El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Treinta y uno
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CAPÍTULO Treinta y uno

N o estoy muerta.

Pero en el mismo momento en que la consciencia regresa a mí, empiezo a desear estarlo. Cuando consigo abrir los ojos, ya no estoy tumbada en lo alto de las murallas. Ya no estoy en Islafierro. Me encuentro en un lugar en el que nunca he estado y que, sin embargo, reconozco al instante.

Arena negra.

Cielo negro.

Es el Desierto de la Vaina de Dymeria.

Sobre mí se cierne un hombre cuya silueta bloquea un sol anémico.

Incluso a mediodía, aquí está mayormente oscuro.

Su rostro es una pesadilla: rajas en la cara a modo de fosas nasales y palidez mortal.

Sus extremidades, de color gris blancuzco, al igual que las de sus hombres, están cubiertas de motas negras.

En su caso, sin embargo, esas venas ennegrecidas son protuberantes, como la corteza nudosa de un árbol.

Como tejido cicatrizado. Como mi marca de Vestigio.

Tiene los ojos inyectados en sangre, como los de los vampiros de las viejas leyendas.

Carece de pelo, de barba y hasta de cejas.

Su piel cadavérica está cubierta de tatuajes que trazan extraños patrones que parecen cambiar y moverse al mirarlos.

—Por fin te despiertas. Bien. —Aprieta los finos labios y me da un golpecito con la puntera de acero de su bota—. Empezaba a pensar que el hierro te había llegado demasiado cerca del corazón.

Se inclina y gira el proyectil de ballesta que me sigue asomando del pecho. Yo suelto un grito desgarrador. El dolor es inimaginable. Vuelvo a desmayarme, pero me despierto de golpe cuando él me da una patada, un fuerte golpe en las costillas.

—Vamos, vamos, Rhya, no te duermas. —Hace una pausa y estudia mi semblante con atención—. Oh, sí. Sé cómo te llamas. ¿Te sorprende? No debería. Lo sé todo de ti.

Suelto una violenta tos y paladeo sangre en mi boca. Giro la cabeza y escupo un coágulo sobre la arena. Efnysien se agacha con un movimiento fluido y niega con la cabeza.

—No seas tan derrochadora. —Recoge con la mano la saliva escarlata y se la pone en la lengua como si fuese el más delicado manjar de Anwyvn.

Traga y prácticamente suelta un gemido—.

Qué bien degustar otro sabor después de tantos años.

Admito que me he cansado un poco de tu homóloga térrea.

—Hace una pausa y se inclina sobre mí, con su rostro a pocos centímetros del mío.

De cerca, sus ojos rojos son aún más aterradores—.

Por eso me viene tan bien que hayas llegado.

Yo le arreo un cabezazo. Lástima que no tenga nariz que romper. Me esquiva antes de que pueda hacer mucho más que rozar su frente con la mía.

—Preferiría que no empezásemos con mal pie, pajarillo. —Su fina boca intenta esbozar una sonrisa, pero no hay emoción alguna tras ella. Al igual que sus ojos, está completamente desprovista de nada parecido a un sentimiento—. A fin de cuentas, vamos a pasar mucho tiempo juntos.

Yo trago más sangre.

—Mátame ya y termina de una vez.

—¿Matarte? —Se ríe con un sonido horrible—.

¿Por qué iba a hacer tal cosa? Eres mi huésped de honor.

Planeo quedarme contigo todo el tiempo que pueda.

—Hace una pausa—. Es decir, todo el tiempo que tu cuerpo aguante.

Mi Zariah aguantó un lustro. Aunque tenía más fortaleza que la mayor parte de mis… juguetes… más frágiles.

Zariah. ¿Se referirá a la Vestigio de la Tierra, a quien salvamos de sus mazmorras? Encuentro un poco de consuelo en la idea de que la chica se haya liberado al fin de las garras de este monstruo.

—Lástima que tus amigos y tú consiguierais infiltraros en mi rincón de juegos favorito.

—Se pone en pie. Sus suelas se deslizan sobre la duna de ébano—.

Pero da igual. Ahora nos toca jugar a ti y a mí.

Nuestro nuevo cuarto de juegos es un poco menos accesible que la isla, en caso de que a mi hermanastro le empiecen a entrar ganas de embarcarse en rescates heroicos.

Allí estaremos bien los dos. ¿Qué te parece?

Le clavo la mirada. No puedo hablar. El hierro que me perfora el pulmón derecho es pura agonía; me araña por dentro a cada respiración. El que tengo junto al corazón me provoca oleadas de un dolor venenoso que me recorren a cada latido.

—Emperador oscuro. —Esa nueva voz, que ha hablado con un susurro reverente, se oye al tiempo que un soldado vestido con uniforme escarlata se manifiesta ante mi vista.

No parece tan perjudicado como los demás que vi en la prisión.

Casi podría pasar por un soldado mortal de las Tierras Centrales—. Perdonad que os moleste, pero…

La frase se convierte en un grito ahogado cuando la mano de Efnysien sale disparada y agarra al soldado de la garganta.

—¿Acaso no os he dicho que no debéis molestarme con interrupciones innecesarias mientras le doy la bienvenida a nuestra invitada? —pregunta con voz totalmente neutral. El soldado emite un ruido estrangulado. Su rostro palidece por la falta de aire—. Estoy bastante seguro de que os lo he dicho.

Con un movimiento decididamente serpentino, Efnysien ladea la cabeza y evalúa al hombre a quien tiene agarrado.

Yo me preparo para presenciar su ataque; quizá le romperá el cuello o le clavará una daga.

Sin embargo, no estoy preparada para lo que sucede: una nube de magia negra se condensa en el aire y se retuerce como humo vivo.

No es como mi viento, ni como el fuego de Penn, ni como el agua de Soren.

Esto no es poder de Vestigios. No es natural. No es elemental.

Es algo distinto.

Algo malvado.

Una serpiente negra se desliza por el brazo tenso de Efnysien, para luego unirse a sus dedos formando una presa mortal en la tráquea del soldado.

El hombre empieza a sufrir espasmos. La serpiente se fusiona con su piel, se le mete dentro.

El tipo ya estaba pálido, pero ahora se queda completamente blanco.

El poder oscuro se introduce por sus venas, colapsa sus sentidos.

Al soldado se le desencaja la boca, y sus ojos desorbitados de terror quedan vacíos.

En lo que dura un aliento, todo rastro de vida ha sido drenado de su cuerpo… y pasado al de Efnysien.

Los extraños tatuajes del hechicero se mueven por dentro de su piel.

Los patrones se desplazan como sombras en un reloj de sol al absorber la esencia del hombre.

Le tiemblan los hombros, y alza la cabeza hacia el cielo para soltar un grave gemido.

Acaba de saciar su sed oscura y no se detiene hasta que le arrebata el último resquicio de vitalidad.

Hasta que lo que queda es una cáscara con forma de hombre.

Yo me quedo helada. Esto es una abominación. Una atrocidad.

Sin pronunciar una sola palabra más, Efnysien suelta al soldado. El emperador ni siquiera se molesta en contemplar a su leal súbdito, que cae muerto sobre la arena del desierto. Sus ojos carmesíes ya se están girando hacia los míos.

Espero que mi expresión no evidencie el miedo que siento.

«Puede matar solo con tocar a alguien.»

«Su mero contacto significa la muerte.»

—Qué divertido va a ser tenerte aquí —dice, como si nunca nos hubieran interrumpido—. Ya lo verás. —Señala con el mentón a alguien fuera de mi vista—. ¿Verdad, mi querida diosa marina?

La esbelta figura de Melité aparece a su lado y se aprieta contra él. Le pasa los brazos por la cintura y le planta un beso en la marmórea piel del cuello. Luego, gira la cabeza para mirarme. Sus ojos son pura tinta y su sonrisa es ladina. Lleva a la cintura mi látigo dorado.

—Rhya, Rhya, Rhya. Si he de ser sincera, nunca he llegado a entender a qué venía tanto revuelo cuando apareciste en nuestras vidas.

¿Qué tienes tú de especial, eh? —Entrecierra levemente los ojos, y sus agallas aletean—.

Y sin embargo, en cuanto llegaste, fue otra vez como con Arwen.

Todo el mundo te agasajaba. Sobre todo mi hermano. Vaya gente más patética.

Los ojos de Efnysien llamean victoriosos.

—Oh, Soren se enfadará mucho con este giro de los acontecimientos. De niño, nunca le gustó que le rompiese sus juguetes favoritos.

Mi cabeza oscila entre el dolor y el terror.

Debo de perder el sentido durante un instante, porque, cuando lo recupero, Melité se ha agachado frente a mí.

Sostiene una daga —mi daga— frente a mi cara.

Antes de que yo pueda siquiera reaccionar, Melité me clava la punta en la piel de la mejilla y me abre un tajo hasta la mandíbula.

Sonríe cuando mi sangre se derrama sobre la arena.

Me duele, pero ni la mitad que mis otras heridas.

—Esos ojos tormentosos que tienes son muy hermosos —dice.

Sus facciones exquisitas están contraídas en una mueca desagradable—.

Siempre lanzándole miraditas a mi hermano desde el otro lado de la habitación cuando pensabas que nadie te veía.

Siempre ardientes y desafiantes. Incluso ahora, que estás a mi merced.

No lo puedes evitar, ¿verdad? —Sus labios se curvan de anticipación.

La daga se acerca a mi cuenca ocular; no me atrevo ni a respirar—.

¿Quieres que te los saque? —me pregunta—.

Así no tendrías que volver a asesinarme con la mirada… Se acabó eso de clavarme la vista…

—Vamos, Melité —interviene Efnysien—. Ya habrá tiempo de mutilarla en años venideros. Ahora queremos saborearla, ¿verdad?

Ella suelta un soplido resignado. Luego se pone en pie con un revoloteo de faldas y regresa junto a él.

—Está bien. Pero quiero que sufra.

—Y sufrirá, mi querida vengadora.