CAPÍTULO Veintiséis #4
Estoy tumbada en la cama, vestida con mi ajustada armadura de cuero gris. Las botas puestas, las dagas envainadas, el látigo enrollado. Junto a la puerta descansa mi pequeña mochila, lista. Tengo la vista clavada en el techo abovedado y me dedico a contar el tiempo que falta hasta que zarpemos.
Tres horas hasta el alba.
Dos horas.
Una.
Me bajo de la cama. No puedo seguir inmóvil un segundo más. Antes de tomar una decisión consciente, cruzo la cámara, agarro la mochila del suelo y salgo al pasillo. Mis ojos no se apartan del umbral cristalino al final del corredor. Hacia allí me dirijo.
Expando mi consciencia y busco a Soren mediante nuestro vínculo, intentando discernir si está al otro lado de la gruesa barricada que es la puerta. Si lo está, no lo percibo. Ni aquí ni en ninguna parte.
Me está bloqueando.
Esa certeza me provoca una oleada de inquietud.
Alzo las manos y apoyo las palmas sobre la puerta protegida, de la que mana una fuerte señal mágica que pertenece a Soren y a nadie más.
Solo él puede accionar la cerradura. Y sin embargo, mis palmas descansan contra la suave superficie blanca y, de pronto, los glifos tallados en el pomo empiezan a brillar, latiendo, reaccionando a mi presencia.
Ni siquiera pienso en lo que estoy a punto de hacer ni en las consecuencias. Envío una descarga de magia directa a la puerta.
Y, al instante, esta se abre ante mi contacto.
Qué extraño.
La abro aún más. La vacilación ralentiza mis movimientos.
La cámara al otro lado de la puerta está sumida en sombras.
No hay una sola vela que la ilumine. Parece que no hay nadie dentro.
Debería dar media vuelta, no está bien husmear…
, sobre todo en un sitio donde me han dicho que no me asome. Pero ya estoy cruzando el umbral…
Los nervios me recorren la columna vertebral al entrar del todo.
La pesada puerta se cierra a mi espalda con un leve chasquido.
La habitación es de buen tamaño, el triple que la mía.
La cara norte tiene ventanas que presentan una vista clara del mar iluminado por la luna.
Los muebles son lujosos, desde los sillones orejeros frente a la enorme chimenea de piedra a mi derecha hasta la cama elegantemente tallada que ocupa buena parte del espacio a mi izquierda.
Parece lo bastante grande como para que quepa un titán.
En la esquina hay altas estanterías llenas de tomos y baratijas, recuerdos de los múltiples viajes de Soren, que rodean un escritorio atestado con varios tinteros y pulcras pilas de pergamino.
A diferencia del resto de la mansión, las paredes de esta estancia no están cubiertas de obras de arte.
Solo hay un único mural que ocupa toda la pared frente a la impresionante cama con dosel.
Me acerco para ver mejor qué representa un lienzo tan grande…
y de pronto se me encoge el estómago. Ahogo una exclamación.
Es la escena de una batalla. De una total aniquilación, de hecho.
En primer plano hay numerosos cadáveres esparcidos sobre una extensión de arena negra.
Son tanto fae como mortales entrelazados en un mosaico de horror.
También veo monstruos al acercarme más. Patas de arácnide desplomadas junto a pútridos cadáveres de cyntroedi.
Manos escarchadas de gigantes de hielo, laxas en la inmovilidad de la muerte, aún estiradas hacia cuerpos igualmente enormes de titanes derrotados.
Alzo la vista hacia el centro del mural.
Sobre la matanza hay una única figura que ocupa el cielo tempestuoso.
Parece una diosa cubierta con una armadura dorada.
En un primer momento me parece que es Arianrhod, pero tiene el pelo demasiado claro.
No es rubio color miel, sino del mismo tono platino pálido que fluye en mi propia cabeza.
La sangre se derrama en riachuelos de sus ojos tormentosos, que me resultan demasiado familiares. Y ese rostro…
Es el mío.
Lo que me contempla desde el mural es mi propio rostro. Imposible e incomprensiblemente, me encuentro mirando un retrato de mí misma. Y, a juzgar por el holocausto pintado a mis pies…
No soy ninguna salvadora.
No, soy la propia fuente de esta condenación.
En el cuadro, estoy volando sobre el horripilante campo de batalla, con los brazos extendidos a cada lado, controlando seis enormes tornados en la lejanía que trazan sendas estelas de destrucción al fondo del lienzo, tan negros como las arenas del desierto, las cuales se ven absorbidas en embudo hacia los cielos, formando tremendas nubes.
Cuanto más contemplo el mural, más fuerte me late el corazón.
No soy yo, razono. Yo jamás he controlado tornados. No tengo ninguna armadura bañada en oro. Jamás he participado en una batalla tan grande. Ni siquiera he contemplado algo parecido…
Es otra persona.
Tiene que ser otra persona.
—Así que la alondrita ha encontrado el modo de entrar en mi jaula.
Casi me salgo del pellejo de un respingo al oír la voz de Soren.
Con el corazón en la garganta, me giro en redondo y lo veo prender una cerilla.
La llama tiembla en la oscuridad. Soren enciende un candelabro sobre la mesa del extremo opuesto de la estancia.
Se ilumina el rincón donde está sentado en uno de los sillones orejeros.
—¡Por los cielos! ¿Cuánto llevas ahí sentado?
—Desde antes de que te colaras aquí dentro.
Suelto todo el aire de los pulmones, aturrullada.
—¡Deberías haberme dicho que estabas aquí!
—Discúlpame, pensaba que era libre de hacer lo que me diera la gana en mis propios aposentos. —Una nota de ironía mancha su voz—. Intentaré que estés más cómoda la próxima vez que vengas a husmear en sitios donde te he pedido que no te asomes.
Tiene toda la razón. Me trago mi propia vergüenza.
—Lo siento. Sé que me dijiste que este era el único lugar donde no podía entrar, pero…
—Rhya. Relájate. Es broma.
Se acerca despacio a mí. Está listo para partir; viste pantalones color obsidiana y camisa a juego, con botones de piedra tallada del mismo color.
Lleva una hermosa espada de empuñadura de plata a la espalda.
Es la primera vez que lo veo llevar algún tipo de arma; normalmente recurre solo a su poder.
Sin embargo, puede que en esta misión eso no sea una opción.
La idea me encoge el estómago de pura ansiedad.
Sus pasos no emiten ningún sonido. Su voz, apenas:
—¿Qué haces aquí?
—Pues… —Niego con la cabeza para despejármela—. No podía dormir. Pensaba que quizá tú tampoco.
Se detiene a un palmo de distancia. Sus ojos oscilan entre el mural y yo misma. Una arruga aparece entre los tajos oscuros que son sus cejas.
—Eso de ahí es el motivo por el que no quería que entrases en mi cámara.
—¿El mural? —Él asiente, con la mandíbula tensa—. ¿Por qué? —Me late el corazón demasiado rápido, tanto por lo que he visto en el cuadro como por su repentina proximidad—. ¿Por qué no querías que lo viera?
—Porque sabía que te iba a poner nerviosa.
—Pero… es que no lo entiendo.
—¿No?
Inspiro rápidamente entre dientes.
—No soy yo. No es posible. —Él se me queda mirando sin decir nada—. Soren…
Me interrumpe:
—¿Qué es lo que has venido a hacer de verdad? No has entrado para hablar de arte conmigo ni para ver si estaba descansando.
Retrocedo de pronto, sobresaltada ante el repentino cambio de tema.
—Es… es que…
—Rhya. —Sus ojos recorren mis facciones—. No hay nada que no puedas decirme, ¿no lo entiendes a estas alturas?
Se me encoge el corazón. Sí que lo sé. Creo que sí. Y aun así, no puedo obligarme a pronunciar las palabras.
—¿Qué está sucediendo dentro de esa hermosa cabeza tuya? —murmura, inclinándose levemente hacia mí.
Se me escapa todo el aire de los pulmones. Su mente roza la mía, me solicita que nos conectemos mentalmente, pero no derriba mis barricadas sin permiso.
—No te sentía por el vínculo. En absoluto —admito a toda prisa—.
Y me he preocupado, ¿vale? Hace un rato estabas muy enfadado cuando te enteraste de lo de Arwen…
y me pregunté si… —Me tiembla la voz, necesito esforzarme para calmarla—.
Como no estabas presente cuando sucedió, me preocupaba que…
quizá… me echases la culpa a mí de lo ocurrido.
Él se queda inmóvil.
—¿A ti? —Asiento levemente—. ¿Por qué demonios iba a culparte a ti?
—Su confusión se mezcla con rabia. Le va la mente amil por hora, está recomponiendo las piezas del puzle antes de que yo tenga siquiera la posibilidad de responder—.
Ah. Porque él sí te ha echado la culpa de lo de Festaflama.
—Suelta un resoplido duro—. Te ha cargado con toda la culpa porque le da demasiada vergüenza soportar la suya propia.
Me encojo visiblemente, por más que intente disimularlo.
Qué poco le cuesta ver mis pensamientos.
Qué poco le cuesta leer entre líneas de todo lo que no digo, ver el daño que he interiorizado antes de que yo misma pueda reconocerlo.
Sus grandes manos me acunan la cara. Me alza la barbilla para que pueda mirarlo directamente a los ojos.
Son muy azules, incluso en la oscuridad.
—Yo no te culpo, Rhya. Y aunque hay una larga lista de cosas que lamento de esta noche…, lo que ha pasado contigo no está incluido en ella. Ni lo estará mientras viva.
Me pican los ojos. El peso de esas palabras me tambalea.
Su frente desciende para apoyarse en la mía. Creo que va a besarme, pero no lo hace. Nos quedamos así durante largos instantes, sencillamente compartiendo la respiración, hasta que al cabo vuelve a hablar:
—Efnysien envió a sus secuaces a atacar lo que sabe que más me importa: el mercado flotante, que es el corazón de mi ciudad; los duendaeri, que son la viva encarnación de nuestra magia más antigua; y a mi hermana, mi pariente más cercana, a quien siempre ha ansiado para sí.
—Sus dedos se doblan sobre mi rostro y luego se me introducen por el cabello en la sien—.
Estoy muy agradecido de que no sepa lo que siento por ti, porque si quisiese asestarme un golpe mortal…
, se te habría llevado a ti esta noche por el portal.
Sería a ti a quien habría apartado de mí.
—Soren…
Sus labios salvan la distancia que nos separa y roban con un beso mi exclamación sorprendida.
Me besa y me besa y me besa hasta que todo el aire abandona mis pulmones, hasta que pierdo la capacidad de seguir de pie y mis rodillas flaquean.
Me hundo en él como si del más cálido mar se tratase.
Soren me aprieta con fuerza contra sí, con las manos entre mis cabellos.
Su lengua se desliza por mis labios entreabiertos y roza la mía.
Mis brazos se entrelazan a su espalda. Me inclino sobre él y me pierdo en las sensaciones que restallan como olas contra mí.
El golpeteo de un puño contra la puerta nos separa.
—¡Soren! —Vaughn vuelve a golpear—. ¡Las naves están listas!
Mis ojos se cruzan con los de Soren en la oscuridad. Las franjas plateadas de sus iris brillan más que nunca. Tiene la voz impregnada de amargura:
—Es hora de irse.