El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintisiete #3
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CAPÍTULO Veintisiete #3

Nos mantenemos lejos de la costa, aunque si nos acercásemos, nos sería mucho más fácil avanzar.

No queremos que nos vean los soldados dymerios apostados en los muchos faros de ébano que se alzan de entre las arenas negras en el borde del desierto.

Cada vez que pasamos cerca de su línea de visión, hago todo lo que puedo para envolvernos en niebla y bruma, tomando prestada la fuerza de Soren para alterar la densidad del aire.

Es más difícil de lo que yo había pensado en un primer momento.

El esfuerzo me provoca un gran dolor en la sien que amenaza con dejarme inconsciente.

No podré soportarlo mucho más, ni siquiera con el apoyo de su considerable fuerza por el vínculo.

—No puedo decir que me guste navegar por un banco de niebla —me dice Deke, con el pelo canoso ondeando al viento—. Pero estoy seguro de que tenemos más posibilidades de sobrevivir así que enzarzándonos en una batalla naval sin cañones a bordo.

Me río para disimular la ansiedad. Vaughn tenía razón: deberíamos haber traído uno o dos cañones, y al diablo la velocidad.

Cuanto más nos acercamos a Islafierro, más peligroso se vuelve el mar.

Ahora, las aletas que asoman junto a nuestras proas no son las dorsales curvas de delfines amistosos, sino las mortales aletas triangulares de tiburones de dientes afilados.

El gozo que sentí en las amplias extensiones del Océano Infinito disminuye hasta desaparecer por completo.

Todos estamos tensos. Ya no nos reímos mientras miramos al frente en busca de alguna señal de los bancos de arena arrastrados hasta allí por las eternas tormentas de arena del Desierto de la Vaina.

Son casi imposibles de ver, sobre todo de noche.

Tenemos que extremar las precauciones, pues no podemos permitirnos encallar.

Así pues, nuestra velocidad se reduce irritantemente.

—¿Cuánto crees que queda? —le pregunto a Deke al alba del cuarto día.

Mis ojos miran hacia el oeste, donde Dymeria se curva sobre sí misma como una herradura deforme.

Islafierro descansa en algún punto en el centro de esa curva, pero aún no la distingo en medio de las aguas sombrías.

Aquí el mar está tan oscuro que es casi negro.

Lo único que rompe la superficie es la ocasional espuma de alguna ola.

—Deberíamos llegar al ocaso, a tiempo para la marea nocturna. —Los ojos cansados de Deke se entrecierran al contemplar el horizonte—. Eso suponiendo que no nos topemos con…

Las palabras aún no han acabado de salir de su boca cuando sufrimos una sacudida.

El estruendo llega desde las profundidades de Dymeria.

En un primer momento no comprendo qué está pasando.

Entonces veo que las lejanas dunas se derrumban sobre sí mismas como una pila de azúcar demasiado elevada.

Auténticas montañas de arena se estremecen violentamente cuando la tierra bajo ellas tiembla con asombrosa fuerza.

Caen de inmediato al mar, una avalancha que provoca una ola tan grande que se me encoge el corazón en el pecho.

Mis latidos se detienen del todo al ver que la ola se alza cada vez más y más.

Un tsunami.

—¡Por todos los infiernos! —oigo que grita Jac desde la parte frontal de cubierta, donde Mabon y él están entrenando—. ¡AGARRAOS!

Recorro la nave con la mirada, contando a todos los presentes.

Allí está Penn, que acaba de salir a la carrera de los camarotes de la tripulación y que se coloca la bandolera sin dejar de correr.

Allí, junto a la barandilla de estribor, Cadogan corre hacia Melité.

Ahí, en los flechastes, Chari y Xio se deslizan a toda prisa hacia cubierta.

¿Dónde está Farley?

—¡Joder! —Su juramento se oye desde lejos—. ¡Me cago en mi puta vida!

Por los cielos. Está en el nido de cuervos. Justo tenía que estar ahí arriba.

—¡Farley! —grito—. ¡Baja de ahí!

Pero no queda tiempo. El muro de agua se abalanza sobre nosotros con una velocidad incalculable, rugiendo como una bestia salvaje. No hay manera de detenerlo, aunque siento que la magia de Soren se alza para intentar frenarlo desde la otra nave.

Es demasiado fuerte y está demasiado cerca.

Incluso para él.

Mis ojos lo buscan al tiempo que extiendo mi magia hacia él. Voy a ofrecerle toda la fuerza que tengo, voy a…

La ola nos golpea. Se estrella de lado contra ambos barcos, como si fueran juguetes infantiles en una bañera, uno tras otro.

Nuestras velas se hunden en el agua. El mundo entero se gira.

Yo pierdo pie y caigo por la cubierta hacia la oscuridad antes de tener tiempo de respirar siquiera.

El impacto me desorienta y el frío me entumece la mente.

Mi cuerpo gira fuera de control, incapaz de resistir al iracundo océano que nos zarandea a voluntad.

Me obligo a abrir los ojos e ignoro el picor de la sal. Miro en derredor, intentando recomponerme, descifrar hacia dónde nadar, por dónde se va hacia arriba.

Dioses, ¿dónde está la superficie?

Mis pulmones chillan. Las velas sumergidas flotan fantasmales y negras en la penumbra.

Maromas y aparejos intentan atraparme. Yo pataleo ciegamente y rezo para que mi cabeza emerja por la superficie salitrosa del agua.

Para cuando salgo a la tenue luz del día, estoy mareada por la falta de aire.

Doy profundas bocanadas de aire y recorro la superficie espumosa del agua con ojos frené­ticos.

—¡Rhya! —ruge Penn, lejos de mi vista—. Rhya, ¿dónde estás?

—¡Aquí! —Se me quiebra la voz al chillar—. ¡Estoy aquí!

La cabeza calva de Mabon aparece en la superficie no lejos de mí. Cerca de popa, donde la pala del timón se mueve inútil, veo a Cadogan y Melité, que intentan mantenerse a flote. Chari y Xio están con ellos.

No veo a Deke por ninguna parte.

—¡Mabon! —chillo—. ¿Dónde está Deke?

—Aquí. —Se oye el gruñido de respuesta del timonel—. Justo detrás de ti.

—Yo también estoy aquí, no hace falta que te preocupes por mí —se queja Jac a mi izquierda, agarrado a un barril flotante. Parece más enfadado que un gato mojado; su melena castaña oscura está enredada—. ¿Alguien ha visto a Farley?

—Estaba en el nido de cuervos. —Sin dejar de nadar para mantener la cabeza por encima de la superficie, mi mirada recorre la longitud del palo mayor, que se hunde en las aguas oscuras—. Dioses, ¿y si se ha quedado enredado en las jarcias? ¿Y si…?

—Por los cielos, mujer —resuella una voz familiar—. No te pongas histérica.

Jamás me había sentido tan agradecida por oír el tono irritante del pelirrojo. Me giro y lo veo nadando hacia mí desde detrás de varias cajas flotantes de madera que han caído de cubierta. Tiene los rizos de cobre pegados a la frente, pero parece ileso.

—¡Farley! Gracias a los dioses.

—Gracias a mis rápidos reflejos, más bien. —Resopla—. De no haber saltado en el momento justo, me habría visto arrastrado al fondo.

Todos intercambiamos miradas de alivio. El bergantín ha caído, pero todos seguimos con vida. Al menos los de este barco.

Los pensamientos de Mabon reflejan los míos:

—Me pregunto cómo les habrá ido a los otros.

El barco volcado bloquea la mayor parte de nuestra vista. Jac se aúpa sobre el barril en un intento de ver mejor.

—Con estas condenadas olas no se ve nada.

—Hay otro asunto más importante —dice Farley, que agarra una manzana que pasa flotando y se la mete en la camisa—: ¿cómo demonios enderezamos el barco?

—Se enderezará solo si le das un momento —dice Deke—. La quilla es lo bastante pesada como para enderezarlo… casi del todo. Si los compartimentos estancos no han cedido…

Mientras Deke habla, el navío volcado ya empieza a ascender a la superficie, luchando contra el peso de las velas empapadas de agua con un grave estremecimiento. Temo que los mástiles vayan a romperse en dos.

Porque entonces estamos perdidos.

—Mabon —murmuro—, si me desmayo, no permitas que me hunda.

—¿Qué? —pregunta con voz impregnada de alarma—. Rhya, ¿qué estás haciendo?

Ignoro su preocupación y envío varios gruesos zarcillos de aire que se enredan en las botavaras y por las jarcias. Luego, con un portentoso latido de magia, alzo los mástiles al aire. El agua es insondablemente pesada. Casi inmovible.

«Las aguas tranquilas no cambian con facilidad», me dijo Soren en cierta ocasión.

Cuánta razón tenía. El esfuerzo que necesito para alzarlas un palmo tras otro me provoca un mareo y me deja aún más sin aliento que antes. Aun así, mientras contemplo cómo va saliendo centímetro a centímetro el mástil del agua, no puedo reprimir una sonrisa en la cara.

Está funcionando.

Una vez que ha empezado el movimiento, la nave hace el resto: vuelve a enderezarse como un corcho sumergido en un barril. El agua chorrea de las velas empapadas y cae sobre cubierta en un atronador diluvio. Brota por las regalas, se derrama por la barandilla y vuelve al océano al que pertenece.

Chari y Xio, que se agarraron a las jarcias con muy buen tino antes de que el barco se enderezase del todo, nos hacen gestos desde arriba, desde la barandilla.

Jac les responde con un ademán grosero.

—¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí hacer lo mismo?

—Porque eres un zoquete —murmura Mabon.

Farley se ríe.

—Bien hecho, Rhya —dice Penn, manteniéndose a flote a mi lado. No lo he visto acercarse, de tan concentrada como estaba—. Has dominado del todo tus vientos.

Parpadeo al oír el filo escarpado de su voz.

—¿Dominado? La verdad es que no. Sigue siendo…; sigo… intentándolo.

—Él te ha ayudado. Soren te ha… —Su mandíbula se tensa brevemente, como si le costase sacar las palabras—. Te ha ayudado. Sus métodos han funcionado. Esta vez… han funcionado de verdad.