El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintiocho #3
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CAPÍTULO Veintiocho #3

Lo cierto es que, al recordar esos momentos oscuros, me sorprende la intensidad de mi reacción ante la idea de perderlo. Me arden las mejillas al pensar en mi salvaje desesperación, en aquel ofrecimiento enloquecido a los dioses, en mi temeraria indiferencia ante mi propia vida…

Por los cielos.

¿Cómo ha podido suceder esto? ¿Cómo ha podido cambiar todo mi mundo en apenas unas semanas? ¿Cómo ha llegado a convertirse en alguien tan irrevocablemente importante para mí, hasta el punto de que no quiero seguir viviendo si no está a mi lado?

Apenas puedo aceptar semejantes verdades sobre mí misma, mucho menos revelárselas a él. Y aunque reuniese el valor necesario para hacerlo, no es el momento ni el lugar para tener esa conversación. Y menos con Penn dando vueltas ahí fuera junto con la mitad de nuestros amigos…

No.

Cuando regresemos a Hylios y yo haya tenido tiempo suficiente para procesarlo todo, podré encontrar las palabras adecuadas. Cuando la vida de Arwen ya no esté en peligro, podré confesarle que casi perdimos las nuestras en el fondo del océano.

—Rhya. —Soren enarca las cejas—. ¿Te encuentras bien? Te has quedado muy callada.

—Estoy… —Me muerdo el labio, trago saliva y empiezo de nuevo—. ¿Cuánto dices que falta para llegar a Islafierro?

—Una hora, quizá menos.

Muy poco tiempo.

—Quizá deberíamos retrasarlo todo.

Él se queda inmóvil por completo. Su voz adquiere un tinte oscuro.

—¿Retrasarlo?

—Sí, unas cuantas horas. Lo bastante para recuperar fuerzas antes de irrumpir en la prisión. —Hago una pausa e inspiro una bocanada de aire—. Ninguno de nosotros será de mucha ayuda si estamos exhaustos.

Él niega con la cabeza. Un rizo de cabello oscuro le cae sobre la frente y le tapa los ojos. Siento el impulso de apartárselo con los dedos, pero lo que hago es agarrar con fuerza las sábanas.

—No. Si vacilamos, perderemos la ventaja de la marea. Tendremos que esperar otro día más hasta tener la oportunidad de llegar a tierra al amparo de la oscuridad.

Yo no había pensado en las mareas. El plan que hemos trazado para irrumpir en la isla tiene, en el mejor de los casos, bastantes cabos sueltos.

Sin embargo, hay un factor inamovible: el nivel del mar.

Necesitamos que esté en su punto más bajo si queremos tener la más mínima oportunidad de llevar nuestros botes hasta la cala rocosa de la parte este de la isla.

Según Soren, es una franja traicionera de piedra accesible durante apenas dos horas.

No podemos perder la oportunidad. Ni por exceso ni por defecto.

—Retrasarlo todo hasta mañana por la noche solo servirá para una cosa —continúa en tono entrecortado—: para que Arwen muera.

—No va a…

—No puedo perderla. —Aprieta la mandíbula y controla sus volátiles emociones—. Es todo lo que tengo.

Lo miro, con una nueva punzada de dolor en el pecho. Quiero pronunciar palabras que contradigan esa frase: me tienes a mí, Soren. Me tienes a mí.

Pero no las pronuncio.

A pesar de todas nuestras conversaciones desde que aparecí inesperadamente a través de un portal y aterricé a sus pies, a pesar de todo lo que hemos pasado juntos estas últimas semanas…

, ninguno de los dos ha abordado la parte central de la cuestión.

Aunque hemos canalizado nuestros poderes de una proa a otra durante todo el viaje, aunque hemos hablado de geografía, de dioses y de todo…

, jamás hemos comentado el tema más importante.

Nosotros.

Lo que somos. Lo que podríamos llegar a ser. No lo hemos dicho con palabras.

—Seguiremos el plan establecido —dice en tono resuelto, con expresión lúgubre—.

Hemos de acabar con esto. Rescataremos a Arwen, y entonces…

—Sus ojos se cruzan con los míos, tan llenos de anhelo que siento como si una lanza me atravesase el corazón—.

Entonces habrá tiempo para otras conversaciones.

Alzo las cejas y formulo en silencio una pregunta que me da miedo decir en voz alta.

—Hay ciertas cosas de las que tenemos que hablar.

—Su mirada sobrevuela mi rostro, como si estuviese memorizando todas mis facciones.

Luego desciende hasta la marca de Vestigio que asoma por encima de mi corpiño de cuero—.

Hay ciertas cosas que debo explicarte. Cosas que no pareces entender aún.

Pero ahora… —Sus ojos vuelan brevemente hacia la puerta—. Ahora no es el momento.

—Claro. —Suspiro, y la decepción se estrella contra mí—. Tienes razón. Por supuesto que tienes razón.

Una suave luz se cuela oblicua por las ventanas de popa.

El sol se está poniendo. Pronto habrá anochecido.

Pero en este momento, con la luz dorada del crepúsculo, con Soren a un palmo de distancia de mí en la cama, no pienso en lo que nos espera en la madrugada.

Solo lo veo a él. Sus facciones angulosas, su belleza salvaje.

Solo siento mis latidos, que palpitan enloquecidos en mi garganta.

Me digo que debo ponerme en pie, bajar de la cama. Buscar mis dagas y mis botas, recogerme el cabello en una trenza y prepararme para la batalla en ciernes. Pero no me muevo. Me quedo aquí sentada, con la espalda apoyada contra el cabecero. Sé que, si muevo un solo músculo, será para tocarlo.

Soren suelta un suspiro brusco, como si supiese lo que estoy pensando. Como si él pensase lo mismo. Me desliza la mano por la nuca, un roce cálido y sólido. Me acerca hacia sí hasta que apenas nos separa un centímetro.

—Tendremos nuestro momento, Rhya. Tendremos más de un momento —dice. Es un juramento—. Todo lo que necesito decirte… Todo lo que quiero hacer contigo…

El anhelo me cubre por completo, imposible de reprimir. Mis huesos se hacen agua. Mi voz es apenas un susurro:

—¿Qué quieres hacer conmigo?

Él entrecierra los ojos.

—Por los dioses…

De pronto, su boca desciende sobre la mía, rápida y dura.

Un beso insensato y hambriento que dice todo lo que ninguno de los dos puede expresar con palabras.

Yo le devuelvo el beso, igualmente desesperada.

Vierto todo mi anhelo en mis dedos, que agarran a puñados el lino de su camisa y que tiran de él hasta colocármelo encima.

Soren suelta un gruñido grave y gutural.

Nuestros cuerpos colisionan; el suyo aplasta al mío contra el fino colchón de plumas de la cama del capitán.

Un débil sonido me recorre; soy un tambor al que golpea un mazo, emito profundos tonos de pasión.

Se despierta un deseo imparable que amenaza con arrastrarme consigo.

Y aunque hemos dicho que no hay tiempo, aunque hemos declarado firmemente que este instante quebrado no es para nosotros…

, ninguno de los dos parece capaz de detenerse ahora que hemos empezado.

Las superficies de su cuerpo son deliciosamente firmes, pegadas a las mías.

Me arrancan el aliento junto con las inhibiciones.

La palpitante prueba de sus ansias se aprieta contra el hueco entre mis muslos, dura e innegable.

Siento que las mías se multiplican por diez, una necesidad animal que me sacude hasta lo más hondo.

Apenas me reconozco a mí misma, a esta criatura desesperada que batalla con uñas y dientes para desabrochar botones, para estar más cerca, más cerca, más cerca.

Quiero arrancar a dentelladas cada prenda que nos separa, quiero rasgar la tela que le cubre los brazos y borrar cada barrera que se interponga entre nosotros.

No quiero nada más, aparte de estar con él en esta cama, piel con piel. Desnudos de cuerpo y alma.

Aunque nuestro vínculo sigue enmudecido y no puedo descifrar sus pensamientos, los actos de Soren dejan bastante claro que él siente lo mismo.

Sus dedos luchan contra los nudos de mi corpiño de cuero, mientras que los míos se deslizan bajo el dobladillo de su camisa para recorrer el contorno de sus músculos.

Esa extensión de piel dorada está por fin, por fin, al alcance de mi mano.

Y resulta gloriosa. No puedo reprimir un gimoteo roto, como tampoco puedo evitar que mi cuerpo se arquee sobre la cama cuando sus dientes recorren un tortuoso camino por mi garganta hasta mi oreja.

Siento su sonrisa antes incluso de oírla en su voz.

—Si maúllas así cuando te beso, no puedo esperar a ver qué otros sonidos te provocaré cuando…

Por los cielos.

Me mordisquea el lóbulo y yo ahogo una exclamación.

Soren se apoya aún más sobre mí y restriega las caderas contra las mías de un modo que me atolondra los sentidos.

—¿Cantarás mi nombre cuando te hagas pedazos, alondrita?

Cantaré lo que quiera que cante si me sigue tocando así. Mi mente es un vacío de placer. Sus manos apartan el flexible cuero del corpiño desatado y recorren mi piel desnuda. La palma de su mano me roza el pezón, un contacto tan leve que resulta frustrante.

Quiero mucho más que eso.

Necesito mucho más que eso.

Él espera hasta haberme arrancado otro gemido lastimoso de la garganta y se aparta. Me acaricia el pecho con movimientos expertos, lo roza y moldea hasta que me veo reducida a una retorcida tormenta de puro deseo debajo de él.

—Soren… —Se me entrecorta la respiración. Le clavo los dedos en la piel—. Por favor…

—¿Por favor qué, Rhya? ¿Qué es lo que quieres de mí?

El muy malnacido está disfrutando de esto.

Me chupa el labio inferior en el mismo momento en que mis uñas le arañan la marca de Vestigio, el lugar donde la piel es tan agónicamente sensible.

El efecto es instantáneo. Todo su cuerpo se estremece.

Suelta un suspiro pegado a mis labios, un jadeo de puro deseo que siento en cada uno de los rincones de mi cuerpo.

Todo rastro de jugueteos preliminares queda expulsado del camarote y da paso a una feroz ansia que crece en él con la misma celeridad que un chaparrón de verano.

Cuando me vuelve a besar, lo hace con una pasión tan infatigable, con un deseo tan salvaje, que sé que su autocontrol pende de un finísimo hilo.

Ya no me toca con caricias juguetonas, sino con un ardor apenas contenido que convierte mi sangre en pura luz de estrellas.

Aferra mi cuerpo con una necesidad tan fuerte que me va a dejar marcas; me aprieta contra sí.

Y yo hago lo mismo; mis ansias son igual de brutales.

El tiempo deja de existir. Nos tocamos, jadeamos, nos desnudamos capa tras capa con manos temblorosas.

Le desabrocho la camisa y se la quito impaciente por los hombros, dejando al aire su pecho perfecto.

Él desata el nudo de mis pantalones con los dientes y emite un gruñido grave cuando mis dedos le recorren los cabellos.

Aprieta la boca contra mí sobre el fino cuero, y todo mi cuerpo sufre espasmos.

Dioses, si vuelve a besarme ahí…

Solo de pensarlo casi me hago pedazos.

Sus manos están en mis caderas, quitándome los pantalones, cuando un puño se estrella contra la puerta del camarote.

—¡Hermano! —Vaughn. El maldito Vaughn—. ¡La isla está a la vista! ¡Sea lo que sea lo que estéis haciendo ahí, acabad ya!

Soren emite un gemido de frustración y apoya la cabeza contra el hueco de mis muslos.

—Joder. Otra vez no.

Inspiro temblorosa entre dientes y obligo a mis dedos a apartarse de sus cabellos.

Me late todo el cuerpo con una pasión descontrolada.

Mi corazón retumba enloquecido dentro de mi costillar.

A su lado, mi marca de Vestigio despierta; su momentáneo sueño se ha visto interrumpido por las sensaciones que se estrellan contra mí y me sacuden de la cabeza a los pies.

Salimos de la cama, los dos con la respiración alterada, y nos recomponemos la ropa. Me tiemblan los dedos al atarme los nudos del corpiño y peinarme la melena desastrada. No puedo hacer nada para disminuir el rubor de mis mejillas ni el brillo de lujuria de mis ojos.

Soren está igual que yo. Jamás lo había visto tan fuera de sí.

Tiene un aspecto sorprendentemente joven.

Se abotona la camisa y se sube las mangas; su cara es un vivo retrato de inhibición pueril.

Esa fachada pulida que suele llevar está ahora torcida; todo lo que acabamos de hacer lo ha arrancado de su órbita.

Todo lo que hemos estado a punto de hacer.

—Deberíamos irnos —me obligo a decir, apenas capaz de mirarlo sin que se me encoja el corazón y se me corte la respiración—. Nos están esperando.

Solo consigo dar unos pasos hacia la puerta.

Soren me detiene con una mano en la nuca y me da la vuelta para estrellar su boca contra la mía una última vez.

Le devuelvo el beso e intento memorizarlo todo de él; me entrego al momento hasta el último rincón de mi mente, en caso de que jamás podamos disfrutar de otro parecido.

Su aroma, su fuerza. El modo en que encajamos como dos mitades de un plato roto.

Cada filo escarpado y feo se alinea de algún modo para crear algo completo, fuerte y curado.

Vuelven a oírse golpes.

—¡Que vamos a perder la marea!

—Llegará el día en que tenga el lujo de besarte sin interrupciones —murmura Soren pegado a mis labios, con un fantasma de su humor habitual en la voz—.

Y, espero, también llegará un día en el que tenga el lujo de hacer mucho más que solo besarte.

—Suelta un suspiro resignado—. Pero parece que ese día no es hoy.