CAPÍTULO Veintitrés #2
No puedo negar sus palabras. Es la verdad…, pero no toda la verdad. Me aferro a esta lógica que tanto me ha costado, aunque mi estúpido corazón me suplica que ceda. Que caiga en sus brazos y permita que su roce ardiente borre todas mis dudas.
—La pasión por sí sola no basta para mantener una relación —susurro—. Al menos… no el tipo de relación que yo deseo.
Él estrecha los ojos.
—¿Y qué tipo de relación deseas?
—El tipo de relación en la que soy tu igual en todos los aspectos. En la que me alientas a participar, en la que no me veo relegada a un lado como si fuera una niña.
La pausa de Penn está impregnada de autocontrol.
—Solo intento mantenerte a salvo.
—Lo sé. De verdad que lo sé. Pero, Penn…, ya he aprendido a mantenerme a salvo yo sola. Mis poderes son fuertes y aumentan cada día.
Él niega una sola vez con la cabeza, una sacudida de incredulidad.
—Así que ya no me necesitas. Eso es lo que estás diciendo.
—No. Lo que digo es que no quiero amar a alguien porque lo necesite. Quiero amar a alguien porque elija amarlo. Y porque me elija a mí. A quien yo soy. No a la versión que quiere que sea, a las esperanzas potenciales con las que quiera darme forma algún día. Sencillamente… a mí, como soy. A Rhya.
Me mira como si le estuviese hablando en algún idioma extranjero, como si no pudiese comprender qué es lo que intento transmitirle. A cada segundo que paso esperando una respuesta, se me clava más y más una daga en el corazón.
—¿Y qué quieres que te diga? —pregunta al fin—. Dime lo que quieres que diga y lo diré. Dame un guion y lo seguiré. Te daré el consuelo que necesites… siempre y cuando estés a mi lado en el barco dentro de dos días, de regreso a mi ciudad.
Una grieta de dolor me parte el pecho. La hoja se me clava del todo. No quiero tener que decirle cómo convencerme. No quiero darle la clave que necesita para descifrar los secretos codificados en el subtexto de mi alma.
Quiero que le baste una mirada desde el otro extremo de la habitación para saber cómo me siento.
Quiero que me mire a los ojos en medio de una multitud y me haga sentir que somos las dos únicas personas que existen, que estemos tan conectados que no haya duda alguna.
Quiero el cuidado tierno que vi entre Uther y Carys, la sensación profunda de intimidad que irradian Alaric y Arwen.
«Parecen moverse en la misma órbita, como dos estrellas unidas», me dijo Soren en una ocasión.
Eso es lo que quiero… y no voy a aceptar nada menos. Otra vez no. Hace años, Tomas me mantuvo en secreto. Una vergüenza oculta. Ahora, Penn quiere guardarme como un tesoro. Un dragón que custodia oro.
Ninguno de ellos me ha mantenido como lo que deseo de verdad.
Como un juramento.
Como una promesa.
Ni escondida ni recluida en una cámara sin aire. Un amor como el viento, salvaje y libre. Infinito como el éter.
—Di algo —suplica Penn con voz ronca.
—Me da vueltas la cabeza —admito con sinceridad—. Ha sido una noche muy larga. Necesito algo de tiempo para pensármelo todo.
—¿Todo?
—Volver a Caeldera. Volver… contigo.
Se le crispa un músculo en la mejilla.
—Has tenido semanas.
«Semanas que no he dedicado a echarte de menos», pienso, pero no lo digo, pues sé que solo servirá para hacerle daño.
—Penn…
—Me amas —susurra, y niega lentamente con la cabeza. Sus ojos son un infierno ardiente de pura devastación—. Sé que me amas.
Es cierto. Lo amo. Parte de mí siempre lo amará, hasta que yo ya no sea más que cenizas y mi alma haya regresado a los cielos. Pero ahora, al mirarlo, no puedo evitar preguntarme si el amor basta para durar una vida entera. ¿Se puede llamar amor si solo viene a medias?
No se equivocaba: estoy cambiando. Ya casi no me reconozco.
No puedo predecir en qué tipo de mujer me convertiré algún día.
¿Cómo puedo esperar que me conozca de verdad si ni yo misma me conozco?
¿Cómo puedo pedirle que descubra los misterios de mi psique si, incluso para mí, esos secretos son una tormenta desconocida?
No es justo.
Ni para mí ni para él.
Inspiro hondo y me obligo a retroceder un paso.
—Pendefyre…
—No. Ni se te ocurra.
Alzo las cejas.
—¿Qué?
—Sea lo que sea lo que vayas a decir, no lo digas —dice entre dientes apretados—.
Ahora, al mirarte, me doy cuenta de que lo he apresurado todo.
Las palabras no son mi fuerte, ni lo es expresar mis emociones.
Eso lo admito. Prefiero que vayamos despacio.
En condiciones. Tenía preparado todo un discurso, te iba a dar un millón de razones, pero en cuanto te vi…
—Aprieta los puños a los costados—. Lo siento.
Tómate todo el tiempo que necesites, Rhya.
Cuando volvamos a hablar del tema, te prometo que conseguiré expresar mejor la profundidad de lo que siento por ti.
Algo en la vulnerabilidad entrecortada de Penn consigue que se me salten las lágrimas.
Me pican los ojos. No es propio de él abrirse así en canal, y apenas puedo creer que esté a punto de dejarlo aquí y marcharme.
Aun así, sé que es justo eso lo que debo hacer…
por el bien de los dos. Si me quedo, acabaremos justo donde empezamos, permitiremos que nuestros cuerpos hagan promesas que nuestros corazones no pueden mantener.
Una solución momentánea para un problema perpetuo.
Me pongo de puntillas y le planto un beso en su cálida mejilla. Un beso que no dura más que un latido.
—Buenas noches, Penn. Te veo mañana en la boda.
Espero a que diga algo más. A que haga algo.
A que me agarre del brazo, a que me llame.
A que me acerque hacia sí de un tirón y me diga, sin un solo resquicio de duda, que nuestro futuro no será una cuerda floja entre la represión y el alivio.
Que, en el tiempo que llevamos separados, ha comprendido que hay riesgos que vale la pena correr, pues las recompensas serán incomparables.
Que Caeldera será tanto mi reino como el suyo si regreso con él.
Un reino que proteger, que gobernar, que salvaguardar de todos los modos posibles.
Mi hogar, con mi rey.
Sin embargo, Penn se limita a quedarse ahí plantado, con los puños apretados. Me ve girar en redondo y alejarme de él hasta desaparecer en la oscuridad como un fantasma.
Los llŷrianos consideran que el solsticio de verano es un día de suerte, ideal para celebrar una boda.
De hecho, es el día de más suerte de todo el año, porque es el que tiene más horas de luz y, por lo tanto, cualquier pareja que celebre su unión en el solsticio caminará para siempre bañada en la luz de los dioses.
Arwen y Alaric se casan a mediodía, cuando el sol alcanza su cénit en los cielos, en lo alto de la puerta del mar.
Toda la ciudad se ha reunido para verlos intercambiar los votos.
Oficia la ceremonia Vaughn, que ha cubierto su enorme silueta con una túnica de un vívido tono verde azulado con hilos de oro.
Habla con voz lo bastante alta como para que los solemnes ritos del matrimonio reverberen por todas las murallas, hasta los canales y puentes más lejanos, para que todo el mundo la oiga.
Hasta los escuadrones colocados en las almenas dentro de las murallas van a poder oír su estruendosa y profunda voz.
Las duendaeri sobrevuelan en las alturas y lanzan vítores desde arriba.
Disparan flechas flamígeras en arcos coreografiados que explotan formando destellantes fuegos artificiales sobre el puerto.
Soren también está por ahí arriba, aunque Zephyr atraviesa los vientos tan rápido que no se ve más que una mancha negra contra el fondo celeste.
Todo el mundo suelta numerosos chillidos de alegría cuando Alaric inclina a la novia hacia atrás con un brazo, alza el otro en gesto de victoria y le da un beso a la mujer con la que tantos años ha esperado para casarse.
Antes de que se apaguen los vítores, la pareja se sube a lomos de Atyr y se aleja volando, con el cabello al viento.
La cola del largo vestido de Arwen es como una pálida vela que marca su estela hasta que desaparecen de la vista.
Es la ceremonia más hermosa que yo haya visto jamás.
Sin embargo, siento el corazón hueco mientras me uno a la salva de vítores.
Tengo la mente en blanco al alzar las manos y compartir el estruendoso aplauso.
Anoche no dormí. Después de la acalorada discusión con Pendefyre, ascendí los numerosos escalones de los terrenos reales, una sombra silenciosa en una ciudad de fiesteros.
La mansión de Soren estaba atestada de desconocidos; la terraza, repleta de invitados que bebían cerveza de Puntadaga y comían a la luz de las estrellas.
Por una vez, había personal en la enorme cocina; el horno estaba encendido, y en él se preparaba todo tipo de delicias para alimentar a las masas.
Porteadores musculosos recorrían las cuestas de los jardines, cargando con muebles.
Han pasado días colocando enormes mesas por el césped para el festín que tendrá lugar después de la ceremonia de hoy.
Nadie se dio cuenta de que yo me deslizaba en silencio hasta mi habitación y cerraba la puerta. Me hice una bola en el balcón y contemplé inmóvil la belleza de Hylios a medianoche. Aún tenía el sabor de Penn en los labios. Oía sus palabras en bucle en mi cabeza.
«No hay paz sin ti.»
«No puedo estar sin ti.»
«Por favor. Por favor…, vuelve conmigo.»
Esperaba que, si permanecía ahí sentada suficiente tiempo, algunas de mis incertidumbres acabarían por cristalizar formando una sólida decisión.
Pero aún seguía ahí sentada cuando el sol asomó por el horizonte, sin una sola respuesta en la cabeza o el corazón.
Me sentí más confundida que nunca mientras me vestía para la boda, con el vestido que vi hace una quincena en el escaparate de una de las muchas tiendas que flanquean los canales.