El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Treinta #4
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CAPÍTULO Treinta #4

—No quiero perderte —le digo. Alargo una mano y la coloco sobre su corazón, por encima de la tela de su camisa—. Por una vez, no discutas conmigo, por favor. Por una vez…, déjame que gane uno de estos tercos enfrentamientos. ¿Puedes hacerlo? ¿Por mí?

Sus ojos llamean. Y entonces, por pura fuerza de voluntad, reprime esa furia abrasadora.

Veo cómo desciende poco a poco mientras él suelta el aire.

La tensión abandona sus hombros rígidos; su mandíbula se relaja levemente.

Le dedica una breve mirada a Melité, que se ha retirado a las sombras con lo que queda de su contingente de protección. Luego asiente.

—Vámonos.

Juntos, echamos a correr hacia los escalones del otro lado del patio.

Yo cierro los ojos al saltar por encima del cadáver de Alaric.

No quiero ver esos tiernos ojos contemplar ciegamente los cielos.

Varios guardias nos persiguen; sus botas resuenan cerca.

Lanzo una cruda ráfaga de aire por encima del hombro y los derribo al suelo desde las escaleras.

La sutileza ha quedado olvidada. Mi magia flaquea, casi agotada.

Corremos por lo alto de las murallas hacia los garfios que siguen clavados en la piedra. Ahí abajo ya no queda rastro de la playa rocosa, no hay ningún lugar en el que encallar un bote. Las olas chocan contra la base de los muros con la fuerza de un ariete.

—Mierda —dice Penn, con voz entrecortada y la mandíbula tensa.

Mis ojos vuelan hacia el horizonte. Veo la silueta sombría de nuestro velero bergantín de velas negras y, mucho más cerca, la forma más pequeña de un bote que se nos acerca a una velocidad inmensa, sin duda propulsado por la magia de Soren.

—Ahí están —jadeo.

—¿Deberíamos saltar? —pregunta Penn en tono lúgubre—. ¿Intentamos nadar hasta ellos?

Niego con la cabeza, contemplando la fuerza de las olas. Nos arrojarían contra los muros y nos destrozarían como si estuviéramos hechos de cristal.

—Tengo una idea mejor. —Trago saliva, nerviosa—. Pero vas a tener que confiar en mí.

Penn gira la cabeza en mi dirección. Sus ojos son solemnes, al igual que su voz:

—Rhya, te confiaría mi vida. Confío completamente en ti.

Nos miramos a los ojos durante un largo momento.

Luego, mi magia se acumula en el aire a nuestro alrededor, pasando de una suave corriente a un sólido chorro que rodea su ancha complexión.

Sin previo aviso, lo elevo por los aires.

Penn suelta un grito de sorpresa que me arranca una risa de los labios.

—¡Rhya! ¿Qué estás…?

—No te preocupes —le digo con una sonrisa—. Estoy justo detrás de ti.

Dicho lo cual, lo elevo más y más en el aire y luego lo empujo por encima de las oscuras olas.

Mi sonrisa desaparece cuando la verdadera dificultad de esta tarea me sale al paso.

Casi me hago sangre en el labio a base de mordérmelo, en un esfuerzo por no dejarlo caer.

Jamás he hecho algo así antes…, al menos, no durante tanto tiempo ni tan lejos.

Y encima, Penn es un amasijo de músculos. Muy pesado.

Aun así, no puedo dejar que caiga.

Se trata de Penn.

No voy a dejar que caiga.

Veo que el bote reduce su velocidad cuando los hombres a bordo ven a Penn volar por el cielo hacia ellos.

Entre oleadas negras de agotamiento en las sienes, bajo poco a poco su enorme silueta hasta el bote.

Cuando lo suelto, me derrumbo sobre la barandilla de piedra, llenándome los pulmones con profundas bocanadas de aire.

Estoy a punto de desmayarme.

«Muy lista.» Soren suena levemente divertido ante mis métodos, incluso desde lejos. «Y ahora, saca el culo de esa isla y súbete al bote.»

«Necesito un minuto.»

«Rhya, no tienes un minuto.»

Tiene razón. Veo que se acercan varios barcos desconocidos en el horizonte. Son mucho más grandes que nuestro velero y, seguramente, van cargados con más que meros refuerzos. A buen seguro tendrán también cañones perfectamente capaces de hacernos trizas en el agua.

«Deke ha zarpado ya y se dirige al norte. Necesitaremos combinar nuestros poderes para alcanzarlo.»

Me obligo a ponerme de pie.

Un último aliento. Inspiro por la nariz, suelto por la boca. Tengo la mente embotada, la magia agotada del todo. Este hierro venenoso me ha secado por completo las reservas interiores. La marca de mi pecho está gélida. Me obligo a disipar la niebla del agotamiento y me aparto de la barandilla.

Cierro los ojos e invoco mis frágiles vientos. No los abro hasta que me elevo de la muralla de piedra hacia el cielo. No necesito ver adónde voy. Solo tengo que seguir el hilo que me conecta con ese bote. Con las dos almas que flotan ahí mismo, en la oscuridad, esperándome.

El primer proyectil me punza el pulmón derecho.

El siguiente me atraviesa de lado a lado el estómago.

El último me da a la altura del corazón.

Caigo como un pájaro que se desploma desde el cielo, su vuelo abruptamente interrumpido. Mi cuerpo aterriza en lo alto de las murallas, tan fuerte que se me escapa el aire del pulmón que me queda. Mi cabeza golpea contra la piedra y hace pedazos mi consciencia. Y doy las gracias por ello.

La neblina disminuye el dolor de mi muerte inminente.

Alzo la vista hacia el cielo y parpadeo. No hay estrellas ahí arriba, solo una infinita extensión negra. De algún modo, resulta adecuado. Va a juego con la negrura que se cierne sobre mí, que se me está llevando.

Oigo el familiar cacareo de la risa de Melité en mi cabeza.

Oigo los rugidos de Soren, que pronuncia mi nombre por el vínculo.

Y luego, el mundo se oscurece y ya no oigo nada.