El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veinticuatro #2
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CAPÍTULO Veinticuatro #2

Me mata tener que reprimir mi siguiente pregunta, pero me da miedo romper el hechizo de sus palabras, ahora que por fin me las ofrece tan voluntariamente.

—Lo cierto es que, en más de un siglo de vida, apenas me he permitido pensar que algún día podría llegar a ser padre.

—Su mirada vuelve a encontrar la mía y a intensificarse—.

Pensaba que no encontraría a nadie con quien quisiese crear una nueva vida.

Un heredero. Una… familia. —Cualquier resquicio del aire suave y relajado que he visto hace unos instantes ha desaparecido.

Ahora Penn aplasta la espalda contra el asiento, con los hombros tensos bajo la armilla—.

Las limitaciones inherentes a mi poder evitaron que pensase siquiera en la posibilidad. Hasta…

«¿Hasta qué?»

He dejado de respirar por completo. El mismísimo aire parece quedarse inmóvil en torno a la mesa.

Las palmeras ya no cimbrean bajo la brisa nocturna, y hasta las llamas de las velas dejan de temblar.

A nuestro alrededor, la frivolidad de la boda prosigue por los jardines, pero parece encontrarse muy lejos.

Es como si estuviéramos dentro de nuestra propia burbuja, aislados del resto del mundo.

Jamás hemos abordado este tema. Es un tema en el que yo ni me atrevía a pensar, mucho menos a comentar con él.

Matrimonio.

Hijos.

Legado.

Amor.

Pendefyre jamás me ha confesado que desee nada de todo eso. Siempre se ha comportado como si el precio que todo ello requiere fuese demasiado alto. Siempre ha afirmado inequívocamente que atarse demasiado a alguien tendría como resultado una conflagración de funestas consecuencias.

«¿Acaso ha cambiado de opinión?»

No soy capaz de obligarme a preguntar más de lo que él se está obligando a decir. Me encuentro en el filo de un cuchillo que amenaza con cortar todo mi futuro, así que hago lo único que de verdad puedo hacer: esperar.

—No… no sé… —Penn hace una gran inspiración que ensancha toda su corpulenta figura. Luego toma un sorbo de agua y lo intenta de nuevo—. No sé lo que me depara el futuro en ese sentido. No sé si me casaré algún día ni si tendré hijos propios. Ahora no. Quizá nunca.

«Por supuesto que no.»

—Mientras tanto —prosigue, aparentemente sin darse cuenta de que yo me encojo—, voy a hacer todo lo que pueda para ayudar a criar a Nevin. Intentaré honrar el legado de Uther en todo lo que pueda y apoyaré a Carys tanto como ella me lo permita. Estaré cerca para protegerlos.

Pero no para amarlos. Aún no se permite dar ese salto. Aún no es capaz de convencerse de que el amor no implica pérdida, que se puede entregar el corazón sin perder el libre albedrío.

Me pregunto, no por primera vez, si Penn llegará a ser capaz de amar libremente, o si su afecto quedará para siempre atrapado junto con su poder en una jaula de rígido autocontrol.

La única persona a la que se permitió amar en cuerpo y alma murió hace mucho.

Ya no es sino la sombra desvaída de un recuerdo.

Un fantasma que lo asalta cada vez que intenta empezar de nuevo, que le recuerda las peores consecuencias de mezclar la pasión y el poder.

Enid.

Pensar en ella ya no me duele, como sí me sucedía antes. En cambio, me da cierto entendimiento sobre el complejo pasado de Penn. Y, al mismo tiempo, sobre las duras realidades de su futuro.

Suelto una exhalación larga y profunda. El mundo exterior regresa a mí: la luz, las risas y el sonido vuelven en una enorme ráfaga.

Las palmeras cimbrean de nuevo en las alturas, y con ellas ondean las lámparas de papel.

Oigo el ruido de las botas en la pista de baile, un comentario mordaz de Yara, el estruendo de la risa de Vaughn, el soniquete de un violín.

Volvemos a poder respirar el aire que nos rodea. Volvemos a un terreno estable para conversar.

Dejo aparte la peligrosa posibilidad de un «nosotros» y carraspeo.

—Te refieres a esa custodia como una responsabilidad, Penn, pero yo creo que puede ser más que eso si lo permites.

Puede ser una fuente de bondad, alegría y armonía.

—Él se me queda mirando. Parece que no le salen las palabras—.

No dudes de ti mismo ni de tus capacidades.

Nevin tiene suerte de tenerte en su vida.

Él deja escapar un suspiro.

—Difícilmente voy a ser un buen modelo que imitar. No soy perfecto.

—A los niños no les importa la perfección. —Le sonrío, pensando en mi propio avejentado y a menudo malhumorado mentor—. El hombre que me crio no era perfecto, pero sigo echándolo de menos terriblemente, todos los días. La verdad es que…

Mis recuerdos de Eli quedan cercenados cuando Yara suelta un chillido de alegría que resuena por todos los jardines. Mi cabeza latiguea a tiempo de ver que Farley, más borracho de lo que yo lo había visto nunca, se desmaya y cae redondo en medio de la pista de baile.

—¡Árbol va! —Yara aplaude y suelta una carcajada estentórea ante su compañero caído—. ¡Al suelo!

Miro a Penn, boquiabierta.

—¿Deberíamos…?

—Ya me lo llevo yo a la mansión de invitados. —Empieza a ponerse en pie con expresión tormentosa—. Ese bufón tiene que dormir la mona en una cama.

No sé si sentirme preocupada o echarme a reír al ver que Penn se abre paso entre las parejas danzantes hasta la silueta derrumbada de Farley.

—¿Crees que necesita ayuda para llevarlo por las escaleras? —le pregunto a Cadogan.

Como no hay respuesta, me giro hacia el soldado sentado en el extremo de nuestra mesa.

Cadogan mantiene la misma postura desde hace horas: el cuerpo, quieto de un modo espeluznante, y la mirada, perdida en dirección a las hermanas sirenas.

Su mata de pelo, por lo habitual cuidada, está desacostumbradamente revuelta.

—¡Eh! —Chasqueo los dedos para llamar su atención—. ¡Cadogan!

Él parpadea dos veces, como para aclararse la vista en medio de la niebla, y luego me mira a los ojos. Alza las cejas con gesto de confusión.

—Disculpa, ¿has dicho algo?

«Por los cielos.»

—Farley ha caído redondo en la pista de baile. Demasiada ginebra Titán y muy poco sentido común. Pendefyre lo va a llevar hasta vuestra mansión. Te habrías enterado si hubieses estado prestando atención a todo lo que está sucediendo esta noche.

—Ah. —A Cadogan se le ruborizan las mejillas y el cuello—. Sí. Estaba…

—¿En trance? —termino yo en tono irónico—. Sí, ya me había dado cuenta.

Cadogan se pasa una mano por la melena despeinada. Verlo tan desarreglado resulta extraño. Suele ser la viva imagen de la autodisciplina.

—Seguro que Farley estará bien —murmura—. Pendefyre no tendrá ni que castigarlo. No hay nada peor que una resaca en alta mar. Apostaría a que se pasará la mitad de la travesía hasta Caeldera vomitando por la barandilla.

Yo hago una mueca.

—Pobre Farley.

—No es más que lo que se merece. —Un aire de la típica solemnidad de Cadogan asoma a su semblante. Nuestras miradas se cruzan—. ¿Qué me dices de ti? ¿Viajarás con nosotros mañana?

Se me hace un nudo en la garganta.

—Aún… aún no lo sé.

—Hum. Bueno, más vale que tomes pronto una decisión. Nos marchamos al alba. —Vuelve a mirar a las sirenas y se le descuelga la boca al instante—. Aunque haya motivos para querer retrasar la partida…

Sus palabras me recuerdan que aún no he tomado una decisión sobre mi inminente futuro. Se me acaba el tiempo. Siento cómo pasa cada segundo, cada instante que se me escurre entre los dedos como arena de un reloj.

Una parte de mí quiere recuperar los trozos de mi antigua vida.

Volver a asentarme en la familiaridad del cráter, con sus rugientes cascadas y su lago del color de las joyas.

Pasar las mañanas en el dispensario curando a los pacientes que me necesiten.

Tomar el té con Carys mientras el pequeño Nevin se echa una siesta.

Pasar las veladas con Lestyn repasando textos medicinales.

Hacer ejercicio con Jac. Echar partidas de gañifa con Farley.

Y Penn.

Con Penn…, todo.

Lo veo claramente: un nuevo comienzo en Caeldera, al alcance de mi mano. Y sin embargo, cada vez que pienso en marcharme de Llŷr, siento que el corazón se me va a romper en dos.

«Dioses, ¿qué me pasa?»

«¿Por qué me siento así?»

«¿Cuándo se dividió en dos el sendero ante mí?»

Necesito algo de claridad, necesito un consejo.

Necesito que alguien, quien sea, me diga qué hacer.

Me siento lamentablemente incapaz de tomar la decisión por mí misma.

Antes incluso de que me dé cuenta de lo que estoy haciendo, mis sentidos se expanden en busca de una presencia familiar.

Buscan a una persona a la que me he acostumbrado a recurrir con un constante torrente de preguntas sobre cualquier cosa.

Una persona que siempre tiene respuestas listas para todas las numerosas preguntas de la vida.

Una persona cuyo entendimiento y cuya presencia han estado lamentablemente lejos de mí todo el día.

Soren.

Resulta casi hilarante. Hace unas semanas, si alguien me hubiera preguntado si puedo compartir con un hombre así mis secretos más íntimos y mis vergüenzas más profundas, me habría reído en su cara.

Qué extraño, pues, que ahora sea la única persona cuyo consejo quiero escuchar en esta encrucijada en la que me encuentro.

La única cuya opinión sobre mi futuro parece importarme de verdad.

Con sorprendente desesperación, quiero saber qué siente Soren ante la idea de que me vaya de su ciudad.

Si he de ser sincera conmigo misma, no solo es que quiera saberlo.

Es que lo necesito. Sin su opinión, mi lista de pros y contras se queda coja; falta un peso en la balanza que oscila bajo los vientos de mi destino.

Debo hablar con él.

Debo saber si…

Debo…