El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintiséis #2
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CAPÍTULO Veintiséis #2

Dentro de la casa de baños, las señales de lucha son aún más evidentes.

Hay dos cadáveres más en el suelo blanco; uno de ellos tiene la daga de mango dorado de Alaric clavada en las tripas.

La sangre de ambos mancha el cristal y le resta lustre.

Aquí no había muchos muebles que destrozar, pero lo poco que descansaba en el interior está hecho pedazos: el taburete de teca está astillado; el espejo, hecho añicos; el delicado tocador, volcado.

Los numerosos frascos de aceite de baño y perfume de pétalos están desparramados por el suelo.

Arwen debe de haber luchado con uñas y dientes.

En la base de la pared hay manchas de sangre fresca…

suya, creo. No parece ser una cantidad mortal, pero desde luego suficiente para activar el portal, que ya no brilla; se ha apagado tras su implacable huida.

A estas alturas podría estar en cualquier lugar de Anwyvn.

No hay ninguna pista que indique adónde se la han llevado.

Los secuestradores no han dejado ningún mapa con ubicaciones marcadas con tinta roja.

Soren tiene el rostro pálido, casi demacrado. Me muero de ganas de consolarlo, de hacerle la misma promesa que Vaughn le ha hecho a Alaric: que rescataremos a su hermana. Pero no consigo mentirle.

Antes de que yo pueda pronunciar ni una sola palabra de consuelo, se oye una exclamación ahogada entre los cuerpos tendidos por la casa de baños.

Uno de ellos sigue con vida. En apenas un parpadeo, Soren se cierne sobre él, lo agarra de la garganta y aprieta tan fuerte que creo que le va a aplastar la tráquea.

—¿Dónde está? —De entre los dientes del hombre escapa un resuello—. ¿Dónde la habéis llevado?

—¡Soren! —Me dejo caer a su lado e intento apartarle el brazo, que ni se mueve—. ¡Soren, si lo matas, no va a poder decirte nada!

Él sigue apretando. La cara cubierta de sangre de nuestro enemigo se contrae de dolor, ya sea por la mano en su garganta o por el cuchillo en sus tripas. Sin embargo, nos mira con ojos entrecerrados, alerta. Vuelve a resollar; la fuerza inquebrantable de Soren le está quitando la vida.

Yo intento apartarlo, sin éxito alguno. Por más que tiro de él, no consigo moverlo.

Está demasiado rabioso. Recurro a mi magia y envío finos zarcillos de viento por sus brazos, entre sus dedos.

Uno tras otro, los aparto de la garganta del tipo.

A Soren no le queda más alternativa que soltarlo.

En cuanto se aparta de él, sus ojos vuelan hacia los míos.

Veo que la claridad regresa a él; las ansias de venganza que lo habían abrumado por completo dan paso al raciocinio.

Parece sorprendido ante su propio desliz.

«Yo me encargo de esto», digo en su mente. «Confía en mí.»

Soren asiente levemente con la cabeza y, con gran esfuerzo, retrocede para cederme el testigo. Me inclino, con los hombros tensos, y pongo mi rostro a la altura de la cara del moribundo.

—Vas a morir pronto —le digo con voz sorprendentemente firme—. Queda por ver si será una muerte rápida y sin dolor o bien lenta y agónica. —El entendimiento destella bajo la niebla del dolor en sus ojos—. ¿Dónde se han llevado a Arwen?

Como mera respuesta, se limita a sonreírme.

Tiene los dientes rojos, la boca llena de sangre.

No le queda mucho de vida. Yo agarro el mango de la daga que asoma de su vientre y empiezo a girarlo lentamente.

Su sonrisa se desvanece al instante, reemplazada por una mueca de agonía.

Sus gritos reverberan por las paredes curvas de la casa de baños.

—Como he dicho —prosigo con voz muy calmada—, tú decides cómo quieres ascender a los cielos.

Soy sanadora. Podría extraer esta hoja y volver a coserte las tripas.

No bastaría para curarte, pero sí para alargar tu sufrimiento.

—Le sonrío, a sabiendas de que es mentira.

Pongo una sonrisa fría a juego con la sensación gélida de mi marca de Vestigio—.

¿Qué te parecería seguir en este estado durante días?

¿O quizá semanas? —Me inclino aún más sin apartar la vista de él—. Creo que no te gustaría.

Él suelta un resoplido de dolor. Su mirada aterrada sobrevuela mis facciones, en un intento de adivinar si estoy mintiendo. Vuelvo a agarrar el mango de la daga…

—A Islafierro —dice con voz estrangulada, palabras que borbotean de su boca llena de sangre—. Pero habrá muerto… —grazna con las pocas fuerzas que le quedan— mucho antes… de que consigáis entrar…, escoria feérica.

Soren se pone rígido.

—Gracias por tu cooperación —susurro, y libero más zarcillos de magia, que le sacan todo el aire de los pulmones.

Sus ojos se inyectan de sangre mientras se ahoga rápidamente. Luego, su cuerpo se estremece para a continuación quedarse inmóvil. Ha muerto. Yo me echo hacia atrás y me obligo a mirar a Soren. Busco condena en su mirada, rastros de desagrado ante mi brutalidad…, y no encuentro nada parecido.

«La moralidad es buena como guía vital», me dijo en una ocasión. «La vergüenza, por otro lado, no.»

No me da vergüenza lo que he hecho. No me da vergüenza la persona en la que me estoy convirtiendo.

Ya no. Y parece… que a Soren tampoco. Tiene los ojos firmes, con un leve tono del mismo orgullo que vi en ellos la primera vez que enarbolé el látigo de rayos.

Nos miramos el uno a la otra en medio de un silencio recargado durante largos instantes.

Soren no dice ni una palabra, se limita a tenderme una mano y ayudarme a ponerme en pie.

No la suelta; me la aprieta mientras salimos juntos de la casa de baños y regresamos para contarles a los demás lo que acabamos de descubrir.

Hay muchos más muertos que heridos, pero hago todo lo que puedo para ayudar a quienes sufren dolor.

En cierto modo, es bueno que tenga tanta experiencia con las secuelas de la batalla.

Me retiro a ese lugar desapegado en mi mente, fruto de años de entrenamiento, en el que lo único que importa es la tarea que tengo ante mí: vendar heridas, comprobar pulsos, coser tajos.

Atiendo a Mabon, luego a Tethys y después a varios hylianos heridos.

No alzo la vista hasta que siento la pesada presencia de Pendefyre a mi espalda.

—Rhya, ven conmigo. Jac necesita que vayas a los establos.

—¿Se encuentra bien? —pregunto, con pánico instantáneo.

Él asiente levemente. Su expresión solemne no cambia.

—Sí, pero…

—¿Qué? ¿Qué ha pasado ahora? Esta noche ya no puede ir a peor…

Penn frunce el ceño y aprieta los labios, una contradicción sin palabras.

Le lanzo una última mirada a Soren, que se encuentra en la terraza, conversando en susurros con Alaric y Vaughn.

Penn me guía más allá de la mansión. Mi inquietud crece mientras descendemos los escalones de piedra que dan a los establos.

O a lo que queda de ellos. Allí está Farley, sentado en el suelo, con aspecto aturdido pero ileso.

A Jac se le ha dislocado el hombro y tiene la cara pálida de dolor.

Habrá que recolocárselo y ponerle un cabestrillo. Pero eso tendrá que esperar, pues…

«Dioses, no.» Mis ojos se centran en el cadáver que yace entre ellos, contemplando los cielos con ojos vacíos. Su alma ya ha abandonado su cuerpo.

—No, no, no —jadeo, y me abalanzo sobre ella. Caigo de rodillas a su lado y agarro su fría mano—. Thisobei…

Era la duendaeri que yo menos conocía, pero, aun así, su pérdida cae sobre mí. Contemplo ese rostro que tanto tendía a esbozar sonrisas traviesas y que ahora está inmóvil para siempre.

—Rhya.

Mis ojos empañados de lágrimas intentan centrarse en Jac.

—¿S-sí?

—Tienes que ir a ver a Yara. —Sus ojos, siempre tan juguetones, tienen ahora una seriedad mortal—. Tienes que conseguir que… se aparte.

No comprendo a qué se refiere. Ni de lejos.

Sin embargo, asiento y me pongo en pie. Sigo el sonido de una respiración entrecortada hasta que la encuentro, sentada en la oscuridad del centro de los pastos.

La rodean varios cadáveres: los fanáticos de sangre de Efnysien, destripados sin piedad al principio de la contienda.

La cabeza de Umyr descansa en sus brazos.

Me echo a llorar al ver que la hermosa yegua baya duendaeri ya no respira.

Sus enormes alas yacen sobre el suelo y su densa crin cuelga laxa y sin vida.

Esos ojos brillantes e inteligentes ya no ven nada.

La sangre que termina de brotar de la herida mortal de su flanco y empapa la tierra tiene el color de la plata y refleja la luz de la luna que brilla sobre nosotras.

—Oh, Yara. —Se me rompe la voz al pronunciar su nombre.

Ella no me mira. Me dejo caer en el suelo a su lado. Su mano sigue acariciando el hocico aterciopelado de Umyr, con movimientos tan tiernos que se me quiebra el corazón.

—Se interpuso para detener un tajo que venía directo hacia mí. —Me encojo al oír el dolor crudo de su voz—. Ese tajo era para mí —vuelve a susurrar en tono aún más bajo.

—Yara…

—Ojalá me hubieran matado a mí. —Tiene la voz densa por las lágrimas—. Ojalá fuera yo quien estuviera aquí tendida, para que ella pudiera seguir volando y guiase mi alma hacia el éter.

Niego con la cabeza, las mejillas empapadas de lágrimas.

—No digas esas cosas, Yara.

—¿Por qué no? Es la verdad.

—No anheles la muerte jamás. Pase lo que pase.

—Alargo la mano con gesto tentativo y la poso sobre la de ella, que no deja de acariciar suavemente a su yegua—.

La vida es el regalo más precioso que tenemos.

Sería una desgracia malgastarla. Dejar de vivir por haber sufrido una pérdida…

les hace un flaco favor a quienes ya no están con nosotros.

Umyr no querría que la siguieras hasta la oscuridad.

—No sé cómo vivir sin ella. Ahora que ha muerto, la vida no tiene sentido.