El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Treinta #3
96%

CAPÍTULO Treinta #3

Siento su solemnidad, su pesar infinito, que no es sino un eco diminuto del de Arwen.

Es una pérdida que Soren comparte. Alaric y él eran amigos íntimos desde hacía décadas, mucho antes de que el matrimonio los convirtiese en hermanos.

Quiere correr hacia ella, pero se contiene.

Duda de si debería dejarme sola en esta batalla.

«Ve», insisto. «Puedo encargarme de esto.»

Hay una breve pausa, y luego: «Sé que puedes, alondrita».

Vaya si me voy a encargar. Soy más que capaz.

Jamás he sentido tanto control, incluso con la influencia parasitaria del hierro.

Cubro a Soren mientras cruza el patio y acabo con una docena de soldados que caen al suelo, muertos.

En el mismo instante en que los brazos de Soren rodean a Arwen, los gritos de esta se convierten en violentos sollozos que brotan de su garganta.

—¡Voy a matarla! —chilla con voz quebradiza—. ¡Voy a matar a la zorra del mar con mis propias manos!

—Inténtalo si te atreves —dice Melité con voz aburrida.

Con un rugido, Arwen se aparta de los brazos de Soren y echa a correr por el patio hacia ella.

No parece darse cuenta de que está descalza y cubierta de sangre, sin siquiera una daga con la que luchar.

Corre de cabeza hacia una hilera de enemigos, ciega de pesar y de ansias de venganza.

La necesidad de vengarse la recorre como una llama, arde en sus venas.

La siento desde el lugar donde estoy en el patio.

«¡Soren!», lo llamo, alarmada. «¡Va a conseguir que la maten!»

«Yo me encargo.» Su voz interior suena trabajosa; está corriendo hacia ella.

«Sácala de aquí, ya. Id con Vaughn. Subid al barco. Nos vemos allí.»

«No pienso dejarte aquí sola.»

«No estoy sola.»

Y es cierto. Siento que Penn se nos acerca, atraído por la oleada de magia y el sonido de los gritos. Ahora mismo está corriendo por lo alto de las murallas en el lado opuesto del patio. Recorre a toda prisa los escalones en zigzag de su lado, idénticos a los que está subiendo Vaughn.

«Alondrita…»

—¡Te voy a matar! —le grita Arwen a su medio hermana, forcejeando en brazos de Soren casi tan violentamente como la Vestigio de la Tierra con Vaughn.

Harpina se mantiene cerca de su líder. Su arco resuena una y otra vez mientras los cubre a ambos con una concentración inquebrantable.

«Marchaos», repito en tono firme.

Soren acaba por obedecer. Alza a Arwen en brazos y echa a correr por las escaleras. Harpina lo sigue. Arwen ruge durante todo el camino, y sus gritos no desaparecen hasta que se encuentran en lo alto de las murallas, fuera de la vista.

Yo me mantengo plantada entre las escaleras y el grupo que queda de soldados, que adoptan rápidamente una nueva formación y rodean a Melité por cada flanco.

Me inunda el alivio al ver a Cadogan, Jac, Farley, Mabon y Penn, que llegan a toda prisa a la escalera opuesta.

Todos frenan en seco en el rellano de piedra de arriba al ver la sorprendente escena que se está desarrollando en el patio.

—Justo a tiempo —ronronea Melité. Alza la voz y su canto de sirena se arrastra por el aire como humo—. Cadogan, mi amor, ven a mí.

Las hermosas facciones de Cadogan se contraen en una máscara enamorada, sujeto por completo al trance de Melité. Yo grito para que se detenga; mi voz reverbera por el patio. Penn alarga una mano hacia él, al igual que Mabon.

Pero ya es tarde.

Demasiado tarde.

Solo podemos contemplar horrorizados que Cadogan cumple la orden: da un paso en el vacío y cae desde el rellano de la escalera hasta el patio. Su cuerpo aterriza sobre los adoquines con un crujido enfermizo. No se levanta.

La pena explota por todo mi cuerpo. Mi grito se ve ahogado por el rugido colectivo de todo el Gremio del Ascua.

Todos se ponen en movimiento a la vez: Farley empieza a disparar una flecha tras otra, todas directas al corazón de Melité.

Jac echa mano de su hacha de batalla y corre escaleras abajo.

La pesada ballesta de Mabon resuena una y otra vez mientras este dispara indiscriminadamente a los guardias reunidos en el patio.

Penn es el primero en llegar abajo. Su rostro es una máscara de ira.

La hoja en su mano desprende una llamarada roja, aunque su color está más apagado de lo habitual.

Por suerte, Penn no necesita magia para luchar como un demonio.

Se abre camino a tajos entre los soldados, parte cuerpos en dos, clava la espada una y otra y otra y otra vez hasta que los adoquines se manchan de un río de sangre negra y grumosa.

Yo cruzo el patio de un salto y surco el aire hasta aterrizar junto a la silueta desplomada de Cadogan. Mis lágrimas caen formando un torrente sobre su rostro ensangrentado. Con suavidad, le doy la vuelta y lo coloco bocarriba.

«Por favor, dioses, que no esté muerto.»

Sus hermosas facciones están irreparablemente rotas: la nariz recta está ahora aplastada; los labios, destrozados; los expresivos ojos, hinchados hasta quedar cerrados.

Respira, pero su aliento pende de un hilo.

Su pecho asciende y desciende entre espasmos entrecortados que me indican que, probablemente, tiene las costillas rotas.

Las dos piernas están dobladas en ángulos antinaturales, al igual que un brazo.

—Cadogan —susurro.

—¿Está vivo? —Jac, que acaba de aparecer de pronto a mi lado, se agacha. Alarga la mano para tocar a su amigo, pero la retira antes de rozarlo siquiera—. Fiera, ¿está vivo?

—Está vivo.

Hay un breve silencio.

—Pero ¿vivirá?

Nos miramos a los ojos. Los suyos, al igual que los míos, rebosan de lágrimas.

—No lo sé —respondo con sinceridad. Odio el temblor de mi propia voz—.

Pero, si queremos que tenga alguna oportunidad, hay que sacarlo de aquí.

Hay que llevarlo al barco. —Mi mirada oscila en derredor hasta toparse con Mabon, que sigue disparando proyectiles a los guardias—.

¡Mabon! ¡Ven aquí y ayuda a Jac a llevarlo escaleras arriba!

Mabon corre hacia nosotros de inmediato.

—¡Farley! —le grito. Sigue en el rellano de arriba, disparando flechas—. ¡Ve con ellos! Necesitan cobertura.

Él asiente, sin apartar los ojos del patio. Coloca otra flecha, dispara y atraviesa con ella el corazón de un guardia moteado.

Yo me inclino hacia delante y rozo con los labios la frente de Cadogan.

Jac y Mabon lo alzan en brazos. Farley sigue su avance hacia las escaleras; sus flechas aciertan una y otra vez.

Yo ni siquiera puedo permitirme el lujo de ver cómo se marchan, pues Penn sigue en plena refriega.

Su hoja al rojo vivo se desplaza con tanta rapidez que casi no puedo verla.

Se está abriendo camino hacia la medio sirena.

Melité, me doy cuenta ahora, ya no se ríe ni se pavonea.

En realidad, parece bastante nerviosa. Sus tropas se reducen a menos de veinte hombres por primera vez.

Penn sigue haciéndolos pedazos. Su hoja no deja de cortar y bloquear; los tañidos de las espadas reverberan entre los muros de piedra.

Yo acudo junto a él y empiezo a luchar a su espalda cada vez que se abalanza sobre nuevos enemigos.

Mis corrientes de viento desvían flechas y proyectiles antes de que puedan siquiera rozarlo.

Mi látigo restalla una y otra vez; los rayos acompañan a los truenos de sus ataques y convierten a los soldados moteados en esqueletos humeantes.

Entre los dos reducimos al grupo a apenas una docena de guardias. Entonces siento la mente de Soren en la lejanía.

«Rhya», dice con voz apenas audible. «Dime que estás en el segundo bote.»

«Claro que estoy en el segundo bote», miento, y aparto una andanada de flechas con una ráfaga de aire.

«Malditos sean los dioses, alondrita, ¿qué tienes en la cabeza? ¿Por qué no has subido?»

«Cadogan estaba herido.» Le transmito las horribles visiones de su caída por el vínculo. «No podían permitirse esperar más.»

«Vamos a volver con el primer bote a por ti y a por Penn.»

«Gracias. No me gusta mucho nadar.»

A él no parece hacerle gracia.

«Tenéis que salir de ahí de una maldita vez.»

«Te aseguro que no me he quedado por el buen ambiente que hay aquí.»

«Subid a lo alto de las murallas. Esperadnos allí.» Su preocupación es palpable. «Hay naves en el horizonte. Se están acercando.»

Por los cielos. Efnysien está a punto de llegar.

—¡Penn! —grito—. ¡Tenemos que salir de aquí!

Pero Penn se encuentra en plena furia de batalla. Su ardiente temperamento está fuera de control. Jamás lo he visto así. Jamás he visto cómo se pierde bajo una oleada de poder, hasta el punto de que no puede volver a controlarse.

Lo agarro del brazo y tiro de él, aunque intenta zafarse de mí. Necesito recurrir a toda la fuerza que me queda para invocar un escudo de aire que nos proteja momentáneamente del fuego enemigo.

—¡Pendefyre! —Envío un rápido latido por nuestro vínculo, lo más fuerte que puedo sin hacerle daño—. Escúchame, Penn, por favor. Mírame.

Por fin consigue centrar su atención. Sus ojos llameantes se cruzan con los míos. Parpadea lentamente, y la niebla de la batalla se despeja.

—Rhya.

—Tenemos que irnos. Ahora.

—No pienso irme hasta haberla matado. Tiene que pagar. Por Cadogan.

—No vas a poder matarla si te matan a ti antes —espeto—. Está llegando una nave con sabrán los dioses cuántos hombres a bordo.

Él se queda inmóvil.

—Efnysien.

Quizá no debería habérselo dicho. El dato no lo disuade, sino que lo anima.

—No puedes acabar con él tú solo.

Penn tensa la mandíbula.

—Podría ser nuestra única oportunidad.

—No lo será. —Mi furia se mezcla con mi frustración—. Los mataremos a ambos, a él y a ella. Pero no será esta noche. —Inspiro hondo e intento calmar el estruendo de mis pulsaciones—. Tus hombres te necesitan. Cadogan te necesita. Si no estás tú, ¿quién los mantendrá unidos?

Él me contempla, inflexible. Tres proyectiles rebotan en mi escudo de aire y repiquetean sobre el suelo.