CAPÍTULO Treinta #2
La escalera es estrecha y oscura. No hay antorchas que iluminen nuestro ascenso.
Subimos a un ritmo constante. Vaughn cierra la marcha sin dejar de maldecir y gruñir todo el camino.
Algo más adelante oigo el ronco metrónomo que es la respiración leve de Arwen.
Y más allá, el fluido tono de la voz de Melité, que flota hasta nosotros desde arriba.
—Ya no queda mucho.
Yo había pensado que mi inquietud había alcanzado su cénit en las mazmorras, y sin embargo crece a nuevos niveles cuando por fin llegamos a lo alto de la escalera y salimos al patio interior de la prisión.
Todo está envuelto en las sombras que arrojan los muros de piedra negra que nos rodean, altísimos.
Bajo el cielo, las torres vigía iluminadas representan una silueta amenazante.
¿Habrán conseguido Penn y los demás despejar las cuatro?
Si no, nos descubrirán pronto. No hay ningún lugar en el que esconderse ni un árbol tras el que ocultarse.
Todo es una extensión de adoquines y firme mortero.
A unos cuarenta pasos de donde estamos veo una serie de escalones en zigzag que recorren el interior de la muralla y llevan hasta las almenas.
—Por ahí —digo en un susurro, y señalo—: Esa es nuestra salida.
Apenas hemos dado tres pasos cuando Melité vuelve a hablar y frena nuestro avance.
—Ah, no. No nos vamos a marchar tan pronto. —Una cuerda de puro gozo vibra en su tono serpentino, como si se riese de un chiste que nosotros no entendemos—. Antes hay que completar la reunión familiar.
A mi izquierda, Soren se queda inmóvil. A mi derecha, Vaughn hace lo mismo. Hasta la chica en sus brazos deja de retorcerse, silenciada momentáneamente por las palabras de la medio sirena.
Un escalofrío me recorre la columna.
—¿De qué habla? —Alaric aprieta con más fuerza la mano de Arwen y mira a Soren—. ¿A qué se…?
—Verás, nuestro hermanastro está de camino —dice Melité en tono dulce—. Y va a querer veros a todos cuando llegue. Efnysien se alegró mucho cuando le conté que íbamos a venir de visita.
Al oír la palabra «Efnysien», Arwen ahoga un grito y palidece; toda la sangre le abandona el rostro. La chica en brazos de Vaughn tiene una reacción menos silenciosa. Empieza a retorcerse de nuevo con el doble de fuerza. Él gruñe a causa del esfuerzo para retenerla, tensando los músculos.
—Basta ya. —Los tensa aún más.
El suelo bajo Islafierro da una ominosa sacudida. Entonces, Melité echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada de puro deleite. Si es que se puede llamar a eso carcajada. El sonido se corta tan repentinamente como ha empezado cuando sus ojos negros vuelan hacia mí.
—Ya estaría aquí para daros la bienvenida él mismo, de no haber sido por tu truquito con el viento.
Se suponía que no íbamos a llegar hasta dentro de dos días.
—Sus agallas aletean—. Pero da igual. Sus exploradores sabían dónde estábamos gracias a mí.
Nos han tenido a la vista desde que entramos esta mañana en aguas dymerias.
Ahora mismo, Efnysien viene a toda velocidad para reunirse con nosotros. Debería llegar pronto.
«Por todos los cielos.»
—Melité —sisea Soren, y se acerca a su hermana—, ¿qué has hecho?
—¿Qué he hecho? —escupe ella, y el color negro cubre todo el blanco de sus ojos—.
Pregunta más bien qué has hecho tú. Expulsaste a un miembro de tu propia familia.
Por ella. —Su atención se centra en Arwen, que está temblando, cubierta con ese fino camisón.
Con una mano agarra fuertemente la de su marido, mientras que en la otra sostiene la estrella arrojadiza como si quisiera arrojársela a la cara a su hermana—.
La preciosa y perfecta Arwen. La favorita de todo el mundo. La obsesión de todo el mundo.
Arwen se encoge. Melité emite una risa amarga y dice:
—Pues se acabó. Después de todo lo que he hecho por él, yo seré su obsesión. Yo seré quien sea digna de su afecto, de sus elogios. De su amor.
La mano de Soren sale disparada y agarra a Melité de la garganta.
—Fuiste tú. Tú le dijiste cómo podía acceder a la red de portales. Tú le indicaste cuándo debía atacar durante la boda. —Sus dedos aprietan las agallas de Melité—. ¿Por qué? ¿Por qué nos has traicionado? Somos tu familia.
Sus globos oculares negros se clavan en Soren, rebosantes de odio.
—Tú nunca has sido mi familia. Mi familia es Efnysien. Y mi futuro. Se acerca la Umbra, y con ella, el fin de todo aquello que os es queri…
Sus malignas palabras quedan estranguladas cuando Soren le aprieta la tráquea. La zarandea con tanta fuerza que la cabeza de Melité latiguea hacia atrás. Creo que la va a estrangular delante de nosotros. La rabia pura que emana de su semblante me encoge el corazón.
—Soren —llamo, y doy un paso hacia él—, déjala. No vale la pena.
—Rhya tiene razón, hermano. —La voz de Vaughn llega hasta nosotros mientras este se dirige hacia las escaleras—. Tenemos que irnos. Si lo que dice es verdad, pronto tendremos compañía.
Soren la suelta con un gruñido de desagrado.
—Has elegido tu bando en esta guerra. Ya te arrepentirás.
—Si me arrepiento es porque seguiré viva —resuella Melité, agarrándose delicadamente la garganta—. A diferencia de todos vosotros.
Dicho lo cual, alza los brazos hacia el cielo.
Una señal silenciosa. No sé qué significa…
hasta que se oye por los adoquines el susurro de dos docenas de antorchas al encenderse.
En un parpadeo, el patio se ilumina. Nos rodean guardias por todas partes.
Su piel moteada es aún más inhumana bajo las antorchas titilantes.
Dan un paso al frente. Hay más de los que puedo contar.
Y, si hay que dar crédito a lo que dice Melité, pronto habrá más.
Y Efnysien vendrá con ellos.
—Alaric, saca a Arwen de aquí —ruge Soren—. Ve con Vaughn a lo alto de las murallas. Ahora.
Ninguno de los dos vacila, pues no ha sido una sugerencia.
Es la orden más regia que le he oído dar.
Alaric lleva a Arwen hasta las escaleras, sujetándola firmemente de la mano.
Delante de ellos, Vaughn forcejea para arrastrar a la Vestigio de la Tierra por entre los adoquines, entre juramentos por lo bajo.
—Como sigas así, terremotillo —murmura por encima de un gruñido femenino—, no me quedará más remedio que dejarte inconsciente.
Le responde el destello iridiscente de unos ojos impávidos.
Sin apartar la atención de Melité, Soren dice:
—Rhya…
—Aquí estoy —digo, y me coloco a su lado. Nuestros hombros se rozan cuando libero el látigo de mi cinturón. Con su mango de oro en la mano me siento más firme.
—Yo me encargo de la mitad de la izquierda —murmura él—. Tú, de la derecha.
Nos superan ampliamente en número, pero ¿cuándo nos ha detenido algo así?
Siento cómo crece la magia de Soren… más débil de lo normal, pero, aun así, lo suficientemente fuerte como para invocar un globo de agua capaz de derribar a tres hombres a la vez.
La electricidad chisporrotea por mi brazo cuando invoco mis tormentas interiores y las traigo a la parte delantera de mi mente.
La carga que acumulo parece más débil de lo acostumbrado.
Sin embargo, diluido o no, el primer restallido de mi látigo obliga a retroceder a la hilera frontal de guardias como cucarachas ante la luz. Sonrío al ver cómo huyen de mí.
Soren está a mi espalda, extrayendo zarcillos de agua de las piedras húmedas. Los lanza a la garganta de todos los que cargan hacia él.
—Vamos, vamos, eso no vale. —Melité chasquea la lengua—. No podemos dividir tan pronto el grupo, ¿no?
La miro a tiempo de ver que se acerca a dos soldados moteados, cada uno con una ballesta. Está mirando a Arwen y Alaric, que han llegado al pie de las escaleras.
—A él —ronronea con una sonrisa.
Doy un latigazo en dirección a los dos guardias, pero es demasiado tarde.
Los dos disparan. El tiempo se ralentiza.
Los proyectiles cruzan el aire, y veo el horror en el rostro de Arwen cuando mira por encima del hombro, esa fracción de segundo en la que ve acercarse las flechas y comprende que no puede hacer nada para detenerlas.
No puede apartar a Alaric, no puede interponerse en su camino.
Ni siquiera puede gritar una advertencia.
Los dos proyectiles se clavan en el pecho de Alaric. Justo en el centro, donde late su corazón, donde bombean sus pulmones. Un golpe mortal.
Alaric cae de rodillas y alarga inútilmente las manos hacia su esposa, con la incredulidad pintada en el rostro. El lamento de Arwen rasga la noche. Alaric se desploma. Sus hermosos ojos ya no ven nada, su pálido cabello se torna escarlata cuando la sangre se amontona bajo su cuerpo.
El incoherente lamento de Arwen se convierte en una palabra. Una única palabra. Un nombre, repetido una y otra y otra vez, tan repleto de agonía que sé que jamás olvidaré cómo suena mientras viva:
—¡ALARIC!
Y por encima de sus gritos, se oye el insondable cacareo de la risa enfermiza de Melité.
Mi furia se alza, cegadora. Se despliega en mi interior como un tornado.
Doy un latigazo que lanza un rayo directo hacia ella.
Uno de los soldados moteados lo ve llegar y se interpone para escudarla.
Se retuerce, electrocutado, y se derrumba frente a ella convertido en un guiñapo humeante y tembloroso de extremidades cubiertas de venas negras.
Melité se coloca detrás de una hilera protectora de soldados y se atreve incluso a mofarse de mí:
—Y yo que pensaba que nos estábamos haciendo amigas, Rhya.
Avanzo hacia ellos, con el látigo rebosante de electricidad. A mi espalda, los continuos gritos de Arwen me hacen trizas el corazón.
«Ve con ella», le digo a Soren a través del vínculo. «Ve con tu hermana.»