CAPÍTULO Veintisiete #2
Me da vueltas la cabeza solo de pensarlo. Cien años más así. De algún modo, la idea de una vida inmortal no me parece ahora tan aberrante como en su día.
«Hubo un tiempo en que tú decías no tener el menor interés en la inmortalidad ni en tu papel como Vestigio, ¿sabes?», le digo. «Si mal no recuerdo, afirmaste que la profecía era probablemente un relato que se había inventado una sibila senil que pasaba demasiado tiempo en los baños de opio.»
«Lo dije y lo mantengo, sobre todo después de conocer a la sibila.»
«¿Qué quieres decir con que la conociste?»
«Pues justo eso, que la conocí.»
Parpadeo.
«¿Conociste a la sibila que hizo la profecía?»
«Pues sí.»
«Pero ¿cómo es posible?», pregunto, aturdida. «¿Y… cómo la conociste?»
«Qué decirte. Tenía quince años y mucha curiosidad.
Quería saber la verdad sobre el designio que iba a regir mi vida.
Así que la localicé en un templo descascarillado cerca del mar Septentrional y le exigí que me explicara aquella predicción tan inconveniente que había hecho poco después de la Purga. »
«¿Y?»
«¿Y qué?»
Dioses, qué difícil podía llegar a ser.
«¿Qué te dijo, Soren?»
«Nada que tuviese mucho sentido», dice, esquivo. «Aunque puede que mi recuerdo esté un poco nublado. ¿Has intentado centrar la cabeza en unos baños de opio?»
«Lo cierto es que no.»
«No es fácil, alondrita. No es fácil en absoluto.
» El humor se adueña de su voz. «Aunque quizá no sea del todo malo que no me acuerde con total claridad.
Aquella vidente parecía más vieja que el mismísimo tiempo, con tantas arrugas como años…
y tendencia a deambular desnuda cada vez que le daba la gana.
» Hace una pausa. «Y le daba la gana en todo momento, la verdad. »
Suelto una risa.
«Habla en serio, haz el favor.»
«Cómo me gustaría estar bromeando.» Suelta un suspiro mental.
«Cuando la abordé, estaba muy confusa. Hablaba con acertijos, no daba respuestas claras.
En su día, sin embargo, debía de haber estado bastante cuerda.
Pasó cientos de años trabajando para el emperador.
Aconsejó a Belenus sobre todo tipo de temas antes de su muerte. »
«Y sin embargo, no vio venir la Purga ni pudo advertirle», digo en tono irónico. «Cualquiera se fía de semejante sibila.»
«Justo lo que pensé yo.»
«¿Te dijo algo más? ¿Te dio alguna clave sobre cómo podemos restaurar el equilibrio si nos reunimos los cuatro Vestigios?»
Hay una larga pausa.
«Nada que comprendiese en el momento.»
«¿Y ahora?»
«Ahora han pasado ciento ochenta y cinco años, Rhya. Hace mucho que murió, y con ella, todos sus vaticinios. Aunque el recuerdo de ese cuerpo marchito no abandonará jamás mi mente…»
No hago caso de sus intentos de distraerme.
«Soren.»
Él suspira.
«¿Sí?»
«Si te estás callando algo…»
«Está bien. Admito que quizá me equivoqué con lo de la profecía», me interrumpe. «Pero hablar con una dispersa y errática adivina no fue lo que me hizo cambiar de opinión sobre nuestro destino convergente.»
Yo enarco las cejas.
«Ah, ¿no? ¿Y entonces qué fue?»
Él guarda silencio, vacilante.
«Cuando nos conocimos, te conformabas con ver el mundo arder desde lejos», insisto yo, implacable. «¿Qué es lo que ha cambiado?»
«Diez minutos hablando contigo.»
Inspiro entre dientes.
«¿Conmigo?»
«Contigo», dice en tono quedo.
Por los cielos.
Durante unos instantes, seguimos canalizando la magia sin decir nada más. Me centro en el viento que fluye de mi interior, una firme corriente que hincha las velas embadurnadas en carbón en las jarcias, tanto en nuestro barco como en el otro.
Un repentino latido de magia llega hasta mí por el vínculo y me pilla desprevenida.
Este no va dirigido a las olas que restallan contra el casco ni a las profundas corrientes que nos impulsan.
Este es exclusivamente para mí. Viene por el vínculo y rodea mi alma.
Es el equivalente mágico a un cálido abrazo.
Se me escapa un suspiro entre los labios.
«Soren…»
«He despreciado mi destino durante mucho tiempo.
Veía esta existencia sin fin como una maldición», me dice con una voz desprovista de toda autocompasión.
Se limita a contarme un hecho. «Tras estas pocas semanas estoy empezando a verlo todo de otro modo.
Por fin empiezo a ver con buenos ojos una vida eterna…
, porque ya no me imagino pasándola solo. »
Me retumba el corazón, y mis rodillas amenazan con ceder. Me agarro a la barandilla para mantenerme erguida e intento disimular mi ridícula reacción con un comentario ligero.
«¿Así que Vaughn ha decidido mudarse permanentemente a Hylios?»
«Rhya.»
«¿Sí?»
Soren espera. Y espera. Y espera, hasta que no me queda más alternativa que darle una respuesta seria. Niego con la cabeza en la oscuridad y le doy lo único que puedo darle: la verdad.
«Hablas de eternidad. Pero la eternidad es mucho tiempo.»
Él guarda silencio largo rato, procesando esto último. Me temo que corte la conexión sin decir nada más. Pero, al cabo, responde. Su voz interior suena grave, cargada de intención:
«No hay cantidad de tiempo contigo que vaya a ser suficiente.»
No puedo reunir palabras que equivalgan a lo que me acaba de decir. En cambio, lo que hago es enviar un latido de magia por el vínculo hacia él…, una afirmación muda que, espero, sea igual que la que él me ha enviado.
Un momento después, Soren se echa a reír. Yo envío un zarcillo de aire que le revuelve el pelo. Entre las olas oscuras oigo su gozo, que reverbera hasta mí bajo el cielo ribeteado de verde.
En nuestro tercer día en el mar, la línea de costa que recorre el horizonte a estribor pasa de las densas arboledas de Boscoriente a una espectral extensión de picos y mesetas que se alzan al cielo como dedos dislocados.
«Los Confines», me dice Soren cuando le pregunto. «¿Ves esa franja oscura más al sur? Eso que parece estar siempre cubierto por las nubes. Son las Estepas Sombrías. El terreno por ahí es impracticable. Las tormentas de limo no cesan jamás y las corrientes entre los farallones son frenéticas.»
Al acercarnos, el aire se vuelve más denso y los cielos en las alturas se oscurecen con la promesa de inclemencias climáticas. Lanzo miradas nerviosas al cielo mientras cruzamos las aguas picadas y azules.
Si se desata una tormenta ahí fuera…
Al sentir mi tensión, Soren se esfuerza por distraerme. Va señalando puntos de referencia en el continente al pasar. Sus palabras son una corriente de consuelo en mi cabeza que expulsa mis pensamientos ansiosos.
«Esas altas dunas de ahí, a estribor, son las Islas Cambiantes. Así las llaman. Enormes bancos de arena desértica que cambian constantemente.»
«¿Has estado allí?»
«Fui una vez, y ya no voy más. Las tribus nómadas que viven allí no ven con buenos ojos a los extranjeros.» Suelta una risa. «Supongo que tiene sentido. Si vives en un territorio que se mueve de la noche a la mañana, has de defender con fiereza todo lo que creas que es tuyo.»
«¿Pero ahí vive gente?» Parpadeo al mirar las neblinosas dunas de las islas. Algunas son tan altas como los muros de Hylios. Me maravilla pensar siquiera en una existencia tan transitoria. «Parece una locura vivir así, tener que recoger el campamento de un momento a otro.»
«La vida nómada es preferible a la del resto de las Tierras Meridionales, diría yo. Pregúntales a quienes viven en las Llanuras de Hollín de Nythia o en las Planicies Aullantes de Vatanza.»
Pienso en Vatanza, ese vasto reino de arenas abrasadoras en el punto más meridional de Anwyvn. En su día fue una densa jungla ahíta de vida. La tierra más fértil del reino…
Hasta la Purga.
«¿No se rumorea que en Vatanza se encuentra la Corte de la Tierra?», pregunto. «O lo que queda de ella.»
«Sí. He buscado las ruinas en numerosas ocasiones, sin mucho éxito.
Incluso antes de que los mortales la saqueasen, la Casa de Amaethon era supuestamente difícil de encontrar.
Era el bastión más aislado de los cuatro, el menos accesible, encajado en el corazón del bosque más antiguo de Anwyvn.
Los pocos tomos que he encontrado al respecto describen una enorme red de casas de árbol construidas sobre plataformas en las alturas y conectadas con puentes de cuerdas y escaleras de mano. »
«Suena encantador.»
«Estoy convencido de que lo era. Y también estoy convencido de que creían estar a salvo en su jungla salvaje, que los había protegido durante milenios.
Sin embargo, las hachas de los mortales hicieron un trabajo asombrosamente rápido a la hora de arrasar con sus arboledas sagradas.
Las catapultas propagaron el fuego mucho más rápido de lo que ellos podían apagarlo.
» Un grave desagrado vibra por el vínculo.
«Después de que mataran a todos los fae que pudieron encontrar, los ejércitos invasores cortaron de raíz hasta el último árbol de la jungla y echaron sal en la tierra para evitar que nada volviese a crecer de nuevo.
Ahora no es más que un trozo de tierra quemada, estéril y yerma. »
No puedo ni imaginar la cantidad de odio que hace falta para justificar un acto así.
«Querían erradicarnos por completo. No dejar ni huella de nosotros.»
«Hay quien aún lo desea», me advierte. «Esta guerra en ciernes acabará por estallar. Y será pronto. ¿No lo sientes?»
Sí que lo siento, sí. Se palpa en el aire mientras nuestras proas cortan el mar cada vez más caótico que se revuelve en la costa septentrional de Dymeria.
Se ve en las nubes oscuras que bloquean el sol en el cielo y en las que restallan rayos lejanos.
Por una vez, este tiempo horrible no es culpa mía.