El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veinticinco
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CAPÍTULO Veinticinco

A penas recuerdo el largo descenso por la escalera hasta la altura de los canales, con los bajos del vestido arremangados para que no se enredasen entre los travesaños.

Pero de pronto, aquí estoy, en un recodo oscurecido a los pies del Faro del Oeste.

El rugido que siento en los oídos va al compás del estruendo de mi pulso.

Atravieso el pasadizo que lleva al otro lado de las murallas.

Entre tanto ruido, me sorprende captar unas leves notas musicales que me llaman, que me apremian a avanzar.

Cuando salgo a la noche, me encuentro contemplando una amplia escalinata de mármol de unos veinticinco peldaños que desciende hasta el mar.

Los escalones están abiertos al frente y huecos por el centro, de modo que el agua fluye por dentro con cada ola que restalla y activa una red de tubos de órgano hábilmente diseñada.

El resultado es una embrujadora canción del mar que cambia con la marea creciente; cada subida crea una nueva melodía, cada paso produce un tono distinto.

Contemplo el órgano del mar, parpadeando. Lo recorro por completo con la mirada. Aquí no hay ni un alma. Nadie.

Me dan ganas de echarme a reír. Me dan ganas de gritar. ¿Qué demonios hago aquí? Dioses, qué idiota he sido al venir en busca de respuestas que me da demasiado miedo formular, mucho menos…

Giro en redondo para marcharme.

—¿Has venido a darte un baño nocturno?

Vuelvo a girarme y mis ojos recorren de nuevo la zona.

No lo veo hasta que no me acerco al borde de los peldaños musicales.

Está tumbado de espaldas en mitad de la escalinata.

El mármol oculta casi por completo su silueta.

A pocos centímetros por debajo de él, las olas bañan la parte inferior del órgano y emiten notas graves y melancólicas. No parece importarle que le salpiquen.

—He de advertirte —prosigue Soren, con la voz más fluida de lo normal— que ahora mismo no estoy en condiciones de rescatarte.

Entrecierro los ojos y me siento con cautela en el primer peldaño, varios escalones por encima de él.

—¿Estás borracho?

—Lo estaba hace una hora. Ahora, un poco menos.

Debería haberme traído la botella. —Frunce el ceño y contempla la luna en las alturas.

No puedo seguir el ritmo de sus emociones, que cambian a gran velocidad.

A pesar de estar claramente ebrio, sigue consiguiendo bloquearme—. ¿Cómo me has encontrado?

—Me temo que he jurado guardar el secreto.

Él reflexiona un instante y luego murmura:

—Vaughn. Valiente mamut entrometido.

Jamás lo había visto así: tan despreocupado, con respuestas tan poco calculadas. Me parece inquietante e intrigante a partes iguales.

—¿Crees que es buena idea estar tumbado ahí, en el borde, estando borracho?

—¿Te preocupa que me ahogue, alondrita?

—¿Te puedes ahogar?

—¿Te puedes asfixiar tú? —Suelta un suave resoplido—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

—¡Y yo qué sé! Eres el Vestigio del Agua. —Se me acaloran las mejillas—. Pensaba que a lo mejor podías respirar bajo el agua.

Suelta una carcajada escandalosa que resuena en mitad de la noche. Cuando el sonido mengua, Soren alza los brazos, entrelaza los dedos y se los pone tras la cabeza a modo de almohada.

—Quienes tienen agallas son mis hermanastras.

—Vale, olvídalo. —Suelto un ligero resoplido y me recojo los bajos del vestido para no resbalar por los escalones—. ¿Cómo es que no estás en la mansión, festejando con todos los demás?

—No tengo muchas ganas de fiesta.

Mis cejas se arquean.

—Pensaba que te caía bien Alaric, que estabas de acuerdo con el matrimonio.

Él guarda silencio durante un largo rato.

—No es por eso por lo que no tengo ganas de fiesta.

—Ah. —Mi mente, a la carrera, considera todas las variables—. Estás disgustado porque Arwen se marcha.

—Porque Arwen se marcha. —Asiente y, con la voz tomada, añade—: Y porque te marchas tú. —A mí se me corta la respiración—. Para eso has venido, ¿no? Para decirme que te vas. Para despedirte.

Mi lengua se niega a formar palabras coherentes.

—Pues… eso no es… Yo no… —Niego enérgicamente con la cabeza para despejármela—. Aún no sé lo que voy a hacer.

Él se endereza de repente y planta las botas sobre un peldaño de mármol prácticamente inundado.

No parece darse cuenta de que se está empapando.

No se gira ni me mira a los ojos, sino que le habla al mar, con palabras tan bajas que apenas las capto por encima de la triste banda sonora del órgano del mar.

—Pero él te ha pedido que vuelvas con él. Pendefyre, me refiero. Te ha pedido que regreses.

—Sí —respondo con sinceridad.

Una ráfaga de tensión le recorre los hombros, pero él se apresura a controlarla.

—Si planeas marcharte, márchate ya. No es necesario alargar la despedida.

Yo me encojo y contraigo el semblante. Soren no suena igual que siempre. Más bien suena… resignado. Casi diría que derrotado. No soporto oírlo así; me causa dolor físico, me provoca una punzada en el pecho que no voy a poder aguantar durante más de unos cuantos agónicos latidos.

Antes de darme cuenta de lo que hago, me deslizo por los escalones, uno tras otro.

Mis faldones de seda resbalan sobre el mármol.

Me detengo a su altura y me siento junto a él, sin decir nada.

Me limito a apoyarme de lado contra su cuerpo, a aplastar mi hombro desnudo contra la gruesa tela de su ornamentada camisa de color azul oscuro.

Al sentir mi peso, Soren inspira audiblemente.

—¿Qué vas a hacer?

—Ya te he dicho que aún no lo he decidido. La nave…

—No me refiero a mañana —dice con voz entrecortada. Sigue sin mirarme, ni siquiera un instante. Con la columna rígida, se limita a contemplar el mar—. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Me voy a quedar aquí sentada contigo.

—No necesito tu compasión.

—Me alegro, porque no la tienes. —Clavo la vista en su rostro. Me gustaría conseguir a base de fuerza de voluntad que me mirase—. Estás enfadado conmigo.

Él aprieta la mandíbula.

—No.

—Y encima me mientes —digo con voz incrédula—. Pensaba que me habías prometido no mentirme jamás. Creía que habías dicho que siempre serías sincero.

La expresión de Soren se convierte en una máscara lúgubre que, incluso de perfil, me inquieta.

Cuando por fin centra su atención en mí, yo casi retrocedo.

La fuerza de esa mirada es aterradora. Es un Soren que yo no había visto jamás.

En él no hay nada de levedad ni alegría.

Ni rastro de esa risa despreocupada. Me está mostrando las profundidades de su dolor, de su furia, de su frustración.

No reprime nada; sus ojos se clavan en los míos.

De pronto me parece una suerte que nuestro vínculo esté cerrado. Creo que no podría soportar sentir esas emociones de primera mano.

—¿Quieres la verdad? —murmura, con voz ronca—.

¿En serio? —El corazón me retumba más rápido—.

La primera noche en que llegaste aquí, te dije que siempre sería sincero contigo, pero que aún no te habías ganado el derecho a saber mis secretos.

¿Te acuerdas? —Asiento—. Bueno, pues ya te lo has ganado.

Se me encoge el corazón. «¿De verdad?»

—Pero lo que quiero decirte, Rhya, esas palabras que mantengo encerradas dentro de mi corazón…

Me temo que, si permito que salgan a la superficie, acabarás huyendo de mí y no regresarás jamás.

Me da miedo que la última vez que te vea sea en la popa de una nave de velas marrones, hasta desaparecer en la lejanía y quedar para siempre fuera de mi alcance.

Un escalofrío de inquietud me corre por las venas. Lo reprimo, resuelta a no acobardarme.

—No sabes si va a pasar eso. Nunca he huido de ti, independientemente de lo que me hayas dicho, independientemente de cuánto me hayas presionado. Y estas últimas semanas me has presionado muchísimo. Mental, elemental… —trago saliva— y físicamente.

Sus ojos desprenden un destello de plata y zafiro que me recuerda de pronto al vestido que llevo puesto.

Como si compartiese mis mismos pensamientos, su mirada recorre mi cuerpo, pasa por el pronunciado escote y los remolinos desnudos de mi marca de Vestigio.

Por la fluida tela que ciñe mis curvas hasta las delicadas sandalias de plata en mis pies, que descansan sobre el escalón junto a sus pesadas botas negras, salpicadas periódicamente por las cálidas olas.

—Físicamente —repite, una palabra que es casi un gruñido.

Yo me refería a las esferas de agua con las que me golpea constantemente, o al modo en que a veces me acorrala en algún sendero aprovechando su ancha complexión, o a su tendencia a agarrarme la mano y llevarme a tirones tras de sí.

Sin embargo, cuando nuestras miradas se entrelazan, todos esos actos físicos quedan apartados y dan paso al recuerdo de aquella noche en el Hervidero.

Un recuerdo que se abre paso entre mis pensamientos.

Me muerdo el labio inferior al recordar el placer que Soren me provocó sin ponerme ni siquiera un dedo encima. Es un recuerdo que he rumiado una y otra vez durante la última semana, a altas horas de la noche, cuando nadie podía ver el rubor en mis mejillas ni oír mi pulso acelerado.

Soren capta al instante la dirección en la que van mis pensamientos. Entrecierra los ojos y me clava la vista en la boca.

—Pensaba que no querías hablar de ello.

—Y no quiero —jadeo.

—Bien, porque ya hemos hablado suficiente.

—¿Qué…?

Sin previo aviso, me pasa la mano por la nuca y me acerca de un suave tirón.

Nuestras frentes chocan con un golpe que podría haber sido doloroso si ahora mismo yo fuese capaz de sentir algo aparte de sorpresa.

Tengo los labios entreabiertos, a punto de pronunciar una palabra que ya no recuerdo.

Lo único en lo que puedo pensar es en el diminuto espacio que separa mi boca de la de Soren.

Espero a que él cierre ese espacio, a que pegue sus labios a los míos. No lo hace.