CAPÍTULO Veintitrés #3
Se suponía que íbamos a comprarme otra armadura de cuero para volar, pero Bretiax me metió dentro de un tirón en cuanto vio que me quedaba mirando el vestido.
Insistió en que me lo probase, apoyada por Harpina.
Es de un estilo casi idéntico al que Soren me dio en su día, con un buen escote que deja al aire mi marca de Vestigio y desciende fluido hasta mis tobillos, formando un mar espumoso de tela color zafiro y plata.
A mí me parecía demasiado escandaloso para una boda a mediodía, pero las dos me aseguraron que era perfecto.
Ahora, mientras contemplo la multitud, me alegro de haber hecho caso.
Todo el mundo va vestido con sus mejores galas, a pesar del sol brillante que azota desde las alturas.
Incluso los miembros del Gremio del Ascua tienen un aspecto despampanante, con sus uniformes de tono bermellón con fajines bordados en el pecho y botas pulidas y relucientes.
—Digan lo que digan —me dice Jac con una sonrisa—, los llŷrianos saben montar una fiesta.
—Yo pensaba que se llamaba la Corte del Agua por los canales —Cadogan niega con la cabeza—, no porque beban como esponjas.
Farley se lleva una mano a la frente.
—No habléis tan alto, por el amor de los dioses.
—Esa resaca es culpa tuya y de nadie más. —Mabon esboza una sonrisa—. Intentó ganar a Yara en un duelo a ver quién bebía más, el muy idiota.
Yo sonrío también. He visto a Yara tragarse el doble de su volumen de ginebra Titán y seguir en pie.
—Si tuviese alguna hierba a mano, te prepararía un tónico para el dolor de cabeza. Hay un dispensario cerca de los barracones; seguro que los sanadores te pueden dar algo.
Farley desecha mis palabras con un gesto.
—Se me pasará en cuanto empiece a beber otra vez. La mancha de una mora verde con otra verde se quita, como se suele decir. Por suerte, tienen bebidas potentes en el banquete. —Hace una pausa—. ¿Creéis que Yara estará allí? Quiero la revancha; mi dignidad depende de ello.
Yo curvo los labios.
—Estoy segura de que tanto ella como las demás duendaeri asistirán.
Cuando me marché de la mansión esta mañana, todo estaba sumido en los últimos preparativos: se colocaban cuidadosamente las flores, se ponían a punto las velas, la cubertería de plata se depositaba junto a la porcelana.
Las mesas de los jardines están dispuestas para cincuenta comensales, más que suficiente para acoger a los amigos y familiares cercanos de Alaric y Arwen, un grupo que, sorprendentemente, me incluye a mí.
El Gremio del Ascua también está invitado. Por supuesto, la posición de Penn como rey de Dyved y Vestigio del Fuego le ha granjeado un lugar en la mesa. Y allá donde va Penn, lo acompañan sus hombres.
—¿Cuándo me habéis dicho que empieza el banquete? —pregunta Mabon.
—Dentro de dos horas —dice Cadogan.
Jac menea las cejas con aire sugerente.
—Tiempo de sobra para que los recién casados consumen el matrimonio.
Yo le doy un empujón.
—No seas grosero.
—Solo intento encajar entre los hylianos. Lo que he visto en esos clubes de placer que tienen…
Alzo una mano para mandarlo callar.
—No me hace falta que me lo cuentes.
—Te estás poniendo colorada —me informa Cadogan.
—Y tú —replico al ver el rastro rosado que asoma a sus altos pómulos—. No me digas que el miembro menos romántico del Gremio del Ascua por fin se fijó en alguien anoche.
Cadogan se ruboriza aún más.
—Eso es absurdo.
—Tu cara no casa con tus palabras.
Mabon resopla.
—Te ha pillado.
—Digamos que nos cruzamos con las hermanas sirenas. —Jac sonríe de oreja a oreja y le da un codazo a Cadogan en el vientre—. Tanto estoicismo y resulta que este de aquí tiene la sangre tan caliente como todos nosotros. ¿Quién lo iba a decir?
—Como me des otro codazo —sisea Cadogan, aún rojo como un tomate—, te vas a dar un bañito en el canal más cercano.
Jac no parece preocupado.
—Quizá me rescate una sirena.
—Creo que a Melité le gustaría más arrastrarte a las profundidades —le advierto.
Él suelta un suspiro soñador.
—Sí, pero vaya manera de morir…
—¡Ah! —grita de pronto Farley, y señala al otro lado del puerto—. ¡Por ahí creo que hay una taberna! Si nos damos prisa, llegaremos antes que el resto de la multitud.
—¿Alguna vez piensas en algo que no sea follar, comer o beber hasta caer redondo?
Farley le lanza a Cadogan una mirada exasperada.
—¿Y tú piensas alguna vez en algo que no sean formaciones de batalla?
Por el amor de los dioses, que estamos en una boda.
Perdóname si no quiero echar a perder este breve descanso de dormir en un saco, helarme las pelotas en el mar Septentrional y esperar a que nos ataquen desde Terrascarcha en plena noche.
—Tiene toda la razón —señala Mabon en tono quedo—. Más vale que disfrutemos del permiso. Nuestro barco zarpa para Dyved mañana.
Se me encoge el corazón al oírlo. Aún no he decidido si estaré a bordo de ese barco con ellos.
—Basta ya de dimes y diretes —dice Jac—. Yo estoy al mando y he decidido que tenemos tiempo para una ronda antes del banquete. O tres.
Mabon resopla.
—¿Y tú por qué estás al mando?
Jac lo ignora, me pasa un brazo por los hombros y me da un apretón.
—¿Qué dices, Fiera? ¿Nos enseñas tus nuevos dominios? ¿Por los viejos tiempos?
Yo me lo pienso apenas un latido y me encojo de hombros.
—Claro, ¿por qué no?
Nos vamos en busca de un refrigerio. No puedo evitar una sonrisa al ver sus expresiones cuando contemplan el innegable esplendor de Hylios.
El sol brilla en el cielo, cálido y reluciente, baña los edificios de piedra blanca que rodean los canales y se refleja en las cúpulas azules.
Hay flores coloridas que explotan en cada fachada y profusas enredaderas recién florecidas.
Primero los llevo en chalana al mercado flotante.
Me echo a reír mientras ellos prueban delicias importadas de lugares de los que ninguno de nosotros ha oído hablar.
Cadogan se atraganta con una brocheta de gambas, de lo rápido que traga.
La cara de Mabon se contrae en una máscara de horror cuando le explico que la galleta que acaba de comerse está hecha de testículos de león marino deshidratados.
Hasta nuestro remero se echa a reír cuando el temible guerrero del Gremio del Ascua se asoma por un lateral de la chalana y vomita.
Me siento bien cuando desembarcamos junto a una ajetreada taberna por la que pasé hace varios días junto con Yara, Thisobei y Vaughn.
El propietario tiene inversiones en la Cala de los Vinateros y sirve el mejor vino de la ciudad.
Todas las mesas están atestadas de hylianos felices que beben y fuman de esos braseros de largas pipas, pero conseguimos hacernos un hueco junto a la barra, con vistas al canal.
La verdad es que sí parece que estamos en los viejos tiempos, aunque haya alguna que otra llamativa excepción. La ausencia de Uther entre nosotros es un golpe que aún me deja sin respiración.
Y la de Penn.
No ha asistido a la boda. Siento su presencia por el vínculo, no muy lejos. Sé que está en alguna parte de la ciudad. Imagino que se dejará ver por el banquete…, si no para felicitar a la pareja o hablar conmigo, para reanudar los planes de invasión hacia el sur con Soren.
Doy un sorbo a mi vino y me recuerdo que las complejidades de mis relaciones personales palidecen en comparación con otras decisiones que deben tomarse durante esta reunión monárquica. Cuando acabe este día, Dyved y Llŷr seguirán siendo aliados de batalla… o bien se habrán separado para siempre.
Soy tan capaz de predecir el resultado de la reunión como de predecir mi propio futuro. Así pues, por un tiempo, me permito beber y reírme con mis amigos. Disfruto de sus relatos sobre la campaña en la costa septentrional, de sus misiones clandestinas entre la nieve de las Cimerias.
Los he echado de menos.
Dioses, cómo los he echado de menos.
Del mismo modo que echaré de menos a la gente de aquí si mañana zarpamos…
Creo que consigo sonreír y reírme de manera creíble.
Finjo normalidad, a pesar del tumulto que siento por dentro.
Sin embargo, de vez en cuando capto los ojos oscuros de Mabon, fijos en mi cara, o veo el ceño fruncido de preocupación de Cadogan.
Entonces comprendo que esta pantomima no los engaña del todo.