El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintidós #3
69%

CAPÍTULO Veintidós #3

—Siempre ha tenido un lado oscuro, incluso antes de pervertirse por culpa de la magia de sangre.

La diferencia es que ahora está a un reino de distancia.

Lejos de nuestra vista, de nuestros pensamientos.

Pero quienes crecimos con él en estos mismos terrenos…

—Toda levedad abandona su rostro—. Fue como crecer junto a una serpiente. Una serpiente venenosa.

Soren retoma la historia:

—Su madre, Duvessa, lo trajo desde el otro lado del mar Septentrional cuando vino a casarse con nuestro padre. Era muy bella, y se decía que le bastó un único encuentro para someter al rey, quien ni siquiera supo que ella tenía un hijo hasta que su nave llegó a Hylios.

—Dudo que el tema saliese en la conversación mientras seducía al viejo Manawydan para que le pidiese matrimonio —murmura Vaughn—. El pobre viejo no tuvo ni una oportunidad frente a esa hechicera.

—Nosotros éramos niños. Aún no sabíamos reconocer el mal, aunque caminase entre nosotros. —Soren se pasa una mano por los cabellos—. Lo acogimos con los brazos abiertos. Un hermano más con el que nadar, navegar y entrenar.

Arwen suelta un rápido resoplido desdeñoso. Mi temor aumenta.

—Desde el mismo instante en que puso un pie entre estos muros, Efnysien se obsesionó antinaturalmente con quienes teníamos habilidades especiales —prosigue Soren—.

Ya fuese la fuerza de titán de Vaughn o el canto de sirena de Melité y Tethys, o los poderes de agua que tenemos Arwen y yo.

Ansiaba aquello que no tenía, pues no había nacido con una sola gota de sangre feérica en las venas.

—Que sepamos —señala Vaughn.

—Ajá. Su linaje, su ascendencia… Si nuestro padre supo algo al respecto, jamás nos lo contó.

—Soren suelta un suspiro de frustración—.

Y, aunque he enviado a varios exploradores al otro lado del mar en numerosas ocasiones a lo largo de los años, ninguno ha encontrado registros que hablen de él ni de su madre.

—Nos observaba. Eso es lo que más recuerdo. —Vaughn se estremece—. Siempre agazapado en las sombras, espiando desde las esquinas. Esos ojos extraños nos vigilaban desde la oscuridad. Pequeñajo acosador.

—Todos le intrigábamos en cierto sentido. —La voz de Soren vuelve a sonar, seca, desapasionada—. Pero quien más le fascinaba era Arwen.

Mis ojos vuelan automáticamente hacia ella.

—Decidme que hay más ginebra —suplica con desesperación en la voz.

Despacio, Alaric desliza el brazo por el respaldo de su silla y la aprieta contra sí. Su voz es inaudible, pero sea lo que sea lo que le susurra al oído, parte de la tensión de sus rígidos hombros se disipa.

Vaughn echa mano bajo la mesa y saca otra botella nueva, el doble de grande que la anterior.

—Siempre traigo refuerzos.

—Eres mi hermano favorito. —Arwen se las arregla para esbozar una sonrisa a la que le falta la descarada confianza que estoy acostumbrada a ver.

—Su obsesión no hizo más que aumentar a medida que crecíamos —prosigue Soren.

Aprieta con tanta fuerza la copa en la mano que me temo que la vaya a hacer pedazos—.

A medida que nos acercábamos a la adultez, Efnysien dejó claro que los sentimientos que le profesaba a su hermanastra no eran… los típicos entre hermano y hermana.

—Eso por decirlo de forma educada —interviene Vaughn en tono bronco—. La agredió. Por poco no la viol…

—Lo intentó —gruñe Arwen con rostro iracundo, aunque en sus ojos asoma un débil resplandor de plata.

Por primera vez veo un rastro de su magia en el aire, ni de lejos tan fuerte como la de Soren, pero igualmente presente—.

Le apuñalé la mano antes de que pudiese hacer nada más que desgarrarme el camisón.

Siento un peso plomizo en el estómago. Todo lo que había supuesto sobre la mala sangre que hay entre Efnysien y sus hermanos palidece en comparación con esto. De pronto me parece que la ginebra en mi copa no va a ser lo bastante fuerte como para resistir el resto de la velada.

—Yo lo desterré —dice Soren a las claras—. Hace cien años que no es bienvenido en Hylios… ni en ninguna parte de Llŷr.

—Deberías haberlo matado —dice Penn, con el rostro contraído de ira—. Así no tendríamos que estar aquí sentados discutiendo cómo encargarnos de él.

—Te aseguro que quise arrancarle la cabeza. —Soren enseña los dientes en una mueca amarga—. Pero nuestras otras hermanas me convencieron para que le perdonase la vida…

—Las puñeteras sirenas —sisea Vaughn.

—Sus súplicas contuvieron mi mano —prosigue Soren, con la mandíbula apretada—.

Un error que me he esforzado agónicamente por rectificar muchas veces a lo largo de los años, siempre sin éxito.

El más reciente fue a raíz de Festaflama; me pasé dos meses persiguiéndolo infructuosamente por las tierras ensangrentadas de los mortales, pero la impenetrable barrera de arenas negras volvió a rechazarme.

—Sus ojos vuelan hacia Penn—. Lo cual, de hecho, nos trae al punto actual. A tus grandes planes de venganza.

Penn curva los labios en una mueca de desagrado.

—No seas condescendiente conmigo, dríade.

—Pues dime, salamandra de fuego —replica él, y sus dos hermanos esbozan sendas sonrisas al oír la pulla—, ¿crees que llevo estas últimas décadas aquí sentado, cruzado de brazos, demasiado perezoso como para buscar a quien intentó hacerle daño a mi hermana?

¿Crees que Efnysien sigue respirando porque he estado demasiado ocupado como para molestarme en estrangularlo yo mismo?

Penn no responde, se limita a dar un sorbo de su ginebra.

—No —responde Soren por él, y se echa hacia atrás en el asiento—. En muchas ocasiones he intentado infiltrarme en ese desierto oscuro. Pero no se puede.

—Me niego a aceptarlo.

—La realidad no cambia aunque tú no la aceptes.

—¿Y qué quieres que haga? —Las palabras de Penn vibran de rabia—. ¿Quieres que deje pasar otro siglo, con la esperanza de que el problema se resuelva solo?

—No. Te aconsejaría templanza —replica Soren—.

No entres a toda prisa en el Desierto de la Vaina.

No te embarques en misiones estúpidas guiado por visiones de victoria que no harán sino nublar tu raciocinio.

Es preferible esperar a que Efnysien vuelva a asomar la cabeza entre la arena.

Cuando lo haga, estaremos listos para cercenársela.

—Eso podría tardar una década más. —La rabia de Penn es densa—. Solo porque tú seas demasiado cobarde para intentarlo de nuevo…

—Puedes llamarme cobarde tantas veces como te plazca.

¿Crees que tu imbecilidad te convierte en valiente?

Pues no es el caso. Te va a suponer la muerte.

Serás pasto de las arenas negras, caerás en un pozo abisal, las arácnides te comerán vivo hasta los huesos, o bien te consumirán los espectros mucho antes de que llegues siquiera a ver los chapiteles góticos del Fuerte Symetria.

Las velas de la mesa se avivan al son de la erupción de furia de Penn, que aprieta con fuerza la mandíbula en un intento de contener una rabia que, a pesar de sus esfuerzos, corre por nuestro vínculo.

Me pregunto si Soren la sentirá también, si se dará cuenta de lo cerca que está esta discusión de prender fuego.

—Marcharé hacia el sur con tu ayuda o sin ella —dice Penn, y tensa las fosas nasales al soltar un brusco resoplido—. Si cuento con ella, seguiremos siendo aliados. Si no…

—¿Quieres poner en riesgo el tratado entre Llŷr y Dyved por esta pueril búsqueda de venganza?

—pregunta Soren en tono burlón—. Al comportarte así, debilitas el frente unido de las Tierras Septentrionales.

Nos dejarás al descubierto ante los ataques de Terrascarcha, o de los Salteadores, o de los monstruos de las Cimerias.

Los reyes mortales tienen una codicia sin límites. Nos invadirán rápida y brutalmente.

Una oleada de inquietud recorre la mesa.

—¿Cuánto tiempo crees que resistiremos otro alzamiento de las Tierras Centrales? —pregunta Soren, negando con la cabeza—. ¿Qué tal crees que les irá a tus ciudadanos si han de enfrentarse a una segunda Purga?

A Penn le cuesta respirar por el esfuerzo de mantener el control.

—Eso no supondrá una amenaza si tomas la decisión correcta, si marchas conmigo hacia el sur en un frente unido.

Soren entrecierra los ojos y le dedica a Penn una mirada en la que hay un destello de plata.

—¿Y si fracasas? ¿Qué pasará entonces? ¿Qué será de Caeldera cuando tu cadáver se seque bajo el sol gris de las Tierras Meridionales?

—Pues entonces supongo que dará igual que nuestra alianza se haya roto, porque ya no estaré aquí para reforzarla —dice Penn en tono frío.

Su mirada vuela hacia mí durante un latido, pasto de las llamas—.

Me pregunto si no es eso mismo lo que esperas que pase.

Parece que te apresuras a ocupar los puestos que dejo vacantes.

Se hace un silencio absoluto.

Soren lo hace pedazos tras lo que se me antoja toda una vida:

—Si eres lo bastante idiota como para dejar que un tesoro se te escape de entre los dedos, no puedes culpar a nadie por recogerlo, limpiarlo y asegurarse de que vuelve a brillar.

De alguna manera, la conversación ha cambiado de rumbo. La atmósfera se vuelve aún más tensa que cuando discutían sobre su precario tratado.

—Quizá deberíamos retirarnos por hoy —dice Alaric, la voz de la razón que todos necesitamos—. Se está haciendo tarde y parece que hemos llegado a un callejón sin salida momentáneo. Podremos retomar la conversación tras la ceremonia de mañana.

—No sería una fiesta de verdad si no se hablase de derramar sangre. —Vaughn suelta una risa entre dientes solo de pensarlo.

—Yo espero que no se derrame sangre de verdad —murmuro.

Mabon esboza una sonrisa, la primera desde su llegada a Hylios. Jac, por su parte, se muestra de acuerdo con un gruñido.

—Estoy con el grandullón. Volvamos a reunirnos tras la boda.

—¿Por qué hacerlo después? —dice Arwen en voz baja—. Puedo discutir estrategias de ataque tanto vestida de novia como con armadura de cuero.

—Después —dice Alaric en tono firme, y pasea la vista por la sala—. Si no os importa, pienso disfrutar de mi noche de bodas con mi esposa.

Jac y Vaughn sonríen. Yo misma reprimo una sonrisa al tiempo que Arwen le da a su prometido un empujón sin la menor fuerza.

Al final, todo se reduce a lo que digan Soren y Penn. Los dos se clavan la mirada desde los extremos de la mesa.

—Después de la boda —dice Soren al fin— retomaremos esta conversación algo más descansados.

Y eso calma los ánimos. Espero.

Penn asiente con aire rígido.

—Está bien.

Dicho lo cual, el consejo de guerra queda disuelto.

Alaric y Arwen se marchan los primeros; él le rodea la cintura con el brazo y le susurra algo al oído.

Vaughn se va tras ellos. Soren vacila durante un latido, y sus ojos vuelan hacia mí con una mirada que no consigo descifrar del todo.

Luego los sigue a todos a la oscuridad más allá de la terraza.

La mirada de Jac oscila entre Penn y yo misma; luego, él se pone en pie de un salto.

—Vamos a… buscar a Farley y Cadogan. Han dicho que iban a pasarse por esos clubes de placer de los que hablaban antes las damas duendaeri. Esa tal Yara parecía ser de armas tomar. No se puede dejar solos a dos pelirrojos juntos mucho tiempo en el mismo sitio.

En mi mente aparece una imagen de Farley y Yara. Dioses, vaya par.

Mabon, por su parte, no se mueve.

—Mabon —murmura Jac con toda intención.

—¿Qué? —pregunta el recio soldado, y enarca las cejas oscuras—. He venido a cubrir las espaldas de nuestro rey, no a divertirme. No tengo el menor interés en lo que sea que suceda en esos clubes.

Jac tiene pinta de querer agarrar a Mabon y zarandearlo.

—Sí —sisea—. Sí que tienes mucho interés.

—Pues no.

—Pues sí. Lo dijiste tú mismo hace un rato.

Mabon resopla.

—Yo no he dicho tal cosa.

La mirada de Jac se convierte en una daga que se clava en Mabon.

—Venga ya, hombre, por el amor de los dioses…

—Mabon —interviene Penn en voz baja—, ¿te importaría dejarnos un momento a solas?

Mabon se pone en pie al instante, al comprender de pronto lo que está pasando. Una expresión avergonzada asoma a su rostro, por lo general seguro de sí mismo.

—Ah, claro. Los clubes de placer. Suena… intrigante. Vamos, Jac.

Los dos se van tan rápido que cualquiera diría que estamos sufriendo un ataque por parte de algún enemigo.

Y yo me quedo a solas con Penn.