El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintitrés
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CAPÍTULO Veintitrés

E n un primer momento, Penn no dice nada. En silencio, agarra la botella y nos sirve a ambos más de esa ginebra tres veces más fuerte de lo normal. A mí se me está empezando a subir a la cabeza. Me recuerdo que no he cenado. Será mejor que me la beba despacio a sorbitos.

Me llevo la copa a los labios con manos temblorosas.

—¿Te da miedo quedarte a solas conmigo?

Doy un respingo tan violento que derramo la ginebra.

—¿Me preguntas si me das miedo? Claro que no. ¿Por qué piensas algo así?

—Porque estás temblando.

—A lo mejor es que tengo frío.

—Aquí hace el doble de calor que en Caeldera, y allí jamás habías temblado en mi presencia.

Mi mirada planea hacia la suya.

—¿Qué tal va todo en Caeldera?

—Los avances van lentos. Hemos limpiado la mayor parte de los escombros del fuerte interior.

Ahora empieza el agónico proceso de reconstrucción.

—Da un largo sorbo, sin apartar los ojos de mí por encima del borde de la copa.

En la oscuridad, sus ojos llamean—. Tardaremos años.

Pero algún día volverá a ser como antes. Mejor, incluso.

—No lo dudo.

—Ya verás los avances tú misma cuando vuelvas.

—Doy otro trago de la bebida, con un nudo en la garganta—.

Me ha resultado difícil marcharme, incluso sabiendo que quienes se han quedado allí la protegerán.

—Hace una pausa—. Aunque no quedan muchos ciudadanos a los que proteger.

Ha huido más gente. Gente que, al igual que tú, parece haber empezado una nueva vida en otro lugar.

Mis hombros se tensan.

—Yo no he huido, Penn. Eso que dices no es justo.

Es como si no me hubiese oído. Su expresión se vuelve tan lúgubre como su tono de voz.

—Nada es lo mismo desde que te marchaste.

Se me va todo el aire de los pulmones.

—Pende…

—No. Deja que me lo saque todo de dentro.

—Aparta la copa a un lado y se inclina en la mesa, para que yo no pueda evitar su mirada—.

Rhya, veo cómo se reconstruye poco a poco mi reino, veo cómo regresa la luz a los ojos de mi gente, y me doy cuenta…

de que nada de todo ello importa si no estás a mi lado.

—Se me acelera el pulso—. Busco tu cara en todas las multitudes.

En todas las mesas, para sentarme a tu lado.

Cada triunfo, cada fracaso…, todo ello solo quiero compartirlo contigo.

Pero tú ya no estás allí. Eres un fantasma que veo por el rabillo del ojo; desapareces en cuanto me giro para verte.

Y tu ausencia…, dioses, Rhya, tu ausencia me embruja.

Tú me embrujas. Estás en cada recodo, al fondo de cada pasillo.

Ya sea soñando o despierto, estás ahí, grabada a fuego en mis retinas.

—Yo no quería hacerte daño —susurro—. Pensé que, si me alejaba, te daría algo de paz.

Él se pone en pie tan rápido que la silla vuelca con un traqueteo.

—¿Paz? No hay paz sin ti.

Da dos zancadas en mi dirección y se postra de rodillas delante de mí.

Mi mente aturdida se esfuerza por procesar lo que está sucediendo.

Penn agarra las patas de mi silla y la arrastra para que quede frente a su rostro.

En la sombría terraza, las ascuas de sus ojos parecen ser la única fuente de luz.

—Rhya… —Sus manos caen sobre mis caderas y me agarran con tanta fuerza que me van a dejar moratones—.

Desde el momento en que atravesaste ese portal, no he conocido un solo instante de calma.

Me temo que jamás volveré a sentirme en paz hasta que vuelvas a Caeldera.

—Yo lo miro, boquiabierta, incapaz de hablar—. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?

Se estremece del esfuerzo de mantener a raya sus poderes. Sus anchos hombros se sacuden con cada respiración. Siento sus manos al rojo vivo, incluso sobre la armadura de cuero. Dice:

—Rhya, no… no debería haberte dejado marchar. No puedo estar sin ti ni un día más, ni un instante más. Regresa. Por favor. Por favor…, vuelve conmigo.

Y tras esa confesión entrecortada, apoya la cabeza en mi regazo.

Yo me quedo absolutamente inmóvil.

No tengo ni idea de qué hacer, de qué decir.

Hace mucho que deseo que Penn me diga algo así.

Soñaba con que me confesase esto mismo día tras día, dando vueltas en la cama por las noches, repasando agónicamente las posibilidades futuras.

Me reprendía por atreverme a albergar la esperanza de un final en el que acabábamos juntos.

—Rhya —susurra, casi gimotea—. Por favor.

Su dolor me recorre, me atraviesa. Se me llenan los ojos de lágrimas en medio de mis propias emociones descontroladas y vacilantes. Antes de que pueda contenerme, mis dedos le recorren el cabello denso y bruñido de color castaño. Al notar mi contacto, Penn suelta un gemido.

Yo pretendía calmarlo…, pero Penn no está de humor para que lo calmen.

En un parpadeo, me aprieta aún más fuerte las caderas y arrastra mi cuerpo hasta el suelo.

El borde de la silla me raspa la espalda, y me golpeo la cabeza contra las duras baldosas de la terraza.

Apenas siento el dolor. El cuerpo de Penn cubre el mío, su peso me aplasta hasta que se me escapa todo el aire de los pulmones.

Se coloca entre mis piernas y yo suelto una exclamación ahogada que su boca se encarga de robarme.

Se adueña de mi boca con un beso agresivo y febril.

Por los cielos.

El calor me recorre, imparable. Siempre ha sido así entre los dos…, una dulce combustión, una deliciosa tortura. Tengo ganas de llorar. Nuestros labios danzan juntos, un violento choque de lenguas y dientes que me arde por dentro hasta los huesos.

Un momento. ¿Tengo ganas de llorar?

Pero si esto es todo lo que siempre he querido.

Todo lo que siempre he deseado en mis fantasías más desatadas: que el formidable Pendefyre de Dyved se entregue a mí.

Que renuncie a su precioso autocontrol, que me estreche entre sus brazos y no me vuelva a soltar jamás.

Que me permita rodearlo con mis brazos… no solo durante unos pocos segundos furtivos en la oscuridad, no solo durante un momentáneo desliz de su raciocinio.

Que sea mío.

¿Es mío?

¿Soy yo suya?

Mi cuerpo se enciende con tanto placer que mi mente tarda un segundo en despertar. Pero entonces la razón vuelve, como una ola de dolor que apaga la pasión. Separo mi boca de la suya y lo aparto de un empujón hasta que él se me quita de encima.

—¡Espera! Espera.

Su respiración es tan entrecortada como la mía.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

—Penn… —Niego con la cabeza y me enderezo hasta quedar sentada. Siento un millón de emociones contradictorias a la vez—. No… no podemos hacer esto.

—¿Cómo que no? Demonios, ¿por qué no?

—No podemos abalanzarnos así el uno sobre la otra, y menos después de todo lo que ha pasado.

Él se me queda mirando, con el rostro demudado y ese pelo que han despeinado mis propias manos.

—Rhya…

—Tenemos que hablar de muchas cosas —insisto suavemente, intentando mantener bajo control mis sentidos vertiginosos. Alzo una plegaria para que no me toque otra vez, porque si lo hace, todos mis pensamientos empezarán a arder—. Necesito un momento para procesarlo todo.

—Para procesar ¿qué? Te acabo de decir…

—Que quieres que regrese a Caeldera. Que vuelva contigo —repito con la voz tomada. Me echo hacia atrás para poder respirar en condiciones—. Sí, ya lo he pillado.

—¿Y por qué estás tan confundida?

—¿A qué te refieres con confundida?

—No sé cómo decirlo más a las claras.

—Pues… —Niego con la cabeza e intento desesperadamente ralentizar mi pulso, que baje de un galope trepidante a un ritmo mesurado—. ¿Qué ha cambiado en estas tres semanas?

—¿Cambiado? ¿Cómo que cambiado? —Me escruta, con el ceño fruncido y los ojos oscurecidos de desagrado—. Parece que quien más ha cambiado durante esta separación has sido tú.

Yo alzo la barbilla.

—Puede que sea verdad, pero no es eso lo que te he preguntado, como bien sabes…, aunque intentes desviar la pregunta.

—Dioses. Has pasado demasiado tiempo entre gente a la que le gusta retorcer las palabras —murmura—. No todo requiere conversaciones sin fin.

—Yo creo que me he ganado el derecho a tener una conversación. O, como mínimo, una explicación.

Con el ceño aún fruncido, me hace un gesto para que continúe.

—¿Qué cambiará entre nosotros si vuelvo contigo?

—¿«Si» vuelves? —dice entre dientes—. ¿Acaso pretendes quedarte aquí? ¿Con él?

—No metas a Soren en esto.

—No lo meto en ninguna parte. Es él quien se ha metido encantado entre tú y yo. —Se pasa una mano por la cara, como si ese gesto fuese a quitarle el dolor del semblante—. Me duele que no veas que está jugando con tus emociones.

—Y a mí me duele que pienses que no puedo tomar una decisión sobre mi futuro sin que me manipulen los hombres que hay en mi vida.

—De repente me pongo en pie. Estoy demasiado furiosa como para permanecer quieta, así que empiezo a dar vueltas por la terraza—.

Dioses, Penn, acusas a Soren de jugar con mis emociones, pero ¿qué es lo que estás haciendo tú?

Te presentas aquí, todo dolido, y me pides que regrese a Caeldera contigo…

, pero aún no me has dicho cómo será nuestra vida si decido volver.

¿Estaremos juntos? ¿O volverá todo a ser como antes de que cruzase el portal en Calaboja?

—¿Y qué quieres, que haga de oráculo y prediga el futuro?

No puedo hacer eso, Rhya. Lo único que puedo decirte es cómo me siento ahora, en este momento.

—Se interpone en mi camino y me frena en seco.

Ni siquiera lo he oído ponerse de pie. No me toca, pero sus ojos me tienen cautiva.

Sus profundidades llamean con la intensidad de sus emociones—.

Este fuego que has encendido dentro de mí arderá y arderá hasta que me haya consumido por dentro.

Sé que tú sientes lo mismo. Tu cuerpo no miente. El vínculo no miente.