El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintiocho #2
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CAPÍTULO Veintiocho #2

Me estremezco al ver las fauces de la bestia gigantesca, una abertura circular ribeteada de hilera tras hilera de dientes afilados como agujas. Al igual que las ventosas, esa abertura también palpita periódicamente. Quiere tragarnos enteros.

—Si puedes mantener tus escudos de aire, yo haré lo posible por impulsarnos hasta la superficie. —Soren me agarra de la mano y entrelaza con fuerza sus dedos a los míos—. Lo haremos juntos.

Niego con la cabeza para rechazar de inmediato ese desastre de plan.

—No, de ninguna de las maneras.

—¿Por qué?

—¿Te has olvidado de que te estabas muriendo hace unos tres segundos? No puedes gastar más de tu magia. Siento por el vínculo lo débil que estás. No podemos arriesgarnos.

—¿Se te ocurre algo mejor?

Miro en derredor y contemplo durante unos segundos la lamentable situación en la que nos encontramos. ¿Podría usar el látigo? ¿Lanzarle un rayo a la criatura? Creo que freiría vivo a Soren. ¿Obligar al monstruo a retroceder con mi minúscula daga? Pues claro que no.

Mi magia tendrá que ser lo bastante fuerte para los dos. Aguantaré hasta que estemos en la superficie. No hay alternativa. Miro a Soren a los ojos y me acerco a él.

—No te sueltes.

La frustración llamea en su mirada, pero no me discute.

Hace un leve asentimiento y me rodea con los brazos, un apretón no muy fuerte.

Yo me pego a él tanto como puedo e inclino la cabeza para apoyarla en su garganta, donde capto sus precarios latidos.

No tengo ni que explicarle el plan, no hace falta dejar claro lo que estoy pensando.

Soren está en mi cabeza y ve mis pensamientos al formarse como si fueran los suyos propios.

—¿Listo?

Él me planta un rápido beso en la mandíbula.

—Por si morimos.

Si nos encontrásemos en otra situación, me echaría a reír. Tal y como estamos, apenas puedo mantenerme consciente. Los tentáculos del octópero aprietan más y más, dispuestos a convertirnos en su próxima comida.

No voy a permitírselo.

Con los últimos resquicios de mi fuerza, nos impulso directamente hacia el cielo con un chorro de aire purificado. Un grito mudo se forma en mi garganta, porque el inmenso esfuerzo que requiero me parte en dos.

Dioses, ¿por qué he pensado que tenía fuerzas suficientes como para hacer esto yo sola?

Nuestro avance se ve frenado por el inmenso peso de la bestia, que sigue rodeándonos al ascender.

Aunque le he prohibido ayudarme, Soren no puede resistirse y añade algo de su magia a la mía, para prestarme todas las fuerzas de las que dispone.

Sus corrientes batallan contra los tentáculos y los apartan de nuestra burbuja ventosa a ventosa. Un tentáculo nos suelta, y luego otro.

Estamos casi en la superficie.

La presión del agua desciende; los colores vuelven a ocupar el mundo. Ascendemos rápidamente a la luz. A la vida. Doy un último y poderoso empujón… con las últimas energías que me quedan, para ser sincera…, y nos propulsamos tan rápido que el monstruo marino ya no puede seguir aferrándonos.

—Ya estamos —dice Soren—. Lo hemos conseguido.

Salimos a la superficie con una explosión tan fuerte que nos elevamos a las nubes.

Los largos tentáculos del octópero intentan agarrarnos sin éxito; ya estamos fuera de su alcance.

Me aprieto contra Soren y nos elevo a los cielos, cada vez más alto, a lomos de las corrientes de aire, como si me hubiesen salido unas alas invisibles.

No pienso siquiera en términos de aerodinámica.

No me hace falta. He nacido para esto, soy una criatura del éter.

En los cielos estoy en mi casa, al igual que Zephyr.

No aminoro la velocidad hasta estar segura de que nos en­contramos a salvo. Hasta estar segura de que no nos volverán a arrastrar a ese vacío acuoso. Cuando por fin respiro y miro en derredor, veo que estamos suspendidos sobre el mar. Nos rodean las nubes.

—Oh. —Parpadeo, sorprendida por la altitud—. No pretendía…

Las palabras mueren en mi boca, porque Soren empieza a sacudirse. En un primer momento creo que está enfadado, o que tiene miedo, o… Dioses, ¿estará herido? ¿Habrá sido demasiado para él este ascenso?

De pronto me doy cuenta de que se está riendo.

—En el nombre de todo lo que es sagrado en este reino, ¿qué es lo que te hace tanta gracia? —pregunto con un ápice de enfado en la voz.

Él se aparta lo suficiente como para poder mirarme a los ojos. Los suyos están contraídos en una expresión de puro gozo.

—No te van las medias tintas, ¿eh, alondrita?

Me lo pienso durante un instante.

—Claro que no. ¿Por qué quedarse a medias?

La hilaridad se desvanece y da paso a una mirada seria que me corta el aliento.

—¿Estás a punto de desmayarte?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque, si te beso ahora mismo, quiero estar preparado para una caída de media legua que termina en aguas infestadas de monstruos.

Se me corta la respiración. Ignoro la oscuridad que me late en las sienes, una advertencia funesta.

—Estoy bien, de verdad. Jamás me he sentido más fuerte.

—Mentirosa —susurra con una sonrisa.

Igualmente, me besa. No es un beso largo…

, no puede serlo, porque de verdad que estoy a punto de agotar mis reservas mágicas, aunque él esté canalizando nuestros poderes.

Pero, durante unos gloriosos segundos, flotando entre las nubes, dejo de pensar en todo lo que hay ahí abajo.

Solo estamos Soren y yo. Nuestros corazones laten al mismo tiempo, nuestros labios se mueven al unísono, nuestros brazos están entrelazados tan fuerte que creo que nada conseguirá que lo suelte jamás.

La realidad regresa a nosotros, vengativa, en cuanto llegamos a la nave. En el mismo momento en que las suelas de nuestras botas tocan la cubierta, me derrumbo hecha un guiñapo de puro agotamiento. Los brazos de Soren me agarran antes de caer a plomo.

—¡Rhya! —dice Penn desde muy lejos—. Dioses, ¿se encuentra bien?

Quiero decirle que estoy perfectamente bien. ¿Es que no me ha visto volar? Por desgracia, se me cierran los ojos y la oscuridad me consume antes de poder hablar.

En mi sueño experimento destellos inquietantes de escenas de pesadilla.

Campos de batalla llenos de cadáveres, ya sean mortales o fae.

Vuelo sobre ellos con el corazón henchido de venganza y contemplo un mundo hecho pedazos.

Mi ira no conoce límites, mi furia es tan grande que puede arrasar reinos enteros…

Una aciaga tempestad.

Una tormenta desatada.

Cuando despierto, me encuentro en un camarote desconocido, mucho más grande que donde he estado durmiendo estos días. Son los aposentos del capitán, en la popa del barco. Oigo el rumor rítmico de las olas contra el casco ahí fuera.

Nos estamos moviendo.

Me giro y veo que Soren está al borde de la cama, contemplándome. Apoya una mano en las sábanas junto a mi cabeza. Una profunda arruga de preocupación se marca entre sus ojos. Yo alargo la mano y la suavizo con el pulgar. Siento que el brazo me pesa una tonelada.

—Tienes un aspecto terrible —lo informo con voz suave.

Él resopla.

—Habla por ti.

Mi mano cae de nuevo sobre la cama. Intento enderezarme y apoyar la espalda en el cabecero. Me encojo cuando mis músculos agotados protestan. Me duele todo, hasta el tuétano.

—¿Cuánto llevo inconsciente?

—Unas seis horas. —Me estudia con ojos entrecerrados, dos franjas azules. No consigo descifrar del todo la expresión de su cara—. ¿Cómo te sientes?

—Un poco dolorida.

—¿Un poco?

—Vale, algo más que un poco dolorida. —Dejo escapar un suspiro y me restriego la marca de Vestigio, que me duele más de lo normal—. Nada que no se vaya a curar en unas pocas horas. Nada permanente.

Él tiene una expresión sospechosamente vacía.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —Se me acelera el corazón—. ¿Ha sucedido algo?

Él abre la boca y luego vuelve a cerrarla. Como si no le saliesen del todo las palabras.

—Rhya…

—¿Estás herido?

—Tengo las costillas magulladas, pero ya se están curando.

—Deberías dejar que te las vende.

—Estoy bien. Apenas siento una punzada.

—Entonces, ¿dónde está el problema? —pregunto, y me inclino más hacia él, con los ojos entrecerrados, contemplando su rostro—. ¿Qué te pasa?

—No me pasa nada.

Y sin embargo, hay algo que no cuadra en absoluto, pero no consigo ver qué es. Si mi magia no estuviese tan agotada, la extendería hacia él e intentaría leerlo elementalmente. El vínculo siempre me proporciona una imagen más clara de lo que le pasa en la cabeza… y en el corazón.

Mi magia no debería de tardar mucho en recuperarse lo suficiente como para poder sentirlo de nuevo. Aun así, no me gusta este breve lapso de desconexión. Inspiro hondo.

—No me digas que vamos a abandonar la misión.

—No. Deberíamos llegar a Islafierro dentro de una hora.

—Entonces, ¿qué sucede? —Escruto sus facciones vacías en busca de alguna pista—. ¿Qué pasa?

—Ya te he dicho que no pasa nada.

—Pero te comportas de forma extraña —insisto, y me inclino más para mirarlo a los ojos—. Creo que podrías tener una conmoción. Te has dado un buen golpe en la cabeza; quedaste inconsciente.

—Inconsciente —repite él lentamente.

Parpadeo. Ahí está otra vez esa extraña mirada, ese tono inquietante.

Se comporta…

Como si no fuera él mismo.

—¿Seguro que eso es lo que pasó, Rhya? —Ladea la cabeza; sus ojos despiden un fulgor incisivo—. ¿Inconsciente y nada más?

Se me entrecorta la respiración y se me secan las palabras en la boca. ¿Sabe de alguna manera lo que sucedió en el fondo marino? ¿Recuerda que no solo estaba sin aliento, sino…?

¿… sin vida? ¿Sabe que estaba…?

¿… muerto?

Estaba muerto.

Es imposible que lo sepa. Imposible. Desde luego, yo no se lo he dicho. Ni planeo hacerlo… Ahora no, al menos. No hay motivo para contarle lo cerca que estuvo de morir ni lo cerca que estuve yo de seguirlo al abismo sin fondo del sueño eterno.