevas y buscar a alguien con experiencia que trabaje conmigo.
—Eso ya suena más a ti —me respondió—. ¿Qué dice tu hermano?
—Que sabe mucho de marketing y que no piensa dejarme diseñar los carteles —le expliqué—. Me echará una mano al principio, mientras busca un trabajo de lo suyo. Todavía no sabe si encontrará algo en el pueblo o si acabará trabajando en remoto.
Recordé las tardes en que la abuela me apartaba un trozo de masa para que practicara mientras ella atendía el mostrador.
Seguí preparando sus recetas después de mudarnos, aunque nunca conseguí que un bizcocho supiera igual que recién salido de aquel horno.
Me quedaba mucho por aprender sobre proveedores, cuentas y todo lo necesario para abrir, pero la idea de volver a trabajar allí me acompañaba desde hacía años.
—Podrías escribirnos alguna pieza desde allí —me propuso—. Sin compromiso y sin convertirlo en un plan para este mes. Cuando te apetezca trabajar en una historia, llámame.
—Creo que no me quedará tiempo. Pero gracias por plantearlo.
Lorenzo se levantó conmigo y me acompañó hasta la puerta. No alargó la despedida, aunque me retuvo un instante para recordarme que dejara la tarjeta de acceso en recepción. Al regresar a mi mesa, encontré a Marta examinando los bolígrafos que sobresalían de la caja.
—¿Te puedo robar el rojo? —me preguntó—. El mío desaparece cada vez que tenemos cierre.
—Llévate también el azul. Y dame un abrazo.
Nos abrazamos durante unos segundos. Luego metí en la caja una libreta, una taza y la postal del puerto que Leo me regaló el primer verano que pasamos fuera.
Había llevado aquella imagen de los barcos amarrados a tres puestos distintos dentro del periódico.
Marta me ayudó a despegarla del separador y me dio otro abrazo rápido antes de volver al cierre; agradecí que nuestra despedida conservara algo de un día normal.
Cuando llegué al apartamento, la puerta estaba entornada y oí a Leo contar en voz alta desde el salón. Entré con la caja entre los brazos. Había dispuesto las maletas junto a la pared, con una etiqueta en cada asa, y repasaba una lista en el teléfono mientras señalaba los bultos con el dedo.
—Veintitrés —anunció al verme—. Si esa caja va en el coche, son veinticuatro. El transportista se ha llevado dieciocho esta mañana y llegará mañana al pueblo, entre las nueve y las doce.
—Entonces acabamos de cumplir el horario —le respondí, dejando la caja junto a las maletas—. ¿Has comido?
—Sí. He dejado tu bocadillo en la cocina porque a las dos y diez todavía estabas trabajando.
Me lo dijo sin reproche, aunque le prometí llegar antes. En la cocina encontré el bocadillo y una nota: “Las llaves de la casa están en la mochila negra”. Leo apareció detrás de mí con dos botellas de agua.
—También he comprobado la presión de los neumáticos —añadió—. El de atrás a la izquierda estaba un poco bajo. Le dije a Sonia que me llevara a la gasolinera.
—Menos mal que te ocupaste tú…
Leo no conducía, pero se las había ingeniado para que alguien acercara el coche hasta allí. Sonia era vecina y amiga.
—Te pedí que miraras las ruedas el martes.
—Y te dije que lo haría —admití mientras abría el envoltorio—. Me lo he ganado.
—La presión correcta son dos con tres bares. No era una opinión sobre tu carácter.
Me reí, y él levantó una ceja antes de sonreír también. Lo conocía lo bastante para distinguir cuándo corregía un dato y cuándo aprovechaba para tomarme el pelo; esa tarde hizo ambas cosas. Leo era autista, todo un personaje.
Comí de pie, entre el frigorífico vacío y la mesa sin sillas, mientras me contaba que el transportista le pidió dos veces la dirección de la casa porque no encontraba el número en su aplicación.
—Le he explicado dónde está la esquina de la farmacia —continuó—. Después reconoció el nombre de la abuela. Cree que su madre compraba allí milhojas los domingos.
—Habrá que recuperar las milhojas —comenté, y doblé el papel del bocadillo.
—He empezado una lista de ideas para anunciar la reapertura en redes —me contó—. Si sigues queriendo que me encargue de eso, claro.
—Quiero, pero no tienes que decidir ahora cuánto tiempo vas a quedarte ayudándome.
Leo guardó el teléfono en el bolsillo y recogió una de las botellas de agua de la mesa.
—Al principio sí voy a ayudarte. No sé si me gustará trabajar en la pastelería cuando abramos, y prefiero decírtelo ahora. También quiero buscar trabajo en marketing. He visto ofertas a distancia y miraré lo que haya allí.
—Me parece bien —le respondí—. Ya encontraremos la manera de organizarnos.
Miró el reloj y me recordó que, si salíamos antes de las tres y media, evitaríamos buena parte del tráfico. Enjuagué el vaso que usé, revisé una vez más el apartamento y bajamos las maletas al coche.
Colocó mi caja detrás de su asiento, protegida por una manta, y me enseñó la ruta: pararíamos a mitad de camino. Guardé las llaves del apartamento en el sobre destinado a la casera. Verlo sin nuestras cosas me resultó más extraño que vaciar mi mesa en el periódico.
—Podemos salir —me avisó desde el asiento del copiloto.
Arranqué y tardamos varios minutos en incorporarnos a la avenida.
Él llevaba la postal del puerto sobre las rodillas: la sacó de la caja antes de subir y ahora comprobaba una esquina que se dobló al despegarla.
En el primer semáforo se la pedí para guardarla en la guantera, pero negó con la cabeza y alisó el cartón con el pulgar.
—Ya la guardaré cuando lleguemos —me respondió.
El semáforo cambió. Seguí la indicación que aparecía en la pantalla y tomé la salida de la ciudad con él a mi lado, nuestras cosas en el maletero y la dirección de la casa de la abuela marcada como destino.