CAPÍTULO Veintisiete
– ¿ A qué esperas? —me dice Vaughn con un ladrido—. El sol ya está saliendo. Mueve elculo y sube a bordo o te subo yo de un empujón.
No dudo de que sea capaz. Y aun así, mis pies siguen clavados en el muelle.
Mis ojos oscilan entre los dos barcos de velas negras.
Los primeros rayos del alba bañan el puerto con pálidos tonos rosados.
El resto de nuestro grupo ya se ha dividido en dos: Soren, Alaric, Vaughn, Yara, Harpina y Bretiax van en un barco; Penn, Jac, Mabon, Cadogan, Farley y Melité, en el otro.
Yo soy la única que vacila, no muy segura de en cuál subirme.
—Rhya —dice Penn, contemplándome desde el lugar donde se ha detenido, en mitad de la plancha—, ven.
Doy un paso y me detengo. Mi mirada se desplaza al otro navío, en cuya barandilla se encuentra Soren, con los brazos cruzados y toda su atención puesta en mí. No dice nada…, o no con la boca, en todo caso.
Sus ojos son elocuentes.
Al otro lado del puerto, la puerta del mar se abre poco a poco. Cada giro de la rueda hidráulica no hace sino aumentar la indecisión que tengo dentro. Pero, de repente, Jac aparece a mi lado y me echa el brazo ileso por encima del hombro para darme un apretón de ánimo.
—No me digas que te da miedo embarcarte en una aventura marina, Fiera. Seguro que pronto te acostumbrarás al vaivén del barco.
—No, no me da miedo. Es que no estaba segura de si debería ir en el otro…
—Sandeces. Esos ya llevan al grandullón —prosigue él en tono jovial. No parece tener peor aspecto aunque lleve el cabestrillo que le inmoviliza el brazo al pecho—. No se pueden permitir más peso extra.
—¡Te he oído! —brama Vaughn.
Jac se ríe entre dientes y me lleva hasta la plancha, directa hacia Penn. Y mi momento de incertidumbre se pierde.
Es un viaje extraño. Navegamos hacia el sur; un par de esbeltos veleros bergantines en buen estado con dobles mástiles enjarciados y sencillos camarotes bajo cubierta.
Las velas tienen un diseño inusual, teñidas de negro para fundirse con la oscuridad de los cielos nocturnos.
Llevan cosidos glifos pensados para reflejar la luz del mediodía durante las horas diurnas.
Son perfectas para una misión basada en el sigilo.
Normalmente, en barcos de este tamaño iría una tripulación al completo.
Sin embargo, no necesitamos cuerpos de más en las bodegas ni tampoco otras vidas que poner en riesgo.
Hemos reducido la tripulación al mínimo, con solo dos marineros extra para ayudar a subir las drizas y navegar por las noches.
Nuestro capitán, para mi gozo, no es otro que Deke.
Lleva el timón de la cubierta superior en popa con aire experto y avezado, lo cual me resulta infinitamente tranquilizador.
Rodeamos la península de Puntadaga y empezamos a avanzar hacia Dymeria.
El resto de nosotros recibe un curso acelerado en los pormenores del viaje náutico.
Nos turnamos para hacer de todo, desde preparar las escasas comidas en la cocina a desplegar pesados lienzos de las botavaras, pasando por aligerar los flechastes o fregar la cubierta impregnada de sal.
Aprovechamos para dormir cuando podemos, en hamacas o estrechos catres.
El rumor incesante de las olas contra el casco de madera nos sume en sueños intranquilos.
Por la noche, nos vamos turnando frente al astrolabio y usamos las estrellas como guía.
Durante el día utilizamos el catalejo para escrutar el horizonte en busca de algo destacable, ya sean naves enemigas de las humeantes Tierras Centrales o los monstruos marinos que, supuestamente, habitan en estas aguas.
Aún no he visto prueba alguna de su existencia, a pesar de las advertencias de Deke. Sin embargo, sí que veo muchos delfines que saltan frente a nuestra proa con alegre deleite, rompiendo las olas incansablemente con sus hocicos de botella.
Me sorprende lo rápido que me acostumbro a la vida en el mar.
Aunque nuestra misión ha nacido de la más aciaga necesidad, la travesía en sí desencadena en mi interior un gozo que ninguna inquietud puede borrar.
Paso buena parte de mi tiempo en medio de la cubierta frontal, disfrutando de la sensación del viento en el pelo y la sal en la piel, pensando en mis alocados días de juventud en las costas blancas de Guardamar, cuando la vida era mucho más sencilla.
A veces me acompañan Jac, Farley o Mabon, pero lo más normal es que estén ocupados con alguna tarea, en el nido de cuervos, echándose unas manos de gañifa o entrenando en el alcázar de popa.
En cuanto a Cadogan, creo que sus ojos no se han apartado de Melité ni un solo momento desde que embarcamos.
La sigue como un patito a su madre, y su clara adoración le granjea bastantes comentarios cargantes por parte de los demás hombres.
La sirena parece encontrar la situación divertida a medias, pero sobre todo se muestra indiferente.
Se pasa la mayor parte del tiempo sola y no alza un solo dedo para ayudar, ya sea a la hora de plegar las velas o de recoger las cuerdas.
Por mí, bien. No tengo el menor interés en hacerme amiga de Melité.
Para ser sincera, la evito siempre que puedo.
Hay algo en ella que me pone de los nervios.
Aun así, ni siquiera sus ojos totalmente negros y su actitud reservada consiguen mermar mi buen humor.
En el mar me siento casi tan eufórica como cuando sobrevolé los cielos del Valle a toda velocidad a lomos de Zephyr.
Navegar no nos sienta igual de bien a todos.
El pobre Pendefyre no tiene la menor afinidad con el mar.
Jamás ha estado tan fuera de su elemento, pues el mar es la antítesis de todo lo que es él, un ataque directo a la magia que llamea en sus venas.
Estar rodeado de agua por todas partes debe de resultarle tan incómodo como a mí verme sepultada en las profundidades de la tierra.
En las pocas ocasiones en las que asoma de su camarote, tiene la tez más bien verdosa, las piernas temblorosas y un humor de perros. Todo el mundo en la nave prefiere evitarlo cada vez que sale a tomar aire fresco o bien intenta comer.
Cómo me gustaría poder hacer algo para aliviarle la travesía, pero mi presencia solo parece ensombrecer su humor, que empeora todavía más cuando me ve canalizar mi magia con el Vestigio del Agua en la distancia.
Pues, aunque Soren y yo estamos en navíos diferentes y nos separa toda una franja de océano, pasamos varias horas al día en nuestras respectivas proas, uniendo nuestros poderes en un esfuerzo de concederles a las naves una velocidad antinatural.
La magia de Soren mueve las corrientes bajo el mar para impulsarnos ferozmente por las olas, mientras que la mía insufla en nuestras velas un viento que nunca mengua y que nos arrastra con tanta celeridad que hasta Deke se queda pasmado.
La conexión entre Soren y yo nunca ha sido tan visible como ahora, nunca ha estado tan expuesta ante todos.
Se suceden los comentarios, se cruzan miradas.
Nuestros dos marineros de cubierta, Chari y Xio, me evitan a toda costa, murmurando en voz baja supersticiones sobre poner a prueba los límites de la naturaleza.
Yo no les hago caso.
Bastante más me cuesta ignorar el peso de la mirada de Pendefyre en mi espalda. En esos ojos hay una muda acusación, unos celos hirvientes que, si se lo permito, podrían romper mi concentración de la tarea en curso. Por suerte, la presencia de Soren en mi cabeza me ayuda a continuar.
«Siempre firme, alondrita. Mantén una corriente constante. Si la incrementas demasiado, rasgarás nuestras velas y nos quedaremos varados.»
De haberme encontrado sola, habría flaqueado tras pocos instantes. Pero sus reservas son mucho más profundas que las mías, que tardan apenas unas horas en agotarse. Es entonces cuando me dice que me detenga antes de quedar exhausta.
«Necesitas guardar fuerzas para Islafierro. Descansa, Rhya. Como mínimo, unas cuantas horas.»
Pero yo no quiero descansar. Me emocionan los avances que estamos haciendo.
Al combinar nuestros poderes, hemos conseguido reducir una semana de viaje a apenas cuatro días.
Cada vez que la nave vuelve a su velocidad normal, sin magia que la impulse, me golpea una oleada de decepción.
El rumbo a barlovento que llevamos se me antoja insoportablemente lento.
Y, sobre todo, echo de menos la presencia de Soren en la cabeza cuando estoy tendida en mi catre, contemplando el techo de madera del camarote, o bien sentada en las cocinas comiendo tortas insípidas en un taburete bajo.
Hace no mucho me irritaba la idea de tener a nadie dentro de la cabeza. Pero ahora, con él…
Cuando canalizamos la magia en la distancia, estamos en sincronía total. En perfecta armonía. A veces guardamos silencio, centrados únicamente en nuestra tarea, pero a menudo conversamos a través del vínculo mental para hacernos compañía durante esas largas horas.
«El mar te sienta bien», me dice en mitad de la segunda noche, con una sonrisa en la voz.
«¿Te sorprende?»
«La verdad es que no.» Hace una pausa. «A mí no, pero no puedo hablar por otros.»
No se le han escapado los fruncimientos de ceño de Pendefyre cada vez que nos ve canalizar la magia. Pero no quiero hablar de Penn. Mis pensamientos acerca de los dos se me antojan como recorrer una cuerda floja. Una cuerda de la que podría caer si doy un paso en falso.
Mis ojos recorren el cielo nocturno, en el que ondean franjas arremolinadas de luz verdosa y azul entre las estrellas.
«Qué bonito.»
«Ajá.»
«¿Cómo se llaman?»
«Son auroras. Luces del éter, donde la Diosa de los Cielos se cruza con el Dios de los Mares y los cielos se vuelven incandescentes…, o eso dicen las viejas historias.»
«¿Hablamos de historias tan viejas como tú?», lo chincho.
«Tú espérate a haber cumplido tu primer siglo. Ya me encargaré yo de hacer bromitas a tu costa entonces.»