El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veinticuatro #3
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CAPÍTULO Veinticuatro #3

Pero no siento su presencia en ninguna parte.

Miro en derredor y tampoco lo veo. No está en su asiento al frente de la mesa principal del banquete ni tampoco en la pista de baile.

No aparece por ninguna parte. Extiendo mis sentidos y pruebo por los límites de nuestro vínculo; lo alargo por toda la ciudad, de una muralla a otra, serpenteando por el laberinto de canales hasta la puerta del mar.

Y aun así, no puedo sentir su presencia. Es como si se hubiera desvanecido de la faz de la tierra. Como si se hubiese alejado de mí hasta que yo tome una decisión.

«Para una vez que de verdad necesito sus comentarios mordaces, decide respetar mi autonomía. Para una vez que quiero que fuerce mis límites más allá de todo raciocinio, me respeta con absoluta educación.»

Por los cielos, qué ganas de zarandearlo. Aprieto los puños sobre mi regazo, y el sobre cae al suelo.

La carta de Carys.

Quizá sus palabras me proporcionen algo más de entendimiento.

Quizá mi antigua amiga comparta conmigo un poco de sabiduría, alguna lección desde lejos que me facilite en cierta medida esta decisión imposible.

Agarro el sobre como si contuviese la solución a todos mis problemas, tan fuerte que doblo el pergamino.

Me pongo en pie tan de repente que Cadogan da un respingo y sale del trance inducido por las sirenas.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —miento, con el corazón retumbando demencialmente—. Necesito un poco de aire. Voy a darme un paseo por las murallas.

—¿Quieres que te acompañe?

Niego con la cabeza.

—Volveré pronto.

Cadogan parece preocupado; sus viejos instintos se activan en su interior. Pero yo ya no estoy bajo la protección de la Corte del Fuego. Cadogan ya no está sujeto al juramento de protegerme, como sí sucedía en Dyved. Aprieta la boca y, con un breve cabeceo, me deja marchar.

Rodeo lentamente el borde de la pista de baile, no muy segura de adónde voy. A algún lugar tranquilo. Algún lugar donde pueda leer la carta en paz, lejos de tanto borracho y tanta fiesta. Quizá el aviario.

El vestido flota alrededor de mis piernas como agua, hilos livianos de plata que reflejan la luz de las velas a cada paso que doy.

Paseo la vista por la multitud y estudio cada rostro.

La mayoría me resulta desconocido. Aun así, todo el mundo sonríe cuando nuestros ojos se cruzan.

Los invitados están sumidos en el trance relajado de la buena comida y el vino aún mejor. Reina un buen ambiente.

A la gente le encantan las bodas.

Mis ojos sobrevuelan rápidamente a las medio sirenas, rodeadas de una muchedumbre junto al manantial.

La densa multitud de admiradores no ha hecho sino crecer desde la última vez que miré en su dirección.

Por fin me han presentado a Tethys hace unas horas.

No es menos atractiva que su gemela; tiene el mismo cuerpo voluptuoso y una profusa melena de rizos, aunque su temperamento es algo más suave.

Tethys tiende a desaparecer entre las sombras, mientras que Melité quiere ser el centro de atención.

Cuando esta última siente mi mirada, sus ojos negros se cruzan con los míos.

No tiene blanco alrededor de los iris; sus ojos son dos relucientes charcos de tinta de pulpo, carentes de calidez, al igual que su sonrisa.

Su piel, aunque luminosa, jamás pierde ese espectral lustre azul que recuerda a las escamas de un pez.

Ladea la cabeza a modo de saludo y me muestra la larga columna de su cuello, en el que veo una hilera de profundos cortes a cada lado. Agallas.

Me obligo a devolverle la sonrisa y sigo avanzando.

Mis ojos recorren la multitud hasta que llego al extremo opuesto de los jardines.

Aquí hay menos gente, pero oigo algún que otro suspiro de amor entre el follaje mientras recorro el sendero oscurecido.

Bastantes parejas se han escabullido por aquí en busca de un poco de intimidad.

Entre ellas están Bretiax y Jac; doblo un recodo y me los encuentro apretados el uno contra la otra junto a una mata de jazmines.

Se exploran los cuerpos mutuamente con manos que no necesitan idioma alguno.

Aparto la mirada, ruborizada y con las mejillas calientes.

Aprieto el paso y sigo el suave resplandor de las lámparas hasta el aviario.

Elevo una plegaria para no encontrármelo ocupado por otra pareja en plenos toqueteos.

Casi he llegado cuando, de pronto, tropiezo con algo y caigo de boca en el camino.

Apoyo las manos en la tierra musgosa y suelto una maldición a la que no tarda en acompañar una risa grave entre dientes.

—Menuda elegancia.

Me sacudo la mugre de las faldas y me giro hacia esa voz familiar.

Mis ojos recorren la longitud de dos piernas embutidas en sendas botas —justo con eso me he tropezado— hasta un pecho ancho cubierto con una túnica oscura de tono verdoso.

Se trata de Vaughn. Tiene la espalda apoyada en una palmera y sostiene un pesado cáliz de lo que supongo que es ginebra Titán, en vista de sus ojos enrojecidos.

—Vaughn. Perdona, no te había visto.

—Es que no soy yo a quien estás buscando, ¿verdad?

Arrugo la nariz en señal de confusión.

—¿Disculpa?

—No está aquí.

—¿Qué? ¿Quién?

—Soren. No está aquí. —Hace una pausa y da un sorbo—. Es él a quien estás buscando, ¿a que sí?

Me lo quedo mirando.

—No, solo he salido a que me dé el aire.

—Claro. Es lo mismo que me ha dicho él. —El fantasma de una sonrisa sobrevuela su cara—. Bueno, si te apetece que os dé el aire juntos, probablemente lo encontrarás en el órgano del mar. Esta noche no habrá nadie por allí; la fiesta seguirá por el centro de la ciudad.

Entreabro la boca para hablar, pero la vuelvo a cerrar antes de que escape ni un solo sonido.

—No le digas que te he dicho dónde está —me ordena en tono gruñón, pero sin dejar de sonreír—. A menos que la cosa vaya bien. En ese caso, todo el mérito es mío.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando.

—Por supuesto que no. No he dicho nada, olvídalo.

Su risa resuena en mis oídos mientras echo a andar por el sendero una vez más.

Dejo atrás el aviario; de repente, me siento demasiado inquieta para dejar de moverme.

El pulso me retumba demasiado rápido sin motivo alguno.

Una suerte de energía nacida del pánico me recorre las venas. No sé de dónde viene.

Solo voy a despejarme la cabeza, tal y como le he dicho a Cadogan. Quiero ir a algún sitio tranquilo donde pueda leer mi correspondencia. No tengo la menor intención de seguir a nadie. Y menos aún a quien no quiere que lo encuentren.

Soren desea estar solo.

Debería respetar sus deseos.

Voy a respetar sus deseos.

Mis pensamientos son una maraña de contradicciones.

Camino sin rumbo por entre los jardines iluminados por la luz de la luna.

Las flamafatuas revolotean dejando tras de sí un arcoíris de colores entre las celestiales flores blancas.

No presto mucha atención a la dirección en la que voy; me limito a ir alternando mis pies, embutidos en unas sandalias.

Antes de darme cuenta, los jardines dan paso al limonar, que a su vez se abre a la puerta que lleva hasta las murallas superiores.

La noche se cierne sobre mí mientras asciendo hasta lo alto.

Paso junto a varios puestos de guardia en los que otros tantos hylianos uniformados contemplan sobriamente el mar oscuro mientras los sonidos de la fiesta lejana reverberan desde la ciudad, ahí abajo.

Aparte de eso, no hay apenas un alma a la vista.

Tal y como mencionó Vaughn, casi todo el mundo se ha reunido esta noche en los canales.

Para sorpresa de nadie, mi banco favorito junto al Faro del Oeste está libre.

Tomo asiento; por suerte, han encendido las antorchas sobre las murallas, aunque no haya nadie por aquí para aprovecharlas.

Durante unos instantes contemplo el océano de ébano y escucho el restallido de las olas contra la piedra, implorando a mis nervios que se calmen.

Me sigo sintiendo extrañamente temblorosa.

Rompo el sello de cera de la carta y la saco.

Desenrollo el pergamino y mis ojos se deleitan con la fluida elegancia de las palabras de Carys:

Queridísima Rhya:

En esta carta he de pedirte dos favores.

El primero es que me perdones por no haberte escrito antes. Te aseguro que no he arrojado tus cartas a las llamas, como temías, sino que las he saboreado palabra por palabra, frase por frase.

Me ha encantado saber de tu nueva vida en Hylios.

Las tiendas que describes suenan increíbles.

Imagino que podría aprender mucho de los sastres de más talento de Llyˆr.

Espero poder ir de visita algún día. Mientras tanto, ¿te importaría enviarme una muestra de esa tela confeccionada con glifos de la que me has hablado, para poder estudiarla y usarla en mis propios diseños?

Hace una eternidad que no toco mis agujas, pero últimamente me están entrando ganas de volver a cogerlas.

Te confieso que me ha resultado difícil ver entre la bruma del dolor. Creo que siempre será difícil. Esa bruma nunca se alzará del todo.

Pero mis ojos empiezan a acostumbrarse.

Hace una quincena miré en derredor y me di cuenta de que ya no estabas en Caeldera. Me puse furiosa conmigo misma. No puedo evitar pensar que he desempeñado un pequeño papel en tu decisión de marcharte. Y de quedarte en Hylios.

En medio de mi dolor, me retiré de nuestra amistad. Cerré la puerta y la mantuve bien cerrada, en contra de cualquier oportunidad de reconciliación. No puedo negar mis actos ni deshacerlos. Solo puedo intentar explicarte mis motivos, pues no son los que tú te piensas.

No te hago responsable de lo que le sucedió a Uther. En absoluto, querida mía. La idea de que cargues con la responsabilidad de su muerte me rompe el corazón. Y con toda franqueza te digo que si Uther supiese que te echas la culpa de su muerte, se pondría furioso.

En dos ocasiones has salvado tanto mi vida como la de mi hijo: el día en que este vino al mundo y el día en que su padre murió.

Sin ti, ni Nevin ni yo seguiríamos aquí.

Has sido nuestra salvadora dos veces. Eso es lo que eres para mi familia.

Eso es lo que eres para mí. Por favor, no te atrevas a pensar lo contrario.

También he de darte las gracias por traer a Lestyn a nuestras vidas.

En un primer momento apenas me fijé en sus inesperadas apariciones.

Pero a lo largo de las últimas semanas he hecho un esfuerzo para conocer mejor al chico.

Cuando me enteré de que había perdido a sus padres en Festaflama y de que dormía en el dispensario la mayoría de las noches…

Bueno, digamos que no pude permitir que siguiera así. Tardé en persuadirlo, pero al final ha aceptado instalarse en el segundo dormitorio que tengo en mis aposentos encima de la tienda.

Temporalmente, o eso cree él. Mi idea es que se quede con nosotros.

Necesita una figura de autoridad y guía en su vida, y que no sea Osain, ese viejo cascarrabias.

Y, para serte sincera, yo también necesito una distracción de tantos pensamientos lúgubres.

Por suerte, la cháchara imparable de un chico de trece años es un remedio perfecto.

Estos días resuenan risas por estancias en las que solo ha habido silencio durante meses.

Lestyn ya trata a Nevin como si fuera su hermanito.

En esta extraña realidad nueva, estamos construyendo un nuevo tipo de familia.

Puede que no sea la que yo había imaginado, pero igualmente la necesito.

Lo cual me lleva al segundo favor que he de pedirte.

Imagino que te estás preparando para que te pida que regreses a Caeldera, o para que le des a tu querido y testarudo Pendefyre la oportunidad de explicar por qué se está portando contigo como el mayor de los necios.

Pero eso lo dejaré para mi siguiente carta. Ahora mismo solo quiero que me prometas algo. Prométeme que no perderás el tiempo. Ni una sola hora. Ni un minuto. Prométeme que vas a vivir, Rhya. Libre y completamente. Con independencia de lo que los demás digan, piensen o esperen de ti.

Si hay algo que he aprendido tras perder a Uther es que la vida es cruelmente corta e inimaginablemente dura.

Las pérdidas nunca acaban, por más intolerables que sean.

No podemos detenerlas. Lo único que podemos hacer es intentar que valgan la pena mientras sigamos en esta tierra.

Podemos obtener a cambio un gozo inconmensurable que supera al inevitable dolor.

Pienso en mi marido y, aunque el dolor no ha disminuido, no quiero que desaparezca.

Aunque hubiera sabido que lo perdería tan pronto, no habría tomado ningún camino distinto en mi vida.

Ha sido una bendición disfrutar de un amor tan poderoso, un amor que está grabado en mis huesos.

He tenido la suerte de compartir una conexión tan profunda que sigue presente aunque mi amado ya no esté.

Justo eso es lo que deseo para ti, Rhya.

Que vivas tan auténticamente, que ames tan completamente, que ningún final pueda borrar la huella que dejes en el mundo.

Búscate un propósito que te colme el alma y gente que te ayude a cerrar las grietas de tu corazón.

Búscate una alegría que consiga que todo el sufrimiento inevitable valga la pena.

Búscate un amor que arda con tanta intensidad que brille incluso cuando el mundo se oscurezca del todo.

Y hazlo ya.

Ahora que aún estás a tiempo.

Con todo mi amor, Carys

El corazón me late al doble de su velocidad habitual. Doblo con cuidado la carta y me la meto en el bolsillo del vestido. En mis oídos, un zumbido de electricidad estática borra todo pensamiento racional. Me levanto lentamente del banco y echo a andar.

No puedo pensar.

O más bien, no me permito pensar. Me veo presa del impulso de seguir el consejo de mi querida amiga.

De vivir.

De vivir ahora.

Antes de que el alba me arrebate la posibilidad.