El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veinticinco #2
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CAPÍTULO Veinticinco #2

Consigo apartar mi atención de su boca y lo miro directamente a los ojos.

Son plata pura, como la luz de las estrellas sobre el mar.

Nuestros alientos se mezclan en el espacio entre nuestras caras.

Los dos estamos respirando como si hubiésemos recorrido a toda velocidad las murallas de un extremo a otro.

—¿Quieres algo de mí, alondrita? —susurra, tan cerca que siento cada palabra formarse antes de que llegue a mis oídos—. ¿Otra lección? ¿Un poco de sabiduría?

No será él quien dé el salto, comprendo al mirarlo a los ojos.

Ya ha hecho todo lo demás. Esta decisión tendrá que ser mía.

Al comprenderlo, me inclino levemente hacia delante y hago que mi magia se desplace al mismo tiempo.

Mi mente roza la suya, con una pregunta esperanzada.

Él me devuelve el roce, con una respuesta irrefutable.

La respuesta que quiero.

La respuesta que necesito.

«Sí.»

Me lanzo hacia delante al tiempo que él me atrae hacia sí.

Nuestras bocas se unen con una sorprendente urgencia.

Y así, de pronto, Soren me está besando.

Es un beso para el que no tengo palabras, un beso que es lo opuesto a todo lo que yo sabía sobre la pasión.

No es la violenta combustión de un ansia acentuada ni laimparable llamarada de la lujuria.

Es algo distinto. Algo más profundo. Un beso tan profundo que podría zambullirme en él para siempre y no alcanzar jamás el fondo.

Todo fingimiento queda anulado mientras nuestras magias se fusionan. Agua y viento, aire y océano. Nos hundimos el uno en la otra, nos ahogamos deliberadamente. Me pierdo entre aguas turbulentas. Me pierdo en alta mar. Me pierdo en él, infinito y que lo abarca todo.

Y él se pierde también. Noto la necesidad desenfrenada que siente por mí, inabarcable.

Me aprieta con fuerza contra sí, me clava los dedos en la piel, me agarra.

Una mano en la nuca y la otra anclada en la parte baja de mi espalda.

Mis propias manos tiemblan de deseo; las llevo a su pecho, las deslizo por sus pectorales y me agarro a sus hombros.

Me sorprende esta desesperación que se arremolina en mi interior, una salvaje tempestad de puro anhelo que finalmente se ve desatada. Me sorprende lo mucho que lo deseo, ahora que por fin puedo reconocerlo.

A lo largo de mi vida he soñado muchas veces con un mar oscuro y profundo.

Es un sueño que he tenido una y otra vez, desde siempre.

Un sueño en el que me hundía, me hundía, me hundía.

Sin saber qué me esperaba en el fondo. A veces me despertaba con una exclamación ahogada y sabor a sal en los labios y salitre en la piel.

No entendía cómo había podido mi mente conjurar una imagen onírica tan vívida.

Me preguntaba por qué ansiaba tanto volver a aquel sueño en concreto cuando cerraba los ojos.

Y aquí está una vez más, pero esta vez no estoy durmiendo.

Esta vez me hundo, pero estoy bien despierta.

Desciendo y desciendo, y a cada instante que pasa pierdo un poco más de mí misma.

Debería darme miedo perder de vista las orillas de la lógica y la razón.

Debería aterrarme perder el contacto con la realidad.

Ysin embargo, con esa boca que no deja de devorarme, Soren me insufla la vida.

Su embriagador contacto me guía hacia un abismo que no tiene fin.

No quiero que tenga fin.

La presa se ha roto en mi interior, ha liberado un caudal que nos arrastra a los dos.

Estamos atrapados en la corriente, incapaces de detenernos.

Finalmente, nos permitimos degustarnos, tocarnos.

Cedemos a fantasías que yo misma llevo mucho tiempo prohibiendo que entren en mis pensamientos conscientes.

Siento menos control de mi cuerpo que la noche en que Soren repelió el tsunami, menos que cuando crucé las líneas ley, cuando sentí la atracción de algo —alguien— conocido en medio del olvido.

No recuerdo haberme movido, pero de pronto estoy sobre su regazo y le agarro los hombros con fuerza, a horcajadas encima de él. La rígida longitud de su deseo se aprieta contra el sensible corazón del mío. Suelto un gemido hambriento que rompe nuestro beso.

—Por los cielos, alondrita —dice con voz áspera, y su boca desciende hasta mi cuello.

Sus dientes arañan la columna de mi garganta.

Me mordisquea la clavícula, para luego depositar un beso sobre mi piel.

Me recorre un escalofrío que me llega al hueso.

Soren lo siente, y sus labios se curvan en una sonrisa.

Desciende aún más y yo me aprieto contra él, aplastándome tanto como es posible físicamente.

En este momento, si pudiera meterme en su interior, así lo haría.

No puedo evitar que mis manos le agarren la nuca mientras su boca se desliza entre mis pechos.

Tampoco puedo evitar la exclamación ahogada que brota de mi interior cuando él empieza a recorrer con la lengua las espirales que forman mi marca de Vestigio, una exploración endiabladamente lenta que me da ganas de estallar en llamas.

—Soren… —gimo.

De pronto no me pasa el aire por la tráquea; no puedo hablar. Me comunico con él mentalmente: «Esa parte es muy sensible».

«Ya lo sé.»

Con sorprendente rapidez, me obliga a tenderme, a apoyar la espalda sobre los escalones.

Parpadeo y contemplo la luna llena durante un segundo mientras mi mente empantanada intenta orientarse.

Mi mano sale disparada hacia él; no soporto la repentina pérdida de su boca, su contacto, su aroma.

Veo su sonrisa blanca en la oscuridad mientras me contempla despatarrada sobre los peldaños del órgano del mar.

Sin embargo, esa mirada cambia al recorrer mi cuerpo.

Adquiere un aire depredador, cargado de intención.

Me inmoviliza tan efectivamente como unos grilletes en cuanto cae sobre mí.

Las olas empapan el dobladillo de mi vestido; la sal debe de estar echando a perder la perfecta seda, pero a mí poco me importa.

Soren agarra la tela y me alza el vestido por encima de mis piernas abiertas.

Se arrodilla entre ellas y sus manos recorren la sensible piel del interior de mis muslos, seguidas por su boca.

Agarra la fina tela de mis paños menores y, con un único tirón de sus fuertes dedos, los arranca para luego arrojarlos ciegamente a las olas.

«¿Qué estás…?»

Mi mente se hace pedazos en el momento en que Soren me besa en un lugar en el que nadie me había besado jamás, un lugar que yo ni siquiera sabía que se podía besar.

El placer resulta cegador. Una descarga de pura lujuria me recorre.

Arqueo involuntariamente la espalda sobre los escalones, pero las manos de Soren me sujetan de las caderas y me mantienen firmemente inmóvil.

Entonces empieza a alimentarse de mí como si estuviera muerto de hambre.

Dioses, acaba de empezar y yo ya estoy a punto de romperme en pedazos.

Mi deseo se vuelve denso en el aire a nuestro alrededor, una carga eléctrica que aumenta en relación directa con el implacable placer que me provoca, roce a roce. Me temo que voy a acabar de­sencadenando una tormenta eléctrica.

«Soren», gimo. «Soren, me voy a…»

«Déjate llevar, alondrita.» Su voz interior está impregnada de deseo. Su boca no deja de provocarme esta deliciosa tortura entre las piernas. En todo caso, se vuelve más hambrienta aún. «Déjate llevar.»

Sus dientes se cierran sobre mí, una repentina punzada de sensaciones, y siento que exploto violentamente.

En ese mismo momento, varios rayos cruzan el cielo de medianoche en las alturas, una entrecortada muestra de poder que yo ni siquiera llego a ver, porque tengo los ojos cerrados.

Su nombre canturrea una y otra vez a través de nuestro vínculo, en armonía con la grave canción del mar que vibra en el órgano bajo nosotros.

La sangre me retumba en las venas a medida que la intensidad de lo que acaba de suceder empieza a menguar. La lujuria empieza a despejarse de mi mente. Soren sigue entre mis piernas y me da besos en la cara interior de los muslos. Yo me las arreglo para abrir los ojos, y veo la luna.

«¿Te he dicho que me gusta tu vestido?»

Una carcajada sorprendida me sale de entre los labios.

—No —susurro en voz alta, con la voz tan pasmada como mis propios sentimientos.

«Pues me gusta.» Su voz se desliza por mi cabeza como la seda que él ha hecho pedazos con tanta facilidad.

Me mira con ojos brillantes y una mano plantada sobre el mármol junto a mi cabeza y la otra por encima de mi rostro.

Recorre el contorno de mis labios con un dedo.

«Aunque me gustaría saber qué aspecto tienes sin él. »

Estiro el cuello cuando su boca se acerca a la mía, lista para su beso, lista para más. Mucho más. Sus labios acaban de tocar los míos cuando, de repente, una sirena estridente resuena por las alturas. Ambos nos quedamos inmóviles al instante.

Los faros.

Durante un momento, ninguno de los dos se mueve. Estamos petrificados.

—Algo va mal —murmura Soren. Me ayuda a levantarme y subimos a lo alto de los escalones—. Ha pasado algo.

Y juntos, regresamos a toda prisa a la ciudad.

Olemos el humo antes incluso de ver las llamas.

Nos detenemos de golpe al borde del canal.

No puedo creer lo que ven mis ojos. El mercado flotante está ardiendo; las llamas engullen todas las barcazas por completo.

Varios civiles corren para ponerse a cubierto.

Los comerciantes gritan al ver que su modo de vida queda reducido a cenizas.

Hay quien arroja cubos de agua sobre el fuego, pero su esfuerzo tiene poco efecto. El incendio está fuera de control.

Soren recorre la escena con la mirada y suelta una maldición en voz baja. Su magia se alza formando una poderosa corriente: extrae enormes cantidades de agua de los canales y riega con ellas las barcazas. El fuego se apaga entre chisporroteos y siseos.