El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintidós #2
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CAPÍTULO Veintidós #2

El sonido de unos pasos paraliza su lengua.

La fuerza con la que se acercan por el muelle es imposible de ignorar.

Me giro y veo a Soren —quien, desde que nos conocemos, siempre se ha movido con absoluto sigilo— avanzando a sonoras zancadas de un modo diseñado específicamente para interrumpirnos.

Lleva una sonrisa despreocupada en el rostro, pero esa sonrisa no puede disimular los témpanos de hielo en su mirada, tan fríos que congelan cualquier pretensión de cálida bienvenida.

—Pendefyre.

—Soren —replica Penn—. Siempre tan oportuno.

—Se podría decir lo mismo de ti. —La sonrisa de Soren se vuelve afilada—. Tu nave ha aparecido en mi horizonte en un momento muy desafortunado. Estaba en medio de algo importante.

Un revoloteo de nervios explota en mi vientre.

—Eres libre de volver a ponerte con ello —dice Penn—. Rhya y yo nos las arreglaremos sin tu compañía.

El resoplido desdeñoso de Soren contiene el más leve aire de amargura.

—Oh, me temo que no será posible. Al menos mientras tú sigas aquí. El tema es… delicado. Y requiere toda mi atención.

Por los cielos. Se me sonrojan las mejillas. Alzo una plegaria para que Penn no me mire y se pregunte por qué. Por suerte, está ocupado contemplando a Soren, con los labios apretados hasta formar una línea de severidad.

—¿Acaso no insististe en que viniera a la boda? Ahora que he cumplido tu petición, ¿me insultas por dignarme a hacerlo?

—Cuánta razón tienes. Mis disculpas. Parece que hoy escasean los buenos modales.

—Soren inspira hondo e intenta ser civilizado—.

Bienvenidos seáis, tus hombres y tú, a Hylios.

He mandado que preparen vuestros aposentos y os proporcionen todo lo que necesitéis durante vuestra visita.

—Mira por encima del hombro, hacia el lugar donde los miembros del Gremio del Ascua siguen enfrentados a las duendaeri.

A pesar de las sonrisas encantadoras de Jac, el hielo no parece haberse roto entre ellos—.

Suponiendo que sigáis con vida de aquí a que caiga la noche.

Penn gruñe.

—Se aprecia tu hospitalidad, aunque no sea necesaria. Dormiremos en la nave, con la tripulación que ha viajado con nosotros.

—No digas sandeces. Estás aquí en misión oficial, como rey de Dyved y como Vestigio del Fuego. Lo adecuado es que duermas en los terrenos reales, con los demás huéspedes de honor. —La mirada glacial de Soren vuela hacia mí y me congela en el sitio—. Una gran familia feliz. ¿No es lo que somos?

—Parece que necesitas esto más que yo.

Al oír el murmullo de Arwen, alzo la vista y veo que me llena la copa con un largo chorro de ginebra Titán moteada de dorado. No se detiene hasta que casi rebosa.

—Gracias —susurro.

Ella asiente y da un trago directamente del gollete. Alaric la mira, con una sonrisa indulgente, y luego él mismo da otro sorbo.

Me alegro de que alguien se lo esté pasando bien.

No parece que nadie de nuestro grupo vaya a sonreír pronto.

Soren y Penn se clavan la mirada el uno al otro desde los extremos opuestos de la mesa.

Mabon y Jac flanquean al rey dyvedita, mientras que Vaughn y Arwen flanquean al llŷriano.

Alaric y yo nos vemos obligados a ocupar la desafortunada posición del centro de la mesa, una franja de territorio neutral entre dos facciones opuestas.

Me llevo la copa a los labios y doy un largo trago, disfrutando del fuego que me abrasa la garganta.

Su efecto embriagador basta para aplacar la incomodidad que me bombea por las venas.

Paseo la vista por la terraza de la mansión de invitados donde va a dormir el Gremio del Ascua y luego contemplo la ciudad.

Ubicada en la base de los terrenos reales, casi al nivel del mar, esta mansión tiene vistas al canal central.

Desde aquí se ven cientos de llŷrianos sobre puentes, barcazas y todo tipo de botes.

La oscuridad no supone ningún obstáculo para su frivolidad.

Hasta nosotros llega el sonido de su cháchara por los canales, así como el olor a hojatibia y el lejano retumbar de tambores proveniente de los clubes de placer.

Apostaría a que Farley ha seguido ese sonido hasta sumergirse directamente en el corazón del vicio.

Espero que Cadogan se encargue de evitar que se meta en problemas serios.

Mis ojos regresan a la mesa, en la que impera lo opuesto a la algarabía que flota por la ciudad.

Las bandejas de comida en el centro están intactas.

Yo tengo la columna envarada a pesar del respaldo acolchado del asiento.

La atmósfera está cargada de una tensión que no hace sino aumentar a medida que progresa este consejo de guerra extraoficial.

Yo ya había supuesto que Penn no perdería la oportunidad de discutir sus planes de guerra estando en Hylios.

Pero lo que no había previsto era que propondría una reunión justo después de llegar ni que Soren accedería.

Desde luego, no creí que fuese a ser en la víspera de la boda de su hermana.

Y sin embargo, en cuanto les enseñó sus aposentos a los hombres dyveditas, la petición fue formulada y aceptada enseguida.

Llamaron al momento a Arwen, pues no se pueden discutir tácticas de batalla sin que esté presente la comandante de los ejércitos llŷrianos.

Y con Arwen vino Alaric, tanto en calidad de futuro marido como de gobernante de Puntadaga y almirante de la flota más rápida de todas las Tierras Septentrionales.

Para mi sorpresa, Vaughn apareció poco después.

Su rostro rojizo estaba atípicamente desprovisto de humor al presentarse como emisario oficial de la Isla Prydain y enlace con los titanes.

Presentaba una estampa intimidante, con ese inmenso tamaño y peso inconcebible, incluso frente a guerreros avezados en batalla, como Mabon y Jac.

Sin embargo, cuando se sentó a mi lado en la mesa, me desbarató el cabello con una mano más grande que mi cabeza.

—¿Quieres empezar? —Soren hace pedazos el silencio, contemplando a Penn con ojos entrecerrados—. A fin de cuentas, eres tú quien ha pedido que se reúna este cónclave.

La mano de Penn, que sostiene una copa, se crispa.

—Si te parece que los movimientos de Efnysien no requieren una conversación…

—Yo no he dicho eso —lo interrumpe Soren.

—Y aun así te resistes a comentar los términos en los que hay que eliminarlo.

—Eso tampoco lo he dicho. —Soren agarra la botella y se llena la copa—. De todos los presentes en esta mesa, soy yo quien mejor entiende la amenaza a la que nos enfrentamos en las Tierras Meridionales.

—No estoy yo tan segura de eso —murmura Arwen, con el semblante lúgubre… no del desdén que me suele dedicar a mí, sino de algo peor. Desagrado, me parece…, pero también miedo.

La mera idea de que algo asuste a Arwen a mí me acobarda del todo. Los ojos de Soren vuelan brevemente hacia su hermana. Aprieta la mandíbula y luego engulle el contenido de la copa de un único trago.

—Quizá podríais aclararnos la situación a quienes no conocemos toda la historia —intervengo en tono quedo—. Yo, la verdad, es que no entiendo el alcance de los crímenes de Efnysien, más allá de la masacre sangrienta que orquestó en Festaflama.

Arwen y Soren intercambian una mirada cargada de intención; mantienen una conversación solo con los ojos. Sean cuales sean los mensajes que se mandan, sean cuales sean los recuerdos que comparten, estos están impregnados de oscuridad.

—No hace falta que hablemos de todo ello —dice Arwen en tono tenso, y vuelve a deglutir más ginebra—. No es asunto de nadie. Y menos aún de quienes ni siquiera habían nacido cuando todo sucedió.

—Arwen —espeta Soren—. Basta.

—Si te refieres a mí, te ofrezco mis más sinceras disculpas. —Arrastro las palabras con falsa sinceridad—. Qué bien que no haya empezado a fosilizarme como el resto de vosotros.

Arwen intenta clavarme la mirada, pero sus labios se curvan en una suerte de sonrisa. Casi podría jurar que este erizo de mar me está cogiendo cariño… a su pesar.

—¿Podemos empezar, por favor? —dice Jac—. El tiempo apremia.

—Cierto. —El gran puño de Vaughn golpea la mesa como un mazo, y todas nuestras copas saltan.

La voz de Soren es más fluida que nunca, pero la atraviesa una corriente inflexible mientras mira a Arwen.

—Rhya se ha ganado un sitio en esta mesa. Tiene tanto derecho a saber toda la historia como cualquiera de nosotros. Si no quieres recordarla, hermana, es cosa tuya. Eres libre de marcharte. Pero no cometas el error de pedir que se marche ella.

—¿Prefieres que se quede antes que yo? —Arwen suena ultrajada.

Él ladea la cabeza con aire engañosamente pasivo, diseñado para enmascarar unos sentimientos que son todo lo contrario.

—Asumes que tu papel en mis asuntos pesa más que el de Rhya. ¿Por qué? ¿Acaso es porque llevas más tiempo aquí? —Sus ojos destellan—. No me pidas que elija entre las dos. Puede que no te guste el resultado.

Me muerdo el labio para reprimir una exclamación de sorpresa.

Penn se envara en su asiento. Un grave sonido brota de su garganta…

, pero yo estoy demasiado nerviosa como para mirarlo.

Si he de prestar atención al desagrado que recorre nuestro vínculo, no le ha gustado esta declaración de lealtad de Soren hacia mí.

Y a Arwen tampoco. Ella frunce el ceño poderosamente, pero no dice nada más.

—¡Bueno! —Las copas vuelven a saltar con otro golpetazo en la mesa—. Queda zanjado, pues. —Los ojos brillantes de Vaughn se cruzan con los míos—. Nuestro hermanastro es un pedazo de cerdo.

—Sí, eso ya me había quedado claro —digo secamente.

Vaughn esboza una media sonrisa y se echa hacia atrás en la silla. La madera cruje bajo su peso.