CAPÍTULO Veintiocho
M e zambullo en el agua con los pies por delante, una caída vertiginosa directa al frío y a la oscuridad. Me quedo sin respiración. No pienso en los monstruos que podrían estar esperándome aquí abajo. Empiezo a nadar hacia el fondo, pataleando y dando brazadas desesperadas en dirección al abismo.
Los bancos de arena desértica caídos han conseguido que esta zona sea mucho menos profunda que las partes más hondas del océano que hemos atravesado durante el viaje.
Aun así, el trayecto no es ni mucho menos corto.
Y yo no soy ni mucho menos la mejor nadadora.
Lo único que tengo de mi lado es mi magia.
Una burbuja de aire me rodea la cabeza y me permite respirar mucho más de la capacidad normal de mis pulmones.
Uso el vínculo como guía y me impulso por la corriente que me conecta con Soren.
Más y más profundo.
Más y más hacia la oscuridad.
Me empieza a doler la cabeza del esfuerzo. He usado ya tanto poder que siento mis reservas casi agotadas. Pero no puedo parar. No pienso parar. Hasta que lo haya encontrado.
«Las emociones no son un lastre, sino un recurso ilimitado», susurra Soren en mi recuerdo, una voz fantasmal que me impulsa a avanzar. «¿Quieres emplear tu poder como yo? Necesitarás sentirlo. Todo.»
El pánico es mi combustible, la inquietud es mi hélice.
Con ellos impulso mis vientos como fajinas en una fogata, hasta que el poder me sale del pecho en forma de borrasca imparable.
Me esfuerzo aún más. Más allá de todo lo razonable, más allá de toda resistencia, hasta un lugar más allá de todos mis límites anteriores.
Sigue vivo. Siento su fuerza vital, aunque parece titilar periódicamente a medida que pasan los instantes. Va disminuyendo conforme me acerco. Le hablo, aun sabiendo que no puede oírme estando inconsciente.
«Aguanta. Aguanta, por favor. Voy a por ti.»
Hace pocos días le pregunté si podía ahogarse. Él se rio en mi cara. Maldito sea por no haberme dado una respuesta directa. Maldita sea esa necesidad suya de hacer chanza de todo. Maldito sea por obligarme a preocuparme por él para luego mo… No.
No.
No va a morir.
Nado con más fuerza, aunque mis músculos gritan suplicando una pausa.
La presión a esta profundidad es como estar en una tumba.
No se parece a encontrarse bajo tierra, pero, aun así, es claramente desagradable.
Mi claustrofobia asoma su fea cabeza y amenaza con paralizarme antes de que pueda llegar al fondo.
Ignoro el zumbido en mis sienes, el estruendo de mi corazón, y sigo. Paso junto a bancos de peces de escamas plateadas y nubes flotantes de algas diáfanas.
Más y más profundo.
Más y más hacia la oscuridad.
Hasta que, por fin, alargo la mano ciegamente y toco arena.
Ya estoy en el fondo. A esta profundidad no veo nada.
Todo es una sombra, un mundo verde azulado desprovisto de más colores.
Me acerco a él a tientas. El pulso me ruge tan fuerte en la cabeza que apenas oigo los jadeos entrecortados que me salen por la boca cada vez que exhalo, mareada.
Aparto un matojo de densas algas, paso junto a un puñado de restos de la nave destrozada y… ahí.
Ahí está, flotando como un fantasma. Sus extremidades son un peso muerto, su cabello oscuro se mece en la corriente.
Tiene la piel tan pálida que casi reluce.
Mi corazón chilla al verlo. Me acerco nadando.
Le clavo los dedos en la camisa y aprieto su cuerpo laxo contra mí.
Me cuesta muchísimo. Es pesado incluso bajo el agua. Está lleno de agua, como…
Como un cadáver.
Su corazón ya no late.
Ya no respira.
¿Cuánto tiempo lleva sin respirar?
No puedo arriesgarme a regresar a la superficie con él en este estado.
Jamás lo conseguiría. Con un gran torrente de magia, expando la pequeña burbuja de aire alrededor de mi cabeza hasta agrandarla lo bastante como para que quepamos los dos.
El peso del agua la aplasta desde todas direcciones, pero yo me mantengo firme y la aparto hasta que nos vemos rodeados de una esfera seca sobre el fondo marino.
Inspiro.
—¿Soren? —Le doy un leve cachete en la mejilla—. Soren, ¿me oyes?
Mis ojos frenéticos recorren sus facciones en busca de señales de vida.
No hay nada, ni un destello. Llevo mis labios a los suyos, ignorando ese frío sin vida, y soplo para insuflarle aire en los pulmones.
No funciona, así que recurro a mi magia.
Lleno sus vías respiratorias; intento expulsar el agua que ha tragado.
Nada.
Sus pulmones siguen inmóviles, al igual que su corazón. Nuestro vínculo está espectralmente entumecido. Y su fuerza vital, esa remota chispa que sentí cuando lo encontré en el fondo…
Se ha apagado.
—Soren —suplico una vez más. Me corren lágrimas por las mejillas, un caudal incesante—. Por favor, no hagas esto.
Mi magia mengua: el esfuerzo de mantener nuestra burbuja de aire consume hasta el último resquicio de mi energía. Estoy a punto de desmayarme. ¿Y entonces qué pasará?
Que moriremos los dos.
«No puedes dejarme», le digo por el vínculo, e insuflo a la fuerza más magia en sus pulmones mortalmente inmóviles, en la misma materia de su alma. «No voy a permitir que huyas a los cielos. Son mis dominios, no puedes entrar ahí. ¿Me oyes, Soren? No puedo permitir que te marches.»
Pero él no me oye.
Porque ya no está.
Unos sollozos descontrolados me destrozan el pecho.
Es imposible tragarse esta pena, imposible respirar con ella.
Lo ignoro todo, me niego a procesar la pérdida.
Me niego a aceptar lo que significa. Si lo acepto, Soren habrá muerto de verdad.
Estará más allá de mi alcance. Jamás volverá a hacerme reír, me preparará la cena o me mirará de ese modo suyo; ese modo que me hace sentir como si nadie me hubiese mirado antes, como si nadie me hubiese visto jamás.
Nunca volverá a rodearme entre sus brazos ni a tocar mi piel con su boca, a apoyar la frente contra la mía para compartir nuestras respiraciones.
No volverá a ser mío más que en el recuerdo.
No.
Aparto todas esas siniestras posibilidades y le doy más magia.
Más de mí misma. Siento que mi propia esencia se hace pedazos al insuflarla en él.
Siento que mi propia fuerza vital flaquea, como si yo también fuese a volverme fría y azul, otro cadáver en el fondo del mar.
No me duele. Es algo que va más allá del dolor; no tengo palabras para describirlo.
Es un agónico tajo en mi mismísima alma.
Me estoy haciendo trizas poco a poco. Y, sin embargo, no consigo obligarme a parar. Pienso sacarlo de las fauces de la muerte aunque el esfuerzo me haga caer a mí.
—Toma mi aliento, toma mi sangre, toma el latido de mi corazón. Mi alma es tuya, si regresas conmigo.
Su cuerpo sufre un espasmo, como si lo acabase de golpear un rayo. Escupe agua de los pulmones entre toses estranguladas y recupera la consciencia como si solo se hubiese estado echando una siesta en el sofá de la biblioteca, en lugar de deslizándose poco a poco hacia el más allá.
Abre los ojos. La incomprensión se arremolina en esas profundidades color zafiro. Me contempla, inclinada sobre él, empapada y sollozando, temblando de dolor y alivio y agotamiento. Su pecho se agita al hacer la primera inspiración de verdad.
Está respirando.
Su mirada sorprendida recorre la bolsa de aire que he creado. Intenta darle sentido al mar oscuro que nos rodea por todas partes.
De mis ojos escapa el dolor en un torrente. Me limpio las mejillas y veo que no son lágrimas, sino sangre. Con un gemido exhausto, mi cabeza descansa sobre su hombro. Lloro de puro alivio.
Una mano temblorosa me acaricia el pelo húmedo sobre la nuca.
—¿Rhya? —Su voz se rompe al pronunciar mi nombre.
Inspiro entre dientes e intento detener las lágrimas.
—¿Estás vivo?
—Todo apunta a que sí, si he de hacer caso al increíble dolor de cabeza que tengo y a estas punzadas que siento en las costillas. —Hace una pausa y su voz se vuelve más ligera—. También pensaba que los ángeles me habían dado la bienvenida al éter, pero aquí solo estás tú, así que…
Mi cuerpo magullado se tensa.
—A los dioses pongo por testigos de que si intentas hacer bromitas en esta situación…
—Alondrita, mírame.
Me echo hacia atrás y obedezco. Mi rostro está cubierto de sangre, mis ojos están enrojecidos, mi cabello es una maraña de sal y algas…
, pero él me mira como si no viese nada de todo eso.
Me mira con un emotivo caudal de emociones.
Sé que lo que está a punto de decir volverá a provocarme más lágrimas.
—Rhya, te…
Dos colosales tentáculos anaranjados rodean la bolsa de aire sin previo aviso. Son tan grandes que bloquean la vista del océano oscuro. Lo único que veo son las ventosas, que palpitan periódicamente al deslizarse sobre mi burbuja solidificada en busca de puntos débiles.
—¡Joder! —maldice Soren, y se yergue hasta quedar sentado. Se lleva una mano al costado, a las costillas rotas—. Tenemos que salir de aquí.
—Ah, ¿sí? Yo creía que nos íbamos a quedar un ratito a charlar con el octópero antes de que nos coma vivos.
—O sea, que tú sí que puedes hacer bromas.
Sus ojos, mortalmente serios, me recorren la cara y captan sin duda el agotamiento de mis facciones. Antes de que yo pueda siquiera parpadear, me inunda de magia; sus reservas nutren las mías, casi agotadas.
—Soren, aún estás débil.
—Estoy bien —dice entre dientes—. Tú estás a punto de desmayarte.
—Eso no es…
Mis palabras se convierten en una exclamación ahogada cuando los tentáculos se tensan de repente y la presión alrededor de la bolsa de aire se dobla. Refuerzo mi magia, pero me cuesta tanto que empiezo a ver chiribitas. Ahora nos rodean cuatro tentáculos anaranjados que convergen en…