CAPÍTULO Veinticinco #3
Exhalo, aliviada. Los gritos de pánico disminuyen.
La gente apelotonada en los límites del mercado contempla las nubes de humo que se alzan hacia la noche despejada.
Es una estampa funesta: la mayor parte de las coloridas barcazas está ahora ennegrecida de hollín.
Sus orgullosos estandartes han quedado reducidos a cenizas.
Hace pocas horas estuve aquí con Farley, Jac, Mabon y Cadogan, probando deliciosos bocados, gastando dinero, saludando alegremente a las barcas al pasar…
—¿Cómo ha empezado el incendio? —le pregunta Soren a uno de los comerciantes mientras pasea la vista por todo el destrozo—. Este fuego no es nat…
Su pregunta se ve interrumpida por un bramido gutural que atraviesa la noche.
Un grito de victoria y de venganza. Mis ojos buscan el origen del sonido y se desorbitan al encontrarlo.
En lo alto del puente que atraviesa un canal cercano hay dos hombres que sostienen sendas antorchas.
Van a pecho descubierto y llevan la piel pintada con franjas de alguna sustancia oscura.
¿Tierra? ¿Pintura? Desde esta distancia no sabría decirlo.
Los dos nos clavan la vista durante varios segundos en los que todos nos quedamos petrificados. Su atención se centra en Soren.
—¡Por la Umbra! —chilla uno de ellos, y arroja al canal su antorcha, que se extingue al instante con un siseo.
Su compañero lo imita al instante. Y entonces, antes de que los zarcillos de mi viento o del agua de Soren puedan atraparlos, los dos hombres sacan sendas dagas de sus cintos, se las llevan al cuello y se rajan el gaznate de un crudo tajo mortal.
La sangre chorrea y ambos caen muertos desde el puente.
Todo el mercado suelta una exclamación ahogada.
—¿Qué demonios ha sido eso? —Mis ojos vuelan hacia Soren.
«¿Por la Umbra?»
Soren tiene aire de absoluta preocupación. Sus ojos se cruzan con los míos durante un breve instante. A continuación, pronuncia una única palabra que basta para congelarme el corazón con una fría garra de miedo:
—Efnysien.
Tengo muchas preguntas, pero ahora no es el momento de formularlas. Corremos hacia los cadáveres tan rápido como podemos. Por una vez, es Soren quien tiene dificultades para mantener mi paso. Esta noche, mis pies tienen alas.
Soren le da una patada a uno de los cadáveres para confirmar que está muerto de verdad. Yo me agacho para examinar al otro. Son mortales, a juzgar por las orejas redondas. Cada centímetro de su piel está veteado de un líquido oscuro y reseco. No es tierra ni barro…
—¿Es pintura?
—Es sangre —murmura Soren.
Arrugo la nariz mientras me inclino hacia los cadáveres. Inspiro el aroma metálico que desprenden los dos como si de una colonia fuerte se tratase. Sí, definitivamente, es sangre. Mucha sangre.
No tardamos demasiado en inspeccionar los cuerpos. No llevan mucho encima, van descalzos y a pecho descubierto. No tienen nada de valor en los bolsillos de los finos pantalones ni hay símbolo alguno cosido en la tela.
—¿Cómo han conseguido entrar? —Alzo la vista hacia las murallas en busca de señales de ataque. Todo parece tranquilo en las almenas—. ¿Han abierto una brecha en la puerta del mar? ¿O se habrán colado a hurtadillas en algún navío mercante?
Soren niega con la cabeza.
—Controlamos todas las llegadas e inspeccionamos múltiples veces la lista de tripulantes.
—Pues no comprendo… —El corazón me va al galope. Aquí hay algo que no cuadra—. ¿Por qué han prendido fuego al mercado? ¿Y por qué se han suicidado? ¿Se trata de algún tipo de mensaje?
En las alturas, las sirenas de los faros siguen sonando, a pesar de que el fuego ya está apagado.
Soren alza la vista hacia los terrenos reales, con los ojos entrecerrados.
Es como si intentase concentrarse en algo en concreto.
No sé qué es lo que está buscando, qué es lo que percibe…
, pero entonces veo la sombra de una nueva columna de humo que se alza hacia las estrellas.
Y siento una ráfaga de furia ardiente por el vínculo.
Pendefyre.
Soren y yo nos miramos. Ambos lo hemos sentido y ambos nos tememos lo que significa. Sin un segundo más de duda, echamos a correr otra vez.
El incendio del mercado flotante ha sido una distracción ideada para provocar el caos, para apartar la atención del verdadero objetivo de este ataque.
Y ha funcionado, pues, en cuanto aparecieron las llamas, todos los miembros de la guardia hyliana acudieron a toda prisa a ayudar…
y dejaron desprotegidos los terrenos reales.
El pánico me bombea en el corazón. Ascendemos las numerosas escalinatas, pasamos junto a mansiones oscurecidas y recorremos los olivares retorcidos. Una densa nube de humo flota por el aire mientras ascendemos. El incendio está cerca, pero ¿qué es lo que arde?
Mis ojos se desorbitan cuando llegamos a los establos. Son pasto de las llamas rugientes. Oigo relinchos y resoplidos amedrentados de los corceles duendaeri junto con los gritos de Yara, que atraviesan la noche. Quiero detenerme, ayudar.
Pero no puedo. Ahora no.
Tanto Soren como yo sentimos la ira ardiente de Penn y sabemos, sin cruzar palabra, que los horrores que hay ante sus ojos son mucho más graves que un puñado de establos abrasados.
Es más que probable que el incendio en las cuadras no sea sino otra distracción ideada para alejar nuestra atención del banquete de boda.
Dejamos atrás la silueta oscura de la mansión de Arwen, sobre el precipicio.
Atravesamos la arboleda de limoneros y nos cruzamos con dos cadáveres que yacen bocarriba en el camino.
Al igual que los del puente, están cubiertos de sangre.
Vuelvo a sorprenderme ante la cantidad de sangre que los empapa.
No la han usado para pintarse los cuerpos, como sucede con la pintura negra de guerra de los Salteadores.
Más bien parece que se han sumergido en sangre.
Les cubre hasta los labios y los párpados, así como cada resquicio de piel visible.
«¿Será algún tipo de extraña táctica de intimidación?»
«¿Una rara forma de camuflaje?»
No tiene sentido.
Subimos de tres en tres los escalones que dan a la mansión de Soren. Irrumpimos en los jardines y nos encontramos con una escena salida de mis más oscuras pesadillas.