El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintiséis #3
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CAPÍTULO Veintiséis #3

¿Cómo encontrar las palabras para despedirse de un amor tan grande que, sin él, la existencia parece carecer de propósito? ¿Cómo seguir adelante sabiendo que el resto de la vida no será sino la más pálida sombra de algo extraordinario?

No se sigue.

No se puede.

No tengo palabras sabias para ella, ningún consuelo que calme el dolor de semejante pérdida.

Solo puedo rodearla entre mis brazos mientras ella abraza a su vez a Umyr, dejar que sus lágrimas me empapen la piel hasta que por fin se acaben.

Cuando, al cabo, me mira con los ojos enrojecidos de desolación, sus palabras son un juramento:

—La vengaré —dice con un suspiro entrecortado y tembloroso—. Aunque tenga que dedicar hasta mi último aliento a ello, acabaré con quienes me la han arrebatado. Lo juro por los dioses.

Paseo la vista por la cocina de Soren. Juntos formamos un grupo bastante macabro.

La atmósfera es totalmente sombría. Hemos sufrido pérdidas inesperadas.

Varias caras destellan en mi mente: Thisobei, Umyr, Arwen.

Hay muchos heridos, no solo físicamente, sino también en el alma.

La montura alada de Thisobei sobrevuela en bucle los terrenos reales y suelta relinchos de pesar por la pérdida de su jinete, relinchos que atraviesan el cielo.

Atyr emite sonidos graves que reverberan también, un quejido implacable que nos provoca un escalofrío cada vez que resuena por las alturas.

Yo jamás había oído el llanto de dolor de un corcel duendaeri. Rezo para no tener que volver a oírlo.

—Zarparemos al alba —dice Soren en tono informativo—. Dos naves. Si una se ve interceptada, la otra tendrá que seguir avanzando sola.

—¿No se puede ir usando un portal? —pregunta Mabon en tono quedo—. ¿No sería más rápido?

—Lo sería si pudiéramos. No hay ningún portal en la isla. Tienen que haberla llevado a algún lugar de Dymeria primero, y desde allí a la prisión. No se puede acceder a Islafierro si no es por mar.

—Mi flota es la más rápida —propone Alaric, cuyos ojos parecen estar centrados solo a medias en la estancia que lo rodea—. Ordenaré que preparen nuestros dos mejores veleros bergantines. Descargaremos todo lo que sea posible para aligerarlos aún más.

Soren asiente.

—No necesitaremos cañones. Esta misión se basará en el sigilo y la velocidad.

—Yo quizá dejaría un cañón —murmura Vaughn, rascándose la barba cubierta de sangre seca—. Por si acaso.

Jac resopla.

—Será imposible echar ancla entre los bajíos que rodean la prisión —dice Soren—. Mirad aquí.

Todos nos inclinamos sobre un enorme mapa que acaba de desplegar en la mesa y que representa toda la costa oriental de Anwyvn, desde los acantilados brumosos de Prydain hasta la península protuberante de Puntadaga, pasando por la longitud escarpada de Boscoriente y, por fin, los mortales bancos de arena negra que rodean Dymeria.

Cerca de la costa sudeste de este reino oscuro hay una isla —apenas una mancha de tinta, que vean mis ojos— dibujada entre feroces trazos que indican un mar especialmente turbulento.

—Alguien tendrá que quedarse con los barcos mientras el equipo de rescate se acerca a tierra. Alaric, tú eres el marino más avezado de los presentes, quizá deberías…

—No. —El rubio niega con la cabeza con gesto firme—. Yo voy a tierra.

Soren no insiste.

—Está bien. Contaremos con apenas unos minutos para entrar, encontrar a Arwen y volver a salir. La prisión estará repleta de hombres de Efnysien, si es que no está él mismo. Y, conociendo a mi hermanastro como lo conozco, también habrá alguna que otra sorpresa impredecible.

No quiero saberlo, pero lo pregunto igualmente:

—¿Qué tipo de sorpresa?

—De joven, Efnysien tenía tendencia a gastar bromas pesadas y crueles.

Ese hábito se ha convertido en una propensión a montar trampas diseñadas para matar.

—Soren se pasa una mano por el cabello—.

Puertas y paredes falsas, hojas escondidas ideadas para cortar en dos a cualquier víctima desprevenida…

Se hace un silencio aciago.

—Bueno, ¿y nada más? —pregunta Jac con aire sarcástico.

—Sí que hay más, sí —dice Soren en tono muy muy serio—. No es casualidad que la llamen Islafierro. La tierra está impregnada de hierro, tanto que puede debilitar a cualquiera que tenga aunque sea una gota de sangre feérica en las venas.

La aprensión general se intensifica.

—Una perfecta prisión mágica —murmuro yo.

—Exactamente. —Soren aprieta los labios y frunce el ceño—. Una vez en la orilla, lo más seguro es que nuestros poderes no funcionen del todo. —Centra su atención brevemente en Penn—. Sobre todo los de aquellos que no nos encontramos en nuestro elemento si nos rodea el agua.

Los ojos de Penn llamean.

—Tú preocúpate de tus propias debilidades. Yo me encargaré de las mías.

Durante los siguientes instantes, todos estudiamos el mapa mientras Soren comenta los detalles del plan: cómo ocultar nuestra aproximación inicial, dónde cree que podría calmar las olas para que podamos acercarnos en bote, qué momento del día sería el mejor para infiltrarnos sin alertar a los guardias.

Yo contemplo el pergamino desvaído. Ojalá sintiese la mitad de la seguridad con la que Soren habla.

Islafierro se encuentra a siete días de distancia de Hylios en barco, y eso con buen viento a favor.

Pero se sabe que el viento en el Océano Infinito es caprichoso.

A veces las naves se quedan estancadas en calma chicha durante días e incluso semanas.

Pero Arwen no cuenta con semanas. Quizá ni siquiera con días.

Sin embargo, ninguno de nosotros lo comenta.

Discutimos ideas y repasamos posibles resultados.

Calculamos riesgos y estrategias de escape con la información limitada que tenemos.

Lo poco que sabemos del interior de la prisión —obtenido con gran esfuerzo y dolor por los mejores espías de Soren a lo largo del último medio siglo— es antiguo en el mejor de los casos y erróneo en el peor.

—Quiero dejar claro que esta misión es voluntaria. —Soren hace una pausa y pasea la vista entre todos los presentes—. Si decidís participar, no puedo garantizar la seguridad de nadie.

—Es mi hermana. —Vaughn suena ofendido—. Por supuesto que voy.

—Yo también —dice Yara. Su rostro es la viva imagen de la furia—. No solo por Arwen. También por Umyr. Y por Thi­sobei.

—Y por mi Kazia. —Los ojos de Harpina brillan con lágrimas no derramadas al susurrar el nombre de su amante.

Bretiax se muestra de acuerdo con un suspiro. Yo carraspeo.

—Yo también voy.

Jac, Farley, Mabon y Cadogan guardan silencio, con su atención centrada en su rey. Ni pueden ni quieren sumarse si este no lo hace. Aun así, sus expresiones indican claramente que no desean quedarse atrás mientras el resto de nosotros se dirige a las fauces del peligro.

Penn mira a Soren a los ojos y le mantiene la mirada durante un largo rato. Nadie parece respirar siquiera mientras esperamos a que se pronuncie.

—Dyved navegará con Llŷr —dice con firmeza—. Somos aliados en esta guerra, tome la forma que tome.

Yo suelto un largo suspiro, innegablemente aliviada.

—Además —las oscuras llamas en la mirada de Penn se intensifican—, no pienso perder la oportunidad de presentarle mi espada a tu hermano, en caso de que se presente.

—Tendrás que llegar antes que yo —interviene Vaughn con una sonrisa lobuna.

Soren deja escapar una exhalación.

—Si todos estamos de acuerdo…

—Yo viajaré con vosotros.

Todos nos giramos al unísono. En la arcada, Melité nos contempla. Sus ojos brillan con un sólido resplandor negro. Se desliza al interior de la cocina, meneando las caderas con una gracilidad preternatural. Desde el otro lado de la estancia, oigo que Cadogan toma aire bruscamente.

—Melité —Soren hace una mueca de desagrado al verla—, tú no tienes entrenamiento de combate.

—¿Y qué? ¿Esperas que me quede aquí sin hacer nada? Una de mis hermanas está cautiva —sisea en tono hostil—. Y la otra está gravemente herida.

Eso es un poco exagerado. Yo misma he atendido a Tethys y, aunque el corte que tiene en el brazo es profundo, apenas ha necesitado unos cuantos puntos para cerrarlo. Se curará pronto.

—Mañana al alba estaré a bordo de ese barco. —Las agallas de Melité ondean con un resoplido—. No podéis impedírmelo. Y, de hecho, deberíais llamaros dichosos por contar con mi presencia. El hierro de esa prisión debilitará vuestros poderes…, pero no los míos.

—Tiene razón —murmura Vaughn con una mueca—. Los guardias no podrán echar mano de las espadas si se están agarrando las pollas bajo el trance de su canto de sirena.

Cadogan emite un sonido estrangulado. Mabon le da unos golpecitos en la espalda hasta que recupera el aliento.

—Está bien —gruñe Soren en tono molesto—. Pues nos veremos todos al alba. Recoged vuestras armas y dormid un poco, si podéis. Una vez que zarpemos, no contaremos con mucho tiempo para descansar.

El silencio que impera en mi habitación se ve interrumpido brevemente por los ocasionales relinchos desolados de los corceles duendaeri.

Cada vez que los oigo siento una punzada en el corazón.

Sé que no se detendrán hasta que concluyan los ritos funerarios en el acantilado.

Hasta que las piras funerarias de Thisobei y Umyr se apaguen y sus almas regresen al eterno vuelo en el éter.

Todo el mundo se dispersó después de la reunión.

Cada uno se fue a sus aposentos a prepararse para la partida, o bien a llorar a sus muertos.

Me pregunto si los demás habrán podido calmar la mente lo suficiente como para dormir, o si ellos también se ven acosados por visiones de cadáveres que hay que retirar, de sangre que hay que limpiar de los adoquines.

De los horrores que nos esperan en el sur.