CAPÍTULO Treinta
M e parece que toda la prisión se va a derrumbar sobre nosotros cuando se desatan los desenfrenados temblores del terremoto.
Soren cubre casi toda mi silueta con la suya, como si eso pudiera protegerme en caso de que se hunda el techo.
Se niega a moverse hasta que las últimas réplicas se desvanecen.
—No me extraña que se hayan sucedido tantos terremotos en los últimos meses —dice, mirando entre los barrotes con el mismo aspecto conmocionado que, estoy segura, se ve en mis propias facciones—. Es ella quien los ha provocado.
La chica gruñe de nuevo y arroja violentamente algo contra los barrotes. A juzgar por el sonido, yo diría que se trata de una roca.
—Dioses —murmuro. ¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Años? Entiendo que se haya vuelto loca. Yo llevo en este sitio una hora y siento la mente bajo ataque—. Tenemos que sacarla de aquí, Soren. Ahora.
La cabeza de él latiguea para contemplar toda la longitud del corredor, cubierto de escombros caídos en los lugares donde se ha derrumbado el techo. Se elevan diversas nubes de polvo que reducen la visibilidad casi a cero.
—¡Vaughn!
Con un juramento amortiguado y un puñado de pasos apresurados, el medio titán emerge de entre la penumbra, limpiándose el polvo de los pantalones.
—Ya voy, ya voy. Todo el bloque de celdas se ha derrumbado en el otro extremo del pasillo. Menuda matanza. Hay prisioneros aplastados por todas partes.
—Vaughn.
Él alza la vista al oír el tono severo de Soren.
—¿Qué? ¿Qué puede ser más importante que tantos prisioneros aplastados?
—Ella. —Señalo a la jaula. Mis dedos se acercan demasiado a los barrotes y, casi antes de que tenga oportunidad de apartarlos, una hilera de dientes blancos intenta arrancármelos de un bocado—. Es la Vestigio de la Tierra.
Vaughn le echa un vistazo a la chica y se queda boquiabierto.
—¿Me estás diciendo que ese terremoto… lo ha provocado ella?
La chica suelta un rugido tan ominoso que me pego a Soren de un salto.
—Ha sido ella —dice Soren, estabilizándome—. Lo hemos visto. Lo hemos sentido.
La voz de Vaughn se vuelve escéptica.
—Y pretendéis que nos la llevemos con nosotros. En un barco. Por el mar.
Cielos, no se me había ocurrido. Pero, francamente, no hay tiempo que perder imaginando posibilidades.
—¿Vas a tumbar esta puerta o quieres quedarte ahí debatiendo con nosotros?
Vaughn suelta un suspiro y se acerca a la jaula sin dejar de murmurar.
—Justo lo que necesitábamos en esta descerebrada aventura. Una prisionera salvaje capaz de hundir el barco que nos queda antes de que hayamos recorrido ni la mitad del camino hasta Hylios. Me muero de ganas de hacer toda la travesía de regreso. Dioses, uno nunca se aburre con esta familia…
—Cuidado con los dedos —le advierto en tono quedo—. Me parece que no va a cooperar.
Vaughn resopla, rodea los barrotes con sus enormes manos y arranca la puerta de sus goznes. Antes de que pueda siquiera apartarla, una piedra se le estrella contra la cara.
—¡Joder! —ruge, y se lleva una mano a la sangre que empieza a manarle de la sien—. ¿Así me agradece que la saque de ahí dentro?
La chica aplasta la espalda contra la pared de piedra de un rincón de la jaula. Parece como si quisiera encogerse lo máximo posible. Sin embargo, no hay ni gota de miedo en su cara, solo una ira salvaje, acorde con la locura que florece en sus ojos.
—Estamos aquí para ayudarte —le digo—. No vamos a hacerte daño.
Ella me contempla, inmóvil.
—Me llamo Rhya —intento, y señalo la parte superior de la marca que asoma por encima de mi corpiño—. Soy una Vestigio. ¿Lo ves? Soy como tú.
Ella no reacciona. ¿Será posible que no sepa lo que es? Yo tampoco tenía ni idea de mi propio poder cuando Penn me encontró…
Lanzo un latido de magia en un intento de conectar con ella, pero no siento nada como respuesta, pues el aire y la tierra son enemigos naturales, diametralmente opuestos en poder y compatibilidad.
—Soren, ¿puedes intentar conectar con ella?
—Lo acabo de intentar. Su mente es como un laberinto de setos. Está repleta de espinas letales. —Sus ojos oscilan entre la chica y el otro lado del corredor, por el que han desaparecido Melité, Alaric, Harpina y Arwen—. No tenemos tiempo para esto. La marea va a subir.
—Lo sé. —Me muerdo el labio inferior—. Pero no podemos dejarla aquí en manos de Efnysien.
—No. No podemos. Bien saben los dioses lo poderoso que se ha vuelto teniendo acceso constante a su sangre.
—Se pasa una mano por el pelo en un gesto de frustración—.
Pero razonar con ella parece que no funciona.
Y sacarla de aquí a la fuerza sería mortal para todos, teniendo en cuenta cómo reacciona.
Vaughn se agacha para asomarse al umbral y la mira con cautela. Todavía le sangra la sien.
—Vamos, terremotillo, sal de ahí. —Ella no mueve ni un músculo. Quizá no le hace gracia el apodo—. No me irás a decir que te gusta estar ahí dentro —prosigue Vaughn, intentando engatusarla con la voz—. Si de verdad te gusta, es que estás más loca aún de lo que pareces.
Me acerco unos pasos, pero freno en seco cuando la chica me enseña los dientes con gesto de advertencia.
—Dale un minuto, Vaughn. Está asustada.
—No tiene pinta de estar asustada —señala Soren en tono irónico—. Tiene pinta de querer matarnos.
Vaughn deja de lado las buenas maneras y dice a las claras:
—Tienes dos opciones: o sales o te saco a rastras.
Otra piedra sale volando hacia su cabeza. Vaughn consigue esquivarla, por poco. Hay que reconocer que el ataque no parece alarmarlo. De hecho, una sonrisa aparece lentamente en su ancho rostro mientras contempla a la prisionera desastrada. En sus ojos brilla algo parecido al respeto.
—Pues nada, que sea la opción dos.
Para ser tan grande, es notablemente rápido. Siempre se me olvida hasta que lo veo moverse. La chica también subestima su celeridad. No tiene tiempo de resistirse. Vaughn alarga las manos hacia ella y la saca de la jaula como si pesase menos que una pluma.
—Ya está, ya está —dice Vaughn, con brazos fuertes—. No te… ¡Ay! —Deja escapar una maldición—. ¡Por todos los infiernos! ¡Este demonio de cría me ha mordido!
—Te lo advertí —le recuerdo, reprimiendo una risa. Sin embargo, toda hilaridad me abandona cuando el suelo bajo nuestros pies empieza a vibrar de nuevo.
«Dioses, no.» Otro terremoto no.
—¡Contenla! —grita Soren—. ¡Contenla antes de que acabe con toda la isla!
—¡Lo estoy intentando! —grita Vaughn a su vez, jadeando del esfuerzo—. ¡Es increíblemente fuerte!
Los poderes de la chica deben de manifestarse como fuerza bruta, tanta que produce temblores de tierra que sacuden todo el reino.
Tanta que sacude hasta la nieve de las Cimerias a medio continente de distancia.
Incluso a Vaughn, con su ilimitada fuerza de titán, le cuesta sujetarla.
La chica lucha como un animal salvaje, se revuelve, patalea, intenta morderle y le clava las uñas profundamente en la piel de los antebrazos.
—¡Es como sujetar un maldito desprendimiento de tierra! —sisea él.
Sus músculos se flexionan a causa del inmenso esfuerzo.
Sin embargo, por más que lo intente, la chica no consigue escapar de él.
Vaughn echa a andar hacia delante, ignorando los arañazos ensangrentados que le cubren la piel y los gruñidos que prometen venganza en cuanto la chica tenga la oportunidad.
—Si aquí abajo es así de fuerte, ¿cómo será en la superficie? —le pregunto a Soren mientras nos apresuramos tras ellos. Mis botas trazan un camino cuidadoso por el suelo vibrante de tierra.
Sus ojos se cruzan con los míos.
—Esperemos vivir lo suficiente como para descubrirlo.
Durante un breve instante me atrevo a albergar la esperanza de salir de aquí con vida. De regresar a la nave, de regresar a nuestras vidas. Me atrevo a creer que este plan medio improvisado tendrá realmente éxito.
Hasta que alcanzamos a Alaric, Arwen y Harpina.
Se han detenido en la base de las escaleras que ascienden a la torre.
Arwen ya se tiene en pie, aunque ha de apoyarse pesadamente en su marido.
Sostiene en la mano una de las estrellas arrojadizas de Harpina.
El arma suelta destellos plateados bajo la luz titilante de una antorcha.
Los tres contemplan en silencio la pila de escombros que bloquea el camino.
—Debe de haberse derrumbado durante el terremoto —dice Soren en tono lúgubre—. Tendremos que encontrar otra manera de subir a las murallas.
Yo inspiro hondo, intentando no ceder al pánico ante la idea de estar aquí atrapada para siempre. Siento un incómodo nudo en la garganta.
Vaughn gruñe, pero aparte de eso no dice nada más.
Está ocupado sosteniendo a la Vestigio de la Tierra, quien, aunque ya no le araña los brazos, está claramente esforzándose al máximo para liberarse de su agarre.
La frustración que le contrae el semblante es idéntica a la de Vaughn.
La batalla de voluntades entre los dos sigue avanzando sin un claro ganador.
Valiente pareja hacen.
—Deberíamos separarnos —dice Soren—. Buscar un…
—Por aquí —lo interrumpe una voz melodiosa—. Hay un pasadizo y unas escaleras.
Melité.
En medio del caos de los últimos momentos, se me había olvidado que estaba con nosotros. Pero ahí está; sale de las sombras meneando las caderas, con una sonrisa serena en la cara.
—Seguidme —murmura, y gira en redondo.
Soren y yo intercambiamos una mirada, pero no decimos nada. No nos queda alternativa. Se nos acaba el tiempo. Si permanecemos aquí mucho más, acabaremos atrapados cuando la marea suba y acabe con nuestra posibilidad de escapar a alta mar.