El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintinueve #3
92%

CAPÍTULO Veintinueve #3

«Imagina que te encuentras entre las nubes, alondrita. Siente el viento en la cara, en el pelo. No estás aquí. Estás volando libre.»

Sus palabras me impulsan. Recorremos el corto pasadizo y giramos un recodo. Unos pasos más adelante, una gruesa puerta bloquea el camino.

—Está cerrada con llave —anuncia Yara, sacudiendo el pomo.

—Pues hasta aquí el elemento sorpresa. —Vaughn hace una mueca—. Esto va a provocar mucho escándalo.

Aparta con suavidad a Yara y coloca sus enormes manos sobre los goznes. Con un gruñido mudo, da un breve empujón. Se oye un quejido metálico y un sonido de madera astillada. La puerta cae hacia delante con un sonoro golpe. Todos nos encogemos.

—Cómo te gusta alardear —masculla Yara.

Vaughn se limita a sonreír y le hace una reverencia para que pase.

—Las damas primero.

Harpina, en silencio, cruza justo detrás de Yara.

Bretiax alza la mano y le da un golpecito en el hombro al medio titán.

Luego, ella también atraviesa el umbral.

Alaric pasa rápidamente tras ellas, seguido de Melité, que no parece tener prisa alguna.

Soren me hace un gesto para que vaya yo primero, y cierra la marcha.

Avanza con una mano en la parte baja de mi espalda.

Apenas he entrado en el siguiente pasillo cuando oigo el aullido angustiado de Yara, que reverbera por el aire estancado.

Su cuerpo menudo se estremece y cae de espaldas sobre Vaughn, con una gruesa flecha clavada en el costado. La herida sangra profusamente.

—¡Yara! —grito, y echo a correr hacia ella…, pero la barricada inamovible del brazo de Soren interrumpe mi carrera—. ¡Soren, necesita ayuda! ¡Déjame pasar!

—Este pasadizo está lleno de trampas —dice con voz entrecortada—. Que nadie se mueva.

Todos nos quedamos inmóviles al instante.

Dos flechas más atraviesan el aire justo donde estaba Yara.

La única señal de advertencia es un rumor mecánico.

Las dos rebotan contra las gruesas paredes de piedra y caen al suelo con un repiqueteo.

Todos las miramos y escrutamos el pasillo en busca de más trampas que puedan activarse en cualquier momento.

Soren suelta todo el aire de los pulmones y señala una baldosa a pocos pasos de distancia.

Al mirarla con más atención, descubrimos que está un poco más elevada que las demás.

—Ahí. ¿Lo veis? Está diseñada para disparar en cuanto alguien la pisa. Suerte tiene Yara de no haber muerto.

Ella respira con dificultad, apoyada contra Vaughn, como si fuese a caer redonda si este no la sostuviese.

—No me siento… —resuella— particularmente afortunada… —cierra los ojos en medio de una oleada de dolor— ahora mismo.

—Con esa herida no puede continuar. —Aprieto los labios y frunzo el ceño, con la mente a mil por hora—.

Bretiax, Harpina, subidla por las escaleras hasta la torre de los guardias.

Poned presión en esa herida y no permitáis que pierda la consciencia.

Si empeora, llevadla a los botes. ¿Podéis hacerlo?

Bretiax asiente rápidamente y acude al lado de su amiga.

—Bre, ¿puedes subirla tú sola por las escaleras? —pregunta Harpina con voz resignada—. Quiero ayudarte, de verdad…, pero siento que debería continuar. Una de las duendaeri debería estar aquí. Por Arwen. —Hace una pausa—. Y por Thisobei, que los dioses la tengan en su gloria.

Se me hace un nudo en la garganta al oír el pesar en su voz… y las ansias de venganza que subyacen en ella.

Yara asiente débilmente.

—Tú sigue, Harpina. Bre y yo nos las arreglaremos solas.

Vaughn ayuda a Yara a apoyar su peso sobre Bretiax. Le pasa el brazo de la pelirroja por encima del hombro. Suerte que Yara sea tan menuda. Aun así, Bretiax necesitará hacer un gran esfuerzo para subirla por las escaleras sin la ayuda de Harpina.

—Melité —me obligo a decir—, quizá podrías…

—De ninguna de las maneras. —Los labios de la medio sirena se tuercen en una mueca de desagrado—. Voy a ser mucho más útil en las mazmorras que jugando a las enfermeras ahí arriba.

Le muestro los dientes en una mueca.

—Sí, claro, porque hasta ahora has sido tremendamente útil.

Vaughn resopla.

—Tenemos que continuar —murmura Alaric. Su hermoso rostro es un vivo retrato de preocupación—. Alguien debe de haber oído esa puerta al romperse y los gritos de Yara.

Todos volvemos a guardar silencio. Yo miro a Yara.

Está pálida a causa de la pérdida de sangre.

Se aprieta el costado con la mano, donde la flecha asoma por su corpiño de cuero.

De haber acertado dos centímetros más abajo, se le habría clavado en algún órgano vital.

La preocupación debe de estar patente en mi cara, porque Yara me mira y pone los ojos en blanco.

—¡Marchaos! Estaré bien. Bre no me dejará morir. ¿A que no, Bre?

Bretiax suspira. Yo aprieto los labios.

—Qué convincente.

—Es de Arwen de quien tenéis que preocuparos. —La vista de Yara oscila entre Harpina y yo misma—. Si tenéis oportunidad de destripar al cabrón que ha hecho esto, aprovechadla.

—Así lo haré —le prometo.

Harpina arruga la nariz pecosa en señal de hastío.

—No hace falta que me convenzas, Yara.

—Bien. Cuento con ello. —La pelirroja intenta esbozar una sonrisa, pero no lo consigue del todo por culpa del dolor—. No hagáis nada que yo no haría.

Yo casi me echo a reír. ¿De verdad hay algo que Yara no haría?

—Nos vemos pronto, ya sea en la torre o en los botes.

Ella asiente. Bretiax me dedica una suave sonrisa y luego echa a andar, su esbelta silueta encorvada bajo el peso de Yara. Las dos regresan por donde hemos venido.

Yo paseo la vista entre Soren y Vaughn.

—¿Es posible que haya más trampas en este corredor?

—Tan posible como que Melité diga algo que me cabree.

Las agallas de la medio sirena aletean con un resoplido.

El pavor que tengo en el estómago empieza a extenderse, a erosionar mi abdomen y mi caja torácica.

Echamos a andar de nuevo, esta vez más despacio, con pasos cautelosos sobre los adoquines.

No hay ningún modo sencillo de evitar activarlos, pero después de un par de trampas más que fallan por poco, aprendemos a avanzar de un modo más controlado: deslizamos los dedos de los pies por la piedra y aplicamos presión con el cuerpo echado hacia atrás.

Antes de atravesar del todo el pasadizo, Vaughn ha tenido que esquivar muy de cerca una ráfaga de flechas que iban directas a su cabeza.

Alaric se agacha para evitar una barra llena de pinchos que cae del techo y que no le acierta por un pelo.

Hasta Melité tiene que apartarse de un salto cuando una trampilla en el suelo se abre a sus pies y está a punto de caer a un pozo sin fondo.

—Desde luego, tu hermanastro es muy creativo —murmuro tras saltar sobre el agujero a los brazos abiertos de Soren—. Lástima que no haya aplicado esa creatividad a algo menos maligno.

Nuestro avance es irritantemente lento. Todos estamos de los nervios.

Cada vez que llegamos a un recodo, me preparo para encontrar enemigos al otro lado, ocultos a la vista.

Sin embargo, la prisión parece casi abandonada.

Nos internamos más y más profundamente. Volvemos a descender otra escalinata húmeda que se adentra en las entrañas de la tierra.

Lo único que rompe el silencio es algún chillido ocasional y lejano proveniente de las mazmorras.

El aire está cada vez más estancado a medida que nos acercamos. Lo siento, mohoso y húmedo, en los pulmones. Pero también hay otro aroma latente, un aroma que aumenta a cada paso que damos hasta que me quema en la garganta y consigue que me lagrimeen los ojos.

El claro y cobrizo aroma de la sangre.

No tardamos en localizar su origen. Llegamos a una habitación que solo puedo describir como una cámara de tortura.

Hay herramientas por las paredes, en ganchos, estanterías y caballetes.

Reconozco algunas de mis días como miembro del Gremio de la Vida: sierras para amputar extremidades, torniquetes para controlar las hemorragias, agujas para coser heridas.

También hay todo tipo de hojas: aserradas, curvas, puntiagudas, de doble filo.

Algunas relucen, recién pulidas. Otras están cubiertas de sangre.

Hay pedazos de monstruos por todo el interior.

Patas arrancadas de arácnides se pudren en medio de charcos de icor negro.

Mandíbulas cercenadas de cyntroedi descansan junto a frascos de veneno verde.

En un enorme frasco de cristal flota el ojo de un octópero.

No quiero ni imaginar qué usos depravados le da Efnysien a toda esta carnicería.

En el centro de la cámara descansan tres mesas de operaciones de diseño similar a las que emplearía un cirujano.

Basta una mirada para comprender que no se usan para sanar nada.

No están hechas de madera; son enormes losas de granito, con surcos tallados hábilmente en los bordes para contener la sangre antes de que esta se derrame.

A los pies de cada mesa hay canalillos biselados que desembocan en una tina en el centro.

Una tina llena hasta los bordes con un líquido rojo oscuro.

Soren se queda inmóvil al contemplar la escena.

—Supongo que esto explica cómo ha conseguido engañar a los portales. Aquí hay suficiente para hacer cien viajes.

—Arwen. —La voz de Alaric se quiebra al pronunciar el nombre de su esposa. Sus ojos se clavan en la mesa del centro, la que parece haber sido usada más recientemente, a juzgar por las manchas vívidas de color escarlata que hay en ella—. ¿Creéis que…?

—Esa sangre es mucho más voluminosa de lo que se puede extraer en pocos días. —Vaughn le da una palmada en la espalda a su cuñado—. Vamos, continuemos. Tenemos que estar cerca. Los gritos resuenan más fuerte.

Como en respuesta a su frase, un lamento amortiguado de dolor reverbera por entre los gruesos muros de piedra. Sí que suena más cerca que antes.