El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintinueve #2
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CAPÍTULO Veintinueve #2

Nos movemos en silencio, atentos a cualquier amenaza.

La parte superior de las murallas es lo bastante ancha como para que caminemos de dos en dos, codo con codo.

Excepto en el caso de Vaughn. Me encuentro apretada junto a Alaric, contemplando las nucas de Soren y Penn, que abren la marcha hacia una de las torres vigía.

Nos oculto lo mejor que puedo; la distancia se reduce de pasos a palmos.

Sin embargo, incluso invocar un fino velo de niebla requiere el doble de esfuerzo que en el mar. Es como sacar magia con un colador.

Soren hace un asentimiento y, con una velocidad que aturde los sentidos, Penn abre de golpe la puerta.

Los dos atacan como un rayo y se encargan de un par de guardias vestidos con tonos escarlata del interior, antes de que estos puedan siquiera gritar.

Los cuellos de ambos se rompen en perfecta sincronía, y sus cuerpos caen sobre el suelo de piedra con sendos golpes sordos.

Yo contemplo sus rostros demudados, y el nudo de inquietud en mi estómago se tensa todavía más.

Son mortales y, al mismo tiempo, no lo son.

Tienen algo extraño. En sus rostros se aprecia una rara amalgama de heridas tanto nuevas como viejas: algunas cicatrices ya curadas y otras recién cosidas.

Sus ojos ciegos son redondos y brillantes, como los de un buitre, de un color antinatural.

Pero lo más extraño es su piel. Antes incluso de que sus corazones hayan dejado de latir, no tenían el tono de una piel saludable, sino el color gris azulado de un cadáver.

Bajo esa palidez, las venas resaltan negras y moteadas.

Me recuerda a carne estropeada en una carnicería: pedazos podridos que ya solo sirven para alimentar sabuesos y para trampas de cazadores.

No me extraña que los soldados del ejército rojo de Efnysien tengan tan mala fama.

Seguro que bastaría verlos en el campo de batalla para que cualquier tropa enemiga girase en redondo y echase a correr.

Me pregunto brevemente qué tipo de nauseabundos experimentos ha dado como resultado esa apariencia de carne y forma.

Rápidamente decido que no quiero saberlo.

Nos movemos en fila de a uno por la cámara y salimos por las almenas del otro lado, donde continuamos nuestro lento avance a través de la oscuridad.

La prisión es cuadrada, con cuatro torres vigía equidistantes en cada esquina.

Según los espías de Soren, las celdas están en las profundidades bajo el patio interior, en una mazmorra desprovista de luz donde la piedra es más rica en hierro.

Si Arwen está aquí —y si está viva—, sin duda se encontrará ahí abajo.

«Está viva.» Tiene que estar viva. Efnysien lleva más de un siglo obsesionado con ella. Sabrán los dioses cuántos años lleva planeando esto. ¿Por qué iba a tomarse tantas molestias para secuestrarla en su propia boda si luego pretendía ejecutarla de inmediato? No tiene sentido.

No, quiere que esto dure. Va a alargar su plan tanto como le sea posible.

No solo para saciar su propia y maligna sed de sangre, sino para hacerle daño a Soren.

Efnysien sabe que los dos hermanos tienen una relación muy íntima.

Sabe que a Soren le duele cada día que su hermana pasa en cautiverio.

Si no la rescatamos, me temo que Soren quedará afectado para siempre.

En cuanto a Arwen…, me atrevo a albergar la esperanza de que sea lo suficientemente fuerte como para soportar los horrores que ya le hayan infligido.

No es fácil quebrar un espíritu como el suyo.

Aminoramos la marcha al llegar a la segunda torre.

Nos mantenemos en las sombras y escuchamos las voces que se derraman desde las estrechas ventanas.

A juzgar por el sonido, deben de ser como mínimo tres guardias.

No podemos permitirnos dejarlos con vida.

Si uno de ellos da la alarma, todos los guardias de esta isla acudirán a toda prisa y nuestra única oportunidad de llegar hasta Arwen quedará reducida a cenizas.

Farley y Harpina tensan sus arcos, listos para disparar en cuanto abran de golpe la puerta.

Sin embargo, no hay necesidad de flechas.

Soren y Penn se mueven en perfecta coordinación y repiten la rápida maniobra: le rompen el cuello al trío de soldados de uniforme escarlata sin siquiera un susurro.

Yo aparto los ojos de esas pieles cubiertas de venas negras y esos rostros demudados.

Prefiero examinar la torre. Esta es algo más grande que la anterior.

Junto a la pared del otro extremo hay una escalera de caracol que desciende hacia el patio interior…

o, si tenemos suerte, hacia las mazmorras que hay debajo.

—Nosotros nos ocuparemos de las otras dos torres —le dice Penn a Soren en voz baja, señalando con el mentón al Gremio del Ascua—. Vosotros bajad y sacad de ahí a Arwen.

Soren asiente.

—Una vez que estemos bajo tierra, no sé hasta qué punto será efectivo el vínculo. El hierro… —Hace una pausa y frunce el ceño—. Si encontráis dificultades y no podéis contactar con nosotros, id a los botes. Ya encontraremos la manera de salir.

Eso no me gusta.

No me gusta en absoluto.

Penn no me mira, pero, incluso de perfil, veo lo tensa que está su mandíbula. Un músculo de su mejilla tiembla de pura rabia. Sus ojeras están más pronunciadas que nunca. No puedo sentir sus emociones, pero sé que solo por estar aquí, rodeado de agua, su magia mengua.

—No deberíamos separarnos —intervengo en tono suave—. Penn, no cuentas con todas tus fuerzas. Los efectos del agua, junto con el hierro de este sitio…

—No te preocupes por mi bienestar —dice Penn, con un ápice de amargura en la voz—. No es asunto tuyo, si es que lo ha sido alguna vez.

Inspiro entre dientes, con una punzada en el corazón. Soren no dice nada, pero siento que su rabia hierve. El aire se carga con una tensión nueva. No le gusta verme dolida…, aunque me merezca el castigo.

—¿De verdad hace falta tanto melodrama? —ronronea Melité desde una esquina, cruzándose de brazos—. ¿No sería mejor continuar?

Le dedico una mirada asesina. Su amplio pecho y sus curvas casi rebosan de su vestido.

No tengo la menor idea de cómo ha conseguido escalar el muro con ese ridículo atuendo.

Cadogan, por su parte, no parece verle ningún fallo.

La mira con el mismo afecto de ojos embriagados que le he visto desde que se conocieron.

—Agallitas aquí presente tiene razón. Tenemos que seguir —murmura Vaughn. Pasa por encima de uno de los cadáveres y se dirige a las escaleras.

Alaric ya está descendiendo. Melité, cuyos ojos se vuelven completamente negros de rabia ante el frívolo apodo de Vaughn, suelta un enorme suspiro que pone a prueba la integridad estructural de los finos tirantes de su vestido.

A continuación, se dirige a las escaleras.

Sinceramente, no me gusta que esté aquí entre nosotros.

No sé bien por qué ha insistido en acompañarnos.

Hasta ahora no ha aportado nada a la misión, excepto algún que otro comentario arrogante acompañado de una mirada altiva.

Con un meneo de caderas, desciende las escaleras detrás de Vaughn.

Yara, Harpina y Bretiax la siguen por los escalones en espiral.

Sé que yo también debería ir, pero mis botas permanecen tercamente plantadas en el sitio.

Contemplo a Pendefyre con un nudo de miedo en la garganta.

No quiero separarme de él; así no, desde luego. Si algo nos sucede a alguno de los dos…

Este no puede ser nuestro adiós.

Está mal. Está todo mal.

Aunque todo haya cambiado entre nosotros, hay algo que sigue igual. Algo que siempre seguirá igual. Pendefyre tiene un trozo de mí, una parte que no he recuperado. Una parte que no sé si recuperaré algún día. Su dolor es mi dolor, aunque sea un dolor que yo misma he causado.

Su mirada se cruza con la mía durante un breve instante y luego se centra en sus hombres.

—Cadogan y Farley, delante. Mabon y Jac, en medio. Yo cubro la retaguardia.

Todos ocupan al instante sus posiciones. Farley me dedica una rápida sonrisa de despedida, Jac menea las cejas, Mabon me hace un gesto con el mentón y Cadogan me guiña un ojo. Yo esbozo una sonrisa temblorosa. Todos se giran.

—Pendefyre —llamo. Él se detiene de pronto y me mira, con las cejas alzadas—. Por favor, tened cuidado. Por favor…, no cometáis ninguna imprudencia.

Hay una brillante llamarada de pura agonía en sus ojos, pero se apaga al instante.

No pronuncia ni una palabra. No hace falta.

Lo conozco lo bastante bien como para saber que está reprimiendo sus emociones, relegándolas a un lugar en lo más profundo de su ser donde no puedan distraerlo de la tarea en ciernes.

Siempre será un maestro del autocontrol.

En este escenario, puede que esto sea una fortaleza, no una debilidad. Mis propios sentimientos contradictorios me están haciendo pedazos por dentro.

El grupo de dyveditas desaparece por las murallas.

Soren y yo seguimos al resto de la facción llŷriana por los escalones pobremente iluminados.

No hay nada que rompa las sombras aparte de alguna que otra antorcha que titila en un aplique en las paredes.

El humo enturbia el aire recargado y me pica la garganta cada vez que inspiro.

Reprimo las ganas de toser mientras descendemos más y más hacia las profundidades.

Dios, cómo odio esto.

No hay luz, no hay aire.

No hay viento.

«Respira», me ordena Soren en silencio. «Así mantendrás el miedo a raya.»

Asiento levemente. Intento respirar despacio, mantener el latido de mi corazón firme y constante, pero el pulso se me dispara de alarma en cuanto llegamos al pie de las escaleras.

Nos encontramos en un corredor tenue y cubierto de telarañas.

El agua gotea por las paredes húmedas. El aroma a polvo y descomposición se cierne sobre mí.