CAPÍTULO Veintiséis
V eo cadáveres por todas partes. Yacen sobre su propia sangre entre mesas volcadas y mullidos cojines en el suelo o bien contemplan con ojos sin vida los cielos desde la pista de baile abandonada.
La mayor parte de ellos son enemigos, tal y como evidencian su piel empapada en sangre y sus yugulares rajadas.
Sin embargo, varios de los caídos llevan la armadura de color gris azulado de Puntadaga.
Otro puñado viste los uniformes de tono azul marino de los hylianos.
Muchos sujetan aún sus espadas con manos laxas.
Melité ayuda a una magullada Tethys a tomar asiento.
Alguien le ha hecho un torniquete improvisado en el brazo.
Mabon se limpia la sangre de un tajo que tiene sobre los ojos.
A su lado está Cadogan. En el césped, Harpina sujeta a su encantadora acompañante y la aprieta contra su pecho.
Sus lágrimas caen en un torrente sin fin sobre las facciones congeladas de la mujer muerta.
Su grito de dolor es una lanza que me atraviesa.
Bretiax, agachada junto a su compañera duendaeri, le acaricia el cabello rubio y corto con una ternura que rompe el corazón.
Nuevos horrores me salen al paso allá donde miro. Y cuanto más veo, más se debilita mi sentido de la moralidad.
«Alguien debería pagar por esto.»
«Alguien pagará por esto.»
Recorro la matanza en busca de un enemigo al que enfrentarme, con el cuerpo tenso por la necesidad de venganza.
Sin embargo, no quedan enemigos vivos. Echo a correr ciegamente entre la multitud, buscando caras conocidas, y mis pies aplastan centros florales caídos.
¿Dónde está Farley? ¿Dónde está Jac? ¿Dónde están Alaric y Arwen? ¿Dónde está…?
—¡Rhya! —De pronto, Penn aparece ante mí.
Acuna mi mejilla con una mano callosa. Con la otra enarbola una espada ancha, que despide un resplandor rojo a causa de su furia combativa—.
Dioses, estás a salvo. Estás aquí. —Suelta un brusco suspiro, incapaz de ocultar del todo el pánico—. No te vi al llegar y me temí lo peor.
—Estoy bien, no estoy herida. —Me tiembla la voz—. ¿Y Farley? ¿Jac?
—Le dije a Farley que se quedase en retaguardia, pero insistió en que estaba lo bastante sobrio como para arrimar el hombro. Fue a los establos a ayudar a apagar el fuego. —Niega con la cabeza—. No he visto a Jac.
—Pero ¿qué ha sucedido?
—No sé, yo no estaba aquí. No he visto lo que ha pasado.
Oí los gritos desde la terraza de la mansión de invitados y vine a toda prisa.
Me encontré el banquete de boda bajo el ataque de estos mastuerzos cubiertos de sangre.
La mitad de ellos se quitaron la vida antes de que yo tuviera oportunidad de clavarles la espada en las tripas.
—Hemos visto lo mismo en la ciudad. —Le lanzo una mirada de reojo a Soren, que se encuentra a pocos pasos de distancia.
Está inmóvil, espectralmente inmóvil. Como el mar que se retira antes de un maremoto devastador.
Intento controlar mi creciente preocupación y me obligo a volver a mirar a Penn—. Aún no entiendo por dónde han venido…
—Por el portal.
Todos nos giramos al oír el estruendo de la voz de Vaughn. Lo miro boquiabierta mientras se acerca desde el jardín oscurecido; tiene toda la cara salpicada de sangre.
—¿Estás…?
—No es mía —dice en tono lúgubre, con un temblor de su mandíbula cuadrada—.
He aplastado un par de cabezas antes de que hicieran más daño.
—Sus ojos vuelan en mi dirección y aterrizan en Soren.
No pierde tiempo con explicaciones—. Entraron por la casa de baños, en caudal.
Que yo contase, eran al menos veinte. No estábamos preparados —dice con voz apagada—.
¿Cómo íbamos a estarlo? No es posible. O no lo era antes…
De Soren emana algo letal. Algo agresivo, violento, que me provoca un escalofrío en el alma. Y aun así, no dice nada.
—Estos hombres son mortales —intervengo, y niego con la cabeza de pura confusión—. Yo pensaba que solo los altos fae podían cruzar los portales.
—La sangre —dice Soren entre dientes apretados.
Yo parpadeo.
—¿Qué?
—Están cubiertos de sangre de la cabeza a los pies. Deben de haberse sumergido en sangre justo antes de cruzar. Una capa lo suficientemente densa como para enmascarar lo que son.
—¿Veinte en total? —Debe de haber hecho falta una enorme cantidad de sangre. Barriles y más barriles—. ¿De dónde han sacado tanta sangre?
Soren aprieta la mandíbula como si de piedra se tratase.
—Deben de haberla sacado de alguien de un linaje muy fuerte. Lo bastante como para engañar al portal. Lo bastante como para traerlos aquí desde Dymeria.
—¿Dymeria? —ruge Penn. De las puntas de sus dedos salen despedidas chispas que se desparraman por la pista de baile—. ¿Me estás diciendo que Efnysien está detrás de todo esto?
Vaughn no parece sorprendido, aunque cada vez tiene un aire más lúgubre. Soren asiente.
—No me cabe duda de que esto ha sido obra de mi hermanastro. Los hombres que incendiaron el mercado flotante se quitaron la vida, pero antes gritaron algo.
—Por la Umbra —susurro yo.
—Es un grito de guerra que anuncia el alzamiento del ejército oscuro de Efnysien.
—Soren aprieta los puños a los costados, como si no confiase en poder moverse sin golpear antes algo—.
Una segunda Purga dirigida a las Tierras Septentrionales, con la intención de erradicar a los fae de una vez por todas.
A Penn se le acelera la respiración.
—Justo lo que necesitábamos. Más condenados fanáticos de la sangre.
Vaughn escupe sobre el cadáver que yace a pocos pasos de nosotros.
—Ojalá hubiera más de ellos a los que matar…
—¿Dónde está Arwen? —Los ojos de Soren recorren la matanza como cortantes hojas azules, en busca de su hermana—. Conociéndola, debería estar aquí, ladrando órdenes.
Vaughn encoge esos hombros gigantescos suyos.
—No lo sé. La perdí de vista en medio del caos, pero seguro que está por aquí cerca.
Soren mira a Penn, que también se encoge de hombros. Luego pasea la mirada en derredor hasta ver a una de las hermanas sirenas.
—¡Melité! ¿Dónde está Arwen?
—¿Acaso no ves que Tethys está herida? —dice ella con ultrajado desdén—. De todas tus hermanas, ¿cómo es que Arwen es la única que merece toda tu atención?
Soren la ignora. Una arruga de puro desagrado aparece entre sus cejas. Vuelve su atención hacia Vaughn.
—Debe de estar en los establos…
—Se la han llevado.
Mi cabeza latiguea al oír una voz rota y áspera a mi espalda.
Se me encoge el corazón cuando veo la expresión del hermoso rostro de Alaric.
Parece totalmente destrozado. Es la cáscara quebrada de un hombre que, hace apenas unas horas, alzó el puño al cielo en señal de victoria al casarse con su amor delante de toda la ciudad.
—¿Cómo que se la han llevado? —Soren da dos zancadas hacia él y lo agarra de la camisa bordada en oro para sacudirlo ligeramente—. ¿Dónde cojones está?
Alaric ni siquiera parece darse cuenta de que lo está zarandeando. Tiene la mirada perdida y el rostro vacío.
—Esos tipos bañados en sangre se la han llevado.
Se la llevaron por el portal. —Alza las manos, cubiertas de sangre; los nudillos, magullados e hinchados—.
Luché contra ellos. Todos luchamos contra ellos.
Pero había demasiados, y… —Niega con la cabeza, como si no pudiera creer lo que está diciendo.
Como si estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa por despertar de esta pesadilla que está viviendo—.
Quedó claro desde el primer momento que venían a por ella.
El resto, toda esta carnicería, es gratuito.
La quería a ella. Siempre la ha querido a ella.
—Traga saliva—. Y ahora ya la tiene. Tiene a mi esposa.
Soren lo suelta y deja caer las manos pesadamente a los costados. Está petrificado, incapaz de hablar, incapaz de consolar al hombre destrozado que tiene ante sí, porque él mismo está haciendo todo lo que puede para no romperse en pedazos.
Es Vaughn quien se acerca y rodea con sus gruesos brazos la figura temblorosa de Alaric. Es su profunda voz la que lo consuela con palabras que, me temo, ninguno de los presentes nos creemos del todo.
—La rescataremos, Alaric. Te traeremos a Arwen.
—Pero ¿cómo vamos a hacerlo? —susurra Alaric, una súplica estrangulada—. Ni siquiera sabemos dónde se la han llevado.
Soren se encoge una única vez y luego se pone en movimiento.
Cruza a largas zancadas los restos del banquete, tan rápido que tengo que echar a correr para darle alcance.
No comprendo adónde va hasta que de pronto veo unas huellas que se alejan de la pista de baile y que manchan los adoquines.
Señales de lucha que evidencian que por aquí han arrastrado a una cautiva involuntaria hacia la oscuridad.
Siento un nudo plomizo en el estómago mientras seguimos las huellas por el sendero.
Nos internamos entre los profusos jardines y pasamos junto a hojas de palma rotas y a un enemigo caído con una estrella arrojadiza incrustada en la cuenca del ojo.
Nos detenemos cuando llegamos al estrecho puente que lleva hasta la casa de baños.
—No hace falta que entres ahí —le digo a Soren en tono quedo. Pero él ya no escucha. Sin prestar atención a mis palabras, pone un pie en el puente—. Soren…
No se detiene. Quizá necesite verlo por sí mismo. No me queda alternativa: voy tras él.