CAPÍTULO Veinticuatro
A laric y Arwen se mecen al son de la música, mirándose a los ojos.
Los rodean otras parejas que bailan y mueven sus cuerpos al ritmo de un cuarteto de violinistas.
Yara y Farley, ambos con los ojos algo empañados tras el duelo alcohólico, parecen sostenerse el uno a la otra mientras se balancean sin prestar la menor atención al ritmo.
Harpina y una despampanante mujer hyliana bailan con mucha más coordinación en un extremo de la pista de baile.
Ambas llevan vestidos del mismo tono anaranjado.
Jac ha conseguido convencer a Bretiax para que lo acompañe a la pista de baile; no sabe hablar con signos, pero está claro que su encanto supera la necesidad de usar palabras.
Hasta Mabon está bailando, incapaz de resistir la traviesa invitación de Thisobei.
Solo Cadogan sigue sentado junto a Penn y yo misma en nuestra mesa, que hasta ahora había estado llena.
Tanto Penn como yo parecemos invisibles a los ojos de Cadogan, que están fijos en las hermanas sirenas apoltronadas en un amplio diván en mitad de los jardines.
Desde aquí veo que están rodeadas de un copioso grupo de admiradores que descansan en coloridos cojines sobre la hierba.
Se supone que Melité y Tethys han anulado su seductor canto, que aun así parece saturar igualmente la atmósfera y obrar un lento efecto mágico sobre todos los asistentes al banquete a medida que la tarde va dando paso a franjas rosadas de crepúsculo, para luego convertirse en el azulado tono de plata de una ascendente luna llena.
Sirvientes silenciosos se desplazan por entre las mesas y empiezan a encender velas y antorchas y a iluminar las lámparas de papel que cuelgan de palmeras encorvadas.
Hace un rato que se ha retirado todo resto del elaborado festín.
Yo me revuelvo nerviosa en mi silla; cómo me gustaría poder desvanecerme tan sencillamente como lo han hecho los canapés.
Penn, por su parte, está totalmente inmóvil en el asiento frente al mío, tal y como ha estado desde que se sentó ahí hace dos horas.
Se encuentra a centímetros de mí, pero bien podrían ser leguas.
Me digo a mí misma que he de romper este pesado silencio, pero ahora, cerca de él, estoy aún más muda que anoche…
Sobre todo porque siento el peso de una osada mirada azul que se centra en nosotros desde la mesa principal, a cierta distancia, donde el rey de Llŷr está sentado junto a su hermana.
Extrañamente, no siento nada a través del vínculo con Soren. Me ha apagado; y así ha sido, comprendo demasiado tarde, desde que nos marchamos de la cala ayer, después de la lección de lanzar rayos. Desde ese momento eléctrico en el que nuestros ojos se cruzaron y…
«Por los cielos, no debo pensar en eso.»
Estudio el mantel como si fuese una obra de arte fascinante.
Cómo desearía que el tiempo pasase más rápido.
Bastante malo ha sido ya el banquete. Por supuesto, la comida exquisitamente preparada me sabía a ceniza en la boca y mi apetito brillaba por su ausencia.
Sin embargo, me lo he comido todo, porque mientras masticaba activamente, no me encontraba en peligro de balbucear cualquier idea a medio cocer que solo sirviese para empantanar esta situación bastante grave de por sí.
Estaría encantada de tragarme a la fuerza otro plato para tener algo que hacer con la boca.
Puede que Penn se sienta igual que yo, porque a lo largo de la comida se ha limitado a gruñir apenas un puñado de palabras a sus hombres.
Nunca ha sido el tipo de persona que se expresa libremente, y anoche, cuando por fin encontró la fortaleza necesaria para intentarlo…
Fui yo quien se retiró.
Debe de estar destrozado. Apenas es capaz de mirarme a los ojos. Hace un rato, Farley hizo un comentario distraído sobre el viaje a casa que les espera, y Penn se encogió físicamente de dolor. Como si la posibilidad de que yo no regrese con ellos mañana fuese más de lo que es capaz de soportar.
«Este fuego que has encendido dentro de mí arderá y arderá hasta que me haya consumido por dentro…»
Doy otro sorbo a mi cáliz, consciente de que no hay suficiente vino en el mundo que pueda relajar la tensión que se va condensando en el aire a mi alrededor como una nube. Por encima del borde del cáliz, mis ojos se cruzan brevemente con los de Penn.
«Dile algo, cobarde», me reprendo a mí misma. «Cualquier cosa será mejor que este vacío conversacional en el que habéis caído.»
—Tengo algo para ti —murmura él en tono suave, antes de que yo haya podido reunir valor.
—Ah, ¿sí? —Me tiembla la mano al dejar el cáliz en la mesa—. ¿Y qué es?
Penn se lleva la mano al bolsillo de su lujoso jubón de tono granate y saca un sobre sellado con cera de tono verde claro. Se me encoge el corazón al reconocer la insignia del sello.
—¿Carys? —pregunto, con voz apelmazada.
Penn asiente y desliza la carta por la mesa hacia mí.
—Me pidió que te la diera.
Yo contemplo la carta. De pronto me da miedo tocarla.
He pasado meses deseando que Carys se comunique conmigo, y ahora que lo ha hecho, me paraliza lo que pueda haber dicho.
¿Y si me pide que la deje en paz de una maldita vez y para siempre?
Oh, dioses, ¿y si le ha sucedido algo terrible desde que me marché? A ella, a su bebé…
Supongo que Lestyn me habría contado cualquier noticia importante, pero de todos modos me veo inundada por la preocupación. Mis ojos siguen fijos en el sobre. Consigo preguntar con voz estrangulada:
—¿Qué…? ¿De qué se trata?
—No tengo ni idea. No la he leído. —Al reconocer el pánico en mi cara, se apresura a añadir—: No se trata de nada malo. Cuando me la entregó, se encontraba de mejor humor de lo que la he visto desde…, bueno, ya sabes.
Sí que lo sé, sí. Me obligo a alzar la vista hacia él y me esfuerzo por aclarar la voz.
—¿Cómo se encuentra?
La mirada de Penn se suaviza un tanto, solemne, perdida en sus pensamientos.
—Va tirando. Día a día. Lo echa de menos. —Su voz se convierte en grava—. Todos lo echamos de menos.
Uther. Me atraviesa una punzada de dolor. Mi voz es un susurro:
—Daría cualquier cosa por poder regresar a ese último momento con él. Por poder decirle…
—No lo hagas. No te castigues por lo que pasó aquel día, Rhya.
No fue culpa tuya. —Su mirada se carga de intención.
Se inclina levemente hacia delante en el asiento, como si tuviese la determinación de obligarme a oír sus siguientes palabras—.
Nada de lo que pasó en Festaflama fue culpa tuya.
Si no he conseguido dejártelo claro…, si de algún modo hice que pensaras lo contrario aquel día en Calaboja…
Aprieta la mandíbula y encierra dentro el resto de sus palabras.
«Se está disculpando.» Me alegro de que sea capaz de hacerlo, aunque no pueda formularlo por completo y a las claras.
Me tiembla el labio inferior. Extiendo la mano y agarro la carta.
Recorro con la punta del dedo mi nombre escrito con esa familiar letra femenina.
El papel es grueso, levemente rugoso. Carys lo fabrica ella misma; añade pétalos aplastados a la pulpa antes de secarla.
La he visto hacerlo en más de una ocasión, incluso la he ayudado alguna vez.
Antes de poder evitarlo, me llevo la carta a la nariz e inspiro hondo.
Lila y madreselva. El mismo aroma dulce y primaveral que impregna su sastrería.
Me tiembla aún más el labio, hasta que me lo muerdo para contenerme.
Aprieto el pergamino y deposito la carta en mi regazo.
Me muero de ganas de abrirla y devorar su contenido, pero me da la sensación de que lo que hay escrito requiere intimidad.
No puedo romperme en medio de un banquete de boda entre montones de desconocidos que puedan verme llorar.
—Gracias por traérmela, Penn. No pensaba que fuera a responder a mis cartas. —Inspiro lentamente. Me hormiguean los ojos a causa de las lágrimas no derramadas—. No me había atrevido a albergar la esperanza…
—Rhya, Carys te quiere. Igual que… —Vuelve a hacer una pausa, esta vez tan larga que no me queda más alternativa que mirarlo a los ojos.
Traga saliva en cuanto nuestras miradas se cruzan.
Está reprimiendo palabras que no puede o no quiere decir—.
Quiere que regreses a Caeldera. Al lugar al que perteneces.
—Otra tensa pausa—. Es lo que queremos todos.
Se me encoge el estómago, pero ignoro la sensación. Intento seguir hablando:
—¿Y el bebé? ¿Cómo se encuentra?
—Cada día más fuerte. Tiene la fortaleza de su padre.
Y los pulmones de su madre. —Por primera vez desde que llegó a la ciudad, la tensión desaparece de los hombros de Penn.
Se relaja en el asiento y se apoya en el respaldo.
Su voz se vuelve extrañamente tierna—. He pasado algo de tiempo con él, ahora que está un poco más despierto. Creo…
Penn deja la frase en el aire, pero yo no lo interrumpo. Casi ni respiro. Conozco a Pendefyre lo suficiente como para saber que la más mínima interrupción en este instante anulará lo que está a punto de confesar.
—Creo que es lo que le habría gustado a Uther —continúa al fin, agarrando su cáliz lleno de agua—. Como bien sabes, era mi primo. Sangre de mi sangre, familia. Así que, aunque Nevin no es mi hijo ni yo podría ocupar el papel de Uther en su vida…, me siento en parte responsable de su seguridad.
Se me dispara el corazón al pensar en Penn criando al hijo de Uther, en sus fuertes brazos guiando los primeros pasos del niño.
Una buena manera de emplear sus instintos protectores.
Quizá la risa del bebé ilumine un poco su lúgubre vida de represión.
Cierro con fuerza los ojos, como si quisiera grabar esa imagen para siempre en ellos.
—Solo espero estar a la altura —confiesa Penn en tono quedo, y me trae de vuelta al presente—. Siempre he pensado que, de llegar a ser padre, sería…