CAPÍTULO Veintinueve #4
Proseguimos y dejamos atrás esa horrible cámara.
Yo apoyo una mano en el látigo que llevo enrollado a la cintura.
Su peso dorado en mi mano es un consuelo, aunque aquí abajo mi magia esté demasiado amortiguada para poder usarla.
Me parece extraño que no haya nadie y, a juzgar por la energía crispada que emana de Soren, comprendo que él siente lo mismo.
¿Dónde están los guardias?
¿Quién se ocupa de esta prisión?
No vemos a ningún soldado, ni en los corredores, ni en las escaleras, ni apostado en la gruesa puerta que da a las celdas.
Vaughn la desencaja enseguida y mira a Soren al tiempo que la deja a un lado.
—¿No te parece…?
—Demasiado fácil —completa Soren, con los dientes apretados—. Sin duda.
—Quizá Efnysien sea tan arrogante que piense que no hay manera de infiltrarse en esta prisión —dice Alaric, pero su voz suena insegura—. Entre las torres vigía ahí arriba y las trampas del interior, quizá ha pensado que nadie estaría tan loco como para intentarlo.
—Hum —murmura Melité en tono esquivo.
Harpina no dice nada, pero por el rabillo del ojo veo que traza el símbolo de protección de la Diosa del Destino.
Soren me mira.
«No te alejes, alondrita. Esto no me gusta.»
«Ah, ¿no? Yo me lo estoy pasando de miedo.»
El fantasma de una sonrisa asoma a sus labios.
«¿Qué tal llevas los nervios?»
«Peor que nunca en mi puñetera vida», respondo con toda honestidad, y dejo escapar un leve suspiro. Ojalá estar confinada en las profundidades no me afectase tanto.
«Pronto saldremos de aquí», me promete. «Regresaremos a Hylios, a la luz del sol. Piensa en eso, no en este lugar.»
Intento hacer lo que me dice, ignorar el pánico creciente, sacarme el pavor de la cabeza.
No sirve de nada. Pero no me sucede solo a mí.
Todos percibimos esta pesada sensación en el vientre, esta tensión creciente que nos aprieta más y más.
Somos como desafortunados ratones que se han colado en la guarida de un depredador mortal, para acabar viendo el brillo de unos ojos en la oscuridad y comprender demasiado tarde que jamás tuvieron laoportunidad de salir de aquí con sigilo.
Se me acelera el corazón a la misma velocidad con la que caminamos hasta llegar a un pasillo ribeteado de celdas a cada lado.
Oímos un coro de gritos, de gemidos, de chillidos, de gimoteos incoherentes.
Agarro el mango de la daga con una mano y el látigo con la otra.
Mis ojos recorren las gruesas barras de hierro, las sombras oscuras al otro lado.
Casi todas las celdas están vacías. Se me encoge el corazón al ver las que no, pues sus ocupantes tienen los ojos muertos y no reaccionan, o bien lanzan gritos enloquecidos entre espumarajos.
Con independencia de su estado mental, todos tienen un punto en común: están horriblemente mutilados, sin duda, a causa de numerosas visitas a la cámara de tortura.
Un hombre —creo que es un hombre— se asoma cuando pasamos a su lado. No parpadea, pero tampoco nos ve. Es como si ya estuviese en otra parte, como si su cuerpo no fuese más que el recipiente de un alma que ya lo ha abandonado hace mucho.
—¿No deberíamos ayudarles? —pregunto igualmente, parpadeando para contener las lágrimas.
—No hay modo de ayudarles —gruñe Melité en tono suave—. Míralos. A ese le faltan los dos brazos.
—Calla la boca, Melité —gruñe Vaughn, que parece muy impresionado. Me mira con tristeza en esos ojos verdes—. No tenemos manera alguna de sacarlos de aquí, Rhya. Y aunque pudiéramos, no hay espacio en los botes.
Yo trago saliva.
—Pero…
—¡Arwen! —El grito de Alaric corta el aire como un cuchillo. Todos apretamos el paso al ver que se encuentra en el otro extremo del pasadizo, sacudiendo los barrotes de una celda sin prestar la menor atención al hierro que le quema las manos—. Está aquí, está… Oh, dioses, está…
—¡Apártate! Yo me encargo. —Vaughn retira a Alaric con el hombro—. No vas a serle de ayuda a tu esposa si te abrasas las manos.
Alaric ni siquiera parece sentir el dolor.
Deja caer las manos dañadas a los costados, con un leve temblor.
No aparta la vista del medio titán, que desencaja la puerta de hierro de sus goznes con la misma facilidad con la que antes desencajó las de madera.
Alaric apenas le da tiempo a Vaughn a apartarse; entra en tromba en la celda y cae de rodillas junto a una silueta femenina tumbada en posición fetal, con las rodillas apretadas contra el pecho y los brazos en torno a la cabeza, como si quisiera protegerse de alguien que le diera patadas.
A Soren se le corta la respiración. Un latido de pura desesperación recorre nuestro vínculo, tan fuerte que supera el efecto amortiguador del hierro. Estiro el brazo y lo agarro de la mano. Le doy un apretón en una muestra muda de apoyo.
—¿Arwen? Arwen, ¿me oyes? Soy yo, mi amor, soy Alaric.
Su mano ensangrentada tiembla al alzarla para acunar el rostro de Arwen. En cuanto lo roza, ella se encoge con un violento espasmo.
La mano de Soren se tensa en la mía. Él también lo ha visto. Su temible y temeraria hermana… encogiéndose.
Arwen jamás se encoge.
Me duele el pecho. La desesperación de Soren se mezcla con la mía propia.
—Hemos venido para llevarte a casa. —La ternura entrecortada del susurro de Alaric me rompe por dentro—. Voy a levantarte en brazos, ¿vale? —Inspira entre dientes y vacila—. Si puedes… Si puedes, agárrame del cuello con los brazos. Si no puedes, no pasa nada. Tú… inténtalo.
Se oye un levísimo sonido, un diminuto gimoteo, apenas audible. Luego, Arwen rodea el cuello de Alaric con los brazos y él la acuna contra su pecho con una ternura indecible que contrasta agudamente con su expresión fiera, con la ira que llamea en sus ojos típicamente mansos.
Alaric saca a Arwen de la celda. Yo parpadeo para contener las lágrimas.
Tiene un aspecto muy frágil; ha quedado reducida a una sombra de sí misma.
Su piel está pálida y su cuerpo está tan débil que no puede ni alzar la cabeza para mirarnos.
Rara vez la he visto vestida con nada que no fuera armadura de vuelo o de combate.
Aquí, sin embargo, lleva un sencillo vestido blanco, como el de una niña pequeña.
Soren le pasa los dedos por la mejilla, un roce tan leve como el de las alas de una mariposa. Su otra mano agarra la mía tan fuerte que me sorprende que los huesos de mis dedos sigan intactos.
—Arwen.
Sus ojos se abren una rendija, apenas lo suficiente para ver los de su hermano.
Soren no dice nada más. Creo que no puede.
Por otro lado, no hacen falta palabras entre ellos dos.
Sus miradas mantienen una comunicación silenciosa.
Lo que se comunican en esos tres segundos basta para avivar un resquicio de fuerza en el pálido rostro de Arwen.
Yo la recorro con ojos de sanadora en busca de heridas. No encuentro ninguna. Físicamente, no parece estar dañada. Mental y espiritualmente… está por ver.
—¿Podemos salir de aquí de una puta vez? —Vaughn mira en derredor con expresión de disgusto—. No es que tengamos mucho tiempo que perder, y este sitio me pone de los puñeteros nervios.
—Estoy de acuerdo —murmuro.
Mi mirada se desvía hacia la celda oscura directamente frente a la de Arwen.
Es más pequeña que el resto, más bien una jaula, de techo bajo y barrotes tan gruesos que me sorprende que entre el aire.
No veo nada en el interior y, en un primer vistazo, asumo que está vacía.
Sin embargo, cuanto más la miro, más difícil me resulta apartar la vista.
Ahí dentro hay algo que provoca un hormigueo extraño en mi marca de Vestigio, algo que jamás he sentido antes. No es reconocimiento exactamente, sino…
Familiaridad.
Alaric ya está regresando por donde hemos venido, hablándole en voz baja a Arwen. Vaughn los sigue, con Harpina a su lado y Melité detrás. Soren hace ademán de ir tras ellos, pero yo lo detengo de un tirón.
—Alondrita, ¿qué pasa? Tenemos que ponernos en movimiento, no hay…
—¿No lo sientes?
Él cierra la boca y frunce el ceño. Percibo su confusión creciente.
Le suelto la mano y me acerco a la jaula.
Me pica la frente al rozar los barrotes; el beso abrasador de hierro me quema la piel.
Ignoro el dolor y entrecierro los ojos para mirar las sombras del otro lado.
Intento centrar la vista en quien ocupa la celda.
—¿Hola? —susurro—. ¿Hay alguien ahí?
Como respuesta se oye un gruñido. Es un sonido feroz, como el de un lobo salvaje atrapado en una trampa. Se me pone la piel de gallina y se me eriza el vello de la nuca. Retrocedo varios centímetros, con el pulso retumbando.
—Soren, la antorcha.
Él se agacha a mi lado y acerca la luz a los barrotes. Ilumina una silueta agazapada en el interior. No es en absoluto una bestia, sino…
Una chica.
Debe de rondar mi edad, aunque es difícil decirlo a ciencia cierta.
La mayor parte de su rostro está cubierto por mechones apelmazados de cabello que no han visto un peine en sabrán los dioses cuántos años.
La melena le llega prácticamente hasta los pies.
Lleva un camisón semejante al de Arwen, pero el suyo parece deshilachado por el paso del tiempo y mugriento.
Tiene la piel casi tan oscura como las sombras de su jaula, pero sus ojos…
despiden un brillante fulgor. Son de color verde como los brotes que florecen de la tierra helada cada primavera… Y rezuman un poder descontrolado.
El corazón se me encoge cuando nuestras miradas se cruzan. Bajo los elocuentes remolinos de esos ojos, no veo más que locura. Locura y…
Rabia.
—Rhya, de verdad que tenemos…
Las palabras de Soren se interrumpen bruscamente porque, en este momento, el suelo empieza a vibrar y el aire parece zumbar.
El preludio de un terremoto. Yo miro sorprendida entre los barrotes y siento la oleada de magia que crece en el aire, visceral a pesar del hierro que la amortigua en estos muros…
, y comprendo que este terremoto será mucho mayor que todos los demás que he vivido.
Porque nos encontramos en su epicentro.
Contemplando su origen.
—Es ella —digo con voz estrangulada. Casi no puedo creer las palabras que estoy a punto de pronunciar—: Es… es… la Vestigio de la Tierra.