El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Veintidós
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CAPÍTULO Veintidós

V amos a toda prisa hasta el portal que lleva a la ciudad, pero, aun así, no somos lo bastante rápidos. Para cuando Soren y yo llegamos al borde del puerto, sin aliento a causa de la carrera silenciosa por las murallas, la facción dyvedita ya ha desembarcado. Y se está cociendo un altercado.

Una hilera de jinetes duendaeri se enfrenta cara a cara con otra de miembros del Gremio del Ascua.

Yara, Thisobei, Bretiax y Harpina les clavan la mirada, implacables.

Parecen más fieras que nunca con sus armaduras de vuelo, armadas hasta los dientes: estrellas arrojadizas, esbeltos arcos de plata y cimitarras curvas.

Cadogan, Mabon, Jac y Farley les devuelven la mirada.

Ellos también van bien armados. Jac lleva su hacha de doble filo; Farley, su arco; Mabon, su ballesta; y Cadogan, su espada ancha.

La furia femenina centrada en ellos no parece amilanarlos.

Mabon y Cadogan están hombro con hombro, de apariencia opuesta y, sin embargo, totalmente alineados en sus expresiones calmadas.

Farley sonríe de oreja a oreja, el cabello cobrizo despeinado por el viento, con aspecto de estar disfrutando del drama como un cochino en un charco.

Y a juzgar por el aire enamoriscado en los ojos de Jac, que recorren de arriba abajo el flexible cuerpo de Bretiax, cubierta con su armadura, la animosidad que flota en el aire no le parece ningún obstáculo remoto para el afecto.

Yo me aproximo, pero Soren se queda aparte. Parece que prefiere ver el enfrentamiento desde lejos. Farley es el primero en verme.

—¡Fiera! Por los infiernos, ¿eres tú?

En un suspiro me rodean los rostros familiares de mis amigos.

Me inunda la calidez al pasear la vista por ellos.

Apenas me he permitido echarlos de menos desde que nos separamos.

Pero no hay modo de enmascarar la oleada de alegría que siento cuando los brazos de Farley me aplastan en un fuerte abrazo, cuando Jac me da un levísimo golpecito en la barbilla con el puño, cuando Mabon envuelve con su enorme mano la mía, cuando Cadogan me zarandea afectuosamente el hombro.

—Estáis aquí —digo, ignorando el nudo que tengo en la garganta y el picor de mis ojos—. Estáis todos aquí.

—¿Te creías que íbamos a dejarte en manos de esta chusma? —bromea Jac, señalando con el pulgar a las duendaeri por encima del hombro.

Yara suelta un resoplido enojado.

—Yo por lo menos no soy de los que se pierden una boda —añade Farley. Sus ojos verdes bailotean, y baja la voz—, sobre todo en una ciudad nueva. Hay muchas conquistas potenciales…

—Acabamos de poner un pie en tierra y ya está pensando ensu polla —murmura Cadogan.

Mabon resopla.

—¿Y te sorprende?

—De haber pasado más días en alta mar, se habría metido en tu hamaca buscando amor. —Jac le da un codazo al fornido soldado calvo.

Mabon niega con la cabeza cansadamente como respuesta.

—Ya le gustaría —replica Farley—. En vista de los ronquidos que salían de tu rincón de los camarotes de tripulación, mi hamaca habría sido todo un alivio.

Oigo que las duendaeri reprimen varias risotadas. Como respuesta, Jac alza un dedo con un gesto cargado de intención.

—Que los dioses nos ayuden. —Cadogan suspira y me mira—. ¿Te encuentras bien, Rhya?

—Pero miradla. —Farley hace un vago gesto en mi dirección—. Claro que se encuentra bien. Está radiante, maldita sea.

¿Lo estoy?

—Ni se te ocurra flirtear conmigo, Farley. Yo no soy ninguna de tus…

Las palabras se me secan en la boca, porque en este momento mi atención se ve atraída hacia el muelle de barcas, donde hay plantada una figura de espaldas a la ciudad, con los ojos clavados en la puerta del mar, que se va cerrando poco a poco bajo la fuerza de sus ruedas giratorias.

Reconozco su silueta al instante, las rígidas líneas de su figura.

Tanta fuerza sometida a un implacable control.

Mis pies me llevan hasta él sin pensarlo, como una polilla atraída por una llama.

Apenas me doy cuenta de que todo el Gremio del Ascua guarda silencio a mi paso, apenas percibo el peso de las miradas de las duendaeri mientras me desplazo hasta el muelle.

Mis pasos caen como yunques, a juego con el estruendo que siento en el pecho a medida que la distancia entre los dos se reduce.

Una parte de mí quiere volar hasta su lado, pero la otra parte me grita que me estoy equivocando por completo de dirección.

No respiro, no parpadeo, ni siquiera pienso.

Me detengo a unos prudentes cinco pasos de él. Se me queda la mente en blanco.

Sabe que estoy aquí. Veo que toda la anchura de sus hombros se expande al inspirar hondo. Se prepara para girarse hacia mí, y así lo hace.

Dioses, ojalá me hubiera preparado yo también.

En el momento en que nuestras miradas se cruzan, el fuego que he pasado semanas intentando reducir a cenizas vuelve a prenderse.

Una chispa salta de mi vientre a mi garganta.

Sus ojos oscuros llamean con un calor que no puedo soportar, aunque él se esfuerza por enmudecer su magia, para que no abrase el vínculo que nos conecta.

—Pendefyre —susurro, con la voz tan quebrada como mis propios sentimientos.

Su mandíbula se tensa.

No dice nada.

Pero esos ojos, esos ojos llameantes… hablan claramente al recorrer todo mi cuerpo, al estudiarme como si fuese una desconocida.

No puedo culparlo por ello. La última vez que me vio, yo era apenas un esqueleto agotado bajo un uniforme empapado de novicia.

Ahora llevo una ceñida armadura de cuero de color gris paloma que se ajusta a cada curva de mi cuerpo.

Dos dagas ocupan las vainas incorporadas al uniforme: la que él me dio hace meses, cubierta de glifos, y otra que me regaló Vaughn después de arrojarme accidentalmente al canal con un gesto demasiado entusiasta que me acertó en pleno pecho.

En la cintura llevo enrollado mi nuevo látigo dorado.

Pero no solo se trata de tener un atuendo nuevo.

El pelo largo me ondea suelto a la espalda, libre de la compuesta trenza.

Mi piel, que antes era pálida, tiene ahora un leve bronceado tras haber pasado tanto tiempo al sol y se ve bastante gracias al corsé sin mangas.

Los remolinos oscuros de mi marca de Vestigio asoman por el escote del corpiño bien anudado.

Y el cuerpo que contiene la ropa ya no está falto de sueño o comida.

Tres semanas descansando en un colchón de plumas, entre sábanas de seda, así como el acceso constante a las dotes culinarias de Soren, me han nutrido de un modo que no experimentaba desde mi infancia.

Quizá ni siquiera entonces, porque aunque Eli y yo jamás pasamos hambre, tampoco llegábamos sobrados a fin de mes.

Sobre todo cuando las cosechas empezaron a estropearse y la caza, a escasear.

Por primera vez en mi vida estoy sana.

Penn, por otro lado, jamás ha tenido peor aspecto. Sigue siendo tan guapo como siempre, pero tiene las facciones demacradas y unas ojeras profundas. Parece que no ha estado comiendo ni durmiendo. Ni mucho ni, desde luego, bien.

Lo recorro con la mirada y las preguntas se acumulan en mi cabeza. Preguntas que no me he permitido formular en las semanas que llevamos separados, a sabiendas de que las respuestas me torturarían.

¿Seguirá pasando las noches en los barracones?

¿Sigue yendo cada noche a la cámara de las protecciones?

¿Quién lo saca de ahí si no estoy yo? ¿Tan poco le importa su propia vida?

¿Cómo le va al resto de la ciudad? ¿Qué ha cambiado desde la última vez que hablamos?

¿Qué cambiará ahora que finalmente estamos de nuevo cara a cara?

Aprieto los labios y me esfuerzo por contener el torrente de preguntas que quiere salir en tromba.

Ojalá pudiese descifrar sus emociones mediante el vínculo, pero las mantiene bien ocultas, aunque está claro que le cuesta un esfuerzo visible.

Tiene las manos cerradas con fuerza a los costados; la mandíbula, tensa como un perno.

—Esto… no… —Inspiro entre dientes y vuelvo a empezar—. No estaba segura de si ibas a venir.

Él se encoge. Una diminuta sacudida recorre toda su complexión.

—Yo no huyo de mis obligaciones. Dije que vendría. He venido.

El frío desapego de su tono es un latigazo directo sobre mi corazón. Está enfadado, pero hay algo más bajo la superficie de esa fachada furiosa que está mostrando.

Dolor.

Tormento.

Desolación.

Dioses, guiadme a través de todo esto sin hacerme pedazos.

Tengo un nudo en la garganta. Trago saliva para deshacerlo.

—Por supuesto. Es que… no volví a saber nada más de ti.

—No me di cuenta de que esperabas respuesta —dice con dientes apretados—. Desde luego, la única carta que mandaste hace tres semanas, en la que dabas tu paradero, no me dio esa impresión.

Aprieto los ojos durante un latido. La culpabilidad reprende a mi corazón.

—Lo siento, Penn. No pretendía…

—No necesito tus disculpas. Ya está hecho, es parte del pasado.

No hace falta que lo hablemos más. —Inspira hondo para estabilizarse, para contener su temperamento antes de que se escape de su control—.

No he venido aquí a tener discusiones viejas ni recorrer senderos pasados.

Tengo cosas más importantes de las que hablar contigo, si me quieres escuchar.

—Ni una sola vez he ignorado nada que quisieras decirme —le recuerdo.

Es él quien siempre se retrae.

—Lo sé. —Las llamas saltan en sus ojos, clavados en los míos. Un músculo se le crispa en la mejilla, como si estuviese librando una guerra interna—. Rhya, tengo que decirte…, tienes que comprender que yo…