El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintisiete #4
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CAPÍTULO Veintisiete #4

Asiento al tiempo que noto las poderosas emociones que latiguean por nuestro vínculo.

Estoy segura de que Penn está pensando ahora mismo en Enid.

En la última tejedora del viento a la que intentaron ayudar…

para acabar descubriendo que sus salvajes tempestades eran demasiado fuertes como para domeñarlas.

La mujer a la que Penn salvó de una muerte segura, pero acabó perdiendo poco después.

Han pasado setenta años, pero el dolor de esa pérdida es tan afilado como una hoja.

Sin embargo, por debajo del dolor hay algo nuevo. Algo inesperado.

Innegables chispas de alivio que prenden en su interior.

Yo no soy Enid.

No permitiré que me arrastren mis propios poderes.

Y Penn… ve esperanza en ello. Esperanza para mí. Esperanza para sí mismo. Esperanza para un futuro distinto de aquel al que se ha visto relegado, esclavo de sus propias tendencias incendiarias.

—No sé si siento más asombro por tu control o envidia por no poseerlo yo mismo —me confiesa con una sombra de amargura. Sus ojos se iluminan de calidez por primera vez en días, una chispa de su antiguo calor—. Es increíble. Eres increíble.

—Gracias, Penn. —Le dedico una sonrisa cansada—. ¿Listo?

Él frunce las cejas oscuras.

—¿Para qué?

No contesto con palabras. En cambio, uso una nueva corriente de aire para sacarlo de golpe de las aguas y subirlo a la nave enderezada.

Jac y Mabon sueltan sendas carcajadas al oír su grito de sorpresa en cuanto aterriza en cubierta.

Sin embargo, las risas se convierten también en gritos cuando los elevo a ambos y los deposito en el barco.

—No te ofendas, pero creo que prefiero usar la escalera de mano —dice Deke, y se aleja a nado de mí hacia la popa, donde Chari y Xio están bajando ya una escalera de cuerda para que suban Melité y Cadogan.

—No me ofendo. —Sonrío y me giro hacia Farley—. ¿Qué hacemos contigo?

Él me devuelve la sonrisa.

—Siempre me he preguntado cómo sería volar.

Me echo a reír y lo alzo tan suavemente como puedo. No deja de gritar de alegría todo el tiempo, encantado como un chiquillo. Una vez que Farley está arriba, yo también me elevo. No es volar exactamente, es más bien como un salto alargado. Aun así, se me hincha el corazón igualmente.

Sin embargo, el gozo dura poco. En cuanto aterrizo en cubierta, oigo un coro de gritos de pánico que resuena en la distancia.

Corro hacia la barandilla opuesta, donde ya están los demás, con los hombros tensos, contemplando el otro barco.

No ha tenido tanta suerte como nosotros, quizá por estar más cerca de la orilla.

Sigue volcado de costado, con las velas completamente sumergidas, y todos los miembros de su tripulación nadan enloquecidos hacia nosotros, con brazos débiles y rostros demudados.

Ahí está Vaughn. Sus poderosas brazadas lo impulsan más rápido que los demás. También veo a Alaric, con su habilidad natural…, al trío de duendaeri, formando una línea…

¿Dónde está Soren?

—¿Qué hacen?

Nadie se molesta en responder a la pregunta en voz baja de Jac, pues en ese mismo momento, la causa de esa rápida evacuación se hace presente por sí sola.

Incrédulos, todos vemos que varios tentáculos anaranjados, cada uno de ellos más grueso que nuestro mástil central, emergen a la superficie.

Primero son tres, luego cuatro, luego seis, luego ocho.

Todos rodean sinuosamente la nave en un abrazo mortal…

Y empiezan a apretar.

El casco se hace añicos como si de una cerilla se tratase. Todos damos un respingo al oír el crujido que resuena.

—¿Qué bestia nauseabunda es esa? —murmura Penn al tiempo que se me coloca a la espalda. Tiene su espada en la mano. Me parece que no debería señalarle que, contra ese enorme monstruo, su hoja no tendrá el menor efecto.

—Un octópero —dice Deke en tono lúgubre, y traza un símbolo protector en el aire—. Esperemos que se sacie con un barco y no se fije en nosotros.

Chari y Xio murmuran sendos encantamientos en voz baja: una súplica de misericordia al Dios de los Mares. Y sin embargo, mientras hablan, sus manos ya están tomando medidas prácticas: agarran las jarcias enredadas para que podamos tensar las velas, ahora laxas, y salir pitando al instante.

Los tentáculos anaranjados acaban de rodear por completo el otro barco. La parte inferior de cada uno de ellos está cubierta por enormes ventosas que, una vez fijadas, arrancan tablones y destrozan cordajes con una facilidad ridícula.

No me extraña que la otra tripulación quiera salir, pero que ya del agua.

Deke arroja otra escalera de mano por la barandilla de estribor para que puedan subir.

Vaughn es el primero; aúpa su enorme complexión por encima de la barandilla y se derrumba sobre cubierta con un golpe tan grande que me temo que la atraviese y acabe en las bodegas.

Alaric sube tras él con mucha más elegancia.

Al mismo tiempo, yo lanzo mis vientos para sacar a las duendaeri de las olas una tras otra y las deposito en nuestro barco, chorreando y farfullando.

Yara suelta una sarta de maldiciones tan colorida y variada que impresionaría a cualquier marinero.

Farley la ayuda a levantarse. Mabon hace lo mismo por Harpina, menos ruidosa que su compañera.

Y Jac, en un alarde desacostumbrado de dulzura, intenta trazar una serie de signos rudimentarios para asegurarse de que Bretiax se encuentra bien.

Yo me inclino sobre la barandilla y escruto la superficie del agua en busca del resto de la tripulación. Pasan los segundos y se me acelera el pulso al no ver ni rastro de ellos.

Deke se agacha junto al medio titán despatarrado en cubierta.

—¿Dónde está vuestro timonel?

—Se lo ha comido. —Vaughn suelta una maldición y se endereza—. Y también a los marineros de cubierta.

Farley ahoga una exclamación.

—¿Cómo que se los ha comido?

—A no ser que la espuma roja que burbujeaba bajo esa cosa fuese vino —Vaughn escupe la palabra «cosa» impregnada de desdén—, se los ha comido.

—¿Y Soren? —pregunto, intentando enterrar el denso pánico que tiñe mi voz, pero incapaz de conseguirlo del todo.

—¿No está aquí? —Vaughn se pone de repente muy serio. Su cabeza latiguea hacia su cuñado—. ¿No estaba contigo, Alaric?

—Estaba en popa conmigo, intentando contener la ola antes de que nos azotase —dice Alaric con voz tensa—. Lo perdí de vista cuando caímos, pero…

—Pero ¿qué? —Me acerco un paso—. Alaric, ¿dónde está?

—La botavara lo golpeó en el pecho. Salió volando por los aires. Se dio con la cabeza contra la barandilla justo antes de que volcásemos.

Se me encoge por completo el corazón.

—¿Y no se te ocurrió buscarlo?

—Es que…, esto… —Alaric niega con la cabeza—. ¡Estamos hablando de Soren! Jamás he visto a nadie que nade mejor que él. Imaginé que volvería en sí en cuanto entrase en contacto con el agua. —Se le tuerce la expresión, pálida—. No puede ser que haya…

Muerto.

Dioses, decidme que no ha muerto.

Corro hacia la barandilla y veo horrorizada que los tentáculos anaranjados terminan de arrastrar el barco a las profundidades. Apenas quedan unos trozos de madera astillada flotando en medio de las olas. No veo cadáveres entre los restos. No hay más que aguas negras allá donde miro.

A mi lado, Penn carraspea.

—Rhya…

—¡Shhh!

Extiendo mi magia en espiral, en busca de Soren. Me centro en sentirlo. Su huella…, esa corriente fresca, helada, esa marea melódica y volátil.

No está aquí. No está en la superficie. Busco más, amplío el radio de mi búsqueda sensorial, intentando que no interfiera mi creciente pánico.

Ahí.

Está ahí.

En las profundidades, en la oscuridad.

Se hunde, se hunde, se hunde como una piedra hacia el fondo.

En apenas un latido me subo a la barandilla empapada. Mis botas resbalan sobre su superficie biselada, pero me agarro a los flechastes para estabilizarme y no perder el equilibrio.

—¿Qué haces? —me grita Penn, e intenta agarrarme.

Mis ojos vuelan hacia los suyos y lo frenan en seco. Luego repaso la hilera de rostros que me contemplan conmocionados.

—Voy a buscar a Soren.

—Está en el fondo del maldito océano. —La cara de Penn es una máscara de terror—. Rhya, no puedes…

—Sí que puedo —siseo—. Debo hacerlo.

Sus facciones se contraen. Un destello de puro dolor reemplaza al miedo.

El entendimiento inunda sus ojos, que contemplan los míos durante varios largos latidos.

Pues, en este momento, Penn lo comprende.

Irrefutablemente. Siente mi desesperación por el hombre que ha caído al mar…

y ve mi determinación por salvarlo de las profundidades cueste lo que cueste…

Lo sabe.

Las mareas de mi afecto han cambiado, se han alejado de él. Mi corazón, que en su día latía únicamente por él, de algún modo ha cambiado de bando, de forma tan segura como la luna que revierte el firme curso del océano, tan irrevocablemente como la cascada que cae por un acantilado.

Pertenezco a Soren como jamás he pertenecido a Penn.

Lo sé.

Quizá siempre lo he sabido.

Y ahora… también lo sabe Penn.

—Rhya —me llama Deke, y rompe el momento—, el octópero sigue ahí.

Mis ojos vuelan de golpe al rostro colorado del capitán. Aprieto los cordajes entre mis manos.

—Sí, ahí sigue —susurro—. Y si a ese monstruo se le ocurre tocar siquiera a Soren, no hay océano lo bastante profundo en el mundo que lo vaya a salvar de mi venganza.

Con eso, salto desde la barandilla.

Y caigo al mar oscuro y profundo.