El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Treinta y uno #2
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CAPÍTULO Treinta y uno #2

Él se adelanta y ocupa el lugar de Melité frente a mí.

Su piel cadavérica y sus monstruosas facciones son infinitamente más horrorosas que la belleza malhumorada de Melité.

Me da un lametón en la mejilla con una lengua bífida y nauseabundamente negra, a lo largo del tajo de la daga.

Todo su cuerpo tiembla de placer al tragarse mi sangre.

Cierra los ojos para alargar la sensación.

Sus tatuajes vuelven a moverse, los diseños cambian de un modo que no puedo descifrar.

Sus iris se tornan más rojos que antes al clavarse en los míos.

—Empezaremos con esto —dice en tono suave, y alza unos grilletes ante mí.

Supongo que son de hierro, pero no parecen estar forjados de ese familiar metal oscuro. En realidad, están hechos de resplandeciente piedra negra. Emiten un leve brillo bajo esta débil luz.

—No se trata de grilletes normales —me informa, sonriendo como si fuéramos viejos amigos—.

Han sido manufacturados con trozos de portales muertos.

Contienen restos de líneas ley. Por supuesto, no sirven para viajar a ninguna parte, pero sí para imitar los…

intrigantes… efectos mentales que se experimentan en el viaje.

«Dioses, no.»

No he olvidado lo que sentí al perderme en la red de portales. Mi mente y mi propio ser quedaron fracturados. Si estos grilletes hacen algo parecido…

No sobreviviré.

Se me acelera tanto el pulso que los frenéticos latidos de mi corazón arañan el proyectil de hierro.

Me recorren nuevas oleadas de dolor, en una marea implacable.

Entreabro los labios, preparada para suplicarle que no me los ponga.

Sin embargo, consigo contener las súplicas en el último instante. No pienso darle esa satisfacción.

—Sí, perfecto…

Ajusta los extraños grilletes a mis muñecas laxas y los cierra con un chasquido firme. Siento el frío de la suave piedra contra la piel, tan intenso que podría congelármela. Aparte de eso, no siento nada más.

Aún.

—Te quedan muy bien, Rhya. Estás encantadora. ¿No te parece?

Alzo la vista hacia él, con los dientes apretados.

—Ah. Bueno, me imagino que pronto ni te darás cuenta de que los llevas puestos.

—Esboza una sonrisa, como si acabase dehacer un chiste que no llego a comprender—.

Ahora que estás adecuadamente equipada, me encantaría ver si algunos de los rumores que he oído sobre las tejedoras del viento son ciertos.

Por ejemplo…, que no les sienta bien estar confinadas.

Se me hace un nudo en la garganta.

«No.»

«No.»

«No.»

«No.»

«Eso no.»

«Lo que sea, menos eso.»

—He creado una nueva jaula especialmente para ti. Pensaba que no iba a tener la oportunidad de usarla tan pronto, pero ahora… —Su sonrisa carente de vida me provoca un escalofrío que me llega al alma—. Creo que deberíamos ver qué tal te va dentro.

Sin previo aviso, dos soldados me alzan en peso; uno me agarra de las muñecas y otro, de los tobillos.

Mi cuerpo está tan débil que casi no puedo forcejear.

Me llevan hasta el borde de un profundo pozo.

Siento mi magia muy lejos; las tormentas dentro de mí se han disipado hasta quedar reducidas a un remolino intangible.

Noto la mente embotada, y no solo por el pánico. Mis pensamientos se hacen añicos.

«¿Es el efecto de los grilletes? ¿Me están envenenando ya los sentidos?»

—Antes era un pozo, pero el agua se secó —dice Efnysien en tono amable—. Es bastante profundo, pero no te preocupes por las arácnides ni por los wyverns de arena. Por más que lo intenten, no podrán entrar. Verás, las paredes están repletas de hierro.

Yo reprimo un sollozo de puro terror. Los dos soldados empiezan a balancearme junto al borde del pozo, como si fuera una bala de heno o un pesado saco de harina. A cada nueva oscilación van ganando impulso.

—Creo que empezaremos dentro de un mes. Eso debería darte algo de tiempo para acomodarte hasta que venga a ver cómo te encuentras.

—Que te follen —siseo.

Él esboza una sonrisa plácida.

—Dos meses.

Melité suelta una risita, fuera de mi campo de visión.

—Vete… al… infierno.

—Bueno, está bien, si insistes… —Su sonrisa se ensancha, pero sus ojos rojos están completamente vacíos—. Que sean tres.

Hace una señal y los hombres me arrojan al pozo. Caigo en picado con un grito. La caída dura una eternidad. Cuando aterrizo en el fondo, siento que se me rompe una muñeca. El dolor palidece en comparación con el de los proyectiles de ballesta, que se desplazan en mis heridas y las ensanchan.

Sin aliento, miro boquiabierta el cielo lejano. Es como estar en la planta baja del faro en Hylios, contemplando ese enorme obelisco que se alza hacia un lejano círculo de luz.

—Bienvenida a Dymeria, Rhya. —La voz de Efnysien flota hasta mí—. Estamos muy contentos de tenerte aquí con nosotros.

Dicho lo cual, se cierra una trampilla en lo alto y la luz desaparece.

Estoy tumbada en medio de la más absoluta oscuridad. No hay luz. No hay sonido alguno. No hay aire. Estoy en las mismísimas profundidades de la tierra.

«Voy a morir aquí abajo», pienso, y mi mente se rompe de puro pánico. «Me voy a resecar y a pudrir. Jamás me encontrarán. Desapareceré hasta que no quede nada de mí.»

Como si jamás hubiera existido.

—¡Dejadme salir! —le grito a nadie, y mi voz se rompe como el cristal—. ¡Dejadme salir de aquí!

Pero no, Efnysien no me deja salir.

Y la oscuridad infinita no me responde.

En un primer momento, resisto.

Me aferro a la esperanza.

Al recuerdo.

Me arranco los proyectiles del cuerpo y consigo soportar el dolor.

Aguanto la pura agonía de la muñeca rota, que se acaba soldando ella sola.

Contengo el pánico desgarrador que no mengua en ningún momento, un recordatorio constante de mi confinamiento.

Me acostumbro a la neblina de los grilletes de obsidiana, que me lleva a cuestionarme mi propia cordura.

Intento recordar la vida de antes. Intento mantener cerca de mí todo lo bueno.

«Imagina que te encuentras entre las nubes», susurra Soren en mi mente embotada. «Siente el viento en la cara, en el pelo. No estás aquí. Estás volando libre.»

«Respira, alondrita. Limítate a respirar.»

Quiero llorar, pero no me queda líquido en el cuerpo para formar lágrimas.

Me he secado por dentro hace mucho; toda humedad se la ha llevado el calor del desierto que, incluso aquí abajo, parece resecar hasta la última gota de agua de la tierra.

La deshidratación es un estado lejano. Hasta mis huesos parecen secos como yesca.

Me dan lo justo de agua y comida para sobrevivir.

Me la traen unos guardias que jamás me muestran su rostro ni me hablan, con una cadencia y un racionamiento que no llego a comprender.

A veces me arrojan un pedazo de pan mohoso, tan duro que no lo puedo masticar.

Otros días, la trampilla se abre y por ella vierten un cubo de agua sin la menor ceremonia.

Succiono los charcos que forma en el suelo antes de que se pierda por la rejilla del rincón donde hago mis necesidades.

Cada sorbo que doy sabe a tierra, a suciedad y a sangre.

«Pronto saldremos de aquí», me promete una voz profunda y familiar, que retumba como el agua sobre un lecho de piedra. «Regresaremos a Hylios, a la luz del sol. Piensa en eso, no en este lugar.»

Al cabo, no hay recuerdo que pueda calentar mi corazón. Mi cuerpo herido se ha curado tanto como le ha sido posible. Sin embargo, no hay cura para mi alma destrozada.

En cierta ocasión, una amiga me dijo que preferiría haber muerto ella. Ya no recuerdo su nombre, aunque sí su rostro, si me concentro. Tenía el pelo rojo, llameante en la oscuridad.

«No anheles la muerte jamás», le dije. «Pase lo que pase. La vida es el regalo más precioso que tenemos. Sería una desgracia malgastarla. Dejar de vivir por haber sufrido una pérdida… les hace un flaco favor a quienes ya no están con nosotros.»

Menuda hipócrita fui.

Vaya necia ingenua.

Frente a esto, matarme sería clemencia.

Pero Efnysien no conoce la clemencia.

Tal y como prometió, acaba por venir a verme. ¿Dijo que iban a ser tres meses?

A mí me han parecido tres vidas.

—Oh, querida —me dice desde arriba con voz seductora—. He de decir que no tienes muy buen aspecto. —Inspira por la nariz con un sonido audible—. Y tampoco hueles muy bien. Deberías cuidarte un poco más.

—Por favor —grazno, arañando las paredes de hierro, que me abrasan la punta de los dedos—. Por favor, déjame salir.

—Cuántas ganas tienes de volar, ¿verdad? No, pajarillo. Creo que lo que necesitas son unos cuantos meses más ahí abajo.

—¡No! ¡No, espera! Por favor, no…

La trampilla vuelve a cerrarse y mi mundo se hunde una vez más en la oscuridad.

Después de esa primera visita, Efnysien viene a verme con poca regularidad; sus apariciones son tan impredecibles como las entregas de agua. A veces Melité está con él. Su risa malvada se me clava en el corazón como los colmillos de una víbora. Sin embargo, la mayor parte de las veces está solo.

Durante estos interludios habla mucho conmigo.

—¿Cuántos meses han pasado ya, pajarillo? ¿Ocho? El tiempo vuela cuando te lo pasas bien, ¿verdad?

«¿Ocho meses?»

No pueden haber pasado ocho meses. Es demasiado. Seguro que no…

Sin embargo, mi percepción del tiempo es tan escuálida como la piel que me cubre los huesos. Los grilletes lo nublan todo hasta sumirlo en la incomprensión.

—¿No te molesta que no hayan venido a rescatarte? —pregunta en su siguiente visita—. Tus gallardos reyes ni lo han intentado. Se han limitado a seguir con su vida y te han dejado aquí para que te pudras.

No.

No, eso no es verdad.

Les importo.

Jamás me abandonarían.

Ellos me…

Me esfuerzo para recordar sus nombres y reprimo un sollozo al comprobar que no soy capaz. Mis recuerdos están hechos pedazos. Son finos como telarañas. Cuanto más tiempo paso aquí abajo, más siento que me hago trizas. Es como el tiempo que pasé perdida en los portales.

«El olvido.» Así lo llamó alguien. Veo su rostro si me llevo los dedos a las sienes y me concentro en lo más hondo de mi ser.

Ojos azules, pelo oscuro. Una sonrisa capaz de detenerme el corazón en el pecho.

Me balanceo adelante y atrás, intentando que no se me escape.

Intentando que se quede conmigo. Pero él, como todo lo demás, se aleja.

La siguiente visita es peor.

—Te traigo noticias muy interesantes del norte. Al parecer, uno de tus reyes ha protagonizado un incidente bastante explosivo en su corte. Si hay que dar crédito a los rumores, ha sido catastrófico. Me pregunto qué lo habrá provocado…

Reyes.

Dos reyes.

Dos hombres.

Un hombre de calor y llamas.

Un hombre de mar y luz estelar.

Oigo un tañido lejano en la cabeza, que aparece y vuelve a irse en un instante, aplastado rápidamente por la depresión y el desespero.

Al cabo, ni siquiera me pongo en pie cuando la trampilla se abre. Ni por agua ni por las visitas de mi captor, cada vez más escasas a medida que las semanas se convierten en meses y los meses, en años.

—Vaya, vaya, pajarillo. ¿De verdad llevamos tres años juntos? Parece mucho más. Siento como si lleváramos juntos toda la vida. Apenas recuerdo una época en la que no estuvieras conmigo. —Hace una pausa—. ¿Y tú, pajarillo? ¿Qué tal te funciona la memoria estos días?

La memoria. Es algo muy breve y desenfocado, como el aleteo de una mariposa en un viento lejano. Como el roce de una mano cálida en la mejilla. Como la sensación de unos labios al acariciar la piel más secreta.

—¿Recuerdas tu vida antes de llegar aquí? —pregunta—. ¿Recuerdas mi nombre? —No, no lo recuerdo. Pero eso da igual. ¿Qué es un nombre?—. ¿Recuerdas el tuyo?

«Rhya.»

«Rhya.»

«Mi nombre es Rhya.»

«Soy la tejedora del viento. La portadora de luz. La sílfide del cielo.»

Lo canturreo una y otra vez, me aferro a ese trozo de mi ser. El último trozo. El único que queda, ahora que me han arrancado todo lo demás.

—Me llamo Rhya —le susurro a la oscuridad cuando la trampilla vuelve a cerrarse y él se marcha. Tengo la voz ronca de no usarla, rasposa como las patas de las arácnides que a veces intentan colarse por la rejilla.

«Rhya.»

«Rhya.»

«Me llamo Rhya.»

¿Verdad?

Me aferro a ese único detalle tanto como puedo. Pero no puedo sujetarlo para siempre. Y así, mi nombre también se convierte en un recuerdo.

Yo me convierto en un recuerdo.

Sola, en las profundidades del mundo, con la locura como única compañía…

Desaparezco en la oscuridad.