El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintinueve
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CAPÍTULO Veintinueve

E vito la mirada de todo el mundo en cubierta, pero da igual.

Todos parecen saber exactamente lo que ha sucedido dentro del camarote del capitán.

La sonrisa de Yara tiene un tono travieso.

Jac me dedica una mirada cómplice. Sin embargo, lo que tengo más presente es el oscuro resentimiento que siento emanar claramente de Penn desde el otro lado de la nave.

Me trago mi propia culpa y mi vergüenza. No es este el problema más acuciante que tiene ahora mismo nuestra tripulación.

Nos reunimos en torno al timón para discutir por última vez nuestra estrategia.

Deke lo lleva, y los marineros de a bordo deambulan cerca.

Vaughn se alza, enorme, entre Melité y las duendaeri, junto a los escalones que dan al centro de la cubierta.

Penn está encajado entre sus hombres en el lado de estribor.

Yo me siento en la barandilla de popa, con una mano en la burda para no caerme a causa de las bruscas olas.

Soren está al lado de Alaric en el mismo centro.

Se dirige a todos los presentes y repasa una vez más el plan.

Yo intento centrarme en sus palabras, pero mis ojos no dejan de volar hacia la isla en la lejanía.

Es una estampa aciaga, incluso desde aquí.

O al menos, lo poco que puedo ver de ella.

Los muros de piedra negra están envueltos por una penetrante niebla que impide verlos bien, incluso a mediodía.

Ahora mismo, cuando el sol empieza a desaparecer por el horizonte, es poco más que una mancha sombría.

Esperemos que eso nos ayude a que no nos descubran desde el fuerte cuando nos aproximemos. El éxito de nuestro plan depende casi completamente del elemento sorpresa. No sabrán que venimos hasta que sea demasiado tarde para montar una defensa en condiciones.

«Entramos, rescatamos a Arwen, salimos con vida.»

«No nos enfrentamos con nadie si podemos evitarlo.»

La isla en sí no es muy grande. Es apenas una fracción del tamaño de Hylios.

A primera vista parece más un peñón de buen tamaño que una famosa prisión feérica.

Muros de piedra oscura, tan negra como las arenas del Desierto de la Vaina, diseñados para confundirse con los acantilados naturales.

No hay puerto en el que atracar, no hay ninguna ensenada en la que podamos echar el ancla.

El mar que rodea su perímetro es particularmente violento; enormes restallidos de espuma se alzan al aire cada vez que las olas se estrellan.

El velero bergantín no va a poder acercarse, a menos que queramos volver a nado a Llŷr cuando hayamos acabado. Y las olas espumosas de la superficie no son ni la mitad de preocupantes que los monstruos que anidan bajo la superficie.

No tengo la menor gana de enfrentarme a otro octópero.

—Rhya.

Vuelvo al presente con un sobresalto y veo que todo el mundo me está mirando.

—¿Qué?

—El plan inicial era que usases tu bruma para ocultar los botes al aproximarnos —dice Soren, con esa arruga de preocupación una vez más entre los ojos—. Pero tus poderes aún no han recuperado toda su fuerza.

—Haré lo que pueda. —Me llevo una mano a la marca de Vestigio.

Aún me sigue provocando una sensación extraña.

Está algo más sensible que antes. Y sin embargo, por debajo siento que mi magia regresa, que mis tormentas interiores empiezan a arremolinarse y a girar con creciente fuerza—.

No puedo prometer que tendré éxito, pero sí que lo intentaré.

Soren asiente y luego mira a Deke.

—Tú te quedarás aquí en la nave hasta que regresemos. Si pasan dos horas y no hemos vuelto, puedes dar la misión por fracasada y volver a casa.

El peso lúgubre de esa sencilla orden cae sobre todos nuestros hombros.

—Que sean mejor tres horas —murmura Vaughn.

Jac suelta una risa en forma de resoplido… que se desvanece enseguida cuando Soren vuelve a hablar:

—Dentro de tres horas, esa playa ya estará bajo el agua. Aunque sigamos con vida ahí dentro, estaremos atrapados y sin estrategia alguna para escapar.

El capitán de rostro coriáceo aprieta los labios en una mueca de preocupación.

—No me gusta esta parte del plan.

—No tiene que gustarte; solo tienes que seguirla —replica Soren. Sus ojos se desplazan hasta los desaliñados marineros que descansan apoyados en la barandilla—. Chari, Xio…, ¿seguro que podéis llevarnos hasta allí?

—Hemos navegado por aguas peores que estas en las Profundidades Desérticas. —Xio se encoge de hombros con gesto rápido—. Y Chari rema más rápido que cualquier habitante de Terrascarcha.

Chari asiente a modo de confirmación.

—Bien. Yo haré lo que pueda para calmar las aguas lo suficiente como para que podáis llevarnos —dice, y centra su atención en las duendaeri—. ¿Está listo el material?

Yara esboza una amplia sonrisa, y un rastro de su antiguo talante asoma entre la capa de pesar que cubre sus ojos.

—Ya lo creo que está listo. —Señala con el pulgar a Farley, Cadogan, Jac y Mabon—. Lo que queda por ver es si este montón de desgraciados es capaz de usarlo.

—Confía en mí —dice Farley, y le guiña un ojo—. Saben los dioses que se me da muy bien usar el material que me han dado.

Ella pone los ojos en blanco.

—En ese caso, estamos preparados. —La mirada de Soren sobrevuela todo el grupo una vez más, lo bastante sombría como para que a mí me tiemble el pulso—. Es la última oportunidad de echarse atrás. Una vez que lleguemos a la isla, ya no podréis.

Nadie dice ni una palabra.

Hasta los planes mejor trazados suelen salir mal. Y el nuestro no está bien trazado, pues hay varios elementos que no podemos predecir y varios obstáculos que no podemos anticipar.

Desde el mismísimo inicio, tengo un nudo de preocupación en el vientre que me aprieta más y más a cada momento que pasa.

Nuestro avance por las furiosas olas acaba con varios miembros de la tripulación vomitando por los laterales del bote antes incluso de haber llegado a la franja rocosa de la playa.

En la orilla, la situación no mejora. Soportamos un constante chorro de espuma fría de mar y avanzamos por las rocas resbaladizas en busca de terreno firme, arrastrando los botes por los bajíos tan silenciosamente como podemos, para no llamar la atención de ninguna posible patrulla de guardias.

No muy por encima de nosotros, hay varias ventanas estrechas iluminadas en la oscuridad. Si aguzo el oído más allá del restallido de las olas, puedo captar un leve rumor de voces desde el interior de los gruesos muros de la prisión.

No es gente hablando.

Sino gritando.

Dioses, espero que no sea Arwen quien emita ese sonido. Es dolor en su forma más pura, la viva encarnación de la agonía. Resuena una y otra vez en la noche, y yo me estremezco, al igual que Alaric. Tiene aspecto de haber recibido un puñetazo en la barriga; el miedo le arrebata el aliento.

Por primera vez se me ocurre que quizá haya otros prisioneros dentro de este lugar dejado de la mano de los dioses. Otras personas a las que Efnysien haya capturado para propósitos en los que no quiero ni pensar.

Cerca de la base del muro, Yara y Bretiax alzan la vista desde sus posiciones, flanqueadas por Mabon y Jac.

Los cuatro enarbolan sendas escalas arrojadizas: una suerte de ballestas modificadas con carretes de cable en la base.

En lugar de un proyectil normal, cuentan con afilados garfios en un extremo.

Yara hace una señal y los cuatro disparan al unísono.

Los garfios vuelan hacia lo alto del muro.

Se oye un leve crujido cuando se enganchan en la piedra.

Los cables se tensan con un rápido tañido.

Todos contenemos la respiración, a la espera de gritos de alarma y repiqueteo de botas que se aproximen hacia nosotros.

Pasa un minuto, y luego otro, y nada sucede. El estruendo del mar ha amortiguado el ruido de los garfios.

Aseguramos la base de cada cable a las rocas.

Uno tras otro, ascendemos, mientras que Chari y Xio se quedan con los botes.

Los finos cables se me clavan en las palmas de las manos a pesar de los gruesos guantes de escalada que me he puesto para protegerlas.

Invoco una corriente de aire para impulsarme y acelerar mi ascenso.

Acabamos de llegar, pero ya siento los efectos malignos del hierro, que erosiona mis reservas de magia.

Estas rocas están repletas de ese mineral, más incluso que las que hay en las profundidades cobrizas del Abismo Rojo en las tierras Centrales…

, y esa grieta mortal ya era lo bastante potente como para debilitarme por completo.

Sin embargo, ahora soy más fuerte, razono.

Aprieto los dientes y sigo aupándome. Ya no soy esa mediana asustada y esquelética al borde de un acantilado, a merced de un puñado de soldados mortales.

Tampoco soy la chica asustada que huyó de Guardamar en plena noche sin siquiera un par de botas con las que proteger sus pies ensangrentados.

Esa chica no tenía ni idea de quién era ni de qué era capaz.

No conocía nada del mundo real, de sus horrores ni de sus encantamientos.

Nunca había segado una vida. Nunca había manejado su poder.

Nunca había mirado a nadie a los ojos y había sentido hasta los huesos que no necesitaba mirar a nadie más durante el resto de su vida, si…

Niego con la cabeza y aparto de mí esos pensamientos que me distraen.

Me aúpo por encima del borde y caigo en los recios brazos de Mabon.

Inspiro hondo y miro en derredor. Bajo la gruesa piedra a mis pies anida todo tipo de maldades.

Siento cómo se filtran a través del mortero, como savia de un árbol venenoso.